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CAPÍTULO 3: EL LÍMITE DE LA SUMISIÓN

15 de junio de 2038
(1 mes después de la erupción solar - Primera vida de Kai Solen)

Había pasado casi un mes desde que Kai descubrió a Selina besándose con Marcus en el parque. Un mes entero tragándose la humillación en silencio, despertando cada mañana con un nudo en el estómago que le quitaba el hambre y las ganas de hablar.

El clima en Karden se había vuelto insoportable. Lo que los expertos de la radio llamaron una "pequeña ola de calor" provocada por la erupción solar, se sentía en las calles como el aliento de un horno industrial. El asfalto parecía derretirse a mediodía, deformando el horizonte con ondas de vapor espeso, y el aire quemaba los pulmones al respirar. En los noticieros matutinos ya se hablaba con preocupación de los primeros cortes en el suministro de agua en las zonas más pobres de la ciudad.

El viejo autobús del transporte público era una lata de sardinas hirviente. El aire acondicionado llevaba semanas descompuesto. La gente iba apretada, con las camisas empapadas en sudor, respirando un ambiente denso que olía a cansancio, a cuerpos sin lavar y a pura frustración.

Kai iba en la parte trasera, pegando la frente al cristal caliente de la ventana, con la mirada perdida en las calles polvorientas. Su primer mes como supervisor en las Bodegas Hayul Internacional no fue la salvación que tanto había esperado; fue un infierno completamente distinto.

En lugar de imponer respeto, su cobardía lo había convertido en el hazmerreír del sector B.

Los estibadores, hombres rudos y curtidos por la calle y el trabajo pesado, se dieron cuenta de inmediato de que el nuevo jefe de veintiún años no tenía carácter para dar órdenes ni para sancionar a nadie. Su juventud y su actitud sumisa eran como sangre en el agua para los tiburones del almacén.

-Oye, Solen -le había dicho un operador esa misma tarde, tirando una caja pesada de suministros a sus pies con una sonrisa retadora-. Hace mucho calor para trabajar rápido hoy. Si el señor Gideon quiere que esto se cargue a tiempo en el camión, súbelo tú. Para eso te pagan más que a nosotros, ¿no?

Kai apretó la mandíbula al recordar la escena. Por una fracción de segundo, la rabia le pidió a gritos que le exigiera respeto, que lo suspendiera o lo enfrentara cara a cara. Pero el miedo crónico, ese fantasma paralizante que lo perseguía desde las golpizas que recibía en la escuela por parte de Marcus, lo inmovilizó.

En lugar de enfrentarlo, Kai agachó la cabeza. Se quitó la camisa de supervisor, se quedó en playera de tirantes y cargó la mercancía él mismo bajo un techo de lámina galvanizada que superaba los cuarenta grados de temperatura. El sudor le ardía en los ojos y le empapaba la espalda. Los trabajadores se reían a sus espaldas, sentados en las sombras, mientras él hacía el trabajo físico que le correspondía a ellos.

Era un cobarde, y lo sabía perfectamente. Pero al menos, ese día le habían pagado su primer sueldo completo como supervisor. Un fajo grueso de billetes que llevaba bien guardado en un sobre manila en el fondo de su mochila.

El autobús frenó bruscamente, sacándolo de sus pensamientos, y Kai bajó en la parada de la Barriada Varen. El sol de las seis de la tarde todavía castigaba con fuerza, tiñendo el cielo de un rojo sucio por la contaminación y el polvo seco que flotaba en el ambiente.

Caminó por las calles de tierra. A su alrededor, los vecinos estaban sentados afuera de sus casas de lámina y madera, sin camisa, abanicándose con cartones viejos y quejándose de la falta de presión en las tuberías de agua. El barrio entero parecía estar al borde de un ataque de nervios por las altas temperaturas.

Al doblar la esquina y levantar la vista hacia el porche de su modesta casa, el corazón le dio un vuelco en el pecho.

Selina estaba sentada en los escalones de madera.

Llevaba un vestido ligero de verano y se abanicaba el rostro con la mano, sudando profusamente. Durante todo un mes no le había enviado ni un solo mensaje de texto. Lo había ignorado por completo, borrándolo de su vida para disfrutar del dinero y los lujos de Marcus Toren. Pero ahora, de repente, estaba ahí, esperándolo en la puerta de su casa como si nada hubiera pasado.

Kai sabía exactamente por qué. Los rumores en la empresa y en el barrio corrían rápido. Todo el mundo sabía que el padre de Marcus se había hartado de sus excesos, de sus fiestas en el extranjero y de su holgazanería. Le había cortado los fondos por completo. Marcus estaba arruinado, viviendo en una casa descuidada de la zona sur y acorralado por severas deudas de juego.

Al perder a su mina de oro, Selina había corrido a buscar a su antigua opción segura, justo el día en que Kai cobraba su primer sueldo de supervisor.

Al verlo acercarse por la calle de tierra, Selina se puso de pie con agilidad. Se arregló un poco el cabello húmedo por el sudor y esbozó su mejor sonrisa de niña buena. Esa misma sonrisa manipuladora que antes lograba que Kai le entregara hasta lo que no tenía para comer con tal de verla feliz.

-¡Kai! Por fin llegas, mi amor -dijo ella, acercándose rápido para intentar rodearle el cuello con los brazos-. Estaba tan preocupada por ti. Este calor está horrible y como no contestabas el teléfono en todo el día, pensé que te había pasado algo malo en la bodega.

Kai se quedó rígido como una piedra. El olor a su perfume floral, mezclado con el sudor por el calor asfixiante de la tarde, le revolvió el estómago de una forma visceral. Levantó las manos de inmediato y la frenó en seco, empujándola suavemente por los hombros para mantener una distancia prudente entre los dos.

-No me toques -dijo Kai, con una voz seca, áspera por la falta de agua y cargada de un tono que ella no reconoció.

Selina parpadeó un par de veces, genuinamente sorprendida por el rechazo. Su sonrisa titubeó, pero rápidamente adoptó una postura de víctima, bajando la mirada para verse más indefensa.




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