El viejo no se quedó a escuchar respuestas, ni quejas, ni preguntas.
Eso fue lo más incómodo de todo. Su partida fue tan abrupta como su llegada.
Después de soltar la bomba sobre el cierre de inscripciones y decir lo justo —ni una palabra más, ni una menos de las necesarias—, dio media vuelta sobre sus talones y empezó a caminar hacia la salida de la cancha de tierra, perdiéndose en las sombras que se alargaban desde el galpón.
Antes de que la oscuridad se lo tragara del todo, se detuvo un segundo. No giró la cabeza. Habló a la noche, sabiendo que lo escuchaban.
—Si quieren entender algo, vayan mañana.
Dijo una dirección. Corta. Precisa. Un lugar en una zona de la ciudad que ninguno frecuentaba.
Luego, simplemente se fue. El sonido de sus pasos arrastrados sobre la grava se desvaneció rápido. Sin despedirse. Sin asegurarse de que lo siguieran. Como si le importara un comino si iban o no, aunque hubiera venido hasta ahí solo para eso.
El silencio que dejó tras de sí era pesado, espeso como el aire antes de una tormenta. Quedó flotando sobre la cancha vacía, mezclado con el olor metálico de los arcos oxidados.
Alfonso, incapaz de lidiar con el silencio por más de diez segundos, fue el primero en romperlo. Se pasó una mano nerviosa por su pelo azul rapado.
—Bueno... —soltó el aire que había estado conteniendo—. Eso fue incómodo incluso para mis estándares. Y miren que yo he tenido citas desastrosas.
Vicente no se rio. Seguía de pie, con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, mirando fijamente hacia el punto exacto donde el viejo había desaparecido, como si esperara que volviera para terminar la discusión.
—No me gusta —gruñó Vicente, con la mandíbula tensa—. La gente que habla así, a medias, normalmente sabe mucho más de lo que dice. Y lo que callan suele ser lo peligroso.
Nikinho no respondió enseguida. La adrenalina del partido se había evaporado, dejando paso a un cansancio frío.
Se sentó en el pasto seco, ignorando la tierra que se le pegaba a las piernas sudadas. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos, quedándose mirando fijamente una piedra en la cancha, como si buscara respuestas escritas en ella.
—¿Lo conocías de verdad, Nico? —preguntó Alfonso, bajando el tono de voz, perdiendo por un momento su habitual chispa burlona.
Nikinho dudó. La imagen del viejo se mezclaba con recuerdos borrosos de su infancia, olores a linimento y voces graves discutiendo en una cocina.
—No —respondió al fin, con voz neutra—. O sí... No sé. Es complicado.
Suspiró, un sonido profundo que pareció sacarle un peso de encima.
—Mi abuelo hablaba de él —continuó, sin levantar la vista de la piedra—. No a menudo. Pero cuando lo hacía, siempre era como si hablara de una molestia constante. Como una piedra en el zapato que no te puedes sacar. "El viejo terco", le decía.
Alfonso intentó sonreír, pero le salió una mueca.
—Eso explica bastante el carácter del señor.
Nikinho se quedó en silencio unos segundos más. La noche ya había caído por completo, y la única luz provenía de una farola lejana en la calle. Sus pendientes dorados captaron ese destello débil.
—Mis viejos me dejaron cuando era chico —dijo de repente. No había dramatismo en su voz, solo estaba exponiendo un hecho, como quien dice la hora—. No fue una escena grande de película, ni gritos, ni portazos. Simplemente... un día dejaron de estar. Se fueron a "buscar oportunidades" y se olvidaron de volver.
Vicente descruzó los brazos. Alfonso se quedó quieto. Sabían retazos de la historia, pero Nikinho nunca hablaba de eso abiertamente.
—El que se hizo cargo fue él —continuó Nikinho, y su voz se suavizó imperceptiblemente—. Mi abuelo. No era un tipo cariñoso. Creo que no sabía decir "te quiero" sin sentirse ridículo. Sus abrazos eran palmadas fuertes en la espalda que casi te tiraban al suelo.
Levantó la vista y miró el arco desvencijado donde habían jugado tantos años.
—Pero me traía a la cancha. Siempre a esta misma cancha de mierda. Llueva, truene o caiga sol. Se sentaba ahí, en ese banco que cruje, y me miraba jugar durante horas. Decía que si aprendía a controlar la pelota en este terreno irregular, donde nunca sabes para dónde va a picar... podía jugar en cualquier lado.
Vicente asintió despacio, reconociendo esa lógica dura.
—Eso suena mucho a él. Un tipo práctico.
—Nunca me habló mucho del club —admitió Nikinho—. Solo mencionaba el nombre a veces, "Rettasu", cuando bebía un poco de más. Decía que era... algo que no había funcionado. —Se rio por lo bajo, una risa sin alegría—. Como casi todo lo que intentó en su vida, supongo.
Alfonso se dejó caer al lado suyo en el pasto. El contacto de hombro con hombro fue un gesto de apoyo silencioso.
—O sea —dijo Alfonso, tratando de recuperar el ritmo—, recapitulando: tenemos un club fantasma, un viejo raro que parece salido de una película de terror, y cero recuerdos claros. Un planazo.
—Exacto —respondió Nikinho.
Vicente, que seguía de pie como un guardián, finalmente se movió y se sentó al otro lado de Nikinho. Los tres formaban ahora una pequeña barrera contra la oscuridad.
—¿Y por qué crees que nos buscó a nosotros? —preguntó Vicente, mirando a Nico—. Al final del día, somos tres tipos que juegan detrás de un galpón.
Nikinho se quedó pensando un momento, buscando la verdad en su interior.
—Quizás porque sabe que somos tercos —dijo—. Porque siempre volvimos a jugar aquí, aunque la cancha sea un desastre, aunque nos peleemos, aunque no hubiera nada que ganar más que el orgullo de la tarde.
El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Era un silencio compartido, de camaradería
—La dirección que dio... —murmuró Alfonso, mirando la hora en su celular—. ¿Vamos?
Vicente frunció el ceño, su sentido de la responsabilidad luchando contra su curiosidad.
—Mañana trabajo a primera hora. El capataz me mata si llego tarde otra vez.
Editado: 16.02.2026