Revolución Cósmica I - La Visión Mónaca

Mi nombre es Mónaco

PRIMER CICLO DE MÓNACO
MI NOMBRE ES MÓNACO.
Desperté, y una luz cegadora me golpeaba en el rostro. Tan pronto como me cubrí, me di cuenta de que estaba sobre el borde de algo suave y me giré cayendo al suelo de golpe.
(—¿Qué es…?) —pienso mientras distingo mi entorno: solo paredes intensamente negras... Sentí que me mareaba incluso, pero tener el suelo firme me dio confianza mientras todo comenzaba a tomar más forma.
Parecía estar en una especie de… caja… negra, un lugar totalmente cuadrado. Aunque estaba todo muy oscuro para estar seguro, parecía que había estado acostado y que había caído de un pequeño cuadro en la pared.
En el techo del lugar, justo sobre el cuadro del que caí, había un rectángulo iluminando unas finas sábanas blancas que colgaban. Me apoyé en el lugar (era suave y acolchado) y volví la mirada a mi alrededor mientras empezaba a escuchar un leve zumbido. No veía más que paredes negras; estaba solo allí.
No podía recordar cómo había llegado a este lugar, ni tampoco dónde estaba antes. Ni siquiera estaba seguro de cómo me llamo. Durante varios segundos miré a mi alrededor tratando de recordar algo, pero mientras más lo hacía, más pánico sentía, como si de pronto estuviera en peligro. Me puse de pie temblorosamente y me daba la impresión de que podía caerme en cualquier momento. Aquel sonido vibrante seguía allí.
De pronto, me parecía escuchar que otro sonido se escondía en aquel extraño silencio ruidoso, como una vocecilla que murmuraba a lo lejos…
Yo... ni siquiera estaba seguro de eso, ¿y si lo estaba imaginando?
Me sequé el sudor de la frente con la manga de aquel atuendo gris. Era una prenda de cuerpo entero.
—¿Dónde estoy? —susurré por primera vez, sintiendo mi voz áspera por la garganta, la sentía un poco seca.
Recorrí el lugar a pasos lentos, respirando profundamente mientras sentía una fuerte corriente invisible rebotando de todas las paredes. Pero no veía nada. Respiré nuevamente y seguí acercándome a las paredes negras que vibraban o parecían hacer algo…
Yo no sentía miedo ahora. Estaba en un lugar que no entendía, pero hasta entonces no había peligro alguno. Alcé mi mano, y la posé sobre aquella fría y sólida pared.
Entonces, escuché un pitido ligero a mi espalda y una figura luminosa detrás de mí dibujó la silueta de algo… ¿alguien? Supongo.
Volteé lentamente y, de nuevo, volvió aquel sentimiento que me estremecía. Sin poder distinguir bien a aquel que se aproximaba a mí…
…con un extraño silbido apenas audible en cada movimiento, se acercó. Parecía destellar tenuemente con la poca luz que había en el sitio, y ahí, vi un rostro frente a mí, muy pálido y liso. Casi podía ver mi reflejo en él.
—Feliz despertar —dijo aquella voz vibrante y suave, como de hombre joven.
—He… —musité con hilo de voz.
—Espero que se encuentre bien, señor Arrales —dijo, captando mi atención—. …Imagino que ha de ser una impresión bastante nueva para usted. —Extendió su mano frente a mí, y yo intentaba recordar. ¿Qué era Arrales?... ¿Era yo, no? ¿Me decían así? (No paraba de preguntarme, era algo familiar y comenzaba a tener sentido).
Entonces sujeté su mano y la sentí muy fría, como las paredes. Alcé la vista y contemplé sus ojos destellantes y cristalinos.
—¿Quién eres? —pregunté al fin mientras me puse de pie y él me miraba como si me analizara. Sonrió de medio lado mirando mi rostro y haciendo un ruidito al parpadear.
—Mi nombre es Arpo… —respondió finalmente y puso su mano extendida frente a la mía, de nuevo.
Yo la miraba, y luego miré hacia la mía comparándola; eran diferentes.
Alcé la vista al frente, sintiendo que estaba olvidando cosas, y Arpo se posó frente a mí, saludando con su mano reflectante.
—¿Está todo bien? —preguntó, trayéndome de regreso al presente. Me percaté de la salida luminosa y aquel sujeto metálico frente a mí.
—No lo sé, es que… me siento extraño, no entiendo muchas cosas… —respondí sinceramente mientras sentía un leve hormigueo en la cabeza—. ¿Estoy delirando? —pregunté dando unos pasos torpes hacia la luz, él me detuvo y me miró seriamente diciendo:—No, no, no. Para nada… Seguramente tienes amnesia… ¿puedes recordar la ciudad de la que vienes? —dijo, sosteniéndome suavemente por el brazo y con una mirada tranquila.
—¿La ciudad? —musité sin saber siquiera qué me estaba preguntando.
—¿Recuerdas tu nombre? —me preguntó.
—…No —respondí comenzando a preocuparme de nuevo.
—¡Tranquilo! ¡Tranquilo! —me palmeó en la espalda suavemente y me comenzó a guiar hacia la luz—. …Debe ser algún efecto secundario de lo que usó Adriano para traerte, tranquilo… seguro durará poco.
—¿Quién es Adriano? ¿Y por qué me trajo aquí? —pregunté mientras surgía del marco y encontraba un largo pasillo blanco y luminoso.
—Sígueme, por favor.
Entonces dejé de admirar aquella larga brecha blanca y profunda, y seguí al sujeto de piel metálica que ahora parecía resplandecer de un azul muy tenue.
Entramos en un pequeño cuadrado blanco que luego cerró sus puertas. El sujeto metálico a mi lado presionó una luz circular en la pared.
—Adriano… Bueno, es una persona peculiar, muy inteligente, claro que sí… Su compasión hace demasiado ruido entre los otros autores… —contaba la máquina viviente a mi lado.
De pronto recordé que me gustaba mucho escribir. Tuve un breve visaje de un niño animado que escribía sobre la manera en la que las aves armaban sus nidos. Había un gran libro empastado junto al cuaderno, con coloridas ilustraciones que parecían de acuarela.
Sonó aquel techo, como un pito suave y notificante. Las puertas se abrieron hacia una enorme sala con varias consolas en los costados, bajo enormes pantallas luminosas que proyectaban distintas imágenes.
Entonces me di cuenta de que había otros como Arpo: personas de pieles destellantes y metalizadas, con esa mirada casi fría e inocente.
Me pregunté por qué ellos no usaban prendas de vestir. Andaban completamente desnudos, sin algún tipo de vergüenza ni incomodidad. Recordé aquella vez que un chico molesto de la escuela bajó mi traje de baño en la despedida de graduación en el parque acuático. Todos estaban allí, incluso la pasante… recuerdo claramente que había mucho sol ese día.
Cuando menos me di cuenta, ya estaba pasando bajo el marco de una gran puerta que parecía de madera. Había un corredor con cuadros negros y blancos, y al fondo, una persona en un escritorio.
Mi mente se sintió confundida durante la caminata; sentí un ligero mareo, como si el viento soplara con tanta fuerza que me hiciera bambolear en el andar, o como si flotara sobre la marea…
…ahí, pude recordar cómo me sentía, cómo… me sentí alguna vez…
…Sonidos de aves, voces, la ciudad y el repugnante olor a humo, gasolina y carbón. Sus sonidos.
Entonces escuché mi nombre:
—¡Mónaco!… —dijo aquella voz jovial y masculina.
Alcé la vista, encontrando a un sujeto que no destellaba, un ser parecido a mí. Tenía piel clara, casi como el tetero de leche y trigo. Vestía finas telas blancas con detalles en hilo de oro.
Yo me detuve mirando a mi alrededor; estábamos en una especie de salón enorme, con unos grandes ventanales de cristal hacia una noche muy estrellada. En el centro había una mesa redonda negra con sillas de espaldar alto y puntiagudo.
—¿Impresionado, amigo mío? —volvió a decir con aquel tono carismático, acercándose a mí con aquella sonrisa resplandeciente en medio de su barba finamente arreglada.
—¿Tú eres…? —musité cuando nos hicimos frente a frente, y se me hacía muy familiar ese rostro.
—Eh —masculló frente a mí, y luego sonrió mirando hacia Arpo y pidiéndole que nos dejara a solas.
—¿No quiere que deje algunos guardias, señor? —vibró la voz del androide a mi espalda, y sus palabras me hicieron cuestionar: ¿en dónde estaba? ¿Y frente a quién?
El sonrió y apoyó su mano en mi hombro con mucha soltura mientras hacía una risita confiada.—No te preocupes, querido Arpo… ¡Mónaco y yo somos amigos! Casi que somos iguales —me miró—. ¿Estás de acuerdo con que estemos solos, no? —me abrazó acercándome a él.
Sin saber qué responder, sonreí y asentí, mientras que Arpo pareció tener suficiente con eso y se retiró.
—¡Ahh! Mónaco —suspiró, soltándome y dándose la vuelta hacia la mesa—. No sabes cuánto me entusiasma finalmente tenerte aquí… Siento que he encontrado un preciado, preciado tesoro… —decía mientras tomaba un lugar y me hacía señas de que lo imitara.
Aún tratando de comprender mi situación, me acerqué a él en una silla cercana y lo miraba tan entusiasmado, limpio, vibrante; era, por mucho, un hombre intrigante.
—…Ustedes dos serán parte de esta experiencia, y yo estuve ahí. Es emocionante, discúlpame; por mucho tiempo pensé que seguiría solo… Bueno… Existen más autores, ¡ufff!, muchísimos, y los que se esconden entre las sombras, creando su imperio soñado, ególatra y egoísta… —puso aquella cara seria y me miró a los ojos—. ¡Ah! —suspiró, sonriendo y volviendo aquel semblante alegre—. ¡Pero ustedes!... Par de dos… dieron, hicieron la tarea y fueron más allá, al punto de llamar la atención de los ancestrales —soltó una carcajada fuerte y energética, casi desquiciada de humor—. ¡Los ancestrales! DIOS de todo el universo… ¡Ustedes y yo!… Bueno… Admito que tenemos nuestras diferencias, claro, pero esa chispa es lo que los autores de verdad necesitan…
—¿Es…? —tartamudeé, sintiendo que no capturaba en mi mente lo que quería decirme—. Disculpa, asumo que tú eres Adriano, ¿cierto? —pregunté finalmente.
—¿Cómo? ¿Aún tienes amnesia? —me miró serio y fijamente a los ojos, y luego soltó una carcajada, tirándose hacia atrás en la silla y cortando abruptamente aquel humor, dijo :—. Deja de jugar, Mónaco. Mira dónde ya estás…
—No, es que… —intenté explicar.
—¡DEJA DE FINGIR! —me interrumpió con un tono más fuerte.
—Pero es que no sé de qué hablas, yo no te conozco… —intenté explicarle.
—¡Ya basta! ¡Ya basta! —me interrumpía constantemente—. ¡DEJA DE CREERTE MENOS, DE SABOTEARTE, DE INDUCIRTE A ESE SUEÑO ABSURDO DE IGNORANCIA!...
—¡NO, NO! —comenzaba a enfurecerme también—. Es que yo no sé de lo que estás hablando.
—¡Deja de hacerte el dormido, Mónaco! ¡Controla tu mente ya! —soltó apoyándose sobre la mesa, casi encima mío y, de pronto, lo recordé a él: tal cual, impresionante, lleno de energía y sabiduría, poder y un abrumador misterio oculto en sus ojos color avellana.
—Adriano… —suspiré mirando sus ojos, al tiempo en que recordaba quién era: quién era yo, mi nombre, mis padres, mi ciudad, mi vida, mis pensamientos, mis pasiones. Era un artista en mi antigua vida.
Él sonrió mientras le brillaban los ojos. Retrocedía lentamente hacia su asiento.
—¡Ah! Ahora sí estás aquí, mi querido Mónaco —se relajó y apreció las joyas en sus dedos.
Me sentí igual de sorprendido; no tenía idea de los instantes antes de mi llegada.
—¿Qué hacemos aquí? —miré a mi alrededor—. ¿Qué es este lugar? ¿Es la empresa de la que me hablaste? —cuestioné, considerando el avance tecnológico por las formas de vida robótica que me guiaron hasta él.
Él sonrió como si ocultara un chiste, un remate.
—En sí, no… parte de ella, pero… Mónaco… ¿es en eso en lo que te vas a enfocar? —respondió hábilmente.
—Bueno, tienes razón, estoy… impresionado por el lugar. Había visto muchas cosas… pero jamás un robot —confesé, mirando hacia la salida mientras imaginaba todas las posibilidades de aquel ser.
—¿Robot…? Jejeje —repitió Adriano—. No es un robot… Bueno, podría decirse que sí, pero no… Es una forma de vida biomecánica… —Adriano me miró al rostro, y sentí vergüenza; me sentía como un campesino.
—Oh, bueno… La verdad es que la primera vez que me topé con ellos quedé fascinado por su belleza y perfección… —dijo como intentando consolarme.
—¿Qué es lo que hacemos aquí? ¿Cómo…? —me froté la cabeza, sintiendo mi cabello corto y áspero, recordando algunos sentimientos sobre la soledad y el recuerdo de un mundo que promueve el consumismo y el dominio por el poder.
— ¿Cómo llegué…? —lo miré, recordándome a mí mismo parado al borde de la azotea de un enorme edificio en medio de la ciudad de Mayara. Miré a Adriano, confundido, cuando de pronto pude escuchar su voz nuevamente:
—…¿Para qué necesitas saber eso? —sonrió con sus ojos brillosos mirándome—. …Este es el día de tu vida… —soltó una carcajada, mirando con ilusión hacia el ventanal, aquella noche inmensa y estrellada detrás del cristal del salón, con hermosas e inusuales formas nubosas de tonos crepusculares.
—De tu vida —repitió, esbozando una sonrisa hacia mí, y se acercó nuevamente, posando su mano en mi hombro mientras vislumbraba mi atuendo—. ¿Qué es eso que te pusieron? —soltó, como si se burlara de la elección—. …Bueno, si eligieron algo sencillo y claro… —volvió a hacer una risita animosa y, rodeándome con su brazo, me guió hasta el ventanal diciendo:
—Como decía, no importa los medios; lo importante es que, de una forma u otra, voy a poder ofrecerte la realidad que te quise ofrecer en el tiempo que hablamos en la Tierra —dijo, confundiéndome aún más. Yo lo miré instantáneamente.
—¿Acaso estamos muertos? —pregunté preocupado, sintiendo a Adriano demasiado real. Él soltó una carcajada instantáneamente y luego me miró casi con ternura. Apretó mis mejillas sonriente y dijo:—No podrías estar más vivo, amigo mío.
Lo observé casi sin comprender este sentimiento abrumador que crecía en mí, mientras nos mirábamos de pie a tan solo unos metros entre el ventanal y la mesa redonda en aquella sala.
—Adriano… ¿Qué es este lugar? —le pregunté un poco ansioso.
—Una pregunta un tanto complicada de responder —torció su sonrisa—. Este es el reflejo del pensamiento de la existencia, uno de ellos —lo miraba sin decidir si filosofaba o estaba siendo literal—. …Pero desde aquí, este punto en el cosmos, también creamos… —explicaba un tanto apasionado, y me miró—. Este es el edificio desde donde se observa tu mundo, tu realidad… —soltó de pronto, extendiendo sus manos hacia el ventanal.
—…Mira, Adriano, yo sé que viste en mí un… ideal, el cual compartimos, nuestras… perspectivas del mundo… —suspiré sintiéndome incomprendido y aún algo confundido.
—Va más allá de un ideal o una perspectiva… —me interrumpió con cara seria.
—Adriano —musité, mirándolo con la misma seriedad—. …Sabes bien que, desde donde estoy, me quedaría mucho por delante para alcanzar el cambio que quisiera hacer… No solo se trata de mí. Todos los humanos estamos pasando un mal momento, y los otros solo son parte del problema. Vivimos en una sociedad donde la vida es violada diariamente… No… —me detuve, dándome cuenta de que me había alterado. Mi voz se quebró al recordar el vil asesinato público de una mujer trans, los miles de presos políticos torturados cruelmente; niños, niñas, adolescentes, mujeres, ancianos… no había escrúpulos ni límites en una sociedad que no reconocía la expresión de Dios en cada forma de vida que nos rodeaba.
Miré hacia el ventanal, viendo un cuerpo celeste bastante radiante en aquella noche estrellada, y una lágrima llenó el surco de mi párpado. Apenas se extendió hasta el lagrimal; aquel nudo fuerte en mi garganta casi me cortaba el aire—. …No es un mundo al que quiera pertenecer —exhalé sintiendo un profundo dolor en mi alma.
Sentía la mirada de Adriano sobre mí; incluso podía escuchar su respiración.
—Mónaco… —suspiró, y dio unos pasos hacia mí, posando su mano nuevamente en mi hombro. Luego acarició mi mejilla, y yo sequé mis ojos con la manga del uniforme mientras lo miraba. Estaba incómodo, me sentía frágil, frustrado.
—Eres… tan especial —me dijo y luego, tras unos segundos de silencio incómodo, continuó—. …Por eso ahora te doy la oportunidad de tener el control, de tener lo que tanto querías… ¡genial! ¿No? Ahora te daré el poder de crear eso que quieres —me sujetaba por los hombros y me sacudía con tanta emoción.
—¿Controlar? —balbuceé, y luego lo miré analizándolo—. ¿No escuchaste lo que dije?... Estoy cansado, Adriano… ¡tú no lo entenderías! —resoplé con desánimo, intentando zafarme.
Él me sostuvo y me sujetó de la misma manera nuevamente, sorprendiéndome:—¡Claro que te entiendo! ¡Tú y yo somos muy parecidos!
—¿Tú?… —solté casi burlándome de la comparación, pero me sentí mal de enojarme con Adriano. Conversar con él había sido una experiencia enriquecedora mientras crecía nuestra peculiar amistad intelectual—. Disculpa, Adriano, pero la verdad no creo que ese sea el caso.
—¡Deja de quejarte! —alzó la voz, agudizándola y dando un giro sobre su sitio. Parecía desesperado.
Yo me quedé parado, mirándolo sin comprender el afán de Adriano.
Se giró entonces hacia mí, a algunos metros de distancia, mirándome:
—¿No quieres tener lo que quieres? ¿El poder de un mundo como lo imaginas? ¿Casi que ser el dueño de él?
Lo miré un par de segundos, considerando lo que me ofrecía. ¿Cómo lo lograría? ¿Cuál sería su interés en darme esto?
—No quiero controlar… o tener poder sobre nada. Solo quiero vivir feliz, ver un mundo donde la humanidad respete la vida, y sean más cooperativos, más… —me quedé sin palabras. Mientras más lo decía, más claro veía el trabajo que quedaba por delante para que la humanidad pudiese aceptar la visión que yo tenía. Y de nuevo, aquel nudo en la garganta.
Entonces vino a mí ese recuerdo: ese momento en el que decidí saltar. Vi mis extremidades batiéndose, mi mundo dando vueltas y sentí la adrenalina corriendo por mi cuerpo, y entonces… nada.
Volví en sí, a mi presente, y dediqué una mirada hacia Adriano, casi descubriéndolo.
—¿Yo? —di dos pasos hacia él, procesando mis recuerdos recién obtenidos. Mi cuerpo temblaba—. …Yo intenté quitarme la vida, yo salté… —dije en voz alta, perdiendo la vergüenza.
Adriano me miró e hizo una mueca como si quisiera haber evitado el tema.
—Ah, pues, apenas recuerdas eso… —dijo, divagando con la mirada.
—¿Qué sucedió entonces? —le pregunté.
—Yo… —musitó y se esforzó varias veces por dibujar una sonrisa; evitaba mirarme.
—¿Adriano? —musité mientras seguía repitiendo la misma palabra—. ¿Tú qué? —repliqué, un tanto desesperado.
Me miró significativamente y respondió:
—¡Yo te saqué de tu realidad y te traje aquí antes de que cayeras a tu muerte!… ¿Okey?
—¿Qué hiciste qué? —repliqué al oír aquello.
Adriano comenzó a dar razones, mientras mi mente disparaba un millón de preguntas: ¿quién era Adriano realmente? ¿Qué era y cómo tenía la capacidad de “sacar a alguien de la realidad” en plena caída hacia el asfalto? ¿Cómo lo había hecho? ¿Y quién era él para interferir en las decisiones que yo tenía?
—…¡Ahora! es momento de que hagas lo que siempre quisiste —escuché su voz repentinamente. Yo lo miré un tanto enojado.
—¿Cómo y por qué? —mascullé, mirándolo.
Se acercó a mí con cierto carácter de frustración.
—¡Ya te dije el porqué! ¡Un centenar de veces!... Eres especial. Este, es un regalo de amor que quiero darte: una nueva vida en la cual crear tu propósito —me sacudió ligeramente.
—No quiero cambiar nada, estoy cansado. ¿No entiendes? No quiero vivir en un mundo al que no pertenezco. ¡Debiste dejarme morir! —reclamé, aún sintiendo que no comprendía mi nivel de desagrado con la sociedad, con la vida misma en el único mundo que conocía; un reino de dolor, traición, injusticias y desigualdad.
—¡No digas eso! —bramó Adriano, apretando los labios como si resistiera el impulso de decirme algo.
—¡Es la verdad! Y no entiendo por qué no me respetas… —decía yo, cuando de pronto Adriano me interrumpió diciendo en voz alta:
—¡Por lo mucho que te respeto es por lo que te salvé la vida y estás aquí! —
Yo lo miré estático.
—¡Deberías aceptar mi propuesta y estar agradecido! —
Entonces mi pecho ardía. No sabía hasta qué punto Adriano podría estar viendo por mí un bienestar que quizás sería bueno, pero mi cansancio por la vida me hacía dudar.
De pronto, se abrieron las puertas de madera y ambos volvimos la mirada al sitio donde se incorporaban dos de aquellos seres destellantes biomecánicos, acompañados por otro sujeto muy peculiar…
Siempre me han clasificado como “un hombre pequeño,” pero aquel sujeto, aunque tenía una estatura promedio, imponía su presencia.
Observé a Adriano, quien retomaba aquella postura calmada vigilando al sujeto que se aproximaba, entonces volví a mirarlo acercándose a la luz…
Parecía un ser humano de oro: sus cabellos finos, brillantes, con destellos amarillos; esa piel tersa, color ambarina; aquel porte al caminar, confiado y relajado, con la mirada sobre su entorno, y soltando un chiflido, como si encontrara una belleza en el lugar.
—¡Estamos completos! —suspiró Adriano, tratando de recuperar su alegría y actuando como si nada respecto a la conversación que teníamos hace unos segundos—. ¡El famoso Señor Mostaza! —soltó, dirigiéndose hacia los recién llegados.
Miré aquella figura detenerse
frente a Adriano y quitarse aquel sombrero de copa negro. Me miró de abajo a arriba y luego abrazó a Adriano como si ya lo conociera.
—¡Me agrada tu gabardina! —le reconoció Adriano, animado.
El sujeto se miró a sí mismo y luego hizo la mirada hacia el otro.
—¡Ah!... A mí no, son horribles —soltó casi burlonamente.
Entonces desvié la mirada al ventanal, preguntándome: ¿qué hacía yo en este lugar?... Rodeado de personas de adquisición y poder; poder que ni siquiera logro comprender. Entonces escuché a Adriano alabar la leyenda “del hombre que hace lo que quiere,” según sus propias palabras.
Así que, di un par de pasos hacia el ventanal, vislumbrando aquel paisaje. Mi pecho saltó y mi mente quedó privada al notar que aquella “noche estrellada”
parecía ser más un espacio infinito.
Volteé a mirar a Adriano, pero él seguía conversando con el sujeto de negro, aparentemente escoltado por los seres biomecánicos.
—Hoy… realmente conseguirás el propósito de tu vida, estimado amigo —le decía.
—¿El propósito de mi vida? —Sonrió y se pasó una mano por la barbilla—. ¿Existe algo tan noble como un propósito? —respondió el tal Mostaza.
Fue entonces cuando miré al sujeto a los ojos, y estos impregnaban un aire de misterio.
Adriano sonrió y recuperó aquel semblante alegre que suele tener.
—¡Qué emocionante! ¡Tenerlos a ustedes dos aquí! —me miró entonces y luego regresó la vista hacia el Señor.
—Estimado Señor Mostaza, tengo el gusto de presentarte a otro amigo muy querido… —nos acercó como si fuese un acto ceremonial—. Él es Mónaco Arrales… Viene de un mundo diferente al tuyo, obviamente —yo extendía mi mano hacia el sujeto, que parecía brillar, cuando miré el rostro de Adriano, procesando lo que dijo.
El Señor Mostaza solo sonrió expectante.
—Como le decía a Mónaco, los he traído aquí porque sus mundos representan para ustedes algo que debe ser diferente, quizás se han adaptado, o quizás corrupto un poco por todas estas fuerzas… —continuó Adriano, de la nada dándonos la espalda, y de nuevo mirándonos—. …Pero ustedes dos, en esencia, tienen una chispa, el potencial de convertirse en autores de su propio universo, ese ideal que guardan en ustedes —soltó, casi sonando un tanto loco para mí.
Mostaza hizo el rostro hacia un lado y sacó la lengua como si le repugnaran aquellas palabras. Me inquietó entonces, en aquel momento. Aunque Adriano pudiese sonar como un loco, parecía tener buenas intenciones.
—…Les ofrezco darles las herramientas y el espacio para crear este universo que visualizan —caminó de pronto, paseándose frente a la mesa redonda—. Existen reglas, métodos, y otros tipos de asuntos que estudiaremos los siguientes… días, pero si deciden aceptar deben comprender el tamaño de su responsabilidad… —agregó después. Entonces miré al otro sujeto, que aún vigilaba a Adriano como si lo estudiara.
—¿Hablas en serio? —le pregunté, con temor de sonar como un ingenuo—. ¿Crear nuestro propio universo? —
—Sí, Mónaco —me miró como diciendo “a esto quería llegar.” —…Pasarán por un proceso para aprender a convertirse en autores del cosmos, creando un universo alineado a su visión. Serán parte de su desarrollo y, dependiendo de cómo elijan trabajarlo, serán capaces de ver o vivir esta realidad y sus extensiones… —
Miré al Señor Mostaza y seguía expectante, vigilando a Adriano en silencio mientras yo no asimilaba todo lo que me decía.
—…¿Desde cero? —pregunté involuntariamente, mientras me silenciaba el hecho de estármelo considerando.
—Desde cero… —asintió, mirándome con aquel rostro bondadoso y barbado—. …Siguiendo las reglas cósmicas de los ancestrales, pueden dar origen a una nueva versión de sus mundos, otra historia de origen… —
Bajé la mirada, considerando si todo aquello realmente tenía sentido hacerlo.
—…Y lo más importante, una nueva oportunidad hacia un nuevo rumbo para la humanidad —entonces mi corazón saltó y mis ojos se clavaron en los suyos.
Sentía que se burlaba de mí, de mi deseo por un mundo diferente, haciendo mofa de nuestras conversaciones existenciales fumando hierba por la madrugada.
—¿De verdad, Adriano? —cuestioné, apretando los dientes un poco, midiendo hasta dónde llegaba Adriano con todo esto.
—Por supuesto —respondió calmadamente. Desvió la mirada hacia el Señor Mostaza a un lado, y este se había cruzado de brazos, observando toda la escena—. …No tienen que responder en este instante, claramente. Pueden quedarse o regresar a sus realidades mientras lo piensan, y si deciden no asumir el cargo de Autor… pues, serán regresados a sus realidades —agregó Adriano, paseándose un poco, como si estuviese dudoso o pensativo.
Entonces sentí aquella sensación desagradable. La simple idea de regresar a la realidad que estaba viviendo me causaba pánico.
La casa donde vivo alquilado está desconchada, no tiene tubería de conexión al agua de la calle porque me la robaron; mis objetos electrodomésticos se han quemado con los apagones de luces que hay diario en la ciudad; me he quedado desempleado por una simple opinión política, y por esa misma opinión no me abren las puertas en los puntos culturales de la ciudad o el país. Para rematar, la vida que me llevó a aquel diagnóstico de locura...(¿será todo esto un delirio?) pensé mientras me pellizcaba, si acaso eso funcionaría para hacerme caer en cuenta.
—¿Qué haces? —susurró Adriano, mirándome.
—Nada —tragué saliva y traté de organizar mis pensamientos—. ¿Cuál es el costo de esto? —pregunté bajando la mirada por la vergüenza de desconfiar de Adriano. Pero la vida era así.
Sus ojos encontraron los míos y divagaron hacia el señor de prenda negra a un lado, haciéndome mirar hacia él.
Él apenas alzó levemente el mentón, mirándonos de reojo.
—El costo es la responsabilidad de ello. Este universo y todo lo que suceda en él será la responsabilidad del Autor —respondió un poco más serio.
Volví a mirar hacia el hombre que brillaba como oro, pero él parecía inmutarse por lo que Adriano planteaba sobre la mesa.
Entonces mi estómago crujió repentinamente, y Adriano miró mi abdomen mientras yo me apretaba con aquella hambre que apenas identificaba entre tantas emociones y sentimientos.
—Creo que tu avatar aún se mantiene muy activo —soltó, y luego una risa como si aquello hubiese sido un tipo de chiste, mientras el Señor Mostaza y yo solo intercambiamos miradas—. Tu cuerpo habló en un momento oportuno. Podemos tomar un descanso de todo este tema e ir a comer a mi amado Axis Eternum —entonces vi al Señor Mostaza posar ojos en Adriano; quizás estaba interesado en aquello—. …Mi torre es bastante hermosa, la verdad. Podría tener más cosas, pero aún siento que es porque no supero parte de lo que alguna vez fui —se secó un poco de sudor de la frente, aunque estaba bastante fresco. De hecho, casi hacía frío en el salón, incluso en el corredor por el que vine, mientras Adriano nos contaba cómo había emprendido lo que llamó: un viaje de reseteo.
Un proceso por el que estudiaba realmente cada parte que componía su ser. Un punto de vista que lo veía como máquina, sistema, compuestos, energía, alma… Estudió sus células: cómo se componen, lo que producen y consumen, lo que necesitan, dónde lo encuentra. Así sucesivamente hizo con cada cosa, hasta descubrir que realmente estaba rodeado de muchas fuentes de energía y fuentes de “combustible” para el “avatar” (como él se refería al cuerpo) y sus necesidades. Así como comprendió esto, aseguró que empezó la labor de alinear su mentalidad y organismo al conocimiento de que podía obtener la energía que necesitaba de la luz, del entorno, de una fuente cercana; pues todo estaba hecho de energía. Aunque de vez en cuando requería consumir algo sólido, sobre todo cuando anhelaba disfrutar los sabores y aromas de las comidas y bebidas.
Regresamos por aquel pasillo hasta una especie de balcón que daba vista a un enorme jardín bajo aquella galaxia espectacularmente profunda. De pronto, el balcón se sacudió ligeramente y comenzó a descender lentamente hasta aquel enorme jardín que casi parecía un paraíso.
De pronto vi al Señor Mostaza acercarse a la baranda blanca, reluciente, mirando al lugar. Observé a Adriano, que sonriente me hizo un gesto invitándome a asomarme para disfrutar de la vista. Me acerqué al pasamanos y vi aquel sitio, lleno de flora y fauna, animales que apenas distinguía a la distancia, corriendo en los terrenos que se hacían cerca del horizonte antes de desvanecer en la nada. Vi siluetas que paseaban en la parte baja de aquella torre, que parecía edificada en el centro de este oasis cósmico.
Sentí que mi alma vibraba aceleradamente con tantos colores frente a mí, tanta vida. Las vibraciones que percibía ligeramente en mi cuerpo me transmitían una profunda armonía. Pero de pronto, mientras admiraba aquel paisaje, me preguntaba: ¿si acaso todo esto era real?
Suspiré, recordándome no tener expectativas, en caso de despertar en mi vieja cama o, quizás, en algún sitio peor.
Adriano se acercó a mí, posó su mano sobre mi hombro.
—Ya verás el centro de abastecimiento de este lugar. Es una cosa… —dijo orgulloso.
—¿Aquí? —pregunté.
—Claro… No estoy aquí solo.—yo seguía contemplando el paisaje mientras lo escuchaba.—Existen sistemas y funciones para todos, aun en este plano cósmico de la creación…— Más allá de mi responsabilidad con mi creación, existen otros a cargo de los que estamos en este plano de la realidad y, sobre ellos, deben haber otros. Como esa conversación en que planteábamos los universos como un átomo, hecho por millones de átomos, y millones más… ¿recuerdas? —dijo.
Le sonreí.
—¡Claro! —lo empujé con el hombro—. Ese día bebiste cerveza como si no hubiese un mañana —solté una pequeña risa, mientras recordaba que también estaban el otro seleccionado para Autor y los dos androides.
—¡Espero ahora comprendas el porqué! —sonrió, alzando la vista como si aquello significara mucho para él.
Entonces sentí que todo aquello podía ser realmente importante.
Volví a mirar el cosmos frente a mis ojos, cuestionándome si mi mente era capaz de crear todo esto o si realmente era el universo dándome una opción: la realización de un secreto que había guardado dentro de mí, poder cambiar el rumbo que tomaba la humanidad. Aunque esta posibilidad me ponía en una posición más directa. Era el responsable de que se haga realidad aquello que tanto exigía al mundo.
Llegamos a la base del edificio, donde bajo la cúpula que soportaba la torre se apreciaba una enorme multitud.
—Este lugar es lo más tranquilo de toda mi creación —dijo sonriendo, aunque no parecía sonar como algo bueno para él.
Aquella enorme plataforma blanca arribó del todo, dejando deslizar un camino automatizado en descenso hacia el jardín. Adriano y los biomecánicos bajaron rápidamente del lugar, seguidos por el misterioso Señor Mostaza.
Suspiré, deseando dejarme llevar por lo que estaba pasando, para poder comprenderlo con mejor claridad, y entonces volví la mirada hacia un enorme árbol detrás de la torre de Adriano. Aquel era tan grande que cubría gran parte del terreno, extendiéndose por todo lo alto y colgando sus hojas y ramificaciones.
Su color verde intenso me impresionaba, en cada fragmento de musgo en su madera, en cada hoja, en cada fruto que brillaba como lámpara de bambalinas.
—Mónaco —me llamó Adriano desde fuera de la plataforma, y yo me dirigí hacia ellos.
—Disculpen, me distraje con ese hermoso árbol detrás de la… del edificio —dije apenas llegué.
—¡Ah! —me empujó emocionado—. ¡Ese es mi Axis Eternum! —juntó sus manos y luego miró al señor vestido de negro; su mirada silenciosa pareció hacerlo contenerse—. …Vayamos al acopio central, tomemos algunas cosas para llevar y luego nos sentamos a comer junto a mi Axis Eternum, ¿les parece? —dijo como un típico anfitrión que intenta sonar gentil.
—Sí —dijo a secas el Señor Mostaza, colocándose unas gafas negras que colgaban de un bolsillo en la gabardina—. Vayamos a comer —
Adriano nos paseó explicándonos que ese lugar era su “centro de existencia,” el sitio desde donde dirigía su territorio cósmico, es decir, su mundo y todas sus realidades derivadas.
Mientras nos incorporábamos bajo la enorme cúpula que parecía de cristal verdoso, llegando a un tono negro, las personas alrededor saludaban a Adriano con notorio respeto y cariño. Incluso algunos se inclinaban como los orientales, saludando con un tipo de respeto más espiritual. Yo volví la mirada hacia los androides. Aunque eran casi idénticos, tenían facciones faciales un tanto distintas. Incluso no estaba seguro si alguno de ellos pudiera ser Arpo.
—¿Así que… una plaza? —cuestionó el hombre reluciente con aquel sombrero de copa, nuevamente sobre su cabeza.
Apenas lo miré y seguí observando a las familias que había alrededor. Había un curioso grupo: la piel de uno de ellos era casi color plata, con pequeñas manchas veteadas color azul. Sus ojos eran de color verde, igual para todos los miembros. Mientras la madre, la niña y la bebé eran oscuras, el que supuse era su esposo y su hijo tenían tonos de piel distintos.
Entonces me atrajo escuchar que una persona pasó frente a nosotros hablando en una lengua extraña; sonaba como si saludara a Adriano. Luego de ese momento, me sorprendió que este le respondió en aquel lenguaje.
El hombre del sombrero siguió a los humanoides metálicos hacia el centro de la enorme plaza bajo la cúpula, donde había una fila de mesas con distintos alimentos y bebidas. Sacos de arroz en grano se encontraban a los alrededores, junto con harina de trigo o maíz. Miré las mesas, viendo cómo algunas familias con carritos se acercaban para contemplar las frutas por sus pesos y aromas.
Justo al frente había una enorme mesa repleta de comida, platillos que despertaban mi apetito tan intensamente que no podía evitar sofocarme. Miraba a mi alrededor, tratando de disimular para que nadie se diera cuenta de que estaba observando ese pollo horneado, tan jugoso, sobre un guiso de papas, zanahorias, costillas y trozos de carne.
Mientras algunos comían discretamente de una bandeja o se servían un poco de algo, yo me fijaba si alguien notaba mis ansias por comer. Hacía tanto que no veía platillos tan exquisitos disponibles.
Mis ojos solo pudieron parpadear ante aquel quesillo oscuro y meloso. Ojalá fuera de café. Seguido sentí el aroma de la soya, el cebollín y la carne; mis ojos se posaron sobre un gran caldero de arroz dorado, con múltiples trozos de aliños y carnes. Allí fue donde encontré al Señor Mostaza, aparentemente ojeando algo.
(¿Qué lo hará a él tan especial para ser un autor cósmico?) pensé. Deduje a simple vista que quizás era un millonario extravagante en el universo del que viene, pero de pronto consideré algo: ¿qué me hace a mí digno de ser un autor cósmico?
No había logrado hacer gran cosa con mis obras. En todo el tiempo que estuve haciendo arte, llegaba a un punto medio y todo volvía a empezar de cero, quedaba a medias, se caía…
En un país donde tienes que hacer el arte que exigen y apoyar sus ideales, el artista se convierte en un obrero. Pero en este, los currículos sobresalientes pueden significar problemas para locales pequeños, en ciudades pequeñas. Un artista de distintas ramas no es algo necesario, quizás… aunque, a fin de cuentas, si no fuera artista, sería obrero.
Y luego estaba el sueldo. Un sueldo que apenas alcanzaba para una harina, medio cartón de huevos, un trozo de queso, 100 gramos de café, 500 gramos de azúcar y, quizás, mantequilla. Afortunadamente, en aquella barriada se habían conectado las casas. Mis padres, mi hermano menor y yo compartíamos un espacio un poco más grande, donde nos apoyábamos mutuamente con los ingresos inesperados. Vendíamos alguna cosa aquí o por allá. Mi madre intentaba hacer de todo: vender propiedades, productos, servicios, objetos de segunda mano e incluso hasta chatarra.
Intenté levantar todo un proyecto, ignorando el sistema corrupto que me rodeaba, y aun así fracasé en el último momento.
Como en todo, en el amor, en la vida, con la familia, conmigo mismo. Destruí mi mente tratando de sobrevivir a una familia maltratadora y disfuncional. Intenté arreglarla, huir de ella. Perdí el camino varias veces, vendiendo mi trabajo a quienes lo usarían para promocionar lo opuesto a mis ideales. Confié y amé a personas equivocadas, seguí y creí en cosas equivocadas. Lo poco que tuve lo perdí, y lo mucho que gané lo guardo en mi corazón como un recuerdo… Un sentimiento de esperanza, de que hay amor en los seres humanos y admiración por la fuerza con la que muchos la afrontan.
De pronto, una pareja de dos chicas me empujó al pasar junto a mí, y ambas se disculparon tras hacerlo. Mi estómago se retorció de hambre, y entonces tomé el valor de coger una bandeja y un paquete de cubiertos de madera pulida, o eso parecían ser.
Me deleité al ver algo que parecía puré de papas amarillas, con toques de hojas verdes. Su forma ovoide en aquel objeto metálico era toda una obra culinaria perfecta. Un toque sencillo pero fuera de lo común. Al acercarme más, vi una pequeña cuchara como las de helados, y la usé para sacar de la masa que tenía enfrente. Coloqué unas cuatro bolas de puré. Miré a mi alrededor y fue cuando, de pronto, alguien me sujetó de la espalda y me hizo girar; se trataba de Adriano.
—Mi estimado Mónaco, pensé que ahora, desde este plano, se nos haría más fácil hablar entre nosotros, pero vaya que me equivoqué —soltó una risita burlona y nerviosa—. …Eh, pero tengo …que atender unos asuntos… ¡responsabilidades de autor! —volvió a hacer aquella risita, y me hizo gracia.
—Tranquilo, entiendo —respondí, emocionado de sentir que seguía siendo “el mismo Adriano”.
—…Demoraré un poco, pero si necesitas cualquier cosa, puedes pedirle a Arpo que te ayude con eso. Está asignado a atenderte mientras estés aquí.También puedes preguntar por Psi, y Gina. Gina es quien atiende a nuestro alegre caza recompensas… —anunció Adriano.
—¿Caza recompensas? —repliqué, confundido sobre el tenerlo aquí.
Pero Adriano apenas me prestó atención y continuó:
—…Volveré en… como unas… 24 horas humanas… más o menos… Puede ser que… sirva para que reconsideres la propuesta… Nos vemos en mi hermoso Axis —dijo, alejándose un poco y con aquella mirada que me decía que esperaba lo mejor de mí—. ¡Iré a decirle a nuestro… ¡chico dorado! —hizo unos pasitos divertidos, aún con aquella túnica y sonriendo como siempre, y luego se alejó.
Miré aquel banquete; mi estómago pedía comida cada vez que recordaba que estaba allí. Me serví aquella bandeja con arroz, una pieza de pollo, una pieza de chuleta ahumada, cuatro bolas de puré y un guiso de vainas verdes con verduras.
Me dirigí a una de las mesas cercanas que estaba desocupada y limpia. Volví la vista a mi alrededor, pero todos estaban realmente en lo suyo. Entonces distinguí a Adriano apenas llegando hasta el Señor Mostaza.
…Jum, el Señor Mostaza. Qué ser tan… curioso. Parece demasiado callado e incluso diría que pedante… Pero bueno, quizás simplemente no se impresiona fácil… Aunque realmente creo que todo esto es demasiado grande para no impresionar. Yo… me siento abrumado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.