La dirección que les había dado el viejo no era difícil de encontrar, al menos no en el mapa.
Lo difícil era aceptar que eso pudiera haber sido, alguna vez, un club de fútbol.
El portón metálico estaba al fondo de una callejuela angosta, encajonado entre talleres mecánicos y casas de fachada gris. Tenía restos de pintura verde, como cicatrices de un tiempo mejor, aunque el óxido ya había reclamado casi toda la superficie, dibujando mapas marrones sobre el metal.
Nikinho se quedó parado frente a él un momento más que los otros, con las manos en los bolsillos, esperando que algo en su memoria hiciera clic.
—No recuerdo haber venido acá —dijo finalmente, con voz apagada—. O capaz vine… pero definitivamente no se veía así.
Alfonso, impaciente por la solemnidad del momento, empujó el portón con la punta del pie. El metal protestó con un chirrido largo, agudo y doloroso que hizo eco en todo el callejón, espantando a un par de palomas.
—Bueno —dijo Alfonso, entrando y sacudiéndose las manos como si el óxido fuera contagioso—. Si esto era un club, claramente no ganó muchos premios por estética o mantenimiento.
Vicente entró detrás, con su paso pesado, observando cada rincón con esa mirada crítica de quien evalúa una estructura a punto de colapsar.
—No bromees tanto —le reprochó, pasando un dedo por una pared y mirándose la yema negra de polvo—. Este lugar está hecho pedazos. Literalmente.
Y tenía razón. El espacio interior era pequeño y olía a encierro, a papel viejo y humedad. Era una oficina, si se le podía llamar así, con una mesa coja sepultada bajo carpetas amarillentas, un par de sillas de plástico de colores distintos y un pizarrón de corcho donde los nombres de una alineación antigua eran apenas legibles bajo el sol que entraba por las grietas.
Pero lo más impactante no era lo que había, sino lo que faltaba.
No había copas brillantes en estanterías.
No había fotos de equipos celebrando campeonatos.
No había recuerdos "bonitos".
Y eso, curiosamente, fue lo que más pesó en el pecho de Nikinho. El silencio de las victorias que nunca ocurrieron.
—No hay nada —murmuró Alfonso, y esta vez su tono no tenía ni una pizca de broma—. Ni siquiera algo para decir "acá pasó algo importante". Es… triste.
Nikinho caminó despacio hacia un perchero en la esquina. Colgada allí, como un fantasma, había una camiseta. La tela estaba rígida por los años, el verde original desteñido a un tono musgo. La tocó con cuidado, sintiendo la aspereza del tejido barato.
—Mi abuelo usaba una igual —dijo, casi para sí mismo—. No para jugar… para entrenar. La usaba hasta para dormir a veces.
Vicente se acercó, respetando el espacio de su amigo.
—¿Te hablaba del club, Nico?
Nikinho negó con la cabeza lentamente, sin soltar la tela.
—Casi nunca. Si le preguntaba, cambiaba de tema o me mandaba a comprar pan. Decía que algunas cosas era mejor no explicarlas demasiado, que se entendían mejor en silencio.
Suspiró, y en ese aire viciado, el sonido fue fuerte
Alfonso, que solía llenar los vacíos con ruido, esta vez escuchó en silencio, apoyado contra el marco de una ventana rota que daba a un patio trasero: una cancha de fútbol 5 devorada por la maleza alta.
—¿Y acá jugabas? —preguntó Alfonso suavemente.
—Sí —respondió Nikinho, mirando a través del vidrio sucio—. No era bueno el lugar. La pelota picaba mal. Pero no me iba nunca antes de tiempo. Me sentía… en casa.
—Eso explica por qué sigues jugando con nosotros en ese potrero —dijo Alfonso, sonriendo apenas.
En ese momento, una sombra se alargó desde la entrada.
El viejo apareció en la puerta de la oficina. No golpeó. No carraspeó para avisar. Simplemente se materializó allí, apoyado en el marco con los brazos cruzados, como si fuera parte de la estructura, tan antiguo y resistente como las vigas.
—No ha cambiado mucho —dijo con su voz de lija—. Nunca fue gran cosa, ni siquiera cuando la pintura estaba fresca.
Alfonso dio un pequeño salto del susto, pero se recuperó rápido.
—¿Y ahora qué queda?, fue la pregunta que hizo Nico.
El viejo suspiró, un sonido que sonó a bisagras oxidadas.
—Poco. Casi nada. —Hizo una pausa—. Pero todavía existe en los papeles. Y el terreno sigue aquí. Por eso los llamé.
Alfonso se cruzó de brazos, mirando el techo con manchas de humedad.
—No voy a mentir —dijo—. Esto está peor de lo que pensaba. Es un museo de la depresión.
—Sí —coincidió Vicente—. Pero ya vinimos. Ya estamos adentro.
Nikinho respiró hondo, llenando sus pulmones con ese aire antiguo. Miró a sus amigos, luego al viejo, y finalmente a la camiseta verde colgada.
—No sé si podemos salvarlo —dijo, siendo brutalmente honesto—. Ni siquiera sé si deberíamos gastar energía en esto.
El viejo lo sostuvo la mirada, desafiante.
—Eso no te lo puedo responder yo —dijo—. Solo puedo decirte que tu abuelo nunca se fue de un partido sin intentar darlo vuelta, aunque fuera perdiendo cinco a cero.
Se hizo un silencio largo en la pequeña oficina. No fue un silencio incómodo. Fue un silencio pensativo, de cálculo, de evaluación. El peso de la historia contra la lógica del presente.
—Mañana empezamos a buscar gente —dijo Nikinho al final. Su voz sonó firme, definitiva.
—No prometo nada. Si no encontramos a nadie, nos vamos.
Vicente asintió, poniéndose al lado de su amigo como un guardaespaldas.
—Nadie está pidiendo milagros.
Alfonso se frotó la cara, sonriendo con cansancio pero con un brillo de emoción en los ojos.
—Bueno… al menos ahora sabemos dónde estamos parados. En la ruina, pero parados.
El viejo no dijo nada más. No sonrió, no les dio las gracias. Pero tampoco se fue. Se quedó allí, viéndolos tomar el mando, y eso, por alguna extraña razón, fue suficiente aprobación para los tres
Editado: 16.02.2026