La incursión nocturna a la cancha de cemento les había enseñado una lección valiosa, aunque dolorosa: mirar no era suficiente. Y pedir por favor, tampoco. Esa noche consiguieron un par de "quizás", pero ninguna certeza.
A la mañana siguiente, con el plazo del viejo respirándoles en la nuca, entendieron que necesitaban una estrategia de guerra. Si seguían los tres juntos, pegados como lapas, iban a perder tiempo. Y tiempo era lo único que no tenían.
Se reunieron temprano en la esquina de siempre.
—Yo voy a los campos de tierra del sur —dijo Alfonso, ajustándose la gorra—. Ahí siempre hay alguien que juega, aunque sea con piedras de portería. Son los más desesperados.
Vicente asintió, con las manos en los bolsillos de su overol de trabajo.
—Yo voy a preguntar en el taller y en la fábrica —dijo con voz grave—. Buscaré a los veteranos. Gente que antes jugaba… o que todavía cree que puede hacerlo si le dan una razón.
Nikinho se quedó mirando la cancha del barrio, vacía a esa hora.
—Yo me quedo recorriendo la zona —dijo—. Iré a las canchas públicas, a las plazas. Buscaré a los que juegan solos.
Alfonso lo miró, extrañado.
—¿Solos? ¿Para un equipo?
—Siempre fue así —respondió Nikinho, recordando sus propias tardes pateando contra una pared—. El que juega solo tiene más hambre.
El viejo, que estaba sentado en el banco como un espectro matutino, no opinó. Solo los miró irse, uno por uno, cronometrando mentalmente sus pasos.
Alfonso llegó a los potreros del sur pasado el mediodía, con tierra roja en las zapatillas y la sensación constante de estar vendiendo humo.
Preguntó sin rodeos, interrumpiendo partidos amistosos y rondas de agua.
—¿Quién es el que más corre acá?
Las respuestas fueron vagas al principio. Risas, burlas. Hasta que alguien señaló hacia un arco improvisado con dos mochilas.
—Ese —dijo un chico—. El flaco que no para de hablar.
Alfonso se acercó. Era Lukk.
Era todo nervio: delgado, fibroso, con la piel curtida por el sol de las dos de la tarde. Jugaba en el medio, corría como si le debiera dinero a alguien y hablaba todavía más. Narraba sus propias jugadas mientras las hacía.
—¿Te interesa jugar en un club? —preguntó Alfonso, aprovechando que Lukk había parado para atarse los cordones.
Lukk levantó la vista y se rio. Le faltaba un diente, lo que le daba un aire pirata.
—¿Club de verdad o club "vamos viendo"?
—Del segundo tipo —respondió Alfonso con honestidad brutal—. Por ahora. Pero tenemos camisetas.
Lukk lo escaneó un segundo.
—Si entrenan en serio —dijo, poniéndose serio de golpe—, yo voy. Me aburro de ganarles a estos muertos.
—Perfecto —Alfonso sonrió—. Corres mucho.
—Porque no me gusta perder —respondió Lukk, y salió corriendo de nuevo.
Un poco más allá, en una banda lateral, estaban Marcel y Dani. Eran laterales, o carrileros, o simplemente dos tipos que subían y bajaban la banda como si estuvieran conectados por un cable invisible. No eran brillantes. No hacían lujos. Pero cumplían.
Cuando Alfonso les habló del club, se miraron entre ellos. Parecían comunicarse por telepatía.
—¿Hay camisetas? —preguntó Marcel, el más alto.
—Verdes. Viejas, pero verdes —respondió Alfonso.
—Listo —dijo Dani, encogiéndose de hombros—. Peor que este tierral no puede ser.
Alfonso anotó los tres nombres mentalmente. Tres locos. Buen comienzo.
Vicente fue directo al grano. En el taller, durante el descanso del almuerzo, golpeó una llave inglesa contra una mesa para llamar la atención.
—¿Quién jugaba antes de romperse la espalda acá? —preguntó.
Un silencio incómodo. Luego, un tipo grande, que comía un sándwich en una esquina, levantó la mano despacio.
—Yo —dijo con voz profunda—. Pero ya no corro, Vicente. Mis rodillas suenan como bisagras oxidadas.
Vicente lo miró. Era Virk.
Defensa central. Fuerte, serio, con esa forma de pararse ancha que decía "por acá no pasas" incluso sin moverse.
—¿Quién dijo que hace falta correr tanto para defender? —replicó Vicente—. Necesito alguien que ordene, no alguien que persiga mariposas.
—No prometo aguantar los noventa minutos —advirtió Virk.
—Prométeme aguantar los momentos importantes —respondió Vicente.
Virk asintió y le dio un mordisco a su sándwich.
—Eso sí. Cuenta con ello.
Más tarde, en la salida, apareció Javi. Era un mediocampista ordenado, de esos que juegan simple porque entienden el juego, no porque no sepan hacer otra cosa. Pero tenía esa mirada cansada del que ya se rindió.
—No tengo tiempo para tonteras de barrio —dijo Javi, limpiándose la grasa de las manos.
Vicente lo miró fijo, bloqueándole el paso.
—Entonces no vengas —respondió tajante—. Quédate en casa mirando la tele. Pero si vienes, ven en serio. No quiero turistas.
Javi suspiró, luchando contra su propio deseo de volver a tocar una pelota.
—Mañana paso a ver —masculló—. Solo a ver.
Vicente sonrió por dentro. Ya lo tenía.
Nikinho caminó toda la tarde. Cancha chica de baldosas. Cancha grande de sintético gastado. Cemento puro.
Preguntaba lo mismo siempre a los que veía con talento.
—¿Quieres jugar en un equipo nuevo?
La mayoría decía que no. Se reían. ¿Rettasu? ¿Qué es eso?
Nikinho ya estaba por volverse cuando vio a un arquero en una cancha municipal vacía.
Atajaba solo. Pateaba la pelota contra un muro, esperaba el rebote y volaba para atajarla. Una y otra vez. Sin público. Sin aplausos. Solo el sonido seco del cuero contra el ladrillo.
Se llamaba Luigi.
—¿Por qué entrenas solo? —preguntó Nikinho desde la reja.
Luigi se levantó del suelo, sacudiéndose el polvo. Tenía ojos de loco, o de genio.
—Porque nadie quiere arquero en las pichangas —respondió—. Todos quieren meter goles. Y yo quiero atajar. Quiero arruinarles los goles.
Nikinho sonrió. Ese era el espíritu.
Editado: 16.02.2026