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CAPÍTULO 2: COBARDE

4 de enero de 2038
(7 meses antes del apocalipsis)
Hayul era una de esas ciudades donde la gente no vivía; simplemente corría para sobrevivir. En el corazón de Karden, la zona industrial más pesada del país, se alzaba Hayul International Logistics. Era una maquinaria gigantesca que se sostenía rompiéndole la espalda a miles de trabajadores en las bodegas.

Y entre toda esa multitud estaba Kai Solen. Veintiún años, ayudante general, y un experto en agachar la cabeza.

A las seis de la mañana, la alarma sonó en su pequeña habitación de la Barriada Varen. Kai abrió los ojos con pesadez. El locutor del programa matutino hablaba con una energía que le resultaba irritante.

-¡Buenos días, Karden! Los astrónomos han lanzado un aviso. Nos informan que el sol está realizando erupciones potentes y que esas ondas de calor comenzarán a tocar la Tierra en cuestión de días. Usen bloqueador solar y compren un buen aire acondicionado, jajaja. No pasa nada grave, solo aumentará un poco el calor.

Kai estiró el brazo y apagó la radio de un manotazo. No le importaba el sol ni el clima. Caminó hacia la nevera, sacó un pedazo de pan duro y se fue a trabajar.

Dos horas después, el ruido ensordecedor de los montacargas llenaba el ambiente en las instalaciones de Hayul.

-¡Solen! ¡Ven aquí un momento!

La voz del señor Jhang cortó el ruido. Kai trotó hacia el escritorio de su jefe, limpiándose las manos manchadas de tierra en su pantalón.

-Necesito que arregles este pedido -dijo Jhang, entregándole una hoja de inventario-. Va para Valerius BioMed. Es una compra de quinientos mil dólares. Te lo dejo a tu cargo porque eres el que mejor trabaja aquí. No me falles.

A lo lejos, Jace y Beto lo miraban con asco. Eran dos estibadores famosos por ser unos completos holgazanes.

-Míralo -murmuró Jace, escupiendo en el suelo-. Siempre de lamebotas. Deberíamos jugar un poco con él.

Los dos hombres se acercaron a Kai fingiendo camaradería.

-Amigo mío, déjanos darte una mano con ese pedido gigante, ¿quieres? -dijo Jace con una sonrisa falsa.

Kai sintió una punzada de desconfianza en el estómago, pero su cobardía le impidió decirles que se largaran.

-Claro, Jace. No hay problema -dijo en voz baja.

Mientras Kai verificaba los códigos de barra de rodillas, Jace se posicionó detrás de la base del pedido. Con una mueca de satisfacción, pateó la base de cartón inferior, dañando por completo la estabilidad de la pila de cajas.

-Señor Isaac, ¿me ayuda con el montacargas para subir esto? -gritó Kai, sin notar la trampa.

Pero en cuanto la máquina levantó la tarima, la base saboteada cedió.

-¡Cuidado, abajo! -gritó el operador.

Las cajas se ladearon y se vinieron abajo. Tres pedidos completos cayeron al suelo de concreto con un estruendo enorme. Cartón abierto, bolsas rotas y productos médicos desparramados por todas partes.

Kai se quedó paralizado. A unos metros, Jace y Beto se doblaban de la risa.

-¡Jajajaja! Míralo, pobre idiota -se burló Jace-. Ahora tienes trabajo extra, lamebotas.

Beto se acercó, se agachó frente a él y le dio un par de palmadas humillantes en la mejilla.

-Ah, se me olvidó decirte algo, idiota. Tu almuerzo de hoy estaba delicioso. Gracias por la comida.

Kai apretó los puños contra el concreto. Una rabia hirviente le subió por el pecho. Quería agarrar una barra de metal y romperles la cara a ambos, pero las palabras de su difunta madre resonaron en su cabeza.

*«Hijo, es mejor ser lastimado que lastimar a los demás. Es mejor perdonar. Dios siempre castiga a los malos».*

Kai se tragó su propia dignidad. No dijo una sola palabra y agachó la vista mientras ellos se alejaban riendo.

A las once de la noche, la bodega estaba vacía y en silencio. Kai, empapado en sudor y temblando de agotamiento, terminó de reacomodar el pedido saboteado.

Cuando apagó el montacargas, escuchó una voz desde la puerta. Era el señor Jhang.

-Jefe, tenía que terminar el pedido... -se excusó Kai, nervioso.

-Tranquilo, chico. Vi las cámaras de seguridad y ya les llamé la atención a esos dos idiotas -dijo Jhang con una sonrisa-. Pero vine por otra cosa. Eres un excelente trabajador. Hablé con la gerencia y te recomendé como el nuevo supervisor encargado de la sucursal de Ironmark. Aprobaron tu perfil.

Kai abrió los ojos de par en par. El corazón le dio un vuelco.

-¿Es en serio, señor Jhang?

-Totalmente. Preséntate el lunes en las oficinas principales. Felicidades.

Kai salió de la bodega sintiendo que flotaba. Por fin se había encendido una luz de esperanza. Subió al autobús rumbo a la Barriada Varen, pero mirar la ciudad de noche siempre lo hacía recordar todo lo que había perdido.

Kai tenía cinco años. Estaba sentado en las piernas de su padre, Eric Solen, un mecánico humilde con manos callosas.

-¿Sabes qué significa tu nombre, Kai? -le decía su padre-. Significa "Rey" en persa. Algún día serás un rey, y espero ver todas las cosas grandes que vas a lograr. Eres fuerte, igual que yo.

Esa fue una de las últimas veces que hablaron.

Un día, Eric salió a reparar el auto de Víctor Kang. Al llegar a la casa, encontró la puerta abierta. Adentro, Víctor y su esposa Luci yacían muertos en un inmenso charco de sangre. Amarrada a una silla y en estado de shock, estaba su pequeña hija, Lena.

Eric corrió hacia ella y la desató rápidamente.

-¡Sal corriendo y pide ayuda! -le ordenó, empujándola hacia la salida.

La niña corrió, pero un asaltante se cruzó en su camino. Eric no dudó. Agarró el palo de una escoba y le asestó un golpe brutal en la cabeza al delincuente. El ladrón gruñó y ambos comenzaron a forcejear, cayendo al suelo y destrozando un espejo de pared.

Lena aprovechó el momento y huyó hacia la calle gritando por ayuda.

Adentro, Eric peleaba a muerte. Le dio un puñetazo al ladrón en la boca, pero un segundo delincuente salió del pasillo empuñando un arma.




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