Rettasu

El comienzo

hay amistades que nacen en la escuela, entre pupitres y exámenes compartidos. Otras surgen en el trabajo, forjadas en la monotonía de las horas de oficina.

Y algunas... algunas nacen en una cancha que nunca fue oficial.

La de ellos estaba detrás de un galpón viejo, un terreno olvidado por la municipalidad donde el pasto crecía en manchones desiguales y la tierra seca se levantaba como humo con cada corrida. Los arcos eran dos esqueletos de metal oxidado que crujían con el viento y se movían si los mirabas demasiado fuerte. Ahí crecieron, despellejándose las rodillas. Ahí discutieron a grito pelado por un fuera de juego inexistente. Ahí se prometieron cosas que, con el paso de los años, habían olvidado que prometieron.

Y ahí estaban otra vez. El sol de la tarde caía pesado, pintando el polvo en suspensión de un tono naranja.

Nikinho siempre era el primero en tocar la pelota.

Era bajo, apenas un metro setenta, de piel clara y un pelo blanco natural, casi plateado, que siempre llevaba desordenado como si acabara de levantarse de una siesta. Llevaba unos pendientes dorados pequeños que brillaban como advertencias cada vez que giraba la cabeza para escanear el campo.

Jugaba de mediocentro, pero no porque un entrenador lo hubiera decidido en una pizarra táctica. Era porque el balón, simplemente, lo buscaba a él.

No corría rápido; de hecho, a veces parecía que trotaba con pereza. No gritaba para pedirla. Pero cuando la pelota le llegaba al pie, el caos del partido parecía ordenarse solo. El tiempo bajaba la velocidad a su alrededor.

Un control de seda con el exterior del pie. Un toque sutil.

Y entonces, un pase imposible. Un pase que nadie, absolutamente nadie en la cancha, había visto... salvo él. El balón pasó entre tres piernas rivales y aterrizó en el espacio vacío exacto.

—¡NICO! —gritó uno de los rivales del barrio, frenando en seco, frustrado—. ¡ESO NO EXISTÍA! ¡TE LO ACABAS DE INVENTAR!

Nikinho apenas se encogió de hombros, sin dejar de trotar.

—Existía —dijo con voz tranquila—. Solo que no lo viste venir Tenía ego, sí. Pero no era esa soberbia ruidosa y molesta. Era la confianza rara y silenciosa de quien sabe exactamente lo que puede hacer... y aun así, sigue prefiriendo jugar con sus amigos en el barro.

Alfonso era todo lo contrario. Era ruido y color.

Medía poco más de uno setenta, piel clara y el pelo teñido de un azul eléctrico, casi rapado a los costados. Sus ojos, curiosamente del mismo color intenso, parecían reírse constantemente, incluso cuando cometía un error garrafal. No llevaba pendientes, ni cadenas, ni nada que brillara... porque ya brillaba él con luz propia.

Jugaba de delantero. O mejor dicho: aparecía donde no debía, como un fantasma hiperactivo.

Cinco minutos antes, había fallado un gol imposible. Solo frente al arco, sin arquero, y la había mandado por encima del galpón.

—¡NOOOOO! —se agarró la cabeza con ambas manos, dramatizando la falla como si fuera una tragedia griega—. ¡MI ABUELA CON ARTRITIS HACÍA ESE!

Pero cinco segundos después, el fútbol, que es caprichoso, le dio revancha. Un centro llovido, malo y alto, venía hacia el área. Alfonso saltó donde nadie más saltó.

No era el más alto. No era el más fuerte. Pero su cuerpo respondió como si conociera un secreto sobre la gravedad. Se quedó suspendido en el aire un segundo más que los demás.

Cabeceó torcido, casi con la nuca.

Gol. La pelota entró pidiendo permiso junto al palo oxidado.

—¡VAMOOOOS! —gritó cayendo mal sobre el hombro, pero levantándose de un resorte—. ¡VISIÓN! ¡TODO ES VISIÓN!

Vicente, desde el fondo, negó con la cabeza.

—Eso no fue visión —le gritó, aunque sonreía por dentro—. Fue pura suerte, payaso.

—La suerte se entrena, mi querido amargado —respondió Alfonso, poniéndose serio de repente como un filósofo barato de vereda—. Es un estado mental.

Era el alma del equipo. El que ponía música en el parlante portátil antes de empezar. El que se reía primero cuando el cuerpo dolía después de una patada. Y, sin saberlo, era la chispa que hacía que todos los demás siguieran corriendo cuando ya no tenían aire.

Vicente cerraba la cancha. Era el ancla.

Alto, un metro ochenta y cuatro de pura presencia, moreno, con el pelo rojo ondulado y una barba marcada que le sumaba años. Tenía un físico grande, trabajado, no de gimnasio, sino de cargar cosas pesadas. No necesitaba correr mucho para imponer respeto; su sola sombra cubría media área.

Jugaba de defensor. Porque en este mundo de artistas y locos, alguien tenía que decir "hasta aquí".

No hacía entradas espectaculares de tijera. No necesitaba vender humo. Llegaba justo al lugar indicado. Ponía el cuerpo mejor que nadie. Era una pared de concreto en movimiento.

Un delantero rival intentó desbordarlo por la banda. Vicente ni siquiera parpadeó.

—ATRÁS —ordenó con una voz que no admitía réplica.

—MÍA.

Un choque de hombros seco. El rival rebotó y terminó sentado en la tierra. Vicente salió jugando con un despeje limpio y largo.

—Contigo no se puede jugar tranquilo, animal —le dijo el rival desde el suelo, sacudiéndose el polvo.

Vicente lo miró serio, sin rastro de burla.

—Ese es el objetivo.

Era prepotente, era enojón. Se tomaba la pichanga del barrio como la final del mundo. Pero cuando las cosas se complicaban, cuando iban perdiendo y los demás bajaban los brazos... él era el primero en quedarse a defender el fuerte.

El partido terminó como siempre terminaban ahí: cuando el sol ya no dejaba ver la pelota. Sin marcador oficial. Sin árbitro al que insultar. Con risas y pulmones ardiendo.

Se dejaron caer en el borde de la cancha, sobre la tierra fresca, transpirados y con las piernas temblando levemente. El cielo sobre el galpón se estaba poniendo de un violeta intenso, manchado de naranja. El aire olía a sudor y tierra removida.



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En el texto hay: humor, amistad, futbol romance

Editado: 16.02.2026

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