La mañana siguiente llegó demasiado rápido, como una deuda que vence antes de tiempo.
Nikinho se despertó con esa sensación pegajosa e incómoda en el estómago, la misma que uno tiene cuando acepta un compromiso gigante antes de pensar bien en las consecuencias. Se quedó mirando las grietas del techo de su habitación un rato largo, repasando mentalmente la conversación del día anterior: la oficina polvorienta, las camisetas que olían a humedad… y la forma en que el viejo los había dejado solos con una cuenta regresiva invisible.
No había habido discursos heroicos con música de fondo. No había patrocinadores. Solo tres locos y una fecha límite.
Cuando llegaron a la cancha del barrio, Alfonso ya estaba ahí. Estaba sentado sobre una pelota vieja, con los ojos hinchados, bostezando sin ningún tipo de vergüenza ni decoro.
—Dormí mal —anunció apenas los vio llegar, estirando los brazos—. Soñé que teníamos un equipo completo, ganábamos la final… y me desperté con miedo porque me di cuenta de que ni siquiera tenemos arquero.
Vicente llegó unos minutos después, todavía con la ropa de trabajo manchada de grasa y con cara de pocos amigos.
—Tenemos poco tiempo —dijo sin rodeos, mirando el reloj—. Así que menos charla y sueños, y más moverse.
Nikinho asintió, tratando de contagiar una seguridad que no sentía del todo.
—Empezamos por lo obvio —dijo, sacando una libreta pequeña—. Gente que ya conocemos. Gente de confianza.
El primer intento fue con un primo de Alfonso. Jugaba de volante, tenía buen toque y era rápido. Lo encontraron lavando el auto frente a su casa. Escuchó la propuesta con atención, secando el capó con un trapo, hizo un par de preguntas razonables sobre los horarios… y luego negó con la cabeza con una sonrisa de disculpa.
—No puedo, Alfo —dijo—. Trabajo los fines de semana en el mercado. Necesito la plata.
—Nosotros también —respondió Alfonso, intentando negociar—. Mira cómo estamos, pero esto es… diferente.
El primo se rió, le dio una palmada en el hombro y volvió a su auto.
—Ojalá les resulte, en serio —dijo antes de darles la espalda—. Pero no cuenten conmigo. Las cuentas no se pagan con goles.
El segundo nombre en la lista era un excompañero de Vicente del colegio industrial. Un defensor duro, de esos que te hacen sentir el rigor en cada jugada. Lo buscaron en el taller mecánico donde trabajaba.
—¿Rettasu? —repitió el tipo, limpiándose las manos negras de aceite en un estopa—. ¿Qué es eso? ¿Una marca de fideos?
Vicente explicó rápido, tragándose el orgullo, sin adornos. El tipo escuchó serio, evaluando la oferta.
—Suena lindo para pasar el rato —dijo finalmente, escupiendo al suelo—. Pero ya pasé esa etapa de jugar por jugar. Si no hay plata de por medio, prefiero quedarme en casa viendo la tele.
Eso dolió más de lo que Vicente quiso admitir. No fue un "no" por necesidad, fue un "no" por desinterés. Para el resto del mundo, su gran misión no era más que una pérdida de tiempo.
Alfonso empezó a perder la paciencia cerca del mediodía, cuando el sol pegaba fuerte y el hambre empezaba a molestar.
—¿Te das cuenta? —le dijo a Nikinho mientras caminaban pateando piedras—. La gente dice que quiere jugar… pero no tanto. Quieren jugar si es fácil. Si queda cerca. Si hay camisetas nuevas.
Nikinho no respondió. Estaba pensando en su abuelo. No recordaba grandes frases motivacionales, sino cosas chicas: cómo se ataba los botines con doble nudo, cómo siempre insistía una vez más cuando algo no salía, cómo no se iba a casa a la primera negativa.
—Sigamos —dijo Nikinho, secamente—. Todavía no terminamos la lista.
Fueron a una plaza donde solían armarse partidos rápidos. Fueron a una cancha de cemento detrás de la iglesia. Fueron hasta la casa de un conocido que alguna vez juró que "mataría por jugar en un club".
Las respuestas se repetían como un disco rayado, variando solo en el tono de la excusa:
"No puedo, mi novia me mata."
"No ahora, estoy con los exámenes."
"Tal vez otro año, avísame."
"Eso ya fue, ya estoy viejo para correr tanto."
Cada "no" pesaba un poco más en la mochila invisible que cargaban.
—Vamos a quedar tres contra once —bromeó Alfonso, aunque su risa sonaba hueca—. Y eso siendo optimista. Capaz tenemos que poner al viejo de arquero.
—No jodas —respondió Vicente, que ya no tenía paciencia para el humor—. Sigue preguntando.
Cerca de la tarde, cuando las sombras empezaban a alargarse, apareció el viejo.
No ayudó. No trajo una lista de cracks ocultos. No hizo nada útil, en apariencia. Solo se quedó parado cerca de un árbol, mirándolos ser rechazados una y otra vez.
Alfonso, frustrado, se giró hacia él.
—¿Siempre miras así? —le preguntó, abriendo los brazos—. ¿O es una técnica avanzada de presión psicológica para que juguemos mejor?
El viejo lo miró con esa calma irritante.
—Si no les molesta que mire… —respondió con voz rasposa— es porque todavía no están listos.
—Gracias por el ánimo, es justo lo que necesitábamos —murmuró Alfonso con sarcasmo.
Nikinho se acercó al viejo, sintiendo el peso del fracaso en los hombros.
—No está saliendo como pensábamos —admitió—. Nadie quiere venir. Nadie cree en esto.
El viejo asintió, como si le estuvieran confirmando el pronóstico del clima.
—Nunca sale como se piensa, muchacho.
—¿Y entonces? —insistió Nikinho.
El viejo lo miró directo a los ojos, clavándole la mirada.
—Entonces se sigue —respondió—. O se para y se van a casa. Ustedes deciden.
Nikinho apretó los dientes. La opción de irse a casa sonaba tentadora, pero el orgullo era más fuerte.
Cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de rojo sangre, estaban agotados, frustrados y con una lista de confirmados que seguía vacía.
Alfonso se dejó caer al pasto de la plaza, derrotado.
—Bueno, fue lindo mientras duró la fantasía —dijo, cerrando los ojos—. ¿Alguien quiere una bebida antes de rendirse oficialmente y volver a nuestra vida mediocre?
Editado: 16.02.2026