El aire en el estadio no se respiraba; se masticaba. Era una mezcla densa de ozono, metal caliente y el rastro amargo de cientos de personas que llevaban trabajando desde el amanecer. Me detuve en la entrada del túnel de servicio, sintiendo cómo el peso de mi mochila de equipo me anclaba al suelo de concreto. Era mi primer día como fotógrafa oficial de la gira y, aunque mis dedos conocían cada botón de mi cámara de memoria, mi pulso traicionaba una inseguridad que no podía permitirme mostrar.
Ajusté la correa de mi cámara, ese amuleto de metal y vidrio que era lo único familiar en medio de un mundo de gigantes de la industria musical. El eco de los montacargas y los gritos de los técnicos de iluminación creaban una cacofonía que hacía vibrar mis sienes. Mi pase de prensa, colgado al cuello, golpeaba rítmicamente contra mi pecho mientras caminaba por el pasillo principal y esquivaba cajas de equipo marcadas con pintura blanca desgastada. Me sentía como una intrusa, una observadora silenciosa dentro de un ecosistema que se alimentaba de la velocidad y el estruendo.
Para muchos, aquello era el inicio de un sueño. Para mí, se sentía como entrar en el ojo de un huracán con la responsabilidad de capturar la tormenta sin salir volando con ella. Ningún salón de clases me había preparado para la presencia física de la música antes de nacer.
Llegué al borde del escenario justo cuando un sonido seco, semejante a un disparo, cortó el murmullo ambiental. Me quedé inmóvil al distinguir, en el centro de aquella inmensa plataforma de metal, a un hombre rodeado de platillos que brillaban con una frialdad plateada bajo las luces de trabajo. No necesité que nadie me dijera quién era. Axel estaba sentado en su banqueta, con la espalda tan recta que parecía una extensión de la estructura del escenario.
Ni siquiera pareció registrar que el aire a su alrededor había cambiado con mi llegada. Sus manos, envueltas en vendas negras que dejaban al descubierto sus nudillos, jugaban con las baquetas con una destreza que bordeaba lo hipnótico. No había alegría evidente en sus movimientos, solo una concentración tan absoluta que parecía levantar una barrera invisible a su alrededor.
Levanté la cámara por instinto. El visor recortó el desorden de cables, amplificadores y estructuras metálicas hasta que solo quedó él en el encuadre. A través del lente, Axel no era únicamente el baterista estrella; era un estudio de sombras y ángulos cerrados. Su rostro parecía una máscara de piedra, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en algún punto invisible del aire. Era el hombre encargado de marcar el ritmo del corazón de miles de personas y, sin embargo, desde donde yo estaba parecía completamente solo.
Ajusté el enfoque buscando sus ojos y lancé el primer disparo. El clic del obturador, que en un estudio habría resultado imposible de ignorar, fue devorado por el eco de un platillo que hizo vibrar con un toque apenas perceptible.
—¿Eres la nueva? —preguntó antes de que pudiera bajar la cámara.
Su voz era ruda y profunda. Axel apenas se había movido, pero su atención ahora estaba fija en mí. Durante unos segundos tuve la incómoda sensación de que habíamos intercambiado los papeles y ya no era yo quien observaba.
—Mía —respondí, obligándome a sostenerle la mirada a pesar de que mi instinto me pedía esconderme nuevamente detrás del lente—. La fotógrafa oficial.
No hubo una bienvenida amable ni un gesto de cortesía. Simplemente hizo girar una baqueta entre sus dedos antes de volver a colocarla sobre los tambores.
—Intenta no estorbar, Mía —dijo. Mi nombre sonó en su boca más como una advertencia que como un saludo—. Aquí nos movemos rápido. Si pierdes el ritmo, nadie va a detenerse a esperarte.
—Haré lo posible —contesté, intentando que no se notara cuánto me había molestado su recibimiento.
Algo cruzó por su mirada, una reacción tan breve que no tuve tiempo de identificarla. Después volvió a darme la espalda y comenzó a tocar. El primer golpe hizo vibrar el escenario bajo mis botas y enseguida llegó otro, y luego otro, hasta que el ritmo terminó apoderándose de todo.
Me quedé allí con la cámara entre las manos. Axel creía que acababa de marcarme un límite y quizá tenía razón. Sin embargo, los fotógrafos pasábamos buena parte de nuestra vida observando precisamente esos límites: la distancia entre aquello que alguien estaba dispuesto a mostrar y lo que prefería mantener fuera del encuadre.
Bajé la cámara y lo observé desaparecer otra vez detrás del ritmo. En ese momento todavía creía que aquel había sido nuestro primer encuentro, aunque unas horas después descubriría que mi cámara había visto algo antes que yo.