LA PROMESA
Seguía pensativo mientras chupeteaba el muslo de ave. Quizás no era pollo, pero el sabor resultaba familiar. Masticaba con frenesí, aunque no por hambre ni gula…
Sentía una electricidad en la mandíbula y hormigueo en los dedos mientras mis ojos saltaban de un lado a otro, recorriendo las flores de colores pastel que decoraban los alrededores. Una ansiedad latente se mezclaba con mis pensamientos, que parecían atraparme en un bucle interminable. ¿Estaba realmente viviendo esto? ¿Habría quedado en coma y todo era una ilusión? ¿O acaso había perdido por completo la cabeza?
Un hombre de piel verdosa y frente alargada pasó cerca, un objeto dorado rodeaba su cabeza como una corona flotante. Me miró con sus pupilas enormes, color ámbar. Bajé la vista de inmediato, preocupado de que pensara que lo observaba por rareza. Aunque, admito, me impresionó mucho.
De reojo, un destello captó mi atención. Giré la cabeza y vi una de aquellas formas de vida biomecánicas —las mismas que me llevaron ante Adriano—. Se desplazaba lentamente hacia mí, destellando con cada paso hasta detenerse junto a la mesa, bajo la cúpula concurrida.
—¡Señor Arrales! —saludó con entusiasmo. Me resultó familiar aquella voz. Levanté la vista—. ¡Qué gusto verlo de nuevo! Parece que ha encontrado algo que le agrada.
Miré mis dedos grasientos y sentí un repentino pudor. Deslicé la bandeja con los restos y la salsa sobre la mesa, tomé una servilleta de la bolsa de cubiertos y me limpié.
—Disculpa... qué pena comer así delante de ti —respondí nervioso, frotando las manos con la tela.
—¿Qué? No se preocupe, señor Arrales —dijo el biomecánico, con sus ojos brillantes y una expresión que me pareció un poco avergonzada.
Antes de poder responder, sentí una mano de tres dedos apoyarse en mi hombro desde atrás. Volví la vista y me quedé sin palabras al encontrarme con un cráneo emplumado de negro, ojos azules como una laguna mohosa. De su rostro surgían unos tentáculos rojizos y callosos, temblorosos y ásperos como la cresta de un gallo, vibrando con cada respiración.
—…Eh… —alcancé a murmurar cuando el ser extendió su otra mano, sosteniendo un pequeño paquete blanco cuadrado.
—Gracias… es que yo… ya estoy bien —respondí, apenas sujetando el paquete.
—Son servilletas, señor Arrales —aclaró el biomecánico con algo de preocupación.
Apreté el paquete con suavidad y miré al ser de plumas negras y grises. Respiró fuerte, moviendo un par de látigos que surgían de su trompa.
—¡Muy amable, amigo! —dije con rapidez, sintiendo que su expresión se relajaba. Lentamente, asintió con la cabeza y me regaló una sonrisa. Después, lo vi reunirse con otros de atuendos similares junto a unas mesas llenas de paquetes y objetos.
—¿Puedo acompañarlo? —preguntó el biomecánico, trayendo mi atención de nuevo hacia su rostro.
—Claro —respondí mientras limpiaba mis manos.
—¿Preparado para la tarea, señor Arrales? —me preguntó reviviendo los nervios.
—Puedes tratarme por Mónaco —solté una risa nerviosa evitando mirarlo fijamente—. Y… respondiendo a su pregunta: la verdad no estoy seguro de que sea digno del trabajo…
—¿Ah, no? —inquirió inclinando la cabeza haciendo un ruidito.
—Digo —musité midiendo mis palabras—… es que no soy como Adriano, o quizás como este sujeto, el señor Mostaza.
—¿Y eso en qué afecta su capacidad para ser autor? —me interrumpió y me quedé observando sus ojos cristalinos.
Tras unos segundos, respondiéndome a mí mismo internamente le dije:
—… es que ellos son líderes, tienen fortaleza, carácter, se aprecia el éxito con tan solo verlos caminar… yo…
El sujeto biomecánico me miraba atentamente, y aunque era un poco incómodo sentía que podía ser sincero con él.
—… yo solo he fracasado en mi mundo, siquiera puedo imaginar cómo me haría sentir verme fracasar en esto también… digo, son las vidas de millones que estarán en mis manos… toda mi vida sentí que tenía un propósito, y jamás logré nada, quería inspirar a otros a que… comprendieran que podía ser un mundo más tolerante, pero solo terminé siendo un don nadie, mi existencia no cambió nada en mi mundo… —recordé a Adriano intentando convencerme horas atrás, y dibujé una pequeña sonrisa—. … Adriano es muy sabio, pero creo que esta vez se equivocó conmigo.
—¡Ah! —asintió Arpo y desvió la vista hacia el Axis Eternum en la lejanía—. Comprendo sus preocupaciones, pero ahora comienzo a ver que Adriano no pudo haberse equivocado con usted.
—¿Por qué? —pregunté, empezando a pensar que estas personas eran demasiado positivas o intentaban convencerme.
—Bueno… parece que comprendes el nivel de responsabilidad de lo que se te ha dado —respondió, observándome con atención—. Más que eso, parece que te lo estás tomando muy en serio.
—¿Y no debería? —cuestioné, como si la tarea no fuera tan importante como imaginaba.
—¡Claro que sí! Ja, ja, ja —dijo, apresurado por corregirse—. No quise decir eso, solo que… te sientes muy conectado con este propósito. Se te nota.
Sentí un nudo en la garganta y me quedé en silencio. No podía evitar pensar en mi vida antes de este lugar, en todas las veces que intenté generar un cambio… en todos los intentos fallidos.
—Adriano… incluso el tal Señor Mostaza. Parecen personas que nacieron para el éxito. Nacieron para esto. Son inteligentes, poderosos… tienen más… Son mejores para guiar nuevos mundos —murmuré, compartiendo mis pensamientos con Arpo.
—Bueno… el Señor Mostaza parece un hombre enigmático e inteligente, pero usted es sensible y noble. Eso no lo hace menos digno. También es parte necesaria del liderazgo que tanto duda tener —respondió Arpo, con suavidad—. ¿Puedo decirle algo, Mónaco?
Me puse tenso. No sabía qué me diría ni cómo me haría sentir.
—Claro —contesté finalmente, deseando un cigarrillo.
—A veces, nuestras experiencias nos convierten en aquello que anhelamos ser, aunque no sea de la manera que esperamos —dijo Arpo, desviando la mirada hacia el Axis Eternum nuevamente.
Yo también volteé a verlo. Sus frutos brillantes, redondos, de distintos tamaños, parecían absorber y devolver la luz de formas imposibles.
—Siento que puedes apreciar la magnificencia del Axis Eternum… —musitó junto a mí.
Me removí en mi asiento, incómodo con la atención que ponía en cada gesto mío.
—Eh… —susurré, disimulando—. Solo es que… siento que la vida toma muchas formas en él.
—Y lo hace —Arpo afirmó con convicción. Lo miré, esperando que se explicara.
—Este árbol representa la fuerza caótica de la vida, o al menos para Adriano y su universo…
Volví a contemplar sus ramas dispersas, su luz de origen incomprensible.
—¿Estás usando metáforas? ¿O…? —pregunté finalmente, considerando lo extraordinario que ya era el solo hecho de hablar con Arpo.
—Sí y no —respondió, volviendo su rostro hacia el mismo lugar—. Adriano fabricó todo lo que ves a tu alrededor. En su mayoría, lo creó con solo pensarlo, si es que puede decirse así… construyó este Santuario con sus sentimientos y pensamientos, al igual que el mundo original que vislumbró como el mundo perfecto. Pero la vida misma toma su lugar. Es una ley inquebrantable.
Me miró nuevamente, con esa expresión que pedía una respuesta por mi parte. Pero yo seguía en silencio. Necesitaba más de lo que me estaba diciendo.
—El Axis Eternum… apareció por sí solo, como resultado de lo que Adriano había creado. Un árbol tan único y místico como la creación a la que pertenece. Al principio, causó daños en las tierras del Santuario… sus raíces reventaron el suelo, atravesándolo hasta el otro lado y expandiéndose. Adriano creyó que su mundo, este pedazo de polvo flotando en el infinito espacio, se vendría abajo bajo el peso del Axis…
Soltó una breve risa metálica.
—Pero no. Estaba complementando perfectamente su creación. Era parte de ese caos que forma la existencia, absorbiendo y devolviendo a su entorno, generando formas de vida increíbles. Ese brillo hermoso en sus frutos y enredaderas proviene de todo lo que ha transformado…
Reflexioné un momento antes de responder.
—Ahora entiendo por qué la respuesta fue tan inflexible… si era literal y metafórica al mismo tiempo.
—Es un mensaje inspirador… ¿no lo cree? —dijo Arpo tras unos segundos.
Lo miré, asintiendo, aunque aún procesaba todo. Seguíamos hablando de cómo las experiencias nos llevan a ser quienes anhelamos, aunque no siempre de la forma que esperamos.
—Todo depende del individuo y de su resistencia a los eventos que forjan el camino… quizás —agregó después.
—Eres muy sabio, Arpo —reconocí, sintiendo cómo cada palabra seguía su curso dentro de mí, como un río de pensamientos. Intenté aligerar el momento—. ¿Cómo es que no te convirtieron en autor?
Sonreí, buscando un tono gracioso, pero Arpo respondió con calma.
—Quizás lo sea. Muchos de los que están aquí son autores que eligieron vivir sus realidades desde una experiencia más terrenal. Aun así, terminaron aquí… o en otro Santuario. Y, de alguna manera, sus existencias han aportado a otros universos. Al final, todo contribuye al bien común… al universo mismo.
Lo observé con interés.
—¿Entonces podrías ser un autor cósmico? —me aseguré de haber comprendido—. ¿No puedes recordarlo?
Arpo me miró con un aire casi afectuoso.
—¿Recordar mi existencia antes de esta? No, para nada… aunque siento que llevo eones de vidas dedicadas a este hermoso propósito.
—¿Cómo es posible? ¿Cómo puedes ser autor de un universo y estar aquí? ¿Cómo ayuda eso al mundo que creaste… a tu propio universo? —pregunté.
Arpo dejó escapar una breve risa magnética.
—Igual que el Axis Eternum… —respondió—. Esto es algo que quizás te enseñen. Pero la verdad es que cada ser viviente es coautor del universo. Con cada decisión que toma. Con cada palabra. Con cada pensamiento…
—Ya había tenido una conversación parecida con Adriano… —comenté. Arpo me miró, levantando lo que parecían sus cejas.
—Fue antes de saber quién era. Bueno, fue en mi mundo… Me hizo sentir capaz de continuar, verlo así… pero luego seguí fracasando y… —las palabras se atascaron en mi garganta. Recordé dónde me llevó aquel fracaso. Al suicidio.
—Puedo percibir el dolor por el que has pasado, Mónaco —su voz me sacó de mis pensamientos antes de que me hundiera demasiado—. Tu alma es profundamente sensible… Intentas comprender todo y a todos, pero…
—¿Pero…? —murmuré. Quizás ahora entendía que esto no era solo un acto, que yo no era capaz de ser autor.
—Pero no lo haces contigo mismo —respondió con calma. Yo lo miré de reojo y sin aliento.—…Te has estado presionando y juzgando demasiado, sin darte valor por todo el esfuerzo que has hecho. Eso no parece muy justo desde mi punto de vista.
Un nudo se formó en mi garganta. Sentí un ardor en el pecho, una ola de emociones agitándose en mi interior.
Arpo frotó suavemente mi espalda, en un gesto de consuelo. Me incomodó un poco, no estaba acostumbrado a un trato así.
—¿Me acompañarías a pasear? —propuso.
Aún con el nudo en la garganta, impedido de hablar sin que mi voz se quebrara, asentí. Nos levantamos de la mesa y, antes de seguirlo, boté lo utilizado en un contenedor cercano.
Arpo me guió por el sendero más floreado. Cada paso que daba me hundía en pensamientos sobre cómo me había estado tratando últimamente: recriminándome, juzgándome, desvalorizando cada esfuerzo por generar cambios.
—Es hermoso, ¿no? —comentó Arpo de pronto.
Lo miré y seguí su mirada hacia las flores y los pequeños animales peludos que saltaban entre ellas. Insectos de alas enormes y destellantes tomaban vuelo en lo que parecía una danza mágica de la naturaleza.
Sonreí.
—Lo es.
—Algunas criaturas y plantas han estado aquí desde el momento en que Adriano levantó los cimientos de su Santuario… pero muchas otras surgieron o cambiaron después de la aparición del Axis Eternum —dijo mientras nos acercábamos al gran árbol.
Alcé la vista. Era gigantesco. Pude imaginar el pánico que causó en aquel entonces. Aún estábamos lejos de su tronco, pero sus raíces gruesas y dispersas llegaban hasta nosotros.
—Podemos sentarnos por aquí si gustas… en algún banco o alguna raíz —agregó, rodeando la barrera natural que formaban sus extensiones brotadas de la tierra.
—Me parece bien en alguna raíz. ¿No nos meteremos en problemas por sentarnos en el árbol? —pregunté mientras lo seguía.
—No, para nada.
Encontramos una raíz arqueada a una altura perfecta para servirnos de asiento. Arpo se acomodó con confianza. Yo tuve que treparme un poco para subirme.
Froté mis manos sobre la textura fibrosa y húmeda del moho en la corteza. La energía que transmitía aquel árbol era simplemente relajante.
Su luz tenía algo de magia. Alcé la vista, contemplando sus interminables ramificaciones, las hojas de todos los tamaños, los frutos de formas variadas. Las enredaderas y los patrones de
moho le daban el aspecto de una enorme obra de arte viviente.
—¡Es increíble! —se me escapó el pensamiento mientras aún miraba hacia arriba.
—Sí —respondió Arpo.
Volteé hacia él y lo escuché continuar con calma:
—Es increíble todo lo que este árbol hizo pasar a este Santuario, para terminar siendo parte de lo que ahora es y simboliza.
Mi entorno, ya no solo era un paisaje para admirar, sino una historia. Sentía que había una valiosa lección en todo esto. De alguna manera, me hizo pensar en mi vida antes de llegar aquí.
—El pasado puede ser doloroso, pero nos impulsa hacia lo que es nuestro futuro … —agregó con la misma serenidad.
Lo miré de reojo. Aquella frase resumía todos mis
pensamientos en una sola línea, sin que el dolor fuese el protagonista en mi interior. Sentí un alivio. Mínimo, pero esperanzador.
Bajé la mirada al pasto y luego contemplé la cúpula bajo aquella monumental torre verdosa oscura.
—¿De verdad crees que no estás listo para convertirte en autor? —preguntó Arpo directamente.
Tuve que mirarlo a los ojos.
Había algo parecido a la compasión en ellos, aunque fueran de cristal.
—Yo… —murmuré. Tragué en seco, apreciando el pasto esmeralda—. No lo sé. No estoy seguro… Siento que hay cosas dentro de mí que necesitan sanar.
Lo miré nuevamente.
—Ya había renunciado a todo. Pero ahora es… diferente.
Arpo se mantuvo en silencio, mientras yo asumía todo lo que había aprendido en esta conversación.
—Arpo… —musité, casi estático, formulando mis pensamientos en mi interior.
Él me miró y se inclinó ligeramente hacia mí.
—Adriano, antes de irse, me comentó que podía pedirte ayuda mientras estuviera aquí… aunque, no sé si puedas hacerlo en realidad…
—Bueno, Adriano me dejó la tarea de asegurarme de que se te proporcione lo que necesites en su ausencia… —asintió gentilmente—. Cuéntame tu inquietud y veré cómo puedo ayudarte.
Contemplé su rostro, buscando sinceridad y bondad, aunque estuviera hecho prácticamente de metal.
—Es que… quisiera saber… ¿es posible que me lleven a mi mundo?
Él hizo una expresión entre sorpresa y seriedad.
—Solo por unos instantes. Hay personas que quisiera ver por última vez.
Su rostro resplandeciente se relajó. Vi nuevamente aquella compasión en su expresión.
—Adriano está por volver pronto, por lo que no deberías demorar mucho en tu universo —dijo con voz calmada—. Pero sí, Mónaco… Para eso estoy aquí.
Hizo una breve pausa antes de concluir:
—Puedo ayudarte con eso. Vayamos a la torre. Desde allí podrás visitar tu mundo por última vez.
Varios minutos después, llevaba puesta aquella ropa de mi mundo, la misma con la que me recordé saltando de aquel edificio. Arpo me guió por los infinitos pisos de la torre de Adriano hasta llegar a una amplia sala donde diferentes especies transitaban. No era un sitio ruidoso, pero se escuchaba el eco de los murmullos incomprensibles. Sentí que algo pasó junto a mí, algo frío y áspero; volví la mirada atrás sin distinguir lo que pudo haberme empujado, pero todas aquellas criaturas se desplazaban de un lugar a otro con túnicas y trajes extravagantes. Extrañaba el traje gris, aunque Adriano se hubiese burlado de él.
Finalmente, llegamos frente a unos vigilantes biomecánicos que custodiaban aquellas plataformas luminosas circulares en el lugar.
—Debemos esperar un poco —dijo Arpo mientras yo volteaba al otro lado del piso, donde parecía haber una pista de aterrizaje y variadas naves de metal que parecían de fantasía. Cristalinas piezas casi geométricas dispuestas en distintas proporciones.
—En este piso conseguirás todo tipo de transporte. Es como nos movemos los portavoces de este centro de conciencia en el espacio, las fluctuaciones y las realidades —explicó Arpo—. Puedes acceder a él, pero no todos con la misma facilidad.
—¿Ah, no? —inquirí un tanto inquieto.
—Bueno, comprenderá lo peligroso que es… Usted, por ejemplo, en el estatus en que está, debe ser orientado, guiado y aprobado para realizar este viaje… si llegara a la realidad equivocada…—se explicó mientras avanzábamos en la fila.—…Hay leyes que cumplir. Alterar el orden cósmico irresponsablemente puede ser penalizado con la destrucción absoluta —dijo Arpo.
Yo lo miré seriamente; sentía algo muy perturbador mientras lo escuchaba. Por alguna razón, mis labios titubearon.—¿Absoluta?
—Eso es algo peor que la muerte física. No trasciendes a ningún plano después de ello. No hay reencarnación, ni siquiera habrá otras versiones de lo que fuiste… tu átomo… —dijo dando otro par de pasos, quedando en silencio. Yo estaba siguiendo sus pasos y pude sentir un poco de temor en él.
—Debo decirle algo —susurró girándose hacia mí y sujetándome—. Todo lo que hablamos es solo necesario para usted. Lo que deban decirle, se lo dirán… Otros tienen otros procesos… eh, otras intenciones —explicó con aquel tono de voz bajo.—…y sobre todo en su mundo.
—Comprendo perfectamente… Arpo —respondí un poco más tranquilo. Él miró a su alrededor y finalmente llegamos a la plataforma.
—¿Qué sucede? —preguntó el biomecánico junto a ella, cuando Arpo se acercó.
—Él es Mónaco Arrales, es postulante para autor. Debe hacer un viaje monitoreado a su universo. Te compartiré los datos del ser —dijo Arpo. Fue entonces que se dieron las manos irradiando luz por unos segundos.
—Activaré la configuración manual a las coordenadas. Prepare a Mónaco Arrales —respondió asintiendo el otro androide con una voz más gruesa que la de Arpo.
—Gracias, Arpo —musité cuando llegó frente a mí.
Él me miró a los ojos asintiendo—. Yo creo que usted entiende lo que no debe hacer. Siga sus instintos… y este viaje será seguro, y será justo lo que necesita.
Tragué en seco, y aún tenía ese sentimiento en mí. —Sí, sé lo que debo hacer… —respondí tomando una bocanada de aire, después suspirando.
Él me guió hasta la base y yo subí casi cegado por el resplandor bajo mis zapatos deportivos desgastados. Podía sentir la corriente de aire bajo las grietas de mis suelas.
—Solo llámeme y avíseme que está listo para regresar —dijo Arpo parado frente a la plataforma.
Quedé cegado en un sonido implosivo en mis oídos, y un escalofrío electrizante hasta los huesos, hasta cuando sentí mis pies firmes en el suelo.
Frotándome los ojos, me impacté al verme frente al edificio donde vivía Sara, el mismo del que salté para quitarme la vida. Sentir aquel déjà vu fue bastante amargo. Me preguntaba qué hubiese cambiado de haber muerto.
Escuché una voz chillona entre los ruidos de la ciudad, que me hundían en pensamientos, cuando de pronto me abrazaron fuertemente. Apenas reconocí aquel cabello largo negro, y aquellos brazos gruesos y perfumados que me abrazaron. La identifiqué: Era mi amiga Sara. Yo la miré atentamente cuando nos separamos.
—¿Dónde estabas metido? —me preguntó con aquella espontaneidad. Sentí que me había extrañado realmente. Sara, una mujer trans de 29 años, estudiando con el sueño de ser diputada de la República Bolivariana. Jum, pero su sueño es honorable, entiendo su motivación—. ¿Qué te sucede? ¿Por qué te pierdes así? —me daba pequeños golpes en el hombro, mientras yo solo me reía; disfrutaba verla de nuevo.
—¡Tranquila! ¡Tranquila! —me defendía de los manotazos—. ¿Tampoco es para tanto? ¿Cuánto me fui?
Ella se detuvo y me miró con cara de asombro. —¿Cuánto…? —repitió analizándome—. ¿Andabas con un culo? ¿Por eso no atendías?
Yo solté una carcajada y la sujeté de los hombros—. No, no, tranquila Sara —ella me miraba con cara de estar extrañada, se sacudió y me miró arqueando la ceja.
—¿Estabas fumando? —me preguntó—. Amigo, yo no digo nada, pero al extremo de perderte un día entero…
—¿Fumar? ¿Traes cigarrillos? —le pregunté aprovechando lo oportuno de la palabra.
—Sí, salí a fumar —respondió hurgando en sus bolsillos, aún con aquella expresión—. ¿Qué te pasó, Mónaco? —preguntó sacando la cajetilla y el encendedor. Me los entregó y un automóvil inoportuno nos hizo regresar a la entrada de su conjunto residencial. Yo le daba una calada al cigarrillo mientras ella encendía el suyo, y yo reflexionaba sobre nuestra amistad, sobre haberla conocido.
Sara, vaya persona: Lidiar con la violencia en casa y todo lugar, el abuso de su tío por el que pasó, con cómo se sentía al respecto en el cuerpo que nació, lo mucho que le costó aceptarlo, pero lo mucho que trabajó para convertirse en quien sentía que era, y ahora, estudiando todo lo posible para defender los derechos de los que pasan por algo similar a lo que su proceso existencial fue en este mundo.
Solté una calada mirando la luna y esta vez apreciándola, aunque fuese una ilusión de mi cerebro intentando explicar lo que veo. Era totalmente espléndida, magnífica, como mi amiga Sara. Que aún seguía quejándose del escandalo del vehículo hace un rato.
—Mónaco, ¿me vas a decir dónde estabas? —se acercó haciéndose a mi lado.
—Los vecinos me dijeron que te vieron anteanoche tocando a mi puerta, y luego desapareces, no contestas el teléfono, nadie sabe de ti —replicaba junto a mí, y yo solo me quedé apreciando todo el respeto y amor que me transmitía. Pero yo, debía mentirle.
—Quería decirte, vine a hablar contigo, y avisarte… —"es por su bien", pensé—… necesitaba tomar tiempo para mí, pensar un poco, y soltar —eso último dolió un poco, pero ya era un hecho, no había paso atrás—. ¡Gracias por preocuparte, mi Sara! —respondí y di otra calada acomodándome para hablar mejor con ella, junto a las rejas de posamanos en el pasillo de planta baja.
—¡Coño! Pero no desaparezcas así —me dio un manotazo, y luego soltó el humo bruscamente enojada—. Al menos deja un mensaje, marico, cualquier cosa. Yo pensé lo peor, lo peor de todo pensé —soltó con su honesta preocupación.
—¡Lo siento mucho, Sara! —musité enternecido—. Quisiera decir que no volverá a pasar, pero sería mentira, jajaja —intenté prepararla.
Ella me miraba estática, botando el humo por la nariz de a poco.
—¿Te estás burlando de mí? —dijo después de varios segundos
—. ¡O sea!
—¡No, no, no! —respondí rápidamente, intentando calmarla, porque sé cómo se pone cuando está molesta—. Jamás podría burlarme de ti, Sara.
Ella se quedó mirándome de nuevo, como si no reconociera con quién hablaba.
—Sara, eres mi amiga… Conocerte, conocer tu historia, verte pasar por tanto y seguir siendo… esa energía que me das… Eres inspiración para mí —confesé con sinceridad—. Eres un ejemplo de fortaleza y amor. He estado pensando en muchas cosas de mi vida… —La miré y ahora solo parecía estar escuchándome atentamente—. No me pares bolas ¡Ya sabes cómo soy! —Intenté relajarme y sonreí involuntariamente por los nervios—. Te quiero mucho, amiga, me alegra mucho haberte conocido… Solo no te preocupes. Estoy buscando mi camino así como tú buscas el tuyo. Eres inspiración… De verdad.
Ella se acercó a pasos lentos y me abrazó. Me abrazó fuerte.
Sentí que contenía el llanto. Casi estaba por llorar y yo no dije mucho, según yo, aunque comenzaba a conmoverme. Era la última vez que vería a este ser tan maravilloso.
—Los hombres de verdad tienen una labia —vaciló aún abrazándome, gimoteando entre risas, que me contagiaron.
—¡Por favor, no! —repliqué jugando, siguiéndole la corriente—. ¿Por qué no me crees? Estoy siendo sincero.
Ella se detuvo y se alejó un poco, mirándome.
—Lástima que no te gustan las mujeres… —me dijo, punteando mi nariz redonda, y yo solo sonreía—. Bueno, mentiras… Mejor que seamos amigos, Mónaco… —Tiró el cigarrillo a un lado y vigiló mis manos.
—¿Ya te fumaste el tuyo? —preguntó nuevamente, con cara de asombro.
Lo que me recordó…
—¿Aún conservas el brazo de cigarrillos que traje la noche de película?
Ella se quedó perpleja, al parecer.
—Cuando me regañaste porque no te gustaban y terminamos buscando cigarrillos por toda la avenida hasta el centro comercial Los Aviadores. ¿Te acuerdas?
—Eh… —masculló recordando—Creo que sí. No fumo esa porquería ¡Lo sabes!
—¿Podrías regalármelos? —le sonreí, deseando que aceptara.
Ella me miró extrañada.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—Solo no tengo cigarros y creo que tomaré… otro tiempo libre —respondí mientras comenzaba a marchar hacia su apartamento.
Se detuvo mirándome.
—y…¿A dónde irás? —preguntó.
—Aún no lo sé —mentí.
Ella torció los ojos y subió las escaleras, preguntándome un montón de cosas: qué sucedía conmigo, a dónde estaba yendo y todo lo demás. Me excusé simplemente con que hacía solo lo que iba sintiendo en el proceso.
—Bueno, tú sabrás —respondió a mi explicación, montada sobre un taburete mientras revisaba las gavetas superiores del seibó en la cocina—. Ay, no sé dónde metí esa vaina… Yo… —Miró en dirección a la pequeña sala de estar de muebles color rojo—. Ese día tomamos y todo lo preparamos en la cocina. Tú llegaste y sacaste esa vaina.
—Y tú lo agarraste y me lo pegaste en la cabeza —la interrumpí, completando lo sucedido.
—Uy, es que solo a ti se te ocurre traer esa mierda—se quejó, pero soltó una carcajada recordando—¡Ay! —soltó de pronto y estiró las manos a la parte superior del mueble, tanteando por los bordes hasta encontrarlo.
Yo sonreí de alivio cuando vi el brazo de cigarrillos, algo polvoriento.
—¡Ah! Aquí está —me lo entregó.
Lo aprecié entre mis manos, aún en su plástico. Ya tendría para fumar por unos días en la torre y llevaría conmigo este preciado recuerdo.
Lo que me recordó que aún quedaba alguien más de quien despedirme.
—Sara, debo irme… Gracias por los cigarrillos… Tengo que ir a buscar a Ezequiel —anuncié, apenado, buscando algún reloj a simple vista.
—¿Pero qué pasó? ¿Está todo bien? —preguntó preocupada, una vez firme en el suelo.
—No, no… —"Debo aprender a medir bien lo que digo", pensé—. Solo lo acompañaré a casa.
—Ah —asintió, calmándose y meditándolo—. Buena idea. Las calles son peligrosas en la noche.
Yo le sonreí. Entonces me acompañó a la entrada del edificio, diciéndome que le debía una visita, y yo solo tuve que sonreír, porque sabía que eso no sería posible. La abracé fuerte, le di las gracias y le dije lo mucho que la quería.
Antes de que pudiese volver a doler, seguí mi camino por las calles de Mayara en aquella noche fría de diciembre. Llegando a la avenida universitaria de Mayara la ciudad se hacía más ruidosa; los puntos de luces en bloques que intentaban tocar el cielo ahora me recordaban al santuario de Adriano y la vida que me esperaba, pero aún, algo en este mundo quedaba: promesas, proyectos a medio terminar… obras públicas que jamás hicieron el ruido suficiente… Caminé la delgada caminata entre jardines de flores espinosas de rojo intenso, hermosas.
Crucé bajo el farol sospechando que Ezequiel (mi hermano de 16 años de edad) estaría en la piscina de patinaje, escondido de todos jugando videojuegos en su teléfono con el wifi público, aunque funcione como la mierda.
—¡Noo jodaa! —escuché una voz quejarse con soniditos chispeantes, campanas y metales.
Seguí la voz hasta el borde de la piscina y miré dentro; en un costado de aquella especie de ocho profundo de concreto, una luz se reflejaba en el rostro de mi hermano, más alto y greñudo que yo. Estaba agachado, sentado en el piso con la cara metida en el aparato, y tapeando con sus dedos rápidamente y concentrado.
"Cuánto potencial malgastado", pensé en mis adentros; mi hermano era un joven muy inteligente, de buenas notas, y un talento matemático que triplica mi carencia por la comprensión numérica. Pero ya no quiere ser ni astronauta, ni piloto de avión, ni científico; un día solo dijo que ya no sabía qué quería ser… Mamá y papá lo apuntaron a un deporte: fútbol. A él le gustaba mucho antes de empezar, pero con el paso del tiempo dejó de gustarle. Mamá insistía, incluso se lo ponía como un castigo por antipatía o flojera. Yo realmente no sé si culparlo, o culpar a alguien. Ahora dice que sale a entrenar al paseo deportivo, pero realmente se esconde a jugar videojuegos.
Llegué sobre él en la parte superior de la piscina silenciosamente; él no se percató de mi presencia mientras llegaba allí. Pude ver junto a él su viejo balón de fútbol; ciertamente había mentido nuevamente sobre practicar.
—¡Epa, carajito! —bramé y él sobresaltó en su sitio mirando rápidamente hacia mí. Su cara de sorpresa rápidamente cambió a molestia y la volvió a enterrar en la pantalla del teléfono.
—¡Estás loco! —gruñó. Pocos segundos después ambos empezamos a reírnos a carcajadas, como siempre. Yo me deslicé por la pared lisa de la piscina de concreto.
—¡Eres burda de falta de
"respict"! —vaciló tapeando sin despegar los ojos del juego con aquella sonrisa apenas decorada con vellos dispersos—. De vaina no me desnuco por tu culpa, el jungla me estaba gankeando.
Me reí un poco por su comentario. —¿Te cagaste, menor? —Le froté el cabello mientras ponía una voz nasal con la que nos fastidiábamos en juego.
—¡Ah, no! —respondió sarcásticamente, y yo me quedé observándolo, apreciándolo. Alguna vez cuando firmé mi primer cuento poético, recuerdo haberle prometido que haría todo lo posible para cambiar nuestras vidas, que usaría mi arte en todas sus expresiones para cambiar muchas cosas y, entre ellas, nuestra calidad de vida. Le prometí su propio cuarto, un equipo de computador propio, incluso enviarlo a los cursos que quisiera. Eso fue cuando él tenía 12 años; han pasado 4 años y nada de eso se lo he podido dar.
Y aquí estaba yo, viéndolo distraerse nada más.
—¿Qué haces aquí todavía? —pregunté intentando aprovechar que estábamos juntos.
—Ah —bramó tapeando—. …mamá y papá estaban discutiendo, dejó la carne afuera y el gato se la estaba comiendo, me vine —explicó vagamente, pero suficiente para comprenderlo.
Asentí preguntándome: "¿Cómo sobrevivirá a todo eso sin mí?". —De igual modo, está tarde… termina esa partida y regresemos a casa —respondí finalmente. Él desvió brevemente la mirada hacia mí, pero luego asintió mirando a la pantalla de nuevo.
Me asomé a mirarlo jugar; a él le encantaba que lo viera jugar y yo casi nunca lo hacía en la partida completa. Ya no tendría otra oportunidad…
…mi hermano era realmente
bueno, seguía objetivos, vigilaba las otras líneas del mapa, vigilaba los ítems que el enemigo compraba, comparaba oro, asesinatos y asistencias… Era realmente bueno y cuando fracasaba se quejaba furiosamente, y reclamaba a los otros de su equipo por no darse cuenta de las prioridades o mejores acciones. Yo intentaba calmarlo y decirle que lo importante era que él lo estaba haciendo bien, era solo un juego.
—¡Agggh! —bufó cuando terminó la partida; su score fue 19/3/10 (asesinatos, muertes y asistencia a un asesinato). Fue el mejor jugador de la partida, pero su equipo perdió—. ¡No entiendo por qué me emparejan con gente de mierda! —Me miró bajando el teléfono sobre sus piernas.
—A veces pasa; quizás son personas de rango inferior llegando a tu rango, y quizás tus adversarios ya están a otro nivel de juego —le respondí intentando consolarlo.
Me miraba analizándolo; desvió los ojos y se acomodaba para ponerse de pie mientras dijo: —¡Pues qué suerte la mía! —Resopló alzando el balón. Yo me puse de pie notando parte de mí en él.
—No te enfrasques en lo malo, Ezequiel… que te lo digo yo —respondí recordando la advertencia de Arpo. Pero esto era solo un consejo, ¿no? Yo, hasta hace unas horas atrás, estaba haciendo exactamente lo mismo.
—¡Ahh! —suspiró nuevamente con cara de malgeniado—. ¡Como sea!
Lo vi treparse por la pared hasta subir saliendo de la piscina. Yo lo imitaba cuando él me preguntó: —¿Y en dónde estuviste? —Yo tomaba aire mientras me apoyaba del suelo firme junto a él—. Anoche te llamé y tu celular sonaba apagado.
Le dediqué una mirada pensando en todo lo que podía responderle y él solo me miraba fijamente con una mano metida en el bolsillo frontal de su sudadera. —La verdad estuve caminando, pensando —respondí sacudiendo mis manos y acercándome a Ezequiel bajo aquella única luz del farol que encendía esta piscina.
—¿Pensando? Ah, qué raro tú —se tranquilizó mirando los alrededores y luego haciendo el rostro hacia el barrio cercano donde vivimos—. ¿Y qué? ¿Te perdiste, Forrest Gump?
Yo rodeé su hombro con mi brazo mientras disfrutaba aquel comentario de mi hermano, un ser que comparte muchas cosas conmigo, un ser que vi crecer gran parte de su vida hasta ahora. —No, espelucado —dije entre risitas con voz burlona—. …solo encontré un lugar donde realmente me sentí tranquilo.
—Qué bueno —comenzamos a caminar de regreso a casa—…Porque es molesto tener que treparme al techo cuando está lista la comida —respondió con aquel tono y volteó el rostro hacia mí con una sonrisa.
—Tranquilo, ya no molestaré más con eso —respondí mirando al camino pero con una sonrisa. Eso dolió decirlo.
Podía sentir a mi hermano mirándome mientras caminábamos las calles lejanas de la avenida, con aquel silencio nocturno de la ciudad. —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó finalmente.
—Nada realmente —mentí—. Pero es que creo que estaré haciendo algo, estaré… bueno… pensando, jejeje —respondí vagamente y él torció los ojos riendo.
—Me preocupé un poco, ni mamá ni papá sabían dónde estabas —respondió Ezequiel, y esperaba que me perdonara por lo que seguiría después de esta noche.
—No te preocupes… sabes que aunque sea llorón sé sobrevivir —le respondí esperando que recuerde una buena imagen de mí.
Él sonrió. —¿Acaso estabas acampando? —preguntó vigilando sus pasos mientras llegábamos donde se volvía inclinado el camino, llegando a las colinas de la barriada El Triunfo.
Yo meditaba mi respuesta apreciando el camino a casa, las montañas sobrepobladas de hogares, ranchos, de todo tipo de materiales, desde maderas hasta obras grises o concluidas… —Pues —musité, y lo vi esperando mi respuesta—. Algo así. No sé cómo caminé hasta llegar ahí, solo me detuve a pensar en un árbol en un momento, y ahí me quedé —respondí obviando muchas cosas.
Él batió la cabeza riéndose. —¡Estás loco!
Yo lo apreté contra mí en un abrazo breve y guardé silencio por unos segundos, deseándole mucha felicidad después de que me vaya.
—Diría que loco estás tú: jugando hasta tarde en el paseo deportivo —comenté burlonamente—. Este año te gradúas, ¿no? —Él volteó la cabeza hacia mí confirmando—. ¿Qué no deberías estar estudiando? O algo así.
—Nah, ya terminé mi tarea… y el proyecto es pan comido —respondió con fastidio.
Quedé unos segundos meditando sobre su actitud y sus hábitos actuales. —¿Y ya pensaste qué vas a estudiar después de graduarte?
Me miró arqueando una de sus pobladas cejas; miró al asfalto pensativo mientras llegábamos a unas escalas de cemento. —No, todavía no —murmuró finalmente.
—Y… —dije pensativo sobre cómo abordar el tema—… ¿eso a qué se debe? ¿Aún no decides o no tienes la más mínima idea? —Curioseé, pues antes Ezequiel quería tantas cosas cuando era un niño.
—No tengo ni la más minúscula idea —respondió en un vaivén que resaltaba su incomodidad por el tema.
—¿Qué pasó con eso de estudiar el espacio? ¿Astronauta? ¿La NASA? —pregunté intrigado por ese deseo que tanto me expresaba mirando videos sobre el cosmos.
Miró a un lado del camino con la misma expresión. —No lo sé, eso es muy costoso.
Mi pecho se retorció y mi garganta se hizo un nudo. Mi hermano estaba notoriamente incómodo por el tema de conversación y no quería molestarlo la última vez que nos íbamos a ver… Aquel silencio entre nosotros solo hacía distinguir mejor a los sapos, los vehículos y voceos de un barrio lleno de esperanzas y sueños.
—¿Ezequiel? —musité indeciso.
Él volteó a verme con aquel rostro fatigado.
—¿Puedo decirte algo sin que te molestes o lo tomes a mal? —le pregunté y él guardó silencio por unos segundos; suspiró suavemente y asintió mirándome.
Sonreí, tomé aire pidiendo internamente tener las palabras correctas para mi hermano. —Bueno —desvié la mirada hacia lo alto de la colina donde las estrellas titilaban—. …sé que no soy el mejor ejemplo para decirte qué hacer con tu vida… —Ezequiel solo me miraba escuchando—. …pero si aceptas lo que te diré desde mi perspectiva, tómalo como un consejo de tu hermano mayor… —dije frotando su hombro con la mano del brazo que cargaba sobre él.
Él suspiró y me miró asintiendo.
—…no importa lo que decidas hacer, yo no estaré siempre, ni papá, ni mamá… y algún día tendrás que valerte por ti mismo, trabajar a diario para tener comida, techo y casa… y si no quieres terminar siempre cansado, odiando lo que haces y sintiendo que no te pagan lo suficiente… estudia… —comencé en ese momento; él solo vigilaba el camino—. …y no me refiero a ir al liceo, a la clase, no solo eso… busca algo que te guste, lo que sea… Esto solo es un ejemplo pero… —dejé de abrazarlo para explicarle con gestos mientras hablaba—. …te gustan los videojuegos, eres bueno ¡excelente! Plantéate cómo puedes vivir de ello: ¿fabricándolos?, ¿probándolos?, ¿diseñando la idea? —En ese momento volvió a mirarme, arqueando su cejota—. …¿Sí? ¿Es eso? Entonces averigua qué debes estudiar, ¿qué cursos debes hacer? ¿Informática?, ¿programación?... La verdad yo no sé, lo mío es el arte… pero si eso es lo tuyo, ya sabrás qué preguntas hacer… —Él me miró haciendo una risita; yo parecía un loco apasionado—. …si eso no te termina de convencer o descubres otra parte de eso que te atraiga más, cambia, ve hacia eso. ¿¡Eso qué importa!? Lo importante es que descubras lo que te apasione para que vivas de ello y lo disfrutes… así tendrás éxito en lo que haces porque te gusta… —Me detuve mirándolo; ya casi llegábamos a casa y Ezequiel no había dicho ni una sola palabra al respecto.
En unos segundos de silencio volteó a mirarme como si se asegurara de que hubiese terminado. —…solo te digo esto porque… cuando yo no esté, tendrás que velar por ti, aunque quisiera estar siempre... —tomé aire para soportar—… quisiera poder darte más que un consejo y poder protegerte de todo.
Él me empujó en ese momento y lo descubrí con una sonrisa y sus cejotas levantadas. —¿Te sientes nostálgico? Jejeje. —Yo forcé una sonrisa subiendo los últimos escalones, le di un pequeño golpe en el hombro con el brazo de cigarrillos baratos que traía bamboleando y nos sentamos en la entrada de la casa, a los pies de la puerta de la pieza que ocupaban mis padres y mi hermano. —Quizás —murmuré.
—Mano —musitó (así me decía él desde que empezó a hablar)—, tranquilo… yo sé que te has esforzado mucho por… cuidarnos… —Lo miré de reojo, sintiendo que solo me consolaba. Se me escapó un suspiro inconforme.
—¿Qué? ¿No lo crees? —me dijo acomodándose en el escalón.
—…no se trata de eso, espelucado —respondí frotando su cabello de nuevo—. …espero me disculpes por no haberte dado más.
—Tranquilo, mano… —sonrió pensativo—. …sé que cuando puedes haces lo mejor que puedes por mí: sacarme de casa cuando peleaban o llevarme a acampar en el techo en vacaciones, jajajaja. —Ambos recordamos con humor—. ¿Por qué nunca más lo hicimos? —preguntó.
—Porque nos regañaron —le recordé.
—Ah, cierto —respondió y volvimos a reírnos.
En ese momento se abrió la puerta tras nosotros y ambos volvimos la mirada identificando a nuestra madre. Sus pupilas aclaradas con la edad se posaron sobre nosotros mientras nos reconocía y acomodaba su cabello plateado detrás de sus orejas.
—¿Mónaco? —musitó al verme como si le sorprendiera; detalló a mi hermano seguido—. ¿Y tú dónde estabas? —lo regañó de inmediato. Mi hermano no pudo responder cuando ella le dijo:—No importa, anda a comer que tu cena está en la nevera… —Ezequiel hizo una mueca y se puso de pie en silencio entrando a la pieza—. ¡Deberías ducharte! Tengo días que no te veo bañarte.
Luego volvimos a mirarnos por unos segundos de silencio incómodo. —¿Y…? —musitó mientras yo esperaba lo que fuese a decir—. ¿Vas a quedarte esta noche aquí? —me preguntó finalmente.
—No —suspiré—. Esta noche no estaré aquí… —Desvié la vista directamente de ella, pero seguía mirándola por el rabito del ojo. Había tantos sentimientos encontrados.
—Ah… —respondió pensativa y se posó en el marco—. …has estado distante últimamente… no vienes a casa, no hablas con nosotros… —comentó y yo guardé silencio recordando todo lo vivido en ese hogar—. …sé que… no sientes que puedas confiar en uno para… tus cosas —noté cómo le costaba sacar algunas cosas de su pecho.
Les he reprochado tanto desde que me convertí en adulto; intenté enseñarles a cambiar para que sean diferentes con Ezequiel. Pero ellos no tienen la culpa hasta cierto punto: repiten patrones de conducta, jamás se detuvieron a pensar en lo que hacían y lo que generaba en otros como consecuencia.
—No…te preocupes por eso —se escapó de mis labios entreabiertos—, eso no importa… nadie nace aprendido… —Intenté mirarla pero no pude—. …hiciste lo mejor que pudiste, y no todo ha sido malo… yo tampoco fui lo que querías; no fui un fiel miembro de la iglesia, ni estudié las carreras que querías, y sé bien que ni tú ni papá querían tener un hijo gay… pero, aquí estoy… —Giré medio rostro para apreciarla, así fuese de reojo—. …también intenté dar lo mejor de mí.
Hubo unos segundos de silencio; el viento soplaba místicamente desde las colinas, arrastrando el escaso olor de la pólvora de los fuegos artificiales. Entonces, pensativo sobre esta breve estancia en este mundo por última vez, comencé a levantarme sin prisa. Mi madre preguntó si quería que me preparara algo para cenar y yo solo negué con la cabeza y agradecí anunciando:—…solo iré por unas cosas a mi cuarto y me voy.
Crucé el lugar en un "desorden acomodado": columnas de objetos equilibrándose para ocupar la menor cantidad de espacio posible aunque, de igual modo, eran tantas cosas que todo parecía ocupado y apretado. Llegué a mi pieza, dejé la puerta recostada y miré mi habitación, mi espacio, un poco menos desordenado.
Recordé todos los proyectos que ahí me planteé, las personas que estuvieron ahí conmigo, o cuando estuve tan solo que me sentí libre de llorar como nadie me ha visto. Recorrí el espacio hasta el guardarropa, de donde saqué una hoja blanca, un bolígrafo y el ejemplar firmado de La siembra; era una poesía épica, mística y diferente… uno de mis favoritos.
Tomé lugar en la vieja mesa de noche que estaba allí y me senté pensativo en qué podía dejar como despedida. Pero no había palabras que tuvieran sentido, no había nada; entonces parpadeé y comencé a redactar un documento informal donde
pedía que, si algún día yo muriese o desapareciera mi cuerpo físico, todos mis trabajos, los frutos de ellos y todo lo que estuviese a mi nombre pasaría a ser de mi hermano menor. Solo de él; nadie más podría tener derecho ni poder sobre lo que mi intelecto y esfuerzo dejase como legado o bienes.
Al terminar, me quedé unos minutos meditando si todas esas pinturas, filmes, poemas y cuentos algún día serían
conocidos en este mundo. Pero fui interrumpido por mi hermano.
—Disculpa, mi mamá me pidió que te trajera café —dijo desde la puerta.
—¡Pasa! —le dije y, cuando llegó a mi lado, oculté la hoja doblada dentro del libro—. ¡Gracias, hermano! —Sonreí apreciando el gesto de mi madre; un regalo bastante apreciado: café.
—¿Qué haces? —me preguntó mientras yo disfrutaba el café caliente, fuerte y con poca azúcar.
—Nada, solo escribía unas cosas —terminé de beberme el café de un sorbo.
En ese momento mi madre lo llamó desde fuera de mi pieza y él se despidió como si nada. Yo lo vi alejarse y mis ojos se humedecieron un poco; entonces tomé el cacho de hierba que ocultaba en el borde del cuadro de Dalí que tenía colgado enfrente. No era original, claro.
Entonces, me salí por la puerta de mi pieza evitando hacer ruido. Sentía pequeñas partículas frías cayendo sobre mi piel, como un rocío nocturno. Miré a ambos lados de la vereda, parándome fuera de mi cuarto. Las gaitas y aguinaldos, el ruido de la gente que sí se quedaba hasta tarde, era una melodía de despedida; los grillos se escuchaban más y, acompañado por el goteo en los techos de zinc, era perfectamente tranquilo para mí.
Comencé a subir repasando en mi mente todo desde que me topé con Sara hasta este momento. Coloqué el cigarrillo oloroso entre mis labios, puse el brazo de cigarrillos bajo mi brazo mientras encendía el rollito y le daba una profunda primera calada. Sentí lo agrio estremecer mis fosas nasales y respiré fumando, intentando terminar de calmarme. Sabía bien todo lo que estaba sintiendo aunque ahora no quemara dentro de mí con tanta intensidad.
Seguía la colina mientras los vecinos de la zona me miraban extrañados, seguro porque casi nunca merodeaba esos lares; yo, sin temer a nada, seguía fumando aquello. Giraba contemplando la ciudad convirtiéndose en un paisaje más pequeño de siluetas y puntos luminosos.
Adentrándome donde la maleza y la naturaleza recuperaban terreno, las nubes crujían sutilmente. Las gotas de agua caían con mayor frecuencia sin poder llamarle todavía "lluvia".
Tosí un poco mientras vigilaba lo que quedaba del cigarrillo en hoja rayada. Suspiré volviendo a ver mi paisaje: la luna, el cielo, la ciudad, el barrio… ya no había nada más que hacer aquí.
—Arpo —musité en voz alta con un poco de duda—. Ya estoy listo para irme.
Bajo mis pies apareció una luz cegadora y desapareció mi ciudad y mi mundo en aquel resplandor.
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Editado: 12.03.2026