Return To Revenger

CAPÍTULO 4: EL PACTO Y LA EXTORSIÓN

10 de marzo de 2038
(5 meses antes del apocalipsis - Primera vida de Kai Solen)

El aire acondicionado de la inmensa casa estaba al máximo, pero Marcus Toren no dejaba de sudar como un cerdo.

Caminaba de un lado a otro en la lujosa sala de estar, pasándose las manos temblorosas por el cabello. Su mundo de niño rico intocable se había ido a la mierda en cuestión de días y no sabía cómo frenar la caída.

Sus padres se habían hartado. Cansados de financiar sus fiestas con prostitutas, sus viajes al extranjero y sus estupideces, le cortaron el acceso a todas las cuentas bancarias.

Marcus descubrió su ruina la noche anterior. Su tarjeta dorada rebotó frente a todos sus amigos en el club más exclusivo de Karden. El cajero lo miró con lástima y el guardia de seguridad tuvo que sacarlo a empujones cuando intentó armar un escándalo.

La vergüenza lo estaba carcomiendo. Hoy, ninguno de esos malditos amigos le contestaba el teléfono.

Para colmo, las deudas de juego que había acumulado en los casinos clandestinos de la ciudad tenían fecha de caducidad. Los cobradores ya le habían roto la nariz a uno de sus conocidos y amenazaban con ir a buscarlo a su propia casa.

Acorralado, tomó su teléfono y marcó el número de Carlos, un tipo de la preparatoria que trabajaba haciendo los recados más sucios para la escoria del bajo mundo.

-¡Carlos! Necesito un favor de vida o muerte -soltó Marcus en cuanto contestaron, hablando rápido-. Mis padres me bloquearon. Necesito efectivo rápido. Mucha plata. Te juro que te pagaré el doble de comisión en cuanto solucione esto.

Carlos soltó una risa seca por el auricular. Le daba asco la gente c9tomo Marcus, los niñitos de plástico que jugaban a ser mafiosos.

-Yo no tengo esa plata, Toren. Y nadie en la calle te va a prestar un centavo solo por tu apellido.

-¡Tiene que haber alguien! -gritó Marcus, desesperado.

-Conozco a un tipo en la zona sur que le presta a imbéciles como tú -respondió Carlos con frialdad-. Es peligroso. Si te metes con él y le fallas, te van a encontrar en pedazos dentro de una bolsa de basura. Tiene el dinero hoy mismo si aceptas sus reglas.

-¡Acepto! ¡Lo que sea! -chilló Marcus.

-Nos vemos en quince minutos en las bodegas del sur. Y ven solo, marica. No hagas estupideces.

La llamada se cortó. Marcus tragó saliva, sintiendo que iba a vomitar. Agarró las llaves del Porsche deportivo negro de su padre, el único objeto de gran valor al que tenía acceso, y salió corriendo.

Condujo a toda velocidad hacia la zona sur de Karden, pasándose los semáforos, con las manos apretando el volante de cuero hasta dejar los nudillos blancos.

Quince minutos después, llegó a un sector rodeado de bodegas industriales oxidadas. Carlos lo esperaba en una esquina lúgubre. Lo guio en silencio por un callejón que apestaba a basura podrida y orina seca, hasta llegar a una pesada puerta metálica.

Dos gorilas con chaquetas de piel y tatuajes en el cuello les cerraron el paso.

-Buenas noches. Venimos a ver a don Kovac -dijo Carlos, bajando la vista como un perro sumiso.

Uno de los matones miró a Marcus de arriba abajo con puro desprecio. Escupió al suelo, abrió la puerta de metal oxidado y los empujó bruscamente hacia el interior.

El aire dentro de la espaciosa oficina era tóxico. Sentado detrás de un pesado escritorio metálico repleto de carpetas, armas cortas y fajos de billetes sucios, estaba Alexander Kovac.

Kovac era un monstruo en las calles de Karden. Un sujeto enorme, de complexión robusta, con la piel clara llena de cicatrices y una mirada de depredador. Fumaba un puro barato que llenaba el cuarto de un humo espeso y asfixiante.

Al verlos entrar, el mafioso ni siquiera se molestó en enderezarse.

-¿Y tu quien mierda eres , quien es este Carlos? -preguntó Kovac. Su voz era áspera.

Marcus intentó hablar. Abrió la boca, pero el terror le paralizó las cuerdas vocales. Temblaba de pies a cabeza frente al criminal.

Kovac se inclinó hacia adelante y golpeó el escritorio con un puñetazo brutal, haciendo saltar un cenicero de cristal.

-Oye, tú, pedazo de imbécil... Te estoy hablando -rugió, clavándole unos ojos inyectados en sangre-. ¿Acaso eres sordo o te cortaron la lengua, marica?

-Disculpe la molestia, jefe -intervino Carlos, sudando frío-. Yo lo traje. Es un niño rico de la zona alta. Está en problemas y quiere un préstamo urgente.

Kovac se recostó de nuevo, le dio una calada a su puro y soltó una carcajada ronca que resonó en las paredes.

-Ah, trajiste a este aborto con ropa cara. ¿Y quiere un prestamo? Pero al parecer no tiene los huevos bien puestos para hablar como un hombre.

Marcus se obligó a tragar saliva. La garganta le ardía.

-Ne-necesitaba... solicitar un préstamo, señor Kovac.

-¿Qué fue lo que dijiste, parásito? -lo interrumpió Kovac con asco-. Habla fuerte. ¿Qué mierda quiere este idiota, Carlos?

-Vino a pedir cien mil dólares en efectivo de inmediato, patrón -respondió Carlos rápido, para evitar que Kovac sacara un arma.

Kovac lo miró de arriba abajo, evaluando su cara patética. En ese instante, la puerta se abrió. Uno de los matones entró y le susurró al jefe que el idiota había llegado en un Porsche último modelo.

Kovac sonrió. Sus dientes manchados por el tabaco le dieron un aspecto repulsivo.

-Así que llegaste a mi territorio manejando un juguetito de tu papi, muchacho mimado -dijo Kovac, señalándolo con la brasa del puro-. Ese auto ya no te pertenece. A partir de este puto segundo, el vehículo queda confiscado por mis hombres.

-¡No! ¡Por favor, señor Kovac! -suplicó Marcus, sintiendo que el pánico le aplastaba el pecho-. Ese auto es de mi padre. Si se entera, me va a dejar en la calle. ¡Me desheredan!

-¡Cállate la puta boca! -le gritó Kovac, poniéndose de pie de golpe. La silla rechinó violentamente-. El auto es mío. Te daré trescientos mil dólares ahora mismo para que te salves el culo de tus deudores. Pero a cambio, me vas a devolver ochocientos mil en tres meses exactos.




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