Retazos De Recuerdos

UNA VEZ NO BASTA PARA PERDER LA OPORTUNIDAD

Mientras la noche se adueñaba de todo, Camila se subió a un autobús donde no habían asientos libres y antes de que se cerraran las puertas automáticas subieron dos hombres, uno… un moreno alto, aparentemente antiguo pelotero de béisbol, el otro su amigo; el ex beisbolista mientras se acomodaba en algún espacio quedó cerca de ella, la contempló, como quien encuentra una prenda apreciada que estaba perdida, se sonreía, la miraba fijamente mientras le guiñaba un ojo, esa acción la hizo reír, segundos después y sin aviso se acercó con prisa y le dio un beso en la mejilla.

De frente, en un asiento del autobús, estaba sentada una antigua amiga, a la que no había visto en años, la chica frunció los labios, arrugó la nariz y volteó los ojos mostrando el desprecio que sentía por aquella escena.

Camila, no lograba tener clara la razón de esa expresión, si eran celos o tal vez envidia porque ella se veía complacida, recordó entonces el episodio por el cual rompieron amistad, el reclamo constante de que Camila tenía más pretendiente y era extrovertida, la chica en el asiento por el contrario se sentía molesta, ya que le pareció un abuso de parte del hombre y una sinvergüenzura de parte de Camila no haber hecho nada ante lo sucedido; según su parecer su ex amiga tuvo que haber hecho un escándalo, era lo lógico.

En la medida que los usuarios fueron descendiendo del autobús, los pasajeros que estaban de pie se fueron ubicando en cada uno de los asientos que quedaron libres dejando el pasillo vacío.

Entonces, el pelotero se sentó al lado de la chica celosa y decidió coquetearle… eso la hizo feliz, olvidó la opinión que tenía al respecto de esas actitudes momentos antes.

Camila tomó asiento en un puesto lateral y miraba a través del retrovisor lo que estaba sucediendo. Su estado de ánimo era imperturbable, se mantenía serena, sabía que el pelotero estaba actuando de esa manera para que la chica a la que en estos momentos le estaba coqueteando se tragara sus insinuaciones, por lo tanto la calma que acariciaba su corazón se le notaba en el rostro.

Cuando al fin cada quien se acercaba a su destino la envidiosa fue la primera en pedir la parada, se bajó erguida y esponjada como un pavo real, creyendo que había vencido al júbilo de Camila. Mientras tanto, la noche estaba amenazada con la proximidad de una tormenta, estaba garuando y rápidamente las gotas que fueron llovizna se hicieron más grandes y más veloces, llovía.

El antiguo beisbolista seguía en el autobús mirando a la chica que pretendía… risueño, el brillo en sus ojos le iluminaba el rostro, la ligera sonrisa en sus labios suavizaban sus facciones varoniles, sus maneras dejaban en claro sus emociones y los sentimientos que le brotaban del alma, era un hombre feliz.

Dejaba claro que le gustaba Camila, le gustaba de una forma diferente, difícil de explicar, era una forma especial, una forma que ni siquiera él más grande de los poetas podría describir. A ella le llenaba de regocijo y no entendía el porqué.

— Serías capaz de darme tu número telefónico. — le preguntó sin rodeos el pelotero.

— ¡Claro que sí! — respondió ella con las mejillas sonrojadas — Extendiendo un trozo de papel para que él mismo tomara nota.

Intercambiaron los números telefónicos o tal vez no, la primera vez que se encontraron sucedió igual y aunque para aquel entonces no existían los smartphones el número local que ella le ofreció estaba equivocado (algo que había hecho ella con total intención).

Arribaron a la parada donde a ellos les tocaba quedarse, el pelotero intentaba sin éxito recordar de dónde la conocía, al mismo tiempo Camila descendió por la puerta trasera del autobús y en el momento que uno de sus pies tocó el suelo las memorias llegaron a su mente, recuerdos de él, alguna vez, antes de que fuera famoso.

Estaba poniendo el otro pie en el piso cuando escuchó la voz quebrantada de un hombre que se subía al autobús.

— ¡Por favor amigo, solo por esta vez! — Rogaba.

— Lo lamento mucho, pero no puedo ayudarte, si accedo contigo tendré que hacerlo con todas las personas que se suben a mí maldito bus pidiendo limosna.

— No te estoy pidiendo limosna, te estoy pidiendo que aceptes lo poco que tengo como pago.

— ¡Ya te dije que no! O pagas completo o te bajas. Y es mejor que te apresures porque me estás retrasando.

— ¡Por favor! — insistía el hombre, mientras Camila se giraba por un impulso volviendo a subir.

Se devolvió corriendo por el pasillo, con la respiración entrecortada llegó hasta el chofer, miró al hombre y al conductor, posó su mano en el hombro del segundo, extendió la otra y pagó con un billete de alta denominación, con el deseo de regalarle el cambio al hombre en apuros, pero al recibirlo y notar la diferencia en el vuelto cayó en cuenta de que había regresado al pasado.

Un día, unos 20 años atrás, en la época de la adolescencia; Camila le había obsequiado un ticket estudiantil de metro a alguien (al ex beisbolista). Esa fue la primera vez que lo vio, él no la olvidó.

Ella se bajó del transporte y él, que se había regresado a su asiento a esperar el desenlace de la escena, continuó el viaje, no obstante en esa fracción de segundos mientras Camila recordaba lo que había sucedido, al mismo tiempo él también lo recordó, se acordó de que en ese instante se había enamorado de ella, aunque ella no de él.

Camila se quedó mirando como se alejaba el autobús, y en el, el ex beisbolista. Con la expresión quieta en el rostro, invadida por la nostalgia siguió su camino. Más tarde, en compañía de la luz de las farolas, que indicaban el camino y bajo la lluvia se adentró a un barrio.

Primero, pasó frente a un kiosco de periódicos y e detuvo, se inclinó hacia dentro del cuchitril, miró de una esquina a otra:

— ¿Qué hora es? — y sin esperar respuesta hizo otra pregunta — ¿Tendrán cigarrillos?

— ¡Solo tenemos fuego! — respondió un trío de voces al unísono, riendo de manera ridícula, como hienas muriéndose de hambre.




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