A la mañana siguiente, Guadalajara me recibió con pocas horas de sueño y una cita en la suite que el mánager de la banda había convertido en su oficina improvisada. El lugar olía a café recién hecho, cuero nuevo y ese tipo de perfume demasiado costoso que parecía diseñado para recordarte que estabas frente a alguien importante.
—Mía, siéntate —dijo sin despegar la vista de la tableta que sostenía entre las manos.
Obedecí y dejé mi mochila junto a la silla. Deslizó un par de veces el dedo por la pantalla antes de mirarme.
—He estado revisando el material de estos primeros días. Tus fotografías son buenas. Muy buenas, de hecho.
Esperé. Había aprendido lo suficiente sobre reuniones profesionales para saber que un cumplido seguido de un silencio rara vez terminaba siendo únicamente un cumplido.
—Pero tenemos un problema de conexión.
—¿Conexión?
Dejó la tableta sobre la mesa.
—Axel. El público lo adora, pero existe una distancia enorme entre él y los fans. Funciona sobre el escenario porque forma parte de su imagen, pero necesitamos mostrar algo más. No únicamente al músico.
Ya sabía hacia dónde se dirigía aquella conversación y no me gustaba.
—¿Qué quieren mostrar?
—Humanidad.
La palabra me incomodó inmediatamente.
—Es una persona. Ya tiene humanidad.
Él sonrió como si mi comentario le resultara ingenuo.
—Tú sabes perfectamente a qué me refiero. Queremos momentos detrás del escenario, ensayos, viajes, descansos. Cosas que hagan sentir al público que conocen al hombre detrás del baterista.
La Foto 042 apareció de inmediato en mi cabeza y sentí el estómago cerrarse.
—Yo fui contratada para documentar la gira.
—Y eso es exactamente lo que vas a hacer. Solo que, a partir de hoy, quiero que dediques más tiempo a Axel.
Lo miré fijamente.
—¿Cuánto más?
—Todo el que sea necesario.
No me gustó la respuesta.
—¿Él sabe esto?
—Sí.
—¿Y aceptó?
El mánager soltó una pequeña risa.
—Digamos que no se levantó de la mesa y se fue.
No sonaba precisamente como consentimiento entusiasta.
—Quiero que documentes sus ensayos, el backstage y algunos momentos fuera del escenario. Nada invasivo, al menos no más de lo necesario. Él ya conoce el acuerdo.
Aquella última frase no consiguió tranquilizarme. Salí de la suite sintiendo que acababan de convertir mi trabajo en una especie de misión imposible. Hasta ese momento había podido mantener cierta distancia con Axel; podía fotografiarlo durante los conciertos y desaparecer cuando terminaba mi trabajo. Ahora tendría que seguirlo y, después de la conversación de la noche anterior, estaba segura de que aquello le entusiasmaría tanto como a mí.
Lo encontré un par de horas después en el teatro donde se realizaría la prueba de sonido. El recinto todavía estaba vacío y los técnicos ajustaban las luces mientras algunos integrantes del equipo preparaban los instrumentos. Axel no estaba detrás de la batería, sino sentado en el borde del escenario, con las piernas colgando hacia el foso y la mirada perdida entre las filas de asientos vacíos.
Me acerqué sin levantar la cámara.
—Te lo dijo, ¿no? —preguntó antes de que pudiera anunciar mi presencia.
Me detuve.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Tus botas hacen demasiado ruido.
Bajé la mirada hacia ellas.
—Voy a tener que empezar a tomármelo como algo personal.
—Deberías.
Había un rastro de humor en su voz, aunque desapareció cuando finalmente se giró hacia mí.
—Te dijo que vas a seguirme.
—Utilizó palabras un poco más corporativas, pero básicamente sí.
Axel volvió la mirada hacia las butacas.
—Perfecto.
—No suenas especialmente emocionado.
—Porque no lo estoy.
Me acerqué un poco más, pero mantuve suficiente distancia entre ambos.
—Me dijo que habías aceptado.
Axel soltó una risa seca.
—Acepté porque van a hacerlo de todas maneras. Prefiero saber quién sostiene la cámara.
Su respuesta me hizo pensar otra vez en la fotografía que guardaba en mi computadora.
—Eso no significa que tenga derecho a fotografiar absolutamente todo.
Axel giró el rostro hacia mí. Por primera vez desde que nos conocíamos, pareció genuinamente sorprendido.
—¿Eso se lo dijiste a tu jefe?
—No exactamente.
—Qué valiente.
—Tengo aprecio por mi empleo.
La esquina de su boca se movió apenas. No llegó a convertirse en una sonrisa completa, pero fue suficiente para que me diera cuenta y para que mi instinto reaccionara. Mi mano comenzó a moverse hacia la cámara, aunque me detuve antes de tocarla.
Axel lo notó. Sus ojos bajaron hacia mi mano y después volvieron a los míos, pero ninguno de los dos dijo nada. Me senté en el borde del escenario, dejando una distancia prudente entre nosotros.
—¿Por qué lo haces? —preguntó después de un momento.
—¿Qué cosa?
—Fotografiar.
La pregunta me sorprendió. Miré hacia las filas vacías mientras buscaba una respuesta.
—Porque las cosas desaparecen demasiado rápido. Las personas olvidan cómo se sentía un lugar, una noche o incluso alguien. Una fotografía no puede detener el tiempo de verdad, pero puede guardar una parte de él. Supongo que me gusta pensar que, durante una fracción de segundo, puedo conservar algo antes de que cambie.
—¿Y decides tú qué merece conservarse?
La pregunta me hizo mirarlo. No parecía estar provocándome; esta vez había curiosidad en su expresión.
—Supongo que la cámara decide una parte y yo la otra.
—Eso suena peligroso.
—Lo es —admití, pensando inevitablemente en la 042—. Por eso también importa saber cuándo no mostrar una fotografía.
Axel sostuvo mi mirada durante un segundo más de lo necesario y sentí un pequeño nudo en el estómago. Antes de que pudiera preguntarme por qué, uno de los amplificadores lanzó un estallido de estática que atravesó el teatro. Axel apartó la vista y se puso de pie, dando por terminada la conversación.