Revolución Cósmica I - La Visión Mónaca

El Punto de Partida

El punto de partida
Apenas me vi entre androides nuevamente, supe que aquella vida había quedado atrás. Saludé a Arpo con un abrazo, agradeciéndole, y él me anunció que estaba terriblemente retrasado. El tiempo era distinto en este plano, sobre todo en correlación con los otros universos. A toda prisa, me llevó al piso de la torre donde me encontraría con Adriano. Se suponía que ya había comenzado con el señor
Mostaza y alguien con el nombre "Ai" o "Ay".
Apenas llegué al lugar, me di cuenta de que era un sitio bastante amplio, con aquellas paredes negras metálicas.
—¡Ah! —bramó Adriano acelerado cuando se percató de mi presencia. Estaba distraído, mirando fijamente hacia una puertilla de luz, como si esa pantalla hacia la otra habitación tuviera toda su atención.
Una cosa pasó junto a nosotros, cambiando de forma erráticamente, y me direccioné hacia Adriano caminando junto a Arpo. Apenas crucé el umbral, sentí que el aire pesaba distinto. Había un pulso en el espacio, una vibración que no sabía de dónde venía, algo que respiraba en silencio.
Adriano estaba mirando fijamente dentro de la sala, con los ojos tensos, la expresión controlada. Pero algo en su postura lo traicionaba: no estaba
simplemente observando, estaba esperando. Seguí su mirada. La sala no tenía paredes definidas, solo umbrales oscuros y fluctuantes, donde destellos erráticos cruzaban el ambiente como pulsaciones vivas. El suelo vibraba con los pasos de los sujetos biomecánicos dentro, dejando una estela imperceptible en el aire. En el centro, suspendida en el vacío, la máquina palpitaba; sus ramificaciones translúcidas extendidas hacia dos figuras inmóviles, casi flotando, adhiriéndose a la piel de sus rostros, sus ojos, su boca.
No sabía qué era ni qué hacían dentro. Pero algo en mí respondió con un escalofrío; no por miedo, sino por una sensación más profunda, más instintiva.
Adriano se movió de golpe como si acabara de notar que lo observaba. Con un tono bajo dijo:—No te detengas, Mónaco. Vas tarde ya.
Intentó sonar como siempre, pero su mirada regresó a la sala por una fracción de segundo, como si lo que pasaba dentro mereciera más atención de la que quería admitir.
—Los demás ya avanzaron demasiado —miró de nuevo—. Tienes que alcanzarlos. Ve con Arpo, pasa por el escaneo y la desintoxicación de tu avatar… debemos prepararte antes de que pases por la educación.
Era claro que no quería que me quedara. Empujó la conversación hacia el siguiente paso, cerrando cualquier espacio para preguntas. Por alguna razón, no insistí. Giré sobre mis pasos y seguí adelante. Lo que fuera que sucedía en esa sala, lo descubriría después.
Arpo apoyó su mano en mi hombro, diciendo con tono tranquilo:—No te preocupes, Mónaco. Adriano debe estar estudiando algo.
Lo dijo con la intención de mantener mi enfoque en lo que seguía mientras llegábamos al elevador de la torre.
—Muy pronto podrás incorporarte a tus compañeros —añadió con esa calma sabia que lograba que todo sonara lógico.
Fui llevado a colocarme de nuevo aquella prenda gris de cuerpo entero. Ni siquiera era mi primer día como autor y ya había llegado tarde; estaba muy retrasado.
—¡Ja! —me quejé en voz alta.
La zona estaba llena de movimiento. Figuras cruzaban los pasillos con precisión, como si supieran exactamente hacia dónde debían ir. Arpo avanzaba sin pausa, pero había algo en su mirada luminosa, como si buscara algo en particular. Poco después, se desvió hacia un espacio menos concurrido donde dos estructuras doradas descansaban sobre el suelo,
brillando con una luz tenue, casi interna. No parecían vehículos; no tenían ruedas ni partes mecánicas visibles. Pero algo en ellas se movía, un reflejo en la superficie, como si respondieran al ambiente o simplemente estuvieran esperando.
Arpo extendió su mano reflectante sobre uno de ellos y el objeto pareció reaccionar; su dorado se intensificó por un segundo antes de expandirse levemente, como si se ajustara a su presencia.
—Usaremos esto para movernos más rápido —dijo, alzando ligeramente una ceja al notar mi expresión.
Toqué la superficie con un pie. No estaba fría ni cálida; más bien tenía una sensación suave, fluida, como un líquido sólido que respiraba.
—¿Qué es exactamente? —pregunté.
Arpo subió al deslizador con facilidad, acomodándose como si fuera algo cotidiano.
—No es un transporte que tengan en tu mundo… —respondió—. Es una extensión del Axis; se ajusta a la vibración de quienes lo usan. No funciona con controles, solo con presencia y dirección.
Miré el objeto otra vez. No tenía ningún tipo de mecanismo visible pero, cuando subí, la superficie se ajustó sin ruido, adaptándose a mi forma antes de empezar a deslizarse por el pasillo. Instintivamente, me sujeté de la cintura de Arpo. No hubo sacudidas. No hubo sensación de movimiento brusco. Era como si el espacio alrededor cambiara para que nos desplazáramos sin esfuerzo.
El espacio donde me recibirían después no era frío ni clínico, pero tampoco cálido. Era distinto, neutro, ajeno a cualquier sensación preconcebida. En el camino, Arpo me explicó lo que sucedería. La máquina escaneará mi mente, mis emociones y las fluctuaciones de mi energía, no solo para registrar lo que sé, sino para comprender cómo reacciono ante la materia, cómo mi frecuencia vibra con el cosmos y cómo mis pensamientos afectan la energía que me rodea.
El propósito de este proceso será crear un traje que no solo me cubra, sino que me interprete, ajustándose a mi estado emocional, mis patrones psíquicos y las resonancias cósmicas que emanan de mí en cada fase de mi aprendizaje.
Las paredes en este lugar son profundas, oscuras, pero no sólidas; parecen extenderse más allá de lo que mis ojos alcanzan a ver, como si el límite de esta sala no estuviera realmente definido. Hay pulsaciones de luz en el ambiente, una respiración sutil en el aire, apenas perceptible pero presente. En el centro, la máquina espera, pero no como un dispositivo mecánico, sino como una presencia que me percibe antes de actuar.
No es rígida. Es flexible, moldeada por el propósito para el que existe. Su superficie cambia según quién se acerque, ajustándose en tamaño, en forma, en ritmo, como si me estuviera estudiando antes de que el proceso siquiera comience. Arpo me indica que me acerque y lo hago. El aire cambia a mi alrededor, como si hubiera cruzado un umbral invisible. Siento presión en el pecho; no dolor, sino algo que se hunde en mí sin tocarme, como si el espacio estuviera calibrando mi existencia dentro de él.
La máquina se expande; prácticamente no podía ver nada, ni a Arpo, aunque juraría sentirlo allí. La máquina estaba liberando filamentos translúcidos en mi rostro. No son fríos, no son cálidos, solo están, adhiriéndose a mi piel con una sensación que no sé cómo procesar… ni firmeza ni suavidad, ni contacto real ni ausencia.
Entonces, empieza. El escaneo no se siente como luz o sonido, sino como memoria: una vibración que atraviesa no solo mi mente, sino mis emociones, mi instinto, mis dudas, todo lo que soy. Siento cómo rastrea cada pensamiento, cada recuerdo, como si algo dentro de la máquina se adentrara más allá de lo superficial, buscando no solo lo que sé, sino cómo lo siento. Las luces en mis parpados cambian con el flujo de información. Se vuelven más densas, más opacas, como si estuvieran absorbiendo mi propia frecuencia.
Cierro los ojos un instante, pero la sensación no desaparece; era casi electrizante. Es como si la máquina ya estuviera dentro de mí, interpretando cada reacción, cada fluctuación de mi energía. Y cuando todo cesa, sé que ahora tienen todo lo necesario para crear mi traje, pero no estoy seguro de que solo hayan visto lo que vine a mostrarles.
Las luces titilan y estoy casi cegado y mareado conforme se aleja el tentáculo de mi rostro. Me dejó caer sobre mis rodillas pero rápido coloqué las manos para no caer del todo; no estaba cansado, era una sensación distinta, algo invasiva. Sentí que se desprendían de mí aquellas venas biotecnológicas y al instante un ser robusto color arcilla me ayudó a ponerme de pie, y al otro lado estaba Arpo.
—¿Se siente bien, Mónaco? —escuché su voz gentil.
—Sí —respondió recuperando un poco la compostura. El otro ser dejó el lugar sin dejar rastro de adónde fue a parar.
—Individuo Arpo —se escuchó a alguien decir más allá del centro de la sala. Arpo y yo miramos, aunque todo estaba oscurecido.
—El sujeto debe ser nutrido durante la desintoxicación del avatar… interna, externa, ósea y radiactivamente —se escuchó aquella voz.
—¿De dónde viene eso? —pregunté acomodándome un poco.
—Son los intérpretes del escáner —me respondió susurrando—. Muchas gracias —se despidió y fuimos a por el deslizador para continuar al siguiente paso: la desintoxicación del avatar.
Me pidieron que entrara en una sala, que me desprendiera de la ropa en su totalidad. Entre aquellas paredes luminosas y artificiales se sentía otro tipo de aire, uno tibio, no tan caliente como el aliento ferviente de un amante en la mejilla, pero tibio. Sentía aquel vapor meterse por mis poros mientras yo rodeaba aquel cuadrado blanco de esferas reflectantes, como bolas de aluminio flotando en todas partes.
Se escuchó de pronto la voz de un ser mascullando palabras y yo buscaba su origen mientras me preguntaba si estarían observando.
—…si puede acercarse siete pasos al frente, por favor —se entendió de pronto por lo que parecían parlantes incorporados.
Di los siete pasos y el suelo comenzaba a sentirse un poco viscoso, tibio, ahí sentí como si me succionara. Empezaron a palpitar las paredes, casi contrayéndose, y expulsaban chorros de agua tibia; parecían provenir de todas partes como una fina regadera. Me cubrió de agua, o al menos eso me parece… Escuché otros sonidos extraños que provenían de las paredes: unos tentáculos venosos empezaron a rodear mi cuerpo húmedo; aquella sensación incómoda me hizo resbalar un poco.
Los tentáculos se enrollaron alrededor de mis extremidades y empezaron a bombardear chorros de color verdoso o amarillo con la curiosa sensación de que algo se desplaza, algo minúsculo… o muchos minúsculos, porque sentía un montón. Bombeó de nuevo y esta vez parecía agua. Las paredes empezaron a escupir con más presión. Pronto dejaron de expulsar agua; rechinaron las paredes, techo y suelo palpitante y de un costado escuché un sonido como chicloso. En ese instante volteé identificando una pared dilatando un orificio carnoso bicolor hacia lo que parecía otra habitación.
Miré a mi alrededor notando cómo las paredes comenzaban a cambiar su estado molecular: de sólido como metal a blando como un trozo de carne cruda.
—Continúe hacia la siguiente cámara, por favor —se escuchó aquella voz. Caminé a pasos temblorosos mientras el suelo blando se iluminaba bajo mis pies.
Al entrar en la sala, lo primero que noto es el sonido. No es un zumbido mecánico ni el eco de máquinas convencionales. Es algo más profundo, más orgánico, como el latido de un ser colosal enterrado bajo la estructura misma. Un pulso en el aire, vibrando desde las paredes, desde el suelo, desde las formas biotecnológicas que esperan en el espacio del fondo.
Arpo y los biomecánicos están ya en posición. Sus cuerpos parecen parcialmente integrados al entorno, fusionados con los sistemas vivos de esta cámara y ventanas holográficas frente a ellos. Algunos monitorean datos que no puedo ver bien ni entender. Otros parecen percibir mi llegada a un nivel distinto, más instintivo. En el centro de la sala, la máquina me espera. No es fría. No es rígida. Es una entidad que respira, su superficie fluctuando con una textura gelatinosa que se pliega y expande con cada intervalo de su existencia.
Arpo se acercó, sin prisa pero con precisión. Su voz no suena urgente, sino medida, como si este momento tuviera un ritmo que debe cumplirse:—Esta, es la cápsula donde serás desintoxicado —me dice, y siento que lo que está ante mí no es solo un dispositivo, sino un organismo que me aguarda.
El espacio se abre: la estructura se divide en líneas irregulares, dejando expuesto un interior de materia translúcida, de un líquido viscoso que se mueve antes incluso de que lo toque. Hay algo vivo en él, algo que reconoce que estoy aquí. Me indican que entre; Arpo asintió para darme confianza. El aire cambia al dar el primer paso: más cálido, más denso, como si el ambiente mismo me estuviera preparando para lo que sigue.
Al tocar la cápsula, la materia no es del todo líquida ni del todo sólida, sino algo intermedio que se ajusta a mí antes de envolverme. El encapsulamiento es inmediato; es como estar atrapado dentro de un preservativo. Filamentos se extienden, adhiriéndose con precisión a mis brazos, mi espalda, mis piernas, mi cabeza… cada parte de mi cuerpo conectándose a esta máquina viva sin resistencia. Se sentía como larvas trepando. Entonces, los tentáculos me elevan dentro de aquel especie de capullo donde casi me estaba costando respirar. Los tentáculos me sostenían como raíces que sostienen a un recién nacido en su primer instante de existencia.
El líquido fluye en ese momento. Es espeso pero no opresivo; es tibio pero no familiar. Siento que se adapta con cada instante, como si analizara mi cuerpo en tiempo real, ajustando su composición para que la absorción de nutrientes y la purificación sean exactas, llenando la bolsa que se fue expandiendo sin romper las fibras orgánicas conectadas a mi cuerpo.
Las venas biomecánicas se conectan a mí en un pitido, introduciéndose en mi piel, en mi torrente sanguíneo, liberando fluidos que no solo limpian, sino reconstruyen. El sonido en la sala cambia. Ya no es solo el latido profundo del entorno; ahora hay una vibración eléctrica, un eco sutil entre las frecuencias, como si cada proceso dentro de la cápsula estuviera reescribiendo algo en mí. De pronto, estoy respirando por algo húmedo que siento oprimir mi boca y orificios nasales.
No estoy seguro de cuánto durará este procedimiento. Solo sé que mi cuerpo ya no es el mismo desde el momento en que la cápsula se cerró. Lo que estaba respirando se siente un poco pesado y expansivo; el líquido blanco en el que floto parece moverse por sí solo. Mis ojos se sienten pesados en este entorno tibio y vibrante hasta que, de pronto… oscuridad.
Cuando desperté, estaba recostado en una amplia sala cóncava blanca con un círculo luminoso en el techo; parecía ser una luz interna, como generada por bacterias. Me di cuenta de que tenía una prenda de ropa puesta.
Sentía una energía que desde mi niñez no sentía; acaricié mi pecho sintiendo una textura lisa y casi sintética, suave, con relieves un poco sólidos y fríos, mientras miraba a mi derecha identificando lo que parecían mesas blancas con flores de distintos colores, mi brazo de cigarrillos baratos y un curioso objeto circular verde metálico con figuritas luminosas.
Respiré profundamente y el aire se sentía diferente. De hecho, mi visión era mucho más clara, nítida y colorida, más relajada incluso. Seguía recostado sintiendo mi cuerpo; parecía ser un cuerpo nuevo aun que suene extraño.
Entonces, me incliné sobre aquel lecho redondo y acolchado, y noté que a la cabeza de la cama tenía una ventana redonda y curva con vista hacia el espacio, o ese cosmos supradimensional. Suspiré y luego aprecié que mis manos lucían más tersas, más gruesas, brillantes.
Tenía puesto un extraño traje ya sobre mi cuerpo, moldeado con precisión a cada movimiento. Estoy sentado sobre la cama con la espalda apenas inclinada hacia adelante, dejando que la textura se asiente sobre mi piel.
La luz en la habitación es tenue, suficiente para que los detalles resalten. El material no es opaco ni rígido; tiene una fluidez en su superficie que se mueve como si respirara con cada segundo, un reflejo de la energía que ahora me envuelve. El tono es profundo: azul con secciones blancas, una combinación que parece hecha para mí, que responde a algo interno. A lo largo de los costados hay filamentos dorados, no rígidos sino entrelazados dentro del material, como raíces de un sistema vivo que espera sincronizarse conmigo.
Paso los dedos sobre ellos. Siento una vibración sutil bajo mi piel, como si el traje ya estuviera procesando mi presencia incluso antes de que lo comprenda por completo. En cada punto clave de su estructura hay esferas luminosas, quietas por ahora, pero con un resplandor interno que apenas pulsa, esperando activarse. Suspiré y me incorporé lentamente, sintiendo la flexibilidad del traje al moverme.
Me acerqué a la ventana; el cosmos se expandía más allá, un mar infinito de oscuridad y resplandor lejano. Apoyé la mano contra la estructura metálica del ventanal. El material del traje se siente extraño, no solo adherido a mi cuerpo sino conectado a mí de una forma que no sé describir.
Entonces lo percibo: en mis sienes, dos placas biotecnológicas se activan con una pulsación tenue. No son pesadas, no duelen, pero están allí, las toco con mis dedos. Están adheridas a mí como parte de mi nueva estructura. Respiro profundo intentando procesar lo que estoy sintiendo. La puerta se desliza con suavidad dejando entrar a Arpo. Sin prisa, pero con precisión. Intento calmarme mientras llega hasta mí.
—Mónaco —saludó.
Yo le sonreí. —¿Qué tal estamos, amigo?
Ahí descubrí, a los pies de la cama, una barra reflectante como un riachuelo de cristal, casi como un espejo derritiéndose. Pude ver mi reflejo y, aunque Arpo me explicaba que el traje registraba no sé qué cosas en mí, me acerqué al material sorprendido ante mi reflejo: mis párpados, mis labios, mis mejillas, mi cuerpo entero parecía haber sido rejuvenecido. Estaba notoriamente más macizo.
—¿Realmente? —balbuceé admirando el reflejo, y luego miré hacia Arpo. Me acerqué a él, que me miraba en silencio.
—Es increíble, no quiero sonar vanidoso. Pero, nunca me vi tan bien—dije después, comprendiendo que el proceso fue un éxito. Arpo asintió y sonrió.
—Sí, la recuperación de un avatar puede superar las expectativas… El desgaste varía mucho en cada ser.
—¿Este es el traje que me escanea? —le pregunté caminando hacia la mesa del centro y abriendo el brazo para sacar un cigarrillo.
—M… monitorea y registra las interacciones de su ser en distintas gamas y factores… Durante cada prueba se recopilará la información y se utilizará para calibrar el Simulador Cosmogónico.
—¿El qué? —pregunté mirándolo mientras me colocaba el cigarrillo en la boca.
—El simulador Cosmogónico… —Yo buscaba sobre el traje como si tuviese bolsillos; miraba a mi alrededor y Arpo alzó su dedo pulgar. Estaba irradiando una luz como una huella digital en espiral.
Asumí que me ayudaba y acerqué el cigarrillo al pulgar luminoso encendiéndolo con unas caladas—. …es una cápsula donde crearán pequeñas muestras de sus universos… casi como… crearán sus semillas cósmicas —explicó con aquella voz calmada, aunque parecía desaprobar que estuviera fumando.
—Comprendo… —respondí botando el humo y detallando aquella esfera metálica sobre la mesa—. ¿Qué es eso? —Lo señalé y miré al biomecánico.
—Tengo entendido que es un obsequio de parte de Adriano; me parece, según veo, que está calibrado en la numeración de su planeta —respondió Arpo observándolo. Me acercaba a tomarlo—. Mónaco —me detuvo—. Debemos continuar, debe ir a la educación.
Entonces comprendí que aún no era momento de descansar. —Vayamos, Arpo.
Finalmente estaba en esa habitación que Adriano estaba tan interesado en vigilar. Desde adentro parece no tener fin. Vigilo mis pies mientras los biomecánicos y seres de otros mundos mueven símbolos en pantallas flotantes, o calibran los tentáculos sobre el techo bajo el que estoy parado, metiendo sus manos en pústulas gelatinosas en las paredes viscosas y luminosas parecían controlar todo.
Volteo a las pantallas que muestran el exterior de la habitación y esta vez parece que Adriano no observa. Luego veo aquel especie de tentáculo viscoso, acorazado en ciertas partes, descendiendo de aquel aparato flotante y latente sobre mi rostro. Mi cuerpo comienza a inclinarse en el aire.
Cuando la máquina se activa, lo primero que siento no es contacto físico, sino presencia.
Es como si algo invisible hubiera penetrado el espacio; una vibración que no proviene de sonido o luz, sino de mi propia percepción. Entonces, los filamentos biotecnológicos se extienden hacia mí, sinuosos, calculados, como si cada uno tuviera una intención precisa. Saben a dónde se adhieren. Las placas en mis sienes pulsan en sincronía con la máquina, como si estuviera ajustando su frecuencia para adaptarse a mi mente antes de siquiera tocarme.
El contacto es inevitable. Las ramificaciones translúcidas se adhieren a mi rostro, cubriendo mis ojos, mi frente, mis mejillas, hasta rodear mis labios. No es como una máscara; es algo más profundo, como si se adentrara en la estructura misma de mis pensamientos. No siento presión. No siento dolor. Pero la máquina ya está dentro de mí.
Mi visión cambia. No veo oscuridad, no veo claridad. Veo lo que la máquina quiere que vea: fragmentos de conocimiento, ondas de información, pulsaciones que no parecen solo datos, sino experiencias transmitidas. Mi cuerpo no se mueve, pero mi mente es arrastrada. Las luces se funden con la vibración de la máquina, con el traje, con las placas en mi cabeza. Todo es una única entidad resonando a través de mí. Las siento vibrar como si usara un radar.
Mi respiración se altera. No porque me falte aire, sino porque la máquina se mueve en mi mente como una corriente, sincronizando su flujo con el mío.
Y entonces, comienza. El conocimiento no se aprende: se instala, como un recuerdo; se adapta conforme lo veo explicarse ante mis ojos; se convierte en parte de mí cuando me veo convertido en el ejemplo de lo que debo aprender. No sé si estoy listo para esto, pero ya no tengo opción de resistirme… La máquina no me toca, pero está dentro de mí.
Lo que siento no es presión, ni peso, ni dolor. Es una presencia. Una vibración que se funde con mis pensamientos antes de que pueda resistirme. La información no llega como palabras ni como fórmulas. Llega como impulsos, fragmentos de luz, ondas que se filtran en mi conciencia sin que pueda detenerlas. “Todo se conecta” escuché mi propia voz.
La energía no es fuerza: es el latido del cosmos, el pulso que atraviesa la materia, la vibración que une cada partícula a otra, como si el universo respirara a través de mí. La biología no es cuerpos y órganos, sino memoria; un lenguaje que todas las células entienden, un intercambio constante, una comunicación que nunca se detiene. La química no es reacción, es intención; cada elemento tiene una voluntad, cada interacción molecular responde a algo más grande, algo que afecta y es afectado en un ciclo sin pausa.
El cosmos no está afuera, está en mí. Se expande en cada célula, en cada pensamiento. La distancia no es real, el tiempo no es lineal. Todo es reflejo, todo es repetición infinita. Las dimensiones no son lugares: son perspectivas, variaciones de una misma existencia. No viajo entre ellas; las atravieso sin moverme porque están todas aquí, todas dentro de mí, todas repitiéndose en ciclos que nunca se detienen.
…”El conocimiento no se aprende, se instala”…volví a escuchar mi voz. Y ahora siento que se transforma en mí, se adapta a mi estructura, se vuelve parte de mi memoria antes de que pueda cuestionarlo. Ya no hay separación entre lo que pienso y lo que sé. Mi cuerpo no es mío, mi existencia no es individual. Solo soy una expresión en un campo infinito. Y la máquina no me enseñó: me recordó lo que siempre estuvo aquí.
Mi rostro volvió a sentirse fresco cuando la máquina apartó su fibra de mi cara e hice la mirada hacia donde estaba Arpo.
—¿Ahora entiende? —preguntó.
—Creo… —murmuré; no estaba seguro de si seguía siendo el mismo—. …que siempre lo entendí.
—Sé que en el fondo usted sabía que podría llegar a ser un gran autor —frotó mi espalda con amabilidad.
Entonces vi a Adriano pasar por la ventana junto al señor Mostaza y otra persona; su cráneo parecía una especie de ancla y su cuerpo encorvado
vestía un traje con luces similares al mío.
—Ya puede ir con ellos… —comentó Arpo—. Justo van a la prueba donde aprenderán la "Fórmula Primaria".
Yo me quedé analizándolo y finalmente comenté: —Eso suena a matemáticas.
—Lo es —respondió con calma, haciendo señas de que lo mejor era continuar de una vez. Seguí sus pasos fuera de la habitación.
—Aunque, admito que ahora manejo más conceptos e información… la matemática… no es mi fuerte —confesé.
—Usted no ha siquiera ojeado lo que le van a enseñar, así que espere y verá cómo procesa la información —respondió con aquel aire de lógica y calma.
Suspiré deseando poder cumplir la primera tarea que encuentro difícil. Estábamos rodeados por solo tres Bioferonitas y varias esferas metálicas. Ay y el señor Mostaza lucían un poco agotados, mientras que Adriano parecía configurar algo en una columna que se alzaba en medio de la enorme sala circular con paredes que semejaban costillares.
La sala tenía una amplitud desconcertante, no por su tamaño, sino por la sensación de estar contenida en algo vivo. Las paredes pulsaban con una luz tenue, como si el espacio mismo respirara en ciclos pausados.
En el centro, la columna donde Adriano trabajaba era el núcleo de una máquina más grande. Pues sobre ella flotaban esferas metálicas que vibraban en intervalos, cada una actuando como un punto de cálculo dentro de la Fórmula Primaria.
—¡Aquí está! —exclamó Adriano, con una energía que contrastaba con el agotamiento de los demás. Su voz tenía ese filo agitado, como si estuviera más emocionado por el proceso que por cualquier resultado—. Este es el Procesador de la Fórmula Primaria —anunció, apoyando la palma sobre la superficie translúcida de la máquina—. Es más que un cálculo. Es una ecuación en movimiento, una estructura de variables que se expanden y se ajustan con cada dato incorporado.
Las esferas metálicas titilaron ante su explicación.
—Aquí, cada universo se reduce a números, cada civilización a ecuaciones, cada evento a probabilidades. Todo existe como una suma que cambia con cada decisión que ocurre en el espacio.
Se giró hacia Ay y el señor Mostaza. Él estaba serio tras sus anteojos oscuros, pero Ay tenía los ojos brillando con una intensidad que no dejaba lugar a dudas.
—Miren esto. Tomen esto en serio —les dijo, desplegando un patrón de números que fluctuaba como una corriente viva en la proyección holográfica. Luego, sus ojos se posaron sobre mí, y su actitud cambió; no fue menos intensa, pero sí más calculada—. Mónaco —dijo, acercándose un paso hacia mí—, esta prueba no es lógica.
Las interfaces cambiaron de color, revelando líneas de cálculo infinito. Adriano señaló una de ellas en el holograma.
—Esta fórmula representa un universo en expansión. Aquí están sus fuerzas gravitacionales, su estructura química, la distribución de sus elementos… pero también su economía, su población, sus eventos cruciales. —Las líneas numéricas vibraban en cada ajuste—. A partir de aquí, debes extraer variables. Crear modelos que reflejen universos posibles, analizar situaciones que realmente sucederán y entender lo que cada resultado representa para el macrocosmos.
Suspiró, pasándose la mano por el cabello antes de continuar.
—Esta no es una prueba de lógica —repitió, bajando el tono para recalcarlo—. Es una prueba de creación.
Los números no eran solo símbolos flotando en el aire. Eran pulsos de algo real. Eran el código de la existencia misma. Me preparé. No había margen para la duda. Era hora de empezar.
…Pasaron solo un par de minutos, pero rápidamente la pandemia dañó más vidas de las debidas; empeoré las situaciones. Al principio, los cálculos parecían estar en orden. Seguía las instrucciones con precisión, ajustando variables, observando las ecuaciones desplegarse. Pero luego, cuando el resultado debía estabilizarse, algo fallaba. Los números no se detenían: se multiplicaban de manera descontrolada y las líneas de cálculo se fragmentaban, arrojando proyecciones imposibles de mundos que colapsaban antes de existir.
Primer intento
Los parámetros indicaban un ecosistema equilibrado y una sociedad en desarrollo. Pero cuando ingresé las fluctuaciones energéticas, el balance desapareció. El sistema mostró un colapso prematuro: el crecimiento exponencial de la población absorbía los recursos más rápido de lo que se podían regenerar. Las ecuaciones se transformaron en caos puro.
Segundo intento
Intenté corregir las variables. Reduje las tasas de consumo, ajusté los ciclos gravitacionales e introduje compensaciones químicas. El universo generado pareció establecerse… por un momento. Pero luego, un error en la distribución de materia provocó una cadena de implosiones. Los sistemas estelares entraron en reacción destructiva y el espacio se llenó de fragmentos sin rumbo.
Tercer intento
Me enfoqué en patrones más sutiles, pero cada ajuste generaba una desviación mayor. Las constantes matemáticas comenzaron a desplazarse solas, como si cada número desafiara las reglas. Lo que debía ser una ecuación predictiva se convirtió en una anomalía impredecible.
Suspiré. No era solo cuestión de cálculos. Adriano observaba los intentos fallidos con una mezcla de paciencia y energía inagotable.
—No puedes resolver esto con números solamente —dijo con convicción—. No puedes entender el universo como ecuaciones si no comprendes los materiales que lo conforman.
Se giró hacia Ay y el señor Mostaza, observando sus resultados con un brillo de aprobación.
—Esto está bien estructurado —dijo al señor Mostaza—. Has logrado ajustar los ciclos de estabilización sin desfasar la evolución interna. Bien hecho. —Luego revisó los cálculos de Ay—: Esto está cerca de la precisión absoluta. Buen trabajo; los ajustes que hiciste en los procesos de equilibrio fueron clave.
Finalmente se volvió hacia mí, con una expresión más seria.
—Mónaco, tú vendrás conmigo —dijo, pero luego se corrigió—: No, vendrás con Arpo. —Giró hacia la columna e introdujo nuevos parámetros—. La siguiente prueba no será aquí. Debes aprender a conectar con los materiales, con los elementos que conforman todo lo que hemos estado calculando…Creo que para ti es la forma correcta… Nos volveremos a encontrar en el Simulador Cosmogónico. Yo y los demás los esperaremos allí, pero primero Mónaco, debes completar este proceso.
Arpo se adelantó, sereno pero determinado. Era hora de salir de esta sala. Mientras bajábamos en el elevador sobre el deslizador, había un silencio pesado. Tanto que podía escuchar sus pupilas girando hacia mí.
—¿Está todo bien? —me preguntó.
—Sí —mentí, pero rápidamente me arrepentí—. Me preocupa fallar.
—Eso lo sé —enderezó la cabeza—. Se nota que esto le importa.
Los ¿días? transcurrieron en un ciclo repetitivo, pero no estancado. El tiempo aquí no es una línea recta; es una serie de ajustes, de fallos y correcciones. La Cámara de Transducción Elemental se volvió mi espacio de aprendizaje, el lugar donde mi percepción se fragmentaba.
Cada vez que me integraba con un elemento, algo cambiaba en mí. Cuando era fuego, sentía la expansión y el hambre de la combustión; cuando era agua, percibía el peso y la memoria molecular.
Mientras seguía repitiendo los cálculos de la Fórmula Primaria, los demás avanzaban. Desde la sala veía a Ay y al señor Mostaza caminar por el pasillo hacia el Simulador Cosmogónico. Ellos ya estaban listos. Yo aún seguía aquí. Aunque no quería decepcionar a Adriano.
Finalmente, llegó el momento. El acceso al simulador se habilitó para mí. Los otros ya estaban dentro de sus unidades. Me incorporé, dejando atrás la Cámara de Transducción Elemental.
—¡Mónaco! —cantoneó Adriano juntando sus palmas; sus ojos brillaban.
Estaba acompañado de un sujeto alto y musculoso, de piel color yogurt de fresa y cabellos dorados. Era casi dos veces y media la altura de Adriano. Su túnica de tonos rubí y marfil caía en pliegues elegantes, bordada con filamentos metálicos que representaban ciclos cósmicos. En su cuello, una placa ámbar reflejaba una luz vibrante. Me miró como a poca cosa desde las alturas.
—¡Al fin! —apretó sus manos—. ¡Al fin estás aquí!
—¡Sí! Ya era hora —musité sonriente, aunque nervioso.
—El señor Mostaza acaba de fecundar una sección dimensional —anunció el sujeto escamoso en la columna principal al fondo de la sala.
Adriano miró hacia el sujeto acorazado, impresionado, luego hacia el acompañante con aspecto de emperador. —¡Ese sujeto da miedo! —dijo refiriéndose a Mostaza, como un chiste.
Yo sonreí reconociendo aquello. —Un poco, sí.
—Bueno, Mónaco, ha llegado el momento… Te llevaremos a tu simulador. Esta herramienta proyecta tu consciencia, creando y formando el universo en un aspecto micro… pequeñito, pequeñito… La esfera Cosmogónica está calibrada diferente para cada autor; los datos tomados a través de tu traje fueron utilizados para su configuración… —Tomó aire y se acercó—: ¿Vamos bien hasta aquí?
Yo asentí.
—Esta es solo una prueba. La máquina está conectada a membranas que se unirán a ti para ayudarte a entender cómo usar los controles, y todo… ¿okey? —sonrió—. De igual manera, está diseñada para entenderte, así que tú deberías entenderla a ella.
Me quedé en silencio contemplando el marco arqueado por donde me tocaría entrar. —Nadie lo logra en el primer intento… —hizo una risita.
—El señor Mostaza está reconstruyendo su universo desde cero, señor… —se acercó un biomecánico con grabados en el cuerpo.
—¿Qué está haciendo ese sujeto? —dijo Adriano casi para sí mismo, pensativo—. ¡Bah! Solo observen y registren… el tipo tiene potencial. Mónaco, no sé cuánto te tome, pero estaré pendiente de tus resultados… Mi emperador aquí presente y mi persona queremos cenar contigo luego… y con los demás autores, claro —dijo Adriano.
Yo los detallé a ambos. —Ah… —me sentí sorprendido—. Claro,
bueno, haré lo mejor que pueda.
—¡Bap, bap! —me dio unos toques en la frente—. ¡Tienes potencial, pequeño amigo! ¡Tienes potencial! —cantoneó con el entrecejo fruncido.
Sonreí. Entonces él miró a Arpo y le pidió que me llevara. Se dilató aquella puerta ovoide blanca. El pasillo detrás de mí desapareció, como si nunca hubiera existido.
Frente a mí, la habitación del Simulador Cosmogónico se abre como un abismo orgánico, una cueva viviente que respira en la penumbra. —Yo estaré cerca si quieres —dijo Arpo mientras me seguía. Yo asentí.
Las paredes laten en un pulso sutil, carnosas, con una textura que parece fusionarse con la oscuridad misma. Burbujas de luz emergen y desaparecen en patrones erráticos, titilando como estrellas atrapadas en la materia. No son decorativas, son sistemas de información, fragmentos de datos palpitando en su propio lenguaje.
En el centro, la esfera. No solo existe, sino que domina el espacio. Es un núcleo biotecnológico, suspendido como un corazón en un cuerpo vasto. Su superficie fluye, se adapta, como si me estuviera esperando. Doy un paso adelante. El aire cambia. Mi piel lo percibe antes de que mi mente lo registre por debajo de aquel traje. Es denso, pero no sofocante. Cargado de una presencia que no es física, pero tampoco ausente.
La esfera se abre. Suspiro, entro y mi cuerpo deja de responder a la gravedad. No caigo, no floto. Me desvanezco dentro de ella, unido a su estructura. La conexión ocurre al instante. No hay cables, pero siento unas ventosas que se adhieren a mí; no hay presión, no hay dolor. Solo una fusión, un ajuste tan preciso que no puedo distinguir dónde termina mi cuerpo y dónde empieza la máquina.
La realidad cambia. Pantallas de información estallan en mi visión, pero no son objetos. Son conceptos, son cálculos, son elementos vivos que fluctúan en el espacio. Puedo ver más allá de los límites físicos. Veo el movimiento de las fuerzas, la arquitectura del cosmos en su mínima expresión. Cada componente se analiza, se mide, se traduce en ecuaciones antes de que pueda siquiera interpretarlas.
Frente a mí, reviso algunos elementos repasando los entrenamientos; burbujas cósmicas emergen en el vacío. Y una destella para poner el primer universo en formación, sistemas completos encapsulados en estructuras vivas de ecuaciones. Cuando menos espero estoy construyendo. La simulación ha comenzado. E intento comprender la cantidad de números. Las pantallas estallan en luz, desplegando ecuaciones vivas que pulsan con el nacimiento de este cosmos.
Frente a mí, el proceso ocurre con una fluidez imposible, como si la realidad se estuviera pintando capa por capa. Lo primero, en aquellos trazos iniciales: fue energía pura en explosión, manchas de luz fragmentadas que luego se extienden, convirtiéndose en estructuras. La materia se arremolina, sin forma aún, buscando equilibrio entre el caos y la gravedad. Los minerales no aparecen como cuerpos rígidos. Son pigmentos flotantes, polvo estelar que se desplaza en ondas, ajustando sus tonos antes de consolidarse en núcleos sólidos diminutos. El metal vibrante, el carbono oscuro, el silicio disperso, todos esperando el momento exacto para definirse.
Cada ajuste que hago es como un nuevo trazo en la composición, una variación en la estructura que puede alterar la totalidad del cuadro. Estoy moldeando y noto que una de las pantallas comienza a marcar el símbolo de desproporción; marco en el mapa ampliando y seleccionando el área, en los confines de este cosmos que apenas se expandía hasta donde la burbuja lo permitía sin dañar lo creado.
Me puse nervioso, no estaba seguro de en qué se podría convertir ese desbalance de materia con el futuro, e intenté equilibrar y gastar elementos con reacciones apresuradas, aunque nada grave pasaría mientras las alteraciones en esa micro realidad estén permitidas.
Pero la pantalla marcó otras 101,280 irregularidades de balance, distribuidas a millones de distancias entre sí.
Entonces alejé el cosmos y vi aquella nube escarchada entre morado y negro formándose. Algo en esa masa cósmica me generó miedo. De pronto me preguntaba si estos desbalances crearían un mundo peor que del que tanto me quejaba; cualquier error era altamente delicado. Cambiaba todo. Aceleré un poco el flujo del tiempo en el tablero mientras seguía disponible la opción, y aquella masa estaba remodelando los cuerpos celestes que ya estaban allí.
De pronto sentí otro escalofrío: unos ojos brillantes y rojos aparecieron frente a mí, bajo millones de fragmentos destellantes de colores. La máquina comenzó a pitar y parpadear. Una estrella enorme de las formaciones primerizas detonó inesperadamente, rajando gran parte de la masa en partículas plateadas. Sentí un extraño dolor dentro de mí.
—¿Desea resetear esta burbuja?
—escuché una voz sintética.
—¡Sí! —respondí con ganas de salir. La impresión fue fuerte; de pronto la esfera me expulsó como el fluido de una espinilla seca.
Arpo se acercó a mí y me sujetó. Me percaté de que otros de su especie ahora ocupaban parte de la sala, parecían estudiar las burbujas luminosas del lugar.
—Se ha destruido ¿cierto? —le pregunté en voz baja.
—Sí, ha sido un intento bueno —respondió Arpo dejándome acomodarme sobre mis pies.
—Ay y el señor Mostaza —musité, notando que me apetecía comer, tomar café, seguro algunos cigarros también—. ¿Cómo les ha ido? —Realmente quería saber. Trataba de comprender qué fue lo que vi en mi cabeza: ¿Acaso es un rostro?
—Bueno, hace un ciclo que su compañera Ay decidió abandonar su cupo para convertirse en autora cósmica… —Yo lo miré sorprendido.
—¿Se retiró? —lo interrumpí casi involuntariamente.
—Sí, al parecer pidió ser regresada a su universo… y no recordar nada… —respondió mientras le mostraban unos resultados en una pantalla de luz flotante.
—Vaya… —murmuré pensativo—.¿Y el señor Mostaza?
—Ah, está en su Simulador Cosmogónico —respondió y me guió hasta un balcón amplio dentro de la misma sala del simulador—. Ha estado tomando sesiones largas e intensas en el Cosmogónico.
—Joder —respondí apoyándome del barandal—. ¿Cómo va su universo simulado?
—…Va muy bien, hace unos instantes nacieron varios cuerpos prometedores —respondió Arpo notoriamente entusiasmado.
—Tengo ganas de fumar, aprovecharé y también comeré algo —anuncié, pero Arpo me frenó diciendo: —No. —Yo lo observé—. No se pasee demasiado por la torre, debería estar aquí junto al simulador.
—Comprendo… —musité.
—Yo le traeré esas cosas —agregó y yo sonreí—. Usted prepárese para la siguiente sesión.
SEGUNDO CICLO DE MÓNACO:
EZEQUIEL
Las pruebas continuaban. La Fórmula Primaria seguía mostrando fallas, mis cálculos y reacciones no eran precisos… pero en la Cámara de Transducción Elemental, había logrado superar mis propias expectativas.
En la última sesión, Adriano invitó al señor Mostaza. Según entendía, estar en contacto con esta máquina increíble me había permitido despertar habilidades psíquicas y de telequinesis que hasta ahora no había percibido.
Me encontraba levitando sobre un lago cósmico, suspendido en un equilibrio perfecto. El cielo sobre mí no era estático, sino un lienzo en movimiento, pulsando con cada pensamiento que emitía. Desde una montaña rocosa, Mostaza observaba bajo el ala de su sombrero, distante pero atento. A su lado, Adriano lo acompañaba, su silueta marcada por la luz fluctuante del entorno. Aunque estuvieran lejos, podía oírlos claramente conversar.
—¿Cuál es el propósito? —refunfuñó Mostaza.
Respiré profundamente, adoptando una posición casi meditativa. Me concentré. Ya no era la máquina quien interpretaba la realidad. Ahora era yo quien daba forma consciente a todo lo que me rodeaba: la sala, el ambiente, Mostaza, Adriano. Mi mente trazaba los límites del espacio, transformando la percepción en materia como antes la máquina lo hacía en este lugar.
Inhalé con calma, permitiendo que mi conciencia se expandiera. No era solo yo en el espacio; las partículas de energía flotaban a mi alrededor, susurrando un lenguaje que antes no comprendía. Debajo de mí, en el lago cósmico, las ondas
vibraban con un ritmo apenas perceptible. Sentí algo en el agua antes de verlo… un patrón de energía, una emoción ajena.
Con un leve esfuerzo mental, no solo percibí la presencia, sino que comprendí su estructura. Era una criatura casi translúcida, con extremidades etéreas que vibraban en sintonía con el espacio. No tenía ojos, pero sabía que podía verme. No tenía voz, pero su pensamiento llegó hasta mí como una pregunta formulada sin palabras: "¿Quién eres?".
No respondí con palabras. En mi mente proyecté mi imagen, mi intención, mi búsqueda, y la criatura reaccionó con una sensación cálida, como un reconocimiento. Por primera vez, no solo observaba la vida, la sentía. No necesitaba hablar, no necesitaba interpretar; simplemente existía en comunión con aquello que siempre había estado allí.
Otro pensamiento ajeno surgió en mi conciencia: "¿Y qué importancia tiene si todo esto es proyectado?". Fue el señor Mostaza, Sonaba como los comentarios vacíos, indolentes e ingenuos que solía escuchar en mi mundo.
Pero no iba a permitir que esa duda contaminara lo que estaba experimentando.
Busqué dentro de mí, dentro de este espacio, dentro de cada pulsación del entorno. Todo estaba vivo. Aunque fuera orquestado por mis ondas y pensamientos, la torre y yo habíamos logrado alterar la realidad, moldearla, hacerla tangible.
¡Era real!
—¡Esto es real! —dije en voz alta, sintiendo la cercanía de todo lo que me rodeaba. Este contacto era íntimo, conectado con cada átomo de lo que se materializaba en la Sala de Traducción. Busqué con la mirada, aunque realmente enfocaba con mi mente. Podía sentir a Adriano, al torturado señor Mostaza, Arpo, Gina, Blop, Esmeth, Megan, Atheriah.
—Jamás comprenden todo lo
que nos rodea —murmuré reflexivo, expandiendo aquella conexión. Casi se sentía como cuando era fuego: hambre de consumirlo todo, sed de absorber cada fibra de existencia, pasión hasta el límite del dolor. Verdad gritada entre sollozos.
Adriano se movió inquieto. —¡Okey! —dijo con notorio nerviosismo.
Mostaza apenas descruzó los brazos por la reacción de Adriano y me miró con intensidad.
—¡Para! —Su tono era más severo de lo que esperaba.
—Quizás Él debe sentir la experiencia desde el lugar —respondí, expresando lo que siempre había creído: las personas solo comprenden lo que viven en carne propia.
Las placas de mis sienes palpitaban. Mi traje chispeaba, como si mi cuerpo estuviera generando una reacción que iba más allá de mi voluntad. El océano en el cosmos generado en la sala comenzó a batirse. Lo observé, cuestionando qué lo provocaba. ¿Era yo?
—¡Ya basta! —Adriano cruzó los brazos y señaló a los operarios. Arpo me miraba con una expresión seria, algo que me hizo sentir una incomodidad profunda—. Deshabiliten la transducción —ordenó Adriano.
Algo andaba mal. Respiré profundo, sintiendo un ardor
punzante en mis ojos, y cuando mis pies tocaron el suelo tibio, supe que algo había cambiado. Adriano seguía conversando con Mostaza en un tono de voz inaudible. Arpo caminó hacia mí.
—¿Se siente bien, Mónaco? —preguntó mientras vigilaba de reojo a Adriano y al hombre del sombrero negro y cabellos dorados.
Me costaba respirar. Aún sentía la energía vibrando dentro de mí. —Sí —murmuré—, estoy bien.
Arpo me observó con una intensidad desconcertante. Estaba revisando las placas. ¿Estarían bien? Adriano levantó la vista.
—Mónaco tiene una fuerte conexión con los seres vivos… y diría que hasta más que eso. —Nuestros ojos se cruzaron. Sentí la carga de sus palabras. Desvié la mirada hacia Arpo.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Su respuesta me dejó frío: —Sangre.
Y no supe cómo reaccionar. Toqueteé las placas con mis dedos, buscando. —Es... su nariz —musitó Arpo. Y yo busqué con mis dedos. Era cierto. Adriano se incorporó mirando la sangre, y luego a Arpo como si esperara algo.
—¿Te… sientes bien, Mónaco? —me miró y lucía como si siguiese esperando—. ¿Físicamente bien?
—Eh —murmuré pensando. Sentía que necesitaba estar a solas—. Solo… estoy algo cansado.
Él hizo cara de sorpresa. Y desvió la vista hacia el sujeto de traje negro y rojo magma: El señor Mostaza solo se mantuvo callado.
—Bueno —volvió a mirarme—. Ve, descansa un poco, sigue practicando con el simulador Cosmogónico cuando estés listo.
—Está bien —respondí. Intercambié miradas con Arpo; esta vez, solo se quedó observándome. Yo me alejé y aproveché que no quiso seguirme, salí de la sala y apenas llegué a aquel centro concurrido y de columnas como costillares, suspiré soltando un poco de tensión.
A pasos lentos me acerqué al centro del piso en que me encontraba. No veía algún deslizador cerca, debí tomarlo antes de salir, pero ya no quiero volver ahí. De pie en medio de aquella concurrida sala, vislumbro una especie de elevador, cerca de un ventanal oscuro hacia el cosmos. Me moví entre la multitud, entré y subí hasta el piso de Sala Redonda. En esas salas adjuntas estábamos hospedados los autores que habíamos de momento.
Llegué a aquella habitación amplia y cóncava, la luz comenzó a efervescer graduándose a un tono poco molesto para mis ojos. La puerta se contrajo como un músculo tras mi espalda. Las paredes lucían sólidas, rodeé el espacio con la vista lentamente caminando hacia la ventana curva y circular. Contemplando el infinito cosmos… ¿Lograré esto? Lo estoy intentando. Antes siquiera pensaba en hacerlo, pero ahora quiero hacerlo.
Me sujeté del metal del marco de la ventana, contemplando los destellos distantes. Me di vuelta y mis ojos encontraron el brazo de cigarrillos que traje de casa de Sara.
Me quedé unos segundos, recordando todo. Entonces fui al lecho y me tiré de frente, me arrastré sobre la cómoda cubierta, y me hice dormir.
Desperté relajadamente, aunque recordando un poco la fatiga con la que me recosté. Extendí mi cuello y brazos revisando si el traje estaba bien; se sentía igual, aunque ahora más cómodo. Me levanté notando aquel curioso objeto redondo metálico con números luminosos que rodeaban la esfera.
—¡Adriano y sus cosas! —solté al aire. Tomé el objeto y caminé hacia un agujero que se dilató para mí, llevándome por un túnel palpitante a la sala donde estaban los simuladores. Iba lanzando al aire la esfera y atajándola, mientras me preguntaba: ¿por qué no me funcionaba la explicación de la Fórmula Primaria con el Simulador Cosmogónico?
Saludé a Psi. La biomecánica estaba en un rincón del lugar
con otros seres y androides de su especie. Entré directo a la sala del centro; la sala previa a mi simulador. Habían algunos intérpretes; sentí que algunos pocos posaban sus miradas sobre mí, pero realmente no me importaba. Tengo otros asuntos en mente: debo crear mi universo y no puedo hacerlo por alguna razón.
Me detuve en la puerta antes de mi simulador y busqué a Arpo entre los presentes en la antesala, pero no lo vi. Entré al oscuro lugar, donde unas pústulas luminosas parecían dormitar, titilaban débilmente, como la respiración de un bebé dormido.
Crucé el espacio sintiendo la soledad del lugar y la de mis pensamientos. Desde que empecé los estudios y la práctica no había tenido tiempo para estar con mis pensamientos… aunque en parte estaba bien.
Mis ojos se percataron de aquel enorme y arqueado balcón de estructuras que daban la impresión de ser formas óseas huecas.
Pero, yo me fui a ese lugar aún jugando con la esfera en mi mano, un recordatorio de que no quiero decepcionar a Adriano. Lancé la vista a la ventana de al lado, y escucho apenas un sonido vibrante. Puedo sentir en mi cabeza y en mi pecho una fuerte marea, con centellas, olas, incluso explosiones. Era como mis sentimientos al llegar a este lugar, aunque más caótico… era doloroso e incomprendido.
Desvié la mirada hacia atrás donde apenas se distinguía una pequeña mesa plana, estaba vacía. No estaban los cigarros allí. Bufé mirando fuera de nuevo en aquel cosmos, se veía entre pacífico y aterrador. De ahora en más la soledad y el terror podrían ser mis acompañantes; después de crear mi universo estaré solo y viviré con terror a fracasar —pensé, pero me detuve—. No debe ser necesariamente así, la existencia no es una experiencia individual, en mi creación viviré.
Suspiré, pensando: ¿Cuándo voy a poder crearlo? Un aroma peculiar llegó a mi nariz, se me hacía un tanto familiar, aunque olía un poco agrio. Volteé al balcón junto a mí, y lo vi, era el famoso chico dorado. Una parte de mí estaba admirando su rápido progreso mientras fumaba un extraño cigarrillo. Huele muy familiar. Como aquella hierba. El sujeto luce pensativo, cansado, más que algo físico, a la vez parecía que algo le preocupaba.
Hace unas pruebas atrás, nos habíamos encontrado en este mismo balcón; en ese momento se sentía como si estuviese confundido, torturado y decidido, parecía un monstruo despertando. Me quedé silenciosamente mirándolo: ¿Sabrá que estoy aquí?
Aquella vez dijo ser una especie de mago, también un mutante. Sonaba preocupado por lo que se lleva a cabo en este lugar. Sonaba turbado, aunque admito algo… Comprender que todo está conectado me hace cuestionar sobre todas aquellas reacciones impredecibles y catastróficas que no podemos controlar sin alterar el curso natural, o al menos en el verdadero sentido de esa frase.
Los Ancestrales siguen un conjunto de reglas bastante estrictas y claras pero en ciertos momentos llegan a sonar aprovechadas por simplicidad.
Sentí de pronto una vibración fuerte y constante, era cálida y energética. Algo me hizo mirar hacia el balcón del señor Mostaza. Escuché la voz de Adriano y el hombre dorado reaccionó regresando al interior de su sala.
Era curioso, desde aquella noche en que el señor Mostaza dijo todas aquellas cosas, y saltó al abismo en caída libre… Adriano y él han estado hablando demasiado. No es como si fueran amigos, puedo verlo en Mostaza, su forma de escuchar atentamente como si evaluara hasta el más mínimo detalle de lo que Adriano le expresa. Meditativo, siempre meditativo… incluso me atrevo a decir que estudia el centro de consciencia con cierto repudio. ¿Verá parte del mundo que dejó en este sitio?
Entonces escuchó lo rechinante de la puerta indicando que alguien venía. Me di la vuelta con la vista hacia la sala del simulador, descubriendo a Arpo y otros tres que reconocí como intérpretes. Arpo me miraba discretamente en silencio; yo aún sentía incomodidad por lo sucedido.
—Despierten los lectores —pedí a los otros intérpretes, integrándome a la sala mientras sentía la esfera reconocer mis intenciones.
Me acerqué al Cosmogónico listo para entrar, cuando Arpo me llamó e inició una caminata lenta hacia mí.
—¿Cómo se encuentra? —me preguntó. Yo aún sentía que había alterado algo.
—Estoy bien, sano en salud, Arpo —respondí calmadamente; intentaba no generar más incomodidades.
Él parpadeó un par de veces mirándome; vigiló brevemente la esfera de carne y metal con pústulas luminosas.
—El señor Adriano me ha pedido que le recuerde algo… —agregó de pronto cuando yo daba por terminada la conversación. Me detuve mirándolo—. «No es una prueba de lógica», solo eso me dijo para usted.
Repasé la frase en mi cabeza pero no tenía «lógica» para mí. ¿Entonces la fórmula primaria era inútil? Entré por fin al simulador e instantáneamente se encendió vibrante, como latidos tenues. Sus ventosas liberaron microfibras que se conectaron a mí, y luego me sentí en aquel plano donde se siente ser casi omnipresente. Mostaza pasó por mi cabeza con aquella conversación donde parecíamos jugar a ser Dios.
Suspiré recordando que términos como «Dios» y sus actos han sido tergiversados en mi mundo: actos horribles en su nombre. Pero yo estaba consciente: Dios no estaba fuera de mí, o en una silla cósmica más allá de los límites del espacio y el tiempo. Yo estaba dentro de Dios, y él estaba dentro de mí. Éramos como un gran cuerpo de agua jugando a no reconocernos.
Las opciones y números saltaron frente a mi vista. Extendí mis manos hacia el vacío del simulador; una de las burbujas dimensionales se iluminó, dejando que los primeros elementos básicos se alinearan según las ecuaciones fundamentales en la Fórmula Primaria. Hidrógeno, helio, trazas de litio; los ladrillos primordiales que habrían de formar mi universo.
Pero quise ir más allá. Aporté algo más, no solo fórmulas preestablecidas, sino fragmentos de mí mismo, ondas resonantes desde mis células, impulsos que vibraban con el anhelo de existir. Entonces ocurrió.
El Big Bang de mi universo irrumpió con una violencia esplendorosa; no solo una explosión de materia, sino de colores, de reacciones que se expandieron vertiginosamente, como si la misma tela del espacio se desgarrara en una danza frenética de temperaturas y presiones extremas. Las masas iniciales prometían vida; grupos de elementos más pesados comenzaron a unirse, las fuerzas gravitatorias tejían patrones de formación estelar, y por un instante imaginé constelaciones cercanas, pulsantes, llenas de calor y energía.
Pero algo cambió. Una alerta saltó frente a mí. Las ondas iniciales se extinguieron más rápido de lo que deberían. La energía que fluía perdió intensidad, como un fuego que no encontró aire suficiente para seguir ardiendo.
Las partículas dejaron de reaccionar. Los átomos se mantuvieron inmóviles, congelados en su estado más básico. Inerte. Irreactivo.
Miré el lienzo del cosmos que había intentado pintar y me encontré con una estructura sin movimiento, sin la chispa de la creación, sin la combustión de la transformación. Un universo detenido. Un cadáver cósmico antes de su primer latido. Suspiré, sintiendo la vibración de mi fracaso como un eco de mi vida pasada que aún temblaba en el vacío.
Tal vez agregué demasiado de mí. Tal vez las ecuaciones no bastan, y la verdadera creación requiere de algo más que elementos químicos y reacciones matemáticas. ¿Qué faltaba? ¿Era la voluntad? ¿Era la intención? ¿Era la comprensión de que un universo no se fuerza… sino que se despierta? Las preguntas flotaban como espectros en el espacio inerte.
Y entonces lo entendí… este universo no había nacido todavía. Porque aún no entendía cómo darle su primer suspiro.
—¿Desea resetear esta burbuja? —me preguntó aquella voz sintética.
Miré frente a mí; eso estaba muerto, como un feto que nace sin vida, como fruto que se seca antes de siquiera tomar forma.
—No —respondí suspirando, y observando la estabilidad de la burbuja, activando un sistema de monitoreo automatizado.
—¿Quiere dejarlo en suspensión o en vigilancia? —volvió a escucharse la voz. Me detuve pensativo sobre estas otras opciones.
—Déjalo en suspensión, por favor —pedí, y luego fui expulsado del simulador.
De pie frente al cosmogónico me detuve meditativo; algo clave me estaba haciendo falta pero no comprendía. Posé la mano sobre la esfera, sintiendo su fría y suave textura; era electrizante.
—Mónaco —escuché a Arpo llamarme y volteé en su dirección automáticamente—. El señor Adriano lo está esperando para cenar.
—¿Cenar? —jugué mirando a mi alrededor y busqué el balcón con la vista—. ¿Ya es de noche? No me di cuenta.
Arpo me miró fijamente sin comprender.
—Es un chiste… —dije caminando hacia él—. Ni siquiera tenemos noches.
Entonces dibujó una sonrisa en su pálido rostro mientras me guiaba fuera de la sala.
—Ahora comprendo el chiste, señor —rio después de varios segundos, como si aun pensara en ello.
Subimos al deslizador y fuimos a los pisos superiores donde nos aguardaba una cena privada.
—Aquí me quedo —anunció Arpo antes de la gran puerta de madera.
—¿No pasarás? —le pregunté extrañado.
—No fui invitado.
—Bueno, yo te invito. Acompáñame —insistí.
—Creo que es muy amable de su parte, Mónaco… pero esta cena parece ser especial… —me respondió gentilmente.
Al entrar me percaté de aquella sala negra y amplia donde me reuní por primera vez con Adriano y el señor Mostaza. Crucé el umbral hasta los escalones; Adriano y Celesfhio ocupaban puestos juntos en un área de aquella enorme mesa redonda con sillas de espaldar puntiagudo. El señor Mostaza estaba sentado al otro lado de Adriano.
—¡Mónaco! —cantoneó Adriano al verme bajar los escalones—. Qué bueno que llegas.
Yo detallaba las servilletas y finos cubiertos dorados sobre aquella mesa.
—¿Por qué no empezaron? —solté impulsivamente. Parece que algo me molesta pero no lo identifico, ¿qué es?
Adriano me miró con una expresión analítica. Mientras yo me acercaba a tomar un asiento justo frente a Adriano, pude ver al señor Mostaza como si estuviese un poco ansioso, aunque intenta lucir tranquilo.
—No podríamos empezar sin ti… tenemos cosas importantes por discutir… —continuó con aquella energía que solía tener, aunque parecía un poco tenso también.
Había una distancia entre Adriano y yo, no solo en esta mesa. Desde que las pruebas
empezaron, me vi cada vez más distante de mi amigo. Los skalianos no demoraron en responder al llamado de Adriano para servir la cena; los sujetos verdes de frente alargada se distribuyeron como una coreografía alrededor de la mesa, colocando variedades de frutos, platillos y bebidas en conos traslúcidos brillantes. Adriano esperó hasta que todo estuviera dispuesto. Solo entonces habló con la voz más firme que había usado en mucho tiempo.
—Antes de comer, hay algo que debo compartir con ustedes.
Mostaza siguió mirando su copa traslúcida, pero su ceño se frunció un poco.
—¿Reglas nuevas? —preguntó sin emoción.
Adriano esbozó una sonrisa leve.
—No nuevas. Solo las mismas reglas que han definido nuestro papel desde siempre.
Sentí una incomodidad en la garganta.
—¿El Código de los Autores?
Adriano asintió.
—Exacto. Lo que delimita lo que podemos y no podemos hacer. Lo que los Ancestrales han impuesto para mantener el equilibrio del cosmos.
Mostaza soltó una risa baja.
—Equilibrio impuesto.
Ignorando el comentario, Adriano siguió hablando con precisión:—Primera norma: el tiempo puede ser alterado, pero no debe afectar el orden fundamental. Podemos manipularlo, sí, pero nunca cambiar un evento que altere la evolución natural del cosmos.
Mis dedos se deslizaron sobre la mesa.
—Eso significa que podemos movernos en el tiempo, pero sin cambiarlo realmente.
Adriano asintió.
—El traslado de entidades entre universos sigue la Ley de Equilibrio. Si movemos algo, debe haber una compensación energética para evitar desajustes en la continuidad.
Mostaza soltó otra risa, esta vez más baja.
—Siempre hablando de equilibrio —parecía que quería decir algo.
Adriano mantuvo su paciencia; suspiró y siguió:
—La Creación debe respetar la armonía de los elementos fundamentales. No se pueden insertar sustancias o entidades que alteren la estructura de un universo sin control.
Mi respiración se hizo más lenta.
—Eso suena lógico, pero… ¿no es acaso todo una alteración?
Adriano me miró, reconociendo la pregunta.
—Lo es. Pero una alteración dentro del margen de estabilidad determinado por los Ancestrales.
Intercambié una mirada rápida con Mostaza, quien seguía sin tocar su plato.
—¿Y qué hay del centro de conciencia? —preguntó. Por alguna razón se me pasó por la cabeza que podría estar ideando construir algo en su santuario; me dio escalofrío.
Adriano dejó su copa sobre la mesa.
—Los Autores no deben interferir directamente con el centro de conciencia de los universos que no crean. La existencia debe desarrollarse por sí misma. Intentar modificar la consciencia colectiva puede provocar reacciones irreversibles. Pero su propio cada autor tiene su propio centro, y casi, sus propias reglas.
Me tensé. Es como si los Autores fueran solo arquitectos, pero sin poder decidir sobre los habitantes de sus mundos. Sentí la presión de algo en el aire. Mostaza dejó el tenedor sobre el plato con un movimiento calculado, pero no habló. Yo lo miré, esperando que dijera lo que realmente estaba pensando.
—Mejor dile ya… —soltó con una voz grave.
Adriano respiró profundo, como si hubiera esperado a ver si Mostaza estaba poniéndolo a prueba.
—Luego… —susurró y, forzando una sonrisa, continuó—: Si un Autor detecta una perturbación cósmica que no puede manejar, debe reportarla a la División Superior.
Me incliné un poco hacia adelante.
—¿Directamente a los Ancestrales? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Ellos deciden qué hacer con cualquier irregularidad —musitó Adriano con un gesto que me hizo confundir; parecía no estar de acuerdo del todo. O así lo percibí.
Mostaza se recargó en su silla.—Así que ellos tienen el control absoluto —cantoneó tétricamente.
Adriano asintió con gravedad. Mi mente empezaba a conectar los puntos.
—¿Y si alguien rompe estas reglas?
Adriano tardó un segundo en responderme.
—Una alteración irresponsable del orden natural del cosmos puede llevar a la destrucción absoluta.
Mostaza dejó caer las manos sobre la mesa, y sentí que me miró de reojo.
—Eso suena a más que una advertencia —comenté. No pude comprender cómo nadie cuestionaba este método, ni siquiera Adriano.
Adriano sostuvo su mirada sin titubear.
—Lo es. Si las leyes fundamentales se rompen sin control, el colapso del multiverso sería inevitable.
Sentí algo helado recorriéndome el cuello. Los Ancestrales no eran solo guardianes: eran jueces. Y el cosmos estaba al borde de algo mucho más grande de lo que cualquiera había considerado. Celesfhio ni siquiera se movía, seguía con aquella postura política, una tranquilidad tan falsa como auténtica de desinterés.
—Díselo ya —murmuró Mostaza con tono de fastidio.
Adriano lo miró y apretó los dientes.
—¿Podemos disfrutar de la comida? ¿O tienes prisa? —preguntó, pero él solo hizo un extraño gesto.
Adriano hizo un gesto; pude sentir vergüenza en su expresión, sus ojos bajaron sin brillo hacia el platillo.
—Tienes razón —reconoció. Después mis ojos saltaron al señor Mostaza. Algo estaba sucediendo—. Pero antes debemos anunciarte que nuestro… —cambió el tono gradualmente— ¡chico dorado!…
—No me llames así —murmuró.
—…ha logrado crear su semilla de consciencia estable… un universo listo para ser cultivado —completó con cierto afecto por el proceso.
Yo distinguí a Mostaza mientras los skalianos aplaudían suavemente con devoción. Yo comencé a aplaudir por inercia imaginando la dicha, pero al posar mis ojos sobre el «chico dorado» no parecía nada feliz; por el contrario, estaba rígido, amargo, parecía repugnado por la adulación de los demás. Dejé de aplaudir gradualmente mientras intentaba asimilar la situación del señor Mostaza.
La cena procedió con naturalidad, pese a los intentos de acelerarla. Los otros autores que cumplen otras funciones en la torre de Adriano se habían incorporado recientemente.
Parecían debatir sobre el proceso de creación del chico dorado, pero él se quedaba con los codos sobre la mesa, escondiendo su expresión pensativa entre sus manos entrelazadas.
Arpo llegó de pronto, cuando yo tomaba otro cono de aquella bebida luminosa agria pero saborizada. Contemplé a Mostaza tomar su copa cónica, incorporarse y marchar lentamente hacia el ventanal panorámico entre la multitud.
—¿Qué tal todo, Mónaco? —me preguntó Arpo mientras yo lo reconocía. Parecía sujetar una bebida; no sabía que podía consumir alguna sustancia líquida.
—Bien —dije apenas—. ¿Bebes algo? —curioseé.
—Una sustancia muy cargada de electrolitos y minerales —me mostró la sustancia oscura con reflejos brillantes—. No es algo que agrade a muchos por su sabor.
Yo sonreí y volví a buscar a Mostaza con la mirada; me intrigaba su fórmula.
—¿Ya supo que el señor Mostaza se va? —preguntó Arpo junto a mí.
—Sí, eso supe —suspiré respondiendo cuando lo encontré llegando frente a la ventana. Parecía querer escapar de esta reunión absurda.
—Eh… —musitó y yo lo miré brevemente. No es normal que dude—. Parece que quiere decirle algo al señor Mostaza.
—Solo preguntarle por su experiencia, y felicitarlo —comenté volviendo a mirar a mi amigo metálico.
En ese momento Adriano se puso frente a mí de entre la gente.
—Mónaco, ven… vayamos a despedir a Mostaza como es
debido —susurró sonriendo mientras miraba a su alrededor. Yo accedí y fuimos por el enigmático hombre.
Acompañados por Gina y Arpo, subimos hasta la planta del simulador, donde presenciamos el inicio de la disección quirúrgica del simulador Cosmogónico del señor Mostaza. Un grupo de expertos llevaba a cabo la extracción de la magnoesfera biotecnológica; lucía un tanto distinta en su composición. Mostaza todo lo observaba y Adriano lo seguía como si procurara cuidar de que el sujeto no fuese a explotar.
Finalmente Adriano vino a mí, y dijo que haríamos un breve viaje. Arpo y Gina salieron con él de la sala.
Mostaza se alejó de los cirujanos técnicos en el proceso y dio la espalda con su traje de autor y su típico sombrero de copa, que bajo su sombra relucían aquellos ojos dorados casi cobrizos.
Instintivamente me acerqué a
pasos lentos, dudosos, pero llegué tras él. Vi su amplia espalda y por alguna razón imaginé marcas en ellas; eran como recuerdos robados a alguien más. No había podido emitir algún sonido cuando se inclinó girando a medias hacia mí.
—Mónaco —musitó en un aliento.
—Señor Mostaza —respondí en voz baja por la impresión; ni siquiera estaba seguro de lo que quería preguntar.
—¿Parece que quieres hacer alguna pregunta? —dijo en un tono sarcástico y seco.
—Varias… —reí nerviosamente, volviendo la mirada a la multitud y luego volví a mirarlo, pero no era el lugar—. Pero primero quiero felicitarlo por su logro.
Él se quedó estático, en silencio.
—Imagino que debe ser emocionante e intrigante —agregué, pensando en el
momento en el que yo lograra hacerlo.
—¿A ti esto… te parece un logro? —respondió dejándome estupefacto. Su mirada y energía parecían repudiar aquello a lo que yo alababa.
—Pues… —musité considerando todo el concepto de crear algo que pueda llegar a aportar a lo superior—, pues dependiendo del éxito, sí… el propósito.
Él hizo una risita; me pareció burlona.
—Señores, Adriano solicita que sigan, por favor —dijo Gina llegando entre ambos—. Pidió que procuraran discreción.
Yo vigilé al señor Mostaza y él me dio a entender que daba por muerta nuestra conversación. Entonces Gina nos guió en silencio fuera de la reunión; yo seguía a Mostaza analizándolo. ¿Qué hacía aquí si no quería estarlo?
Entonces nos subimos a un deslizador muy similar al que Arpo y yo usamos en los días de prácticas, pero este era mucho más amplio y de estructura compleja. Mostaza quedó junto a mí con la vista al frente mientras nos desplazábamos sin dificultad.
—Solo quiero crear, aportar algo bueno —susurré mirándolo; estaba estático. Yo bajé el rostro sintiéndome estúpido, no debía explicarle mis motivos ¿o sí?
—He visto tus fórmulas —masculló.
Yo lo miré sorprendido, pero él seguía con el rostro fijo al frente, con aquellas gafas negras cegando un misterio. Pero no dijo nada más.
Llegamos a aquel puerto; guiados por Gina, nos adentramos en una serie de túneles hasta que finalmente llegamos a lo que parecía un puerto privado o clandestino.
Arpo esperaba junto a Adriano, quien sonrió al vernos llegar. Entonces vi aquella colosal nave flotando sobre una base luminosa; parecía una gota solidificada de minerales distintos. No se veían ventanas; conforme caminaba, parecía cambiar su estructura y mostrar cierta traslucidez… comprendí que era una nave diseñada para adaptarse a la realidad. Zumbaba, pero no mecánicamente o con sonidos de motor; era algo más energético y vivo.
Llegamos frente a Adriano y yo aún contemplaba la nave.
—El señor Mostaza tiene breves instantes antes de trasladarse a su propio centro de consciencia… pero hay algo que debo mostrarles —dijo con cierto misterio y seriedad.
—Sigo esperando —gruñó Mostaza de brazos cruzados. Yo no entendía qué clase de juego absurdo traían estos dos.
Adriano observaba atentamente al hombre como si rogara por su paciencia, cuando aquella nave emitió un silbido de descompresión. Un material inestable descendió de ella casi sobre la superficie del suelo, invitándonos a abordarla. Adriano nos dedicó una breve mirada y luego nos invitó a seguirlo dentro de ella.
Al subirnos sobre aquella materia, no había inestabilidad; fuimos ascendidos dentro de la nave descubriendo una especie
de esqueleto interno de pantallas y controles biomecánicos y orgánicos.
Había una visión casi de 360° desde adentro de la enorme y monumental gota cambiapieles.
La nave despegó con un sonido hipersónico y fascinante. Adriano estaba sentado en aquel asiento larguirucho junto al señor Mostaza, explicándole sobre el manejo de la nave mientras yo me giré y miré por los ventanales aquel cosmos, que comenzaba a parecer más un conjunto de auroras boreales.
Contemplé todas las formaciones dentro de la nave. Parecía que podía adaptarse para transportar otros objetos como el simulador: así deben moverlo. Pero el simulador no estaba aquí.
Volteé al fondo, con aquellos dos sujetos; comenzaba a creer que conspiraban.
—Oigan —dije en voz baja mientras me acercaba a ellos—. Oigan.
Ambos me miraron; entonces tragué en seco.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
Mostaza desvió la mirada hacia Adriano como si le diera otro empujón para "soltar la sopa".
—…Dile —esta vez lo dijo con tanta confianza que sonó más relajado.
—¿Decirme qué? —pregunté comenzando a perder la paciencia.
Adriano suspiró y se giró sobre el asiento hacia mí. Mostaza hizo el mismo gesto, pero como si se burlara del momento.
—Hay mucho por decir, Mónaco… —parecía presionado—. Lo que el señor Mostaza muere por contarte es que ha descubierto un terrible secreto… —corrigió después— ¡Dos!
—¿De qué hablas? —pregunté preocupado. Mostaza toqueteó dos veces el suelo con sus zapatos marcando una presión notoria.
—El señor Mostaza descubrió el secreto de los Ancestrales… algo en lo que yo veo una falla —comenzó notoriamente nervioso—. Algunos autores fracasan durante la creación de sus universos y mundos; crear no es fácil… —Mostaza aclaró la garganta para que se saltara detalles—. Bueno, estos autores suelen perder su consciencia en el vasto cosmos o en sus propios universos; o peor, se
pierden pero siguen creando su universo sin consciencia sobre sus actos… —sentí temor de haber quedado en ese estado—. Los Ancestrales… —intercambió miradas brevemente con Mostaza—, ellos tienen un veredicto para estos autores.
Hubo unos segundos de silencio mientras Adriano aprovechó para ojear en el monitor de trayectoria.
—Los Ancestrales aplican la Destrucción Absoluta —dijo
finalmente. Mis vellos se erizaron y recordé que Arpo me advirtió que mantuviera la boca cerrada—. Esto significa una eliminación total, sin reencarnaciones. No solo se elimina la materia; se obliga a la energía a implosionar, eliminando así también las variantes del autor eliminado en otros universos.
—Pero… ¿por qué? —repliqué de pronto sin premeditar—. ¿Que las otras versiones son afectadas por la corrupción en el cosmogónico?
Mostaza alzó la vista hacia Adriano.
—No —respondió con notorio pesar—, pero son eliminadas para que sus versiones alternas no alcancen la versión suprema de ellos y se repita el problema.
—¿Y eso ha llegado a pasar? —pregunté frustrado. Aquello iba contra la regla principal: no alterar el orden natural irresponsablemente.
Adriano volteó hacia Mostaza velozmente, como si sintiera su mirada. Entonces su expresión avergonzada posó los ojos en mí:—No, no ha pasado… al menos no en el tiempo que llevo como autor.
Mi cara ardió de rabia; esto se sentía corrupto. Sentía que salí de un sistema dañado para entrar en otro. Me di vuelta para ocultar mi rabia; mi cabeza comenzaba a zumbar… y algo más, como si empezara a absorber mi entorno, no físicamente, sino como si se habilitara para mí otra extensión. ¿Qué era esto?
—Dile lo demás —escuché la voz de Mostaza tras de mí. Yo giré mi rostro mirándolos por el rabillo del ojo. ¿Había más?
—Claro —lo vi recordar sobre el asiento—. Mostaza se enteró porque… descubrió que yo tengo un espacio en el núcleo de los cimientos de mi torre —"debió ser la primera noche que hablamos en el balcón", pensé mientras lo escuchaba—. Allí decidí ocultar y contener a los autores que fallaron…
—¿Una prisión? ¿Esa es tu solución? —pregunté sin voltearme; comenzaban a arderme los ojos.
—¡No! —se desesperó y volvió a aquella actitud avergonzada—. Quizás no es la mejor opción, pero solo es mientras… encuentro la manera de recuperar la consciencia de esos autores.
Ahí me di la vuelta, respirando profundo.
—¿Cómo harías eso? —le pregunté.
—No lo sé. Intento utilizar mi comprensión de la cuarta dimensión para encontrarlos. Si el simulador Cosmogónico pudo dispersar sus mentes, debería poder retraerlas a su punto de origen… pero las mentes fragmentadas… es otro tema —explicó.
Observé a Mostaza a ver si daba su opinión, pero seguía vigilante, así que hablé yo:—Entonces, ¿estás dispuesto a contradecir a los Ancestrales para salvar a los autores? —Él solo me miraba—. ¿Por qué? —Jamás le había hablado así a Adriano.
—No solo creo que es incorrupto; tengo algo que me lo confirma —respondió enigmáticamente.
Hubo un momento de silencio, suficiente para considerar si creerle y si realmente quería ser parte de todo esto.
—Ya lo verás —agregó de pronto. Girando hacia el frente, activó el ajuste de respuesta manual y comenzó a ascender en aquella curva de auroras que destellaban vibraciones.
Un sonido vibrante se sentía tenuemente mientras me apoyaba entre ambos asientos buscando alguna señal, pero no veía más que colores, movimientos de millones de universos existiendo en armonía pese a sus turbulencias. Sin embargo, algo dentro de mí podía sentir la presencia de algo poderoso, algo abrumador y profundamente alarmante para mis sentidos. No podía explicarlo; giraba, ardía, vibraba, respiraba… pensaba.
—¡Allá está! —dijo de pronto Adriano, y señaló a lo que parecía una estrella amarilla muy resplandeciente.
Curiosamente parecía ser la única estrella en esta zona de la dimensión—. No podemos acercarnos demasiado, no sabemos qué pueda causar —comentó Adriano mientras la nave se desplazaba más suavemente.
Entonces, Adriano: se puso de pie junto a mí. Lucía nervioso.—Amplifica la imagen, por favor.
Y en la ventana se duplicó el sector marcado, luego aumentó cinco veces más dejando ver una especie de estructura gigantesca emanando tanta energía y luz como el sol. Yo me ericé distinguiendo sus partes: en el núcleo resplandecía mucho más que los anillos gruesos que lo rodeaban como partículas de átomos. Al principio lo percibí como una correa de símbolos luminosos rodeando un enorme ojo de fuego incandescente. El temor que causaba esa presencia en mí no daba abasto para ningún otro temor conocido anteriormente; volví a detallarlo con cuidado y ahora sus anillos parecían oro y fuego, con ojos de estrellas, rodeando aquel ojo celeste que destellaba y vibraba, flotando sobre la superficie del plano de la consciencia.
Sentía que observaba; más que ello, sentía que estaba anunciando que algo venía. Se sentía como una advertencia.
—Eso… —musitó Adriano. Creo que ni Mostaza ni yo podíamos apartar los ojos del objeto—. Es un Ofaním.
Entonces lo miré; mi mente procesaba tan rápido como mis sentimientos.
—Una fuerza más antigua que los mismos Ancestrales… estuvieron presentes durante la creación original. Según entiendo, es la fuerza más antigua, más que la vida y la muerte; son parte de la fuerza que creó este y todos los planos —agregó Adriano mientras lo contemplaba en la pantalla.
—Más que eso —dijo Mostaza.
—Su aparición solo puede significar una sola cosa —respondió Adriano, mirando al hombre del sombrero y luego hacia mí—. Un cambio notorio en el orden cósmico, una alteración tan poderosa como en la creación original, o… su… destrucción. Puede que este cambio aún sea rescatable.
—¿Tú crees? —preguntó Mostaza cínicamente, como dudando de que fuera cierto.
Adriano guardó silencio por unos segundos, pero volvió a mirarnos.
—Sí. Ustedes dos… están aquí es por una razón. Ambos estuvieron a punto de la destrucción y superaron su nivel de consciencia hasta este plano, entre todas sus versiones, justo en este momento.
Mostaza volvió a voltear el rostro, seguido de la silla hacia la pantalla; seguía contemplando al imponente Ofaním.
—¿Y qué podemos hacer nosotros? —pregunté.
—Por ahora no lo sé. Tener en cuenta esta presencia nos puede ayudar a tomar las acciones necesarias para ayudar en el balance, al menos mientras descubro la manera de rastrear las conciencias perdidas y así evitar la aniquilación de más seres en el océano macrocósmico —respondió.
Medité rápidamente.—O sea que crear mi mundo, con los impulsos que quiero hacer, esta visión…
—"La Visión Mónaca" —interrumpió dándole un nombre con cierto cariño.
—Sí, esta Visión… ¿podría contribuir a este cambio? —pregunté esperanzado.
—Sí… también variará de los rumbos que tome tu universo. Pero Mónaco, toda ayuda cuenta. De fallar, no importará el éxito de tu universo; seguro no quedará ninguno de no evitar aquello que advierte el Ofaním.
Sus palabras me sujetaron a la nave casi como la gravedad terrícola: firme y pesadamente. Entonces volví el rostro hacia la imagen en la pantalla; era una prueba más, sin siquiera superar la creación de mi universo aún.
Adriano nos devolvió a la zona del plano donde se encontraba su torre. De camino nos mostró otro oasis cósmico, otro centro de consciencia. Lucía un tanto oscuro, parecía una gran garra roja y curva flotando en un cráter reforestado.
La conversación entre nosotros volvió a fluir cuando comenzamos a plantearnos los hechos: el Ofaním, los autores destruidos y la decisión de Adriano de desafiar a los Ancestrales. Era difícil distinguir hasta qué punto se podía empeorar o mejorar la situación; así que acordamos una especie de alianza para tratar con esto secretamente y con cautela.
Mientras recogíamos el simulador cosmogónico del señor Mostaza, había un silencio sepulcral entre nosotros. Arpo y Gina se reincorporaron a nuestras diligencias; parecía realmente que el señor Mostaza se había "graduado" de un alto cargo, y lo era.
Era un autor cósmico; el sujeto ahora me daba la impresión de que alguna vez sí quiso cambiar al mundo, pero el mundo lo cacheteó; no, lo destrozó en distintos aspectos, y cada vez que su esperanza volteaba hacia un pequeño fragmento de luz, lo volvía a sacudir.
Mostaza parecía luchar con su repulsión por lo que había creado y su sentido de responsabilidad por lo que ahora sabíamos. Ahora puedo comprenderlo un poco mejor, aunque no comparto su posición.
Más tarde Adriano, Celesfhio, Arpo, Gina, Psi, Mostaza y yo viajábamos en aquella colosal nave dimensional. Mostaza iba sentado en los asientos cercanos al Cosmogónico; estaba sentado, no estaba seguro por sus anteojos, pero parecía observar la esfera carnosa pensativo en los asientos de los costados.
Escuché que los otros platicaban sobre lo cercano que quedaba el territorio del señor Mostaza, pero, poco interesado, me acerqué al hombre del que todos hablaban pero nadie escuchaba; tampoco parecía querer decir algo, al menos no a nosotros.
—Hola —musité y él hizo un pequeño movimiento como confirmando que estaba escuchando—. Solo quiero que sepas que, aunque no tenemos nada en común, eres el único otro ser que compartió esta experiencia conmigo… y eso significa mucho, de alguna forma, para mí. Espero poder acudir a ti cuando tenga alguna duda. Quisiera que te sintieras libre de hacerlo tú también, si necesitas mi ayuda o solo hablar. No estoy seguro si necesitarás un consejo de mi parte, jejeje —intenté aligerar el ambiente porque estaba nervioso.
—¡Ya estamos en posición, señor Mostaza! —me distrajo Adriano desde la sección delantera. Volteé a ver al señor Mostaza y este se puso de pie como si nada. Yo retrocedí unos pasos, vigilante; parecía que se iría sin más.
Me distancié lo suficiente mientras él rodeaba la esfera con su semilla. De pronto se acercó a mí sin previo aviso y a un lado se detuvo; yo me detuve en mi andar como si fuese un juego de mimos o sombras. Nuestros ojos se cruzaron; pude verlos moverse tras aquel cristal oscuro, y yo me asusté. Él se paró firme y se acercó casi dramáticamente.
—¿Crees ser capaz de proteger algo tan perfecto… sin maldad? —me preguntó en un tono de voz en que siento que solo nosotros podíamos escucharnos. Fue algo casi psíquico.
Sus palabras me dejaron estático. Él solo se dio media vuelta y siguió rodeando la Cosmogónica. Tomé distancia con temor a lo que parecía estar advirtiéndome. De pronto vi el suelo bajo la esfera iluminarse intensamente; retrocedí más, me cubrí el rostro mientras aquella luz se intensificaba liberando partículas de energía.
Todo se iluminó, y de pronto: No estaba él ni su simulador. Volví hacia los puestos de comando, donde la nave disparaba un chorro de luz que reestructuraba a la esfera en los campos cósmicos de la consciencia. Parecía un capullo de luz burbujeante y creciente, como una estrella. Comenzó a iluminar de dorado con un resplandor rojizo como un sol apoteósico.
—¿Qué… sucede? —pregunté un tanto preocupado. Había sido un día para desafiar mis creencias y mi confianza.
—Es el centro de consciencia del señor Mostaza —explicó Arpo, mientras Adriano confirmó apretando los labios sin dejar de mirar—. Está empezando a levantar los cimientos tan solo llegando al campo cósmico.
La nave y aquella energía en expansión ya no estaban conectadas. Pero aquello seguía moviéndose, destellando y desprendiendo látigos de energía. Era caos en nacimiento. Adriano suspiró y sonrió con aprecio hacia la bola de energía.
—Ya podemos irnos; esto puede tomar tiempo —anunció Adriano con un tono de voz suave, como si hubiese un bebé dormido en la habitación.
Llegamos a la torre de Adriano y yo me fui directo a la habitación cóncava donde descanso. Había sido un periodo muy intenso. Me extendía las extremidades; sentía tenso hasta el traje, que ya era mi segunda piel.
Saqué otro cigarrillo de la caja destapada sobre la mesa. Busqué un encendedor pero recordé que Arpo era quien me había ayudado a encenderlo en anteriores ocasiones. Pero antes de rendirme frustradamente, recordé que el espacio era adaptable. Me acerqué hacia la mesa donde estaban las cosas y posé mi mano, solo expresando mi petición y necesidad con los ojos cerrados; al abrirlos y apartar la mano, encontré una especie de llaga luminosa y naranja.
Quedé confundido, pero al intentar tocarla pude percibir el calor. Encendí el cigarrillo y me fui hacia la ventana. Esta vez me senté en ella, con los pies sobre el marco, perdido en los tonos multicolores del cosmos. Con cientos de estrellas o, quién sabe, si son centros de consciencia. Parecía tener las respuestas al frente; no sé qué me faltaba para la creación de mi visión.
Entonces me fui. Tomé unos cigarrillos y me fui directo a la amplia sala del simulador. Cuando llegué solo había dos intérpretes, haciendo quién sabe qué.
Entré a la enorme esfera carnosa y de pústulas luminosas que palpitaban como si estuvieran dormidas. Al entrar y conectar con ella, pude sentir toda la energía dormida que realmente había, aquel intento sin culminar.
Lo aprecié y comencé a repudiarlo; parecía más de lo mismo, más de lo de siempre. Solo tuve que pensarlo y una especie de cañón comenzó a dispersar
antimateria. Yo sentía que rabiaba, que sentía aquel revoltijo de emociones en mi estómago. La máquina titiló con una voz que decía:—Los niveles de antimateria y los elementos esenciales en ella son irregulares. ¿Desea enviar una orden de reseteo para esta burbuja? —Me hizo recordar más normas.
Me detuve con la respiración acelerada; sentía mi pecho arder, mis ojos también.
—No —bramé, y luego me di cuenta de mi tono de voz—. Ponla en suspensión.
Pedí salir y el simulador reaccionó a mis pensamientos, desconectando sus ventosas vibrantes y escupiéndome suavemente como un gusano en una picada de mosca verde. Podía sentir aquella llama dentro de mí; era ira, frustración. Las últimas palabras del señor Mostaza hicieron eco en mi cabeza.
—¡No quiero maldad en mi creación! —dije entre dientes mientras regresaba a la antesala frustrado. No quería saber siquiera cuántos ciclos habrían pasado desde que entré al simulador.
Arpo no andaba cerca. Miré mi entorno, pero ya no tenía a quién preguntarle con confianza. Busqué un deslizador cercano y fui ante la enorme puerta de madera. Toqué varias veces y miré a los alrededores del pasillo, pensativo. Creo que era la primera vez que no veía ni un solo guardia en esta planta. Volví a tocar la puerta, pero esta se abrió ligeramente y se escuchó el eco de la voz de Adriano diciendo:—Pasa, Mónaco, te estaba esperando.
Aquella habitación oscura resplandecía de luces azules y aguamarina. Cerré la puerta al pasar. Había unas imágenes flotando sobre la enorme mesa redonda; parecían noticias, escenas que no sé explicar cómo las obtenía, pero se parecían mucho a la Tierra.
—¿Sabías que vendría? —le pregunté bajando los escalones.
—Sí —respondió mientras las voces de las pantallas luminosas bajaban la intensidad de sus sonidos—. Te dije que somos casi iguales.
Yo me acerqué mirando la punta dorada de mi traje sobre mis pies mientras meditaba sobre sus palabras.
—Necesito hacerte unas preguntas… —dije mientras llegaba hasta él—. Intenté hablar con el señor Mostaza, pero… parecía tener sus propios asuntos.
—Querías saber cómo lo hizo —concluyó.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—Eso resume en una sola frase muchas cosas, pero podría ser la pregunta.
—No te hubiese servido de nada, Mónaco… tú y Mostaza son iguales pero muy distintos —parecía estarse quejando como un niño chiquito—. Te he dado cada herramienta, pero realmente la operación la haces tú.
—Eso lo comprendo. Sé lo que quiero y cómo hacerlo, pero no entiendo qué es lo que me falta—respondí al tiempo en que sentía que al fin daba forma a mis sentimientos.
—Lo que siempre te he dicho. Siempre te lo he dicho, incluso en tu vida humana —replicó señalando a las pantallas, pero no vi nada en ellas que se relacionara.
—Necesito saber qué utilizó el señor Mostaza, o tú, cuando crearon sus universos. He seguido las mismas fórmulas y pasos —repetí.
—¡Ahh! —gruñó y se posicionó frente a las pantallas y buscó entre ellas—. ¿Quieres saber qué te hace falta?
Yo lo miré confundido, y entonces en la pantalla detallé una multitud aglomerada, con coronas de flores en la entrada de lo que parecía un tipo de centro cultural.
—¿Qué es esto? —pregunté con un hilo de voz.
—Los miembros de la comunidad LGBTQ+ también se reúnen en las afueras del Casco Histórico de la capital del país, con una hermosa protesta pacífica exigiendo justicia ante el caso del artista Mónaco Arrales—.
Me quedé hipnotizado preguntándome a qué universo pertenecerán estas imágenes.
—Tras 5 años de su desaparición… las autoridades no han dado respuestas de ningún tipo, como si no existiera información sobre el caso—.
Yo vigilaba a las personas allí, con carteles que gritaban a colores: «La vida de mi gente importa», un verso de uno de mis personajes.
—Vienen saliendo las personas de la subasta por caridad de algunas piezas de Arrales. Aquí viene el hermano menor del artista… nos acercaremos…—.
Enfocaron a un joven hombre de cabello corto y cejas pobladas. Le preguntaban qué opinaba sobre los rumores de que no existía una investigación sobre el caso de mi desaparición. Yo solo lo detallaba: sus ojos cafés y pestañazos, esa nariz redonda… era mi hermano Ezequiel. De pronto le preguntaron si tenía idea de qué había pasado conmigo. Mis ojos se humedecieron; ya era todo un hombre. Me acerqué mientras lo enfocaban mirando a la cámara cuando respondió:
—No… no conozco algún motivo para que… mi hermano desapareciera de esa manera… Solo espero que si me está escuchando… sepa que aún espero que regrese—.
Mis ojos no pudieron evitar las lágrimas; la rabia de llorar frente a alguien, tampoco. Mi voluntad no podía ser menos que la de mi propósito, mucho menos que la de mis sacrificios.
Me direccioné a la sala del simulador cosmogónico sin decir nada. Los
intérpretes me miraban en mi andar de pisadas fuertes. Sentía una llamarada en mi pecho y en mis ojos. Me acerqué a la esfera para que me absorbiera hacia su interior; apenas escuché a Arpo percatándose de mi presencia. Reconocí la máquina y ella a mí, pero le impedí que conectara sus membranas en mi cuerpo.
—¡Activa la comunicación vía ondas psíquicas y cósmicas! —le pedí al sistema.
—La configuración que solicita no garantiza el éxito de la comunicación con el sistema —respondió la voz sintética apenas mostrándome la burbuja suspendida.
—Haz lo que te pedí, por favor —mascullé entre dientes flotando en aquella oscuridad.
Cerré mis ojos y me concentré. Sentí la vibración creciente de la cosmogónica conforme la asimilaba con mis pensamientos. Sentía una vibración orgánica, como si estuviese palpitando.
Respiré profundo sintiendo lo vivo que estaba el cosmogónico, lo errático y titilante de esa burbuja contenida de realidad, ausente de voluntad.
Las últimas palabras de Mostaza resonaron en mi cabeza, y las de mi hermano le siguieron. Recordé mi salto hacia la muerte y mi fracaso estaba aquí… frente a mí, flotando, escarchado como un trofeo por el dolor. Pero ahora sé que la voluntad quema y hace renacer.
Sentí un calor abrasador. Mi cuerpo comenzó a arder en una llamarada dorada y morada. Destruí toda aquella materia reduciéndola a su mínima expresión con aquella energía que ahora estaba disponible. No había pantallas que me mostraran nada en este momento.
Estaba dentro de aquella burbuja; sentía todas las partículas dispersas, la materia y antimateria; podía sentir la energía en miles de trillones de colores. Las sentía arder; estaban sufriendo una transformación, pero seguían siendo lo que eran. Respiré profundo y comencé a sentir cada una de estas formas, colores, materias, energías. Sentía sus vibraciones mientras flotaban… Era como una meditación consciente en la que armaba cada pieza paso a paso. Desplegué mis propias células a niveles atómicos; brotaron como brasas desde mi cuerpo ardiente.
Esta energía era como una Llamarada de Inversión; se unió al todo e fui cuajando todo en aquel fulgor cálido que fue asentando, como los últimos rayos calientes del sol en el atardecer. Como esos últimos jadeos sobre el cuerpo del amante, cuando le haces el amor y recuestas la cabeza en un momento de placer que electrifica pero te deja tendido y entregado. Sentí sus latidos; era una vibración cósmica. Abrí mis ojos tostados —mi rostro también lo estaba— y pude ver aquel remolino de colores y brillos, señales de que tal vez la vida prosperará…
Pude sentirlo. Había algo más, y yo buscaba algo más que eso: un planeta similar a la Tierra, que sea donde nazca mi versión de la humanidad. Lo veía desde lejos; de ser, sería allí. No aceleraré el tiempo ni alteraré nada; lo estoy sintiendo y sé que me está sintiendo. Me presenté ante esta galaxia antes de siquiera escudriñar, no con palabras, sino con mi presencia, y el recibimiento fue cálido. De pronto vi esos dos destellos, y la respuesta estuvo frente a mí. Enfoqué mis ojos. No destellaban ahora, ni ardían. No veía un planeta, solo polvo destellante.
—Te llamaré —reconocí mi creación—: Ezequiel.




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