24 de junio de 2039 (Calendario de Invierno)
Karden - 10:00 a.m.
El viento aullaba como un demonio furioso sobre la nieve. Un grupo de tres personas corría a toda velocidad, tropezando con la gruesa capa de hielo, huyendo desesperadamente.
Detrás de ellos, una manada de lobos mutantes de tamaño colosal les pisaba los talones. Los monstruos rugían con una sed de sangre insaciable, viendo a esas pobres personas no como humanos, sino como su próximo alimento.
Con los pulmones ardiendo por el cansancio inquebrantable, el pequeño grupo logró llegar hasta una tienda de conveniencia que estaba casi enterrada por la nieve. Rompieron la puerta, entraron a tropezones y se atrincheraron en el interior.
-Debemos buscar la manera de salir de aquí -dijo Itan, apoyando la espalda contra la pared, respirando con agitación.
-¿Y cómo demonios sugieres que salgamos? -le respondió Jorge, asomándose apenas por el borde de la ventana cubierta de escarcha-. Estamos rodeados por esos malditos lobos mutantes. Nos superan en número y en fuerza.
Itan miró con desprecio a las otras dos personas que estaban acurrucadas en un rincón oscuro de la tienda: una mujer joven y su pequeña hija, que temblaban de frío y terror.
-Además, no entiendo por qué tenías que jugar al héroe -escupió Itan, señalándolas-. ¿Para qué tenías que salvar a esa mujer y a la mocosa? Nos están retrasando.
-¡Porque somos seres humanos, maldita sea! -le replicó Jorge, apretando los dientes-. Si no somos capaces de salvar a los nuestros, entonces simplemente somos iguales a los monstruos que están allá afuera acechándonos.
-¡Tu maldita estupidez de creerte el salvador hará que nos maten a todos un día de estos, Jorge!
-¡Shhh! ¡Silencio! -susurró Jorge de golpe, llevándose un dedo a los labios-. Nos van a escuchar.
Afuera de la tienda, el crujido de la nieve bajo unas patas pesadas hizo que a todos se les helara la sangre. Los lobos merodeaban alrededor del local lentamente, olfateando el aire, sintiendo la presencia y el aroma del miedo de las presas que estaban atrapadas en el interior.
El silencio se volvió sepulcral durante varios minutos. Solo se escuchaba la respiración entrecortada de la niña.
-¿No escucho nada... se fueron? -susurró Jorge, intentando afinar el oído.
-Creo que sí -respondió Itan, soltando un suspiro de alivio.
Pero la ilusión de seguridad se hizo pedazos en un segundo.
¡CRASH!
El sonido de un cristal estallando retumbó en el lugar. Una lluvia de pedazos de vidrio voló por el aire, cayendo a escasos centímetros de donde estaban escondidos. Uno de los lobos gigantescos había destrozado la ventana trasera y estaba entrando al local, babeando y gruñendo.
-¡Maldita sea! ¡Me largo de aquí! -gritó Itan, perdiendo por completo la razón-. ¡No dejaré que estos perros asquerosos me coman vivo! ¡No los dejaré!
-¡No, Itan, no salgas por ahí! -le gritó Jorge, intentando detenerlo.
Pero fue inútil. Itan corrió hacia la puerta principal en un ataque de pánico y salió a la nieve. Apenas dio dos pasos cuando la manada entera se abalanzó sobre él, tomándolo por sorpresa desde los costados.
-¡Aaaargh! ¡Jorge, ayúdame! -gritaba Itan mientras tres lobos lo inmovilizaban en el suelo.
Las bestias comenzaron a jalar de sus brazos y piernas con una fuerza brutal, desgarrando su ropa y su carne lentamente.
-¡Mi pierna! ¡Nooo, maldita sea, mi pierna! -aullaba Itan, mientras la nieve blanca a su alrededor se teñía de un rojo brillante-. ¡Ayúdame, hijo de perra, todo esto es tu culpa por...!
El grito fue cortado de tajo por un sonido seco, repugnante. Las enormes mandíbulas de un lobo se cerraron sobre su cuello, arrancándole la cabeza de una sola mordida. El cuerpo de Itan cayó inerte sobre la nieve.
Desde el interior de la tienda, Jorge vio la horrible escena. El terror le erizó cada vello del cuerpo. Sabía perfectamente que no tenían oportunidad de ganar, pero en su mente se formó una idea desesperada: si alguien hacía de carnada humana, había una pequeña posibilidad de que la mujer y la niña pudieran correr lo suficientemente rápido para escapar de las bestias.
En el rincón de la tienda, la niña rompió a llorar y se abrazó a su madre.
-Mamá... vamos a morir -sollozó la pequeña Ana.
-Shhh, mi amor, todo va a estar bien -dijo su madre, Erika, tapándole la boca con suavidad e intentando conservar la calma, aunque sus propios ojos estaban dilatados por el pánico.
Mientras tanto, el lobo que había entrado por la ventana olfateaba el aire, buscando entre los estantes caídos. Jorge se acercó a la mujer y a la niña arrastrándose por el suelo.
-Escúchenme bien -les susurró Jorge-. Voy a salir a correr hacia el lado opuesto. Voy a aprovechar que la mayoría de los lobos están distraídos devorando a Itan. En cuanto yo salga y me sigan, ustedes tienen que correr con todas sus fuerzas hacia los edificios abandonados del este.
La niña solo lo miraba, sin entender del todo qué estaba pasando.
-¿Cómo te llamas, pequeña? -le preguntó Jorge.
-Ana... -respondió ella con un hilo de voz.
-Ana es un nombre de niña valiente. Escucha a tu mamá y corre, ¿sí? Yo pronto las alcanzaré.
La niña, con los ojos llenos de lágrimas, asintió despacio.
-A la cuenta de tres, yo saldré -indicó Jorge, posicionándose cerca de la puerta-. Ustedes esperen a que las bestias vayan tras de mí, y luego corran. ¡Uno... dos... tres!
Jorge salió disparado hacia la nieve. El lobo que estaba dentro del local rugió y salió tras él de inmediato, seguido por otros dos de la manada que abandonaron el cadáver de Itan para iniciar la cacería.
Sabiendo que si dejaba de correr sería su fin, Jorge empujó su cuerpo al límite, hundiéndose en la nieve espesa, esperando que su sacrificio hubiera servido de algo.
Adentro de la tienda, Erika no perdió un segundo. Tomó a su hija en brazos y salió corriendo en la dirección contraria, impulsada por la pura adrenalina de una madre. Corrió a toda velocidad hasta llegar a un edificio abandonado y medio derruido. Sin embargo, al intentar entrar, se dio cuenta de que la nieve bloqueaba todas las salidas. Estaban atrapadas.
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supervivencia y posapocaliptico, humanos mutantes, harem erótico
Editado: 02.06.2026