Después de haber terminado una extenuante jornada de trabajo y de limpiar el desastre en la bodega, Kai se dirigió a la zona de los casilleros. Con el cuerpo adolorido pero con un inusual brillo de esperanza en los ojos, se quitó el uniforme sudado y caminó hacia la salida.
-Solen, ya puedes retirarte. Que pases buenas noches y ten cuidado en el camino de regreso a casa -se despidió el señor Jhang desde su escritorio.
-Igualmente, jefe. Muchas gracias por la oportunidad. Nos vemos el lunes -respondió Kai con una reverencia respetuosa.
Salió de las instalaciones de Hayul International Logistics y caminó lentamente hacia la parada del autobús. La brisa nocturna de Karden le golpeó el rostro, pero por primera vez en mucho tiempo no sintió frío. La emoción de su reciente ascenso le aceleraba el pulso. Se sentó en la banca de metal a esperar su transporte hacia la Barriada Varen, sintiendo que un peso enorme comenzaba a levantarse de sus hombros.
Al subir al autobús y tomar asiento junto a la ventana, apoyó la cabeza contra el cristal empañado. Miraba las luces de la ciudad pasar rápidamente, imaginando un futuro brillante. Pensaba en que por fin ganaría el dinero suficiente para saldar sus deudas, remodelar su vida y salir adelante de una vez por todas.
Sin embargo, en el silencio del trayecto, la ilusión comenzó a desvanecerse. Su mente, acostumbrada a la tragedia, lo arrastró irremediablemente hacia atrás en el tiempo. Los recuerdos oscuros de su pasado lo invadieron de golpe, como una marea fría que ahogaba su recién encontrada felicidad.
El Rey y el Mecánico
Kai tenía apenas cinco años. Recordaba estar sentado sobre las rodillas de su padre, oliendo a grasa de motor y a loción de afeitar barata.
-¿Sabes, hijo? -le decía Eric Solen con esa voz ronca y cálida que lo caracterizaba-. A veces este mundo es muy duro con nosotros. Pero eso no quiere decir que no podamos con la carga. Hay veces en las que Dios le da sus batallas más difíciles a sus mejores guerreros. Mírame a mí; a pesar de que el mundo intenta pisotearme, siempre me mantengo firme. Y tú, Kai, tú eres exactamente igual que yo. Eres fuerte.
El pequeño Kai lo miraba con los ojos muy abiertos, llenos de admiración.
-¿Yo soy fuerte, papá?
-Claro que sí, campeón. ¿Sabes qué significado tiene tu nombre? -preguntó Eric, revolviéndole el cabello-. Significa "Rey" en persa. Algún día serás un rey, y espero ver con ansias todas las cosas grandes que vas a lograr.
Pero Eric nunca llegó a verlo.
Kai nunca supo los detalles exactos de lo que ocurrió aquella tarde fatal. Para él, la historia siempre se resumió en unas cuantas líneas de un reporte policial: su padre había muerto salvando a una niña. Pero la verdadera historia, la que quedó enterrada en el pasado, fue mucho más cruda y sangrienta.
Eric era un mecánico humilde. Aquel día salió a reparar el auto de uno de sus clientes de confianza, Victor Kang. Al llegar al domicilio, notó que la puerta principal estaba abierta y el silencio en el interior era absoluto. Al dar el primer paso hacia adentro, el olor a hierro y a sangre le golpeó la nariz.
Victor yacía sin vida en el suelo junto a su esposa Luci. Y a unos pocos metros de los cuerpos, amarrada a una silla y temblando en estado de shock, estaba una pequeña niña.
Eric se acercó a ella despacio, intentando no asustarla, pero se calló de inmediato al escuchar el crujido de unos pasos pesados en el segundo piso.
-Shhh, no hagas ruido -le susurró Eric-. Soy amigo de tu papá. Voy a desatarte.
Los pasos en la escalera se hacían cada vez más fuertes. En cuanto el último nudo cedió, Eric levantó a la niña y la empujó suavemente hacia el pasillo.
-¡Sal corriendo y pide ayuda! -le ordenó.
La niña corrió hacia la entrada, pero la figura de uno de los ladrones, llamado Ricardo, bloqueó la salida. Eric no lo pensó. Tomó el palo de una escoba gruesa que estaba en la pared y arremetió con furia, golpeando al ladrón en la cabeza. Ricardo soltó un gruñido y agarró el otro extremo del palo. Ambos forcejearon violentamente y cayeron al suelo con un estruendo, destrozando un espejo de pared que se hizo añicos a su alrededor.
La niña aprovechó el caos y corrió hacia la calle, gritando con todas sus fuerzas pidiendo ayuda.
En el interior, Eric peleaba a muerte.
-¡Maldito bastardo! -rugió Eric, dándole un brutal puñetazo en la cara a Ricardo, partiéndole el labio.
Ricardo escupió sangre y soltó una carcajada siniestra.
-¿Crees que vas a ganar, idiota? ¡Héctor! -gritó hacia las escaleras.
Un segundo hombre apareció corriendo, empuñando un arma de fuego. Sin mediar palabra, Héctor apuntó y jaló el gatillo dos veces. Los disparos resonaron secos. Eric recibió ambos impactos directamente en la espalda. Cayó pesadamente sobre el suelo de madera, vomitando sangre.
Sabiendo que su vida se apagaba, Eric usó su último aliento. Agarró un pedazo de vidrio del espejo roto y, con un movimiento rápido, le cortó el rostro a Ricardo, abriéndole una herida profunda desde la mejilla hasta la mandíbula.
Ricardo aulló de dolor, llevándose las manos a la cara cubierta de sangre. Héctor corrió hacia su compañero al escuchar las sirenas de la policía a lo lejos.
-¡Hay que largarnos de aquí ahora mismo! ¡Toma el dinero y vámonos! -gritó Ricardo, poniéndose de pie a tropezones.
Afuera, la niña seguía corriendo por la calle hasta que se topó de frente con una patrulla. Haciendo señas con los brazos manchados de sangre, la pequeña saltaba y lloraba desesperadamente. El oficial pisó el freno en seco y bajó del vehículo.
-¡El señor! ¡El señor, mi mamá y mi papá! -sollozaba la pequeña, señalando hacia la casa.
Minutos después, los oficiales aseguraron la escena. Al revisar la billetera del hombre que dio su vida por la niña, leyeron su nombre: Eric Aurelius Solen. La niña, llamada Lena Kang, corrió hacia el cuerpo llorando, diciéndoles a los policías que ese hombre desconocido la había protegido. Había muerto como un hombre honorable.
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Editado: 24.05.2026