A las tres de la mañana, el autobús de la gira se había convertido oficialmente en mi nuevo hogar. El equipo técnico lo había bautizado como La Bestia, un nombre bastante apropiado para aquel gigante de acero negro que avanzaba por la carretera mientras casi todos dormían. Por dentro era un ecosistema claustrofóbico de madera oscura, tapicería de cuero desgastado y un olor persistente a café recalentado y electrónica caliente.
Mientras algunos integrantes de la banda se habían refugiado en las literas traseras y otros continuaban conversando en voz baja en la zona común, yo me instalé en el pequeño cubículo que me serviría como oficina improvisada durante la gira. Mis ojos ardían por el cansancio, pero la adrenalina del primer día no me permitía dormir.
Conecté el lector de tarjetas a mi computadora y esperé mientras los archivos comenzaban a transferirse. El sonido del disco duro procesando se mezclaba con el zumbido constante del motor mientras La Bestia devoraba kilómetros de carretera.
—¿No duermes nunca, fotógrafa?
La voz de Leo me hizo dar un pequeño salto. Estaba apoyado en el marco de mi cubículo con una taza entre las manos. Era prácticamente lo opuesto a Axel: cabello revuelto, sonrisa fácil y una energía capaz de hacer que hasta aquel autobús oscuro pareciera un poco menos claustrofóbico.
—Tengo que revisar el material del ensayo —respondí—. La agencia espera una selección para primera hora.
Leo se inclinó ligeramente para observar las miniaturas que comenzaban a aparecer en mi monitor. Eran ráfagas de movimiento, luces de escenario y, sobre todo, retratos de Axel.
—Veo que ya conociste al Bloque de Hielo.
Lo miré con curiosidad.
—¿Así le dicen?
—Solo cuando queremos seguir conservando todos los dientes —respondió con una sonrisa.
No pude evitar reírme.
—Si por conocerlo te refieres a que me pidió que no estorbara a los cinco minutos de verme, sí. Una experiencia inolvidable.
—Eso prácticamente cuenta como una bienvenida viniendo de Axel.
—No quiero imaginar cómo trata a la gente que le cae mal.
Leo soltó una pequeña carcajada y volvió la mirada hacia las fotografías. La ligereza de su expresión desapareció apenas cuando permaneció unos segundos observando la pantalla.
—Es un buen tipo —dijo finalmente.
Miré una de las imágenes de Axel. La descripción no coincidía demasiado con el hombre que había conocido aquella tarde.
—No parece particularmente interesado en demostrarlo.
—No lo está.
—¿Siempre ha sido así? —pregunté.
Leo permaneció unos segundos mirando la pantalla antes de negar ligeramente con la cabeza.
—No.
Esperé por si añadía algo más.
—¿Y qué pasó?
Su expresión cambió apenas.
—Esa no es mi historia para contar.
Entendí el límite y no insistí.
—Entonces, ¿cómo se supone que voy a trabajar con alguien que apenas habla?
Leo señaló vagamente hacia la parte trasera del autobús.
—Si quieres entender a Axel, presta atención cuando toca. La música dice mucho más de él de lo que va a contarte hablando.
Con eso se despidió y se alejó por el pasillo, dejándome nuevamente a solas con las imágenes. Volví mi atención a la computadora y comencé a revisar las fotografías una por una. La mayoría eran técnicamente buenas: composiciones equilibradas, movimientos congelados en el instante preciso y la iluminación de prueba resaltando la fuerza de sus brazos y la seriedad de su rostro. Era exactamente la imagen que la industria parecía querer de él: el baterista inalcanzable, el hombre que nunca sonreía, una estrella hecha de distancia y misterio.
Marqué varias para enviarlas a la agencia y continué avanzando entre los archivos hasta llegar a la toma 042. Me detuve al reconocer el instante. Había sido un disparo casi accidental, tomado justo cuando uno de los platillos terminaba de vibrar y Axel probablemente creía que yo ya había dejado de fotografiarlo. A simple vista no parecía una imagen especialmente diferente de las anteriores, pero algo llamó mi atención y decidí ampliarla al cien por ciento.
Fue entonces cuando lo vi. En el reflejo del metal pulido de uno de los platillos aparecía su rostro de perfil, pero aquel no era exactamente el hombre que había conocido unas horas antes. Sus ojos estaban cerrados y la tensión de su mandíbula había desaparecido. Sus labios, que durante todo el ensayo habían permanecido apretados en una línea dura, estaban ligeramente relajados. No sonreía, pero tampoco parecía triste. Había algo distinto en él, una serenidad tan inesperada que durante unos segundos olvidé respirar.
Recordé las palabras de Leo acerca de prestar atención cuando Axel tocaba. Quizá eso era exactamente lo que había sucedido. Durante una fracción de segundo, Axel había olvidado la presencia de las cámaras, del equipo y de todas las personas que lo rodeaban, y yo había tenido la suerte, o quizá la mala suerte, de presionar el obturador en ese instante.
Me acerqué un poco más a la pantalla. Era la primera fotografía de todo el día en la que no parecía estar interpretando ninguna versión de sí mismo. No estaba siendo el baterista inaccesible, ni el hombre serio, ni la estrella de la gira. Simplemente era Axel.
Aquello debería haberme emocionado. Al fin y al cabo, encontrar esos instantes era precisamente lo que cualquier fotógrafo buscaba. Sin embargo, cuanto más observaba la imagen, mayor era mi incomodidad. Había algo demasiado íntimo en ella, como si hubiera abierto accidentalmente una puerta que no me habían invitado a cruzar.
Mi formación en comunicación me había enseñado que una imagen era capaz de construir una verdad, modificar una percepción e incluso contar una historia completa sin necesidad de palabras. Mi instinto como fotógrafa, en cambio, me decía que acababa de capturar algo que quizá no tenía derecho a entregar al mundo.
Miré las fotografías que ya había seleccionado para la agencia. Aquellas mostraban a Axel trabajando. Sabía que estaba siendo fotografiado y conocía perfectamente cuál era mi función dentro de la gira. La 042 era diferente porque, en aquella fotografía, no había pose ni conciencia de la cámara.