Retazos De Recuerdos

EL AUGURIO

Los sueños son el ayer, el hoy y el mañana, si logras despejar eliminando lo que es puramente fantasía, puedes descubrir el mensaje. Identifica a través de asociaciones lo que ya sucedió en el pasado, lo que sucedió antes de dormir (como una impresión fuerte que pudo causarte algún programa de televisión o algún evento del día; eso solo para el descarte, ya que pudieran presentarse como escenas mientras duermes) y lo que ha estado sucediendo en el momento presente.

Luego de eso, lo que queda es información del futuro, todo depende del contexto y de la interpretación que tú tengas de las imágenes que veas, independientemente de la interpretación que puedan darle los demás. Lo que importa es lo que está en tu consciente y tus ideas.
*****
Ella ya era una madre divorciada con tres hijos.
El sol brillaba en lo alto con intensidad, sería pleno mediodía, se encontraban en la playa. Su madre recostada en una tumbona de madera cerca de la orilla, alrededor de ella sentados en unas butacas su hermana mayor, su sobrino y dos de sus hijos, que para este momento eran más que adolescentes.
El mayor regresaba de darse un chapuzón, tomó la toalla para secarse la cara y sentarse al lado de su otro hermano mientras le hacía señas con picardía, ya que unas chicas los estaban mirando con coquetería.
— ¡Epa tú! Dejaste deslumbradas a aquellas mujeres hermosas que te están mirando. —le comentó entre risas.
— Lo que están mirando es el saco de huesos que soy para burlarse de mí.
— Tú no eres un saco de huesos, eres mi hijo guapo y bello.— le refirió la madre con ternura.
— Todas las mamás miramos a nuestros hijos hermosos — inquirió la abuela.
Comenzaron todos a reír, la hermana mayor miraba a su propio hijo con amor, mientras este sonreía con disimulo.
— Tú estás allí sentadito haciéndote el tonto —le señaló uno de los primos.
— Ese no se levanta de ahí porque las mujeres se le van a lanzar encima — explicó el otro.
— No se metan con mi niño, que él es muy tranquilito.
— Eso crees tú, que es un niño tranquilito —intervino la abuela nuevamente.

Alrededor, gente iba y venía, el barullo de las voces impedía que se disfrutase del paisaje y del sonido de las olas a plenitud; era un día maravilloso para tomar el sol, los bañistas se veían emocionados. Eran tantas personas que se hacía imposible determinar cuántas se encontraban allí en ese momento ni siquiera dar una aproximación.
A corta distancia un grupo de muchachitos pequeños edificaba el castillo de arena que posiblemente todos hayamos hecho alguna vez, las torres fabricadas con vasitos de plástico desechable estaban más incompletas que completas, el puente era un grupo de paletas de helados colocadas de manera desordenada, debajo del mismo un hoyo con algo de agua. El castillo entero desapareció al ser barrido por una ola pequeña.
Los niños se levantaron y echaron a correr.
La mujer decidió acostarse para broncearse, tomó una toalla y la extendió con ligereza en el poco espacio que encontró, se tumbó boca abajo con los pies en dirección al mar, se cubrió la cara con el antebrazo izquierdo, posando su frente casi en la arena, de pronto… al poco tiempo la abrazó una sensación extraña y levantó el rostro en un impulso con dirección al cielo. Una nube espesa, deforme, color verde hoja, se aproximaba a gran velocidad abarcando y oscureciendo del cielo a la tierra cada espacio a su paso.
Gritó con fuerza: “¡MIREN ESA NUBE QUE VIENE ALLÍ!”, mientras el miedo la mantenía paralizada.
Su madre no articulaba palabra alguna, los muchachos y su hermana estaban estupefactos en el sitio y el resto de las personas en la playa giraron sus rostros hacia donde ella señalaba.
Al percatarse de que la nube les caía encima cerró los ojos con fuerza, bajó la cabeza para protegerse con los brazos, mientras esto sucedía no escuchaba voces, ni gritos, ni palabras, ni siquiera sintió si la arena se esparcía a su alrededor. De pronto… sus oídos percibieron el estruendo de caballos cabalgando al galope, esperaba con temor a que le pasarán por encima y la aplastaran, sin embargo, eso no sucedió, seguía a la espera, el sonido se prolongó el suficiente tiempo para grabarlo en su memoria hasta que poco a poco fue dimitiendo.
Al no escuchar nada más a su alrededor levantó parcialmente la cara hacia el lado derecho abriendo solo un ojo y descubrió que ya no había mar, mi rastro de caballos.
¡No existía absolutamente nada de lo que estaba antes de enterrar la cara entre sus brazos! El mismo sol incandescente, el mismo calor que la asaba, y un paisaje desolado; tierra oscura y pocos árboles, al parecer no había pasado nada extraordinario en aquel lugar. ¿Dónde diablos estaba?
Incluso, por fracciones de segundo se veía a sí misma mirando a su alrededor antes del desastre, ¿Qué sucedió? Aún se mantenía en la misma posición. En ese instante una presión en la espalda y la cabeza la obligaron a reaccionar, la presión que iba aumentando la hizo gritar: “¡CUIDADO!”, alzó las manos para quitarse lo que la estaba presionando y lastimando.
De esa forma se liberó del peso que la aprisionaba, alzó el rostro para quedar atónita con lo que miró, descubrió que eran los pies de un niño que intentó caminar sobre su cuerpo, luego se levantó por completo de un salto y volvió a quedarse en silencio sin movimiento.
Recordó que mientras la nube se aproximaba intentó arrastrarse a tientas en la arena hasta llegar cerca de su madre y su familia, si iba a morir quería hacerlo al lado de los que amaba, por lo menos tocar las manos de su madre y sentir que estaban juntas. No sabía si había calculado bien el espacio, en todo caso ya no servía de nada, no estaban allí.
Se percató de que estaba en otra ciudad, vestida de forma diferente, unos vaqueros y una franela blanca. Quizás sin zapatos o con ellos, no se miró los pies.
¿Dónde estaba el traje de baño?
No lograba precisar el lugar, sentía cómo se le aceleraba el corazón, la presión de la sangre se subía a su rostro, el calor en las orejas. El nivel de angustia aumentaba, la ansiedad y el desespero comenzaban a ganar terreno. Disimulaba con gran dificultad, le costaba respirar e incluso hablar, estaba sola y frente a ella esas dos criaturas, él un niño rubio de ojos azules con tal vez siete años de edad que la había estado pisando y la otra, una muchachita de al menos doce años, morena y delgada, que cubría su cabeza con un sombrero llanero, la miraban con extrañeza, como quien piensa “¿a esta mujer que le pasa?”
Alcanzó a evocar aquella historia de Perseo, en “Furia de Titanes” en el momento en que se quedó dormido y los dioses lo trasladaron de un lugar a otro mientras dormía.
Reaccionó:
— ¡ Hola! — logró soltar mirando al uno y al otro alternativamente.
— ¡Hola! — respondieron los chicos al unísono con miradas desconfiadas.
— ¿Dónde estoy?
— En Los Olivos— respondió la niña secamente mientras jugueteaba con el sombrero entre sus manos sin querer mirarla a la cara por completo.
La mujer aunque no lo expresaba abiertamente estaba aterrada, preguntándose si aquel lugar quedaría muy lejos de donde ella estaba, si se encontraba en algún sitio cerca de su hogar, o por lo menos cerca de la playa donde había ocurrido aquel desastre.
Al parecer, los chicos ignoraban todo de lo que ella estaba hablando, la mujer intentaba una y otra vez explicarles lo que había vivido sin tener que atemorizarlos, pero a ellos les daba igual, solo le seguían la corriente. Ella seguía mirando a su alrededor tratando de identificarlo todo, tratando de entender. No encontrando nada que le resultara conocido, solo un clima inclemente casi desértico.
No se movía de allí, observaba con atención el entorno, una casa grande, nada ostentosa, el techo de tejas, las paredes de bloques frisado color azul, una camioneta pick Up desgastada, un perro mestizo que movía la cola sin parar. A primera vista se notaba que los niños no eran hermanos, ya que no se parecían en lo absoluto.
Supuso que dieron con su cuerpo mientras jugaban.
La impotencia comenzó a florecer dentro de su pecho, <<tal vez mi familia ha muerto>>, <<ojalá esto solo sea un sueño>>. En su interior se mantenía preguntándose una y otra vez que pudo haber pasado.
No podía mostrarse débil ¿Qué podrían hacer esos simples niños por ella? Si no sabían de dónde venía.
Quizás estaba en otro mundo, en otro universo, aunque en estos momentos todo parecía terrenal. Tal vez, todos los que estaban con ella antes realmente habían muerto en aquella tragedia o podrían estar viviendo su misma experiencia en otro lugar, el terror comenzó a apoderarse de su corazón y de su mente.




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