El Amanecer.
Llevo varias eras como espectador de mi creación. He descubierto sistemas conectados al simulador por ondas telepáticas… siento que alcanzo más rango que con la conexión a través de las membranas con la consciencia de la torre vigilando que uno no pierda el control. Vi el nacimiento de una especie en una galaxia que he llamado Jabivi; desde afuera parece ser rosa, en su atmósfera hay mucha humedad. Los seres de Jabivi apenas surgen a la tierra, pero parece que serán un tipo de mezcla de reptiles con aves. Su esencia se siente salvaje aunque bastante arraigada con la naturaleza; se siente como una especie con mucho por aprender. Sus seres irradian una luz que emana inocencia.
Ezequiel seguía su curso. Estuvo cerca de colisionar con un considerable escombro de Nikhola (un planeta rojizo mediano que fue arrastrado por una corriente de meteoros) pero, afortunadamente, se salvó y ni siquiera tuve que hacer algo; el campo gravitatorio desvió ambos cuerpos evitando su prematura muerte. Mis células seguían volando y expandiéndose en aquella burbuja dimensional. Había otros mundos que se habían formado mucho más rápido que Ezequiel. Su ambiente era estable, pero seguían asentándose los cimientos: la flora estaba dando buenos rastros de vida, el ciclo del agua comenzaba a ser efectivo, los sismos, todo. Cada vez que regresaba a aquel vértice de «verde mentolado, naranja y morado», había pasado algún punto clave.
Según presentía, allí, en ese planeta, era donde la humanidad nacería en mi universo. Había revisado los cálculos con la consciencia del sistema del cosmogónico… y según la Fórmula Primaria, así sería.
Surgieron las primeras criaturas, como titanes que, según yo, simulaban a los dinosaurios, pero como unas místicas criaturas que parecían talladas en barro, plumas o escamas de bronce. Al igual que en Jabivi, estas criaturas carecían de consciencia despierta, seguían sus instintos… crecían en enormes proporciones por sus espacios habitables y amplios disponibles para tan pocas especies. Algunos pocos parecían estar al borde de la extinción desde que aparecieron; lo peor es que era una de mis criaturas favoritas… medía unos 12 metros de alto, con un cuerpo que se hacía robusto cerca de su inflada panza. Era muy parecido a un dinosaurio cuello largo; su trompa era más recta, más corta, como una escultura de concreto.
Sus ojos parecían un cielo estrellado; sobre sus cuencas nasales tenían dos membranas, parecían antenas y casi funcionaban como antenas. Tenía un juego de escamas verde metalizado y dorado que bajaban por su cabeza hasta su cola, que era corta como la de una tortuga. A lo largo del frente de su cuello, su piel naranja se hacía casi traslúcida y parecía arrugada como un acordeón; podías ver cuando masticaba hojas o engullía bancos enteros de peces o un tipo de larva gigante acuática de aguas dulces…
Esta hermosa criatura, aunque enorme y casi inalcanzable para los más grandes carnívoros, estaba condenada a la extinción:
aunque había basta comida y territorio, su especie solía morir por deshidratación, poca población reproductiva y muchos decesos… Sí, tuve que ser testigo de cómo caían de enormes acantilados, se ahogaban en las primeras canales profundas que conectaban con el mar y sus suelos inestables, incluso eran víctimas de su incomprensión de su propio tamaño conforme a su entorno. Pero parece que aún les queda… eh… tiempo…
Algunas veces caían trozos de otros mundos en Ezequiel. Esto me preocupaba, pero decidí confiar en mis instintos: Ezequiel sobrevivirá.
Dejar la máquina me era casi imposible… si algo sucedía y yo no estaba. Pero —¡cierto! ¡Estoy confiando en mi instinto y aquí nacerá la humanidad!— pensé en voz alta. Abrí los ojos y vi aquel especie de marsupial; estaba buscando frutas y parece que se cuestiona cómo llegar entre unos pajarracos enormes…
—Tú —reconocí la criatura que daría paso a mi misión personal: crear un mundo donde la humanidad sea despierta y consciente.
Contemplé con temor la difícil tarea que tenía en mente con otras opciones cercanas (aunque la criatura no lo había previsto aún). Tenía un 30% de posibilidades de éxito, lo que llevaría a calcular un 57% de posibilidades de un futuro genoma «calculador» en las generaciones futuras de esa
especie, pero antes: ese pequeño «Homero» (así le he llamado) debe sobrevivir. El Homero ya estaba sobre la marcha entre la manada de criaturas que parecían avestruces prehistóricas. Su decisión instintiva lo puso en una dirección que apuntaba a un 94% de probabilidades de que la raza humana estuviese más cerca de existir, solo si sobrevivía.
Mi corazón saltó cuando una de las criaturas se percató del
pequeño Homero. Tuvo que jugársela en los pequeños túneles bajo la tierra; aquello se volvió un baile de joropo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. El instinto me impulsaba a actuar, a extender mi voluntad sobre el cosmos y cambiar el curso de los eventos. Por un segundo sentí que podía alterar el flujo de su destino, pero algo en mí me detuvo. No debía intervenir. No esta vez. Las partículas en el espacio vibraron a mi alrededor como si respondieran a mi emoción; un calor emergió en mi pecho... y luego desapareció, disipándose en el vacío. Pero Homero logró pasarlos sin ser atrapado. Perdió su cola en la huida, pero llegó hasta el árbol de manzanos negros. La humanidad estaba en camino.
De pronto pensé en Adriano. Miré a Homero metiendo tantos frutos en su boca como podía; parecía que, después de atiborrarse de frutas, pensaba llevarse un poco más para después… ¿Será que es eso?
Conscientemente consulté con la máquina: reactivará sus sistemas conectados y saldré de la cápsula. Mi creación quedaría bajo su supervisión brevemente.
Fui expulsado lentamente de la nave. Mis pupilas se irritaban con las luces de la sala. Estaba un poco torpe, supongo que por el tiempo que duré en el simulador; había sido, por mucho, el periodo de tiempo más largo en él. Con la vista afinándose vislumbré a varios intérpretes frente a mí; entre ellos, Arpo no demoró en acercarse cuando me dirigí al balcón. Yo buscaba aire; tenía la sensación de que algo dentro de mí se evaporaba.
—¡Felicidades, Mónaco! —escuché a Arpo con entusiasmo tras de mí, mientras trataba de reponerme—. No solo ha creado su universo con éxito, sino que también ha hecho de él una obra de arte.
Yo miré por el rabillo del ojo con el rostro de medio lado mientras esbozaba una pequeña sonrisa.
—¿Acaso tuvieron imágenes del simulador? —le pregunté. Me preguntaba si habría visto cuántos colores y patrones saltaron mientras mi creación tomaba forma.
—Las pantallas solo capturaron la imagen hasta previo a un estallido, pero los datos siguieron siendo enviados… —respondió ciertamente. Al ser un Bioferonita, puede leer los códigos, generarlos y entenderlos como si estuviese presenciándolo personalmente.
—¡Se sintió increíble! —murmuré mirando al cosmos; me sentí realmente conectado al todo de ese mundo. Era como si cada partícula en él fuese un espacio donde mi mente pudiese habitar.
—Sí, realmente fue espectacular —comentó aún detrás de mí. Y entonces, me di cuenta de que Adriano no estaba cerca.
—¿Dónde se encuentra Adriano?—le pregunté girándome hacia él, pero buscándolo con la vista en la otra sala, por si las dudas.
—Se encuentra en sus aposentos; estuvo de viaje y recién llegó —respondió como si revisara en su base de datos.
—¿Estará durmiendo? —solté mientras salía a paso rápido cerca de los intérpretes que parecían activar las pantallas con conexión visual a la Burbuja Dimensional. Arpo me siguió el paso, acelerado, y respondió: —La verdad no lo sé; el emperador Celesfhio estaba con él en el transbordador.
—¿El transbordador? —Me detuve mirándolo y él parpadeó en silencio por unos segundos.
—Es otro transporte —respondió simplemente.
Entonces lo vigilé; parecía que Arpo ocultara algo o le faltara información. —Sabes si… —murmuré pensando en el tema de los autores fallidos, pero luego recordé el consejo que el mismo Arpo me había dado.
—¿Saber qué cosa? —preguntó como si solo aguardara alguna solicitud común.
—Eh… ¿sabes si puedo dejarte a cargo de la burbuja? Me gustaría ir a hablar con Adriano. —Miré las pantallas; las cifras me parecían bastante estables—. Según entiendo… —ojeé todo de nuevo mientras los intérpretes seguían en lo suyo—… parece que todo marcha bien: el ritmo de expansión y gestación del universo, y los objetivos primordiales en cuanto a Ezequiel.
—Sí, así parece —respondió con sus pupilas luminosas saltando entre las pantallas de luz. Volteó a mirarme—. Mónaco —musitó mirándome a los ojos directamente; fue intimidante, pero no en el mal sentido—. Estás diferente.
Lo vigilé buscando entender lo que quería decirme. —Espero que para bien —sonreí nervioso.
—Sí, es para bien —me miraba. De pronto me di cuenta de que ahora podía verle el rostro sin tanto esfuerzo. Parecía que era más bajo de altura, incluso que los otros biomecánicos. Incluso que Gina. Casi a mi medida.
—¿Te encogiste? —solté y luego me revisé a mí—. ¿O yo crecí?
Arpo soltó una risita mecánica. —Sí, reduje mi altura, jajaja; si se puede decir, solo fue un ajuste. —Parecía nervioso, aunque fuese raro decirlo de él.
—¿De verdad? —Apenas era un poco más alto que yo—. ¿Y eso por qué? —Esbocé una sonrisa; no encontraba lógica en hacer algo así—. ¿O para qué? Jaja.
Él bajó la mirada, pero soltó una risita. —Solo es una experiencia… un ajuste… adaptación —respondió y luego me miró sonriendo. (Parecía que algo quería decir). Miró las pantallas y yo lo imité sintiendo intriga, pero la imagen que estaba allí era como ver un eco, un bebé en crecimiento. Me sentía muy hipnotizado por los pálpitos energéticos en aquellas gráficas.
—Aún se sacan datos de elementos y reacciones durante el proceso… puedo comunicarme contigo si algo sucede… pero —me miró brevemente y de nuevo a las pantallas— es posible que siga estable y en marcha.
—Gracias, amigo mío —lo abracé y él me palmeó luego de unos segundos; quizás lo incomodé—. ¿Está todo bien, Arpo? —dije al separarme de él.
—¡Excelente! —sonrió como siempre.
—Bueno, iré a hablar con Adriano… gracias por cuidar de mi burbuja —dije mientras salía por aquella puerta que se dilataba frente a mí. Pasé a la siguiente sala buscando a Adriano por si acaso; me vi en el reflejo de una criatura cuya piel lucía como un cristal amarillo, ahí pude apreciar que tenía quemaduras de carbón por todo el cuerpo.
Tomé un deslizador y así fui hasta la sala de Adriano; realmente estaba reviviendo el momento en la máquina en mi cabeza, caminaba en piloto automático.
De pronto ya estaba cruzando el umbral y empujando aquella enorme puerta redonda negra que se retraía, encontrándome en lo que parecía un dormitorio privado inspirado en la antigua Grecia.
Columnas blancas luminosas, casi cinceladas como un enorme coliseo, sostenían hojas verdes como enredaderas escarchadas, con fantasiosas figuras púrpuras y luminosas que brotaban como flores y caían lentamente sobre aquel suelo; una espuma tan suave que parecías caminar sobre nubes, ciertamente con aquella niebla que no te entumece. Identifico frutos y otras figuras cuando de pronto mis ojos se posan en el lecho y veo a Celesfhio tras Adriano sobre la cama. Aquel enorme ser lo hacía suyo.
—¡Joder! —se me escapó tapándome los ojos. Miro; Adriano apenas me ve se detiene calmadamente y pide a Celesfhio que pare, mientras yo me volteo tapándome los ojos de nuevo—. Perdón, venía distraído.
—Pasa, tranquilo.
Aquella voz calmada me puso tenso. Volteé lentamente hacia el lugar y ambos estaban recostados en el lecho cubriendo su desnudez con aquella radiante sábana blanca de seda. Celesfhio parecía molesto; y no lo culpo, si fuese a mí a quien interrumpieran un buen polvo, seguro también tendría cara de asesino.
—Disculpe, no pensé… no, eso no… Quería consultar el tiempo que se necesita para trasladar el centro de consciencia.
—¡Cierto que lo has logrado! —Saltó sobre la cama como si hubiese recién despertado. Se paró desnudo y rodeó el lecho hasta mí; retrocedí mientras él me felicitaba, pero finalmente me alcanzó y me abrazó.
—¡Sabía que lo lograrías! —dijo apretándome y luego me sujetó de los hombros mirándome con aquel brillo—. Bueno, respondiendo a tu pregunta, solo hay que esperar que registren todo lo sucedido y quede guardado en la torre… —De pronto cambió el tono de voz, susurrando y encorvándose—. Pero antes, me gustaría que me ayudaras con una cosita… —Lo miré a los ojos preocupado de que me pidiera acompañarlos—. Una cosita chiquitita —dijo con aquella energía de niño.
—Dime qué es, amigo.
—Necesito que me acompañes a un santuario abandonado —reveló susurrando y luego corrigió con tono maniático—: ¡Aparentemente abandonado!
—¿Abandonado? —repetí curioso de cómo era eso posible. ¿Acaso el señor Mostaza se había ido?
—Sí, sí —me sacudió el carbón del pecho del traje nerviosamente, como si quisiera que cerrara la boca—. Pero luego hablamos de eso.
—Pero… —musité y miré a Celesfhio impulsivamente: estaba mirándome, sus ojos color mora estaban destellando un brillo magenta que comenzaba a sonar amenazante—. Claro, tienes razón, mejor voy a ver a Ezequiel —respondí finalmente direccionándome a la salida.
—¿Ezequiel? —preguntó Adriano ya desde el lecho y yo solo le respondí: —El planeta Tierra de mi universo —y la puerta se contrajo frente a mí.
—¡Hey! —me detuvo y yo volteé a mirar a mi amigo; había olvidado que estaba desnudo. Desvié la mirada al techo acorazado como el interior del caparazón de una tortuga—. Intenta dormir, descansar, comer… tómate un tiempo.
Sonreí y alcé mi pulgar en respuesta, y me retiré a mi habitación. Aquel techo cóncavo era mucho más bajo que la sala de Adriano.
Me puse a jugar con la esfera verde metálica; era como una especie de cubo de Rubik, pero circular. Entendí, en medio de tantos giros, que debía colocar perfectamente una combinación numérica; jamás había jugado con el regalo de Adriano, pero era un poco entretenido descubrir el código y lo que significara (supongo).
Teorizaba que debía ser algo importante o que ambos pudiésemos saber; intenté armar palabras sencillas con las formas de los números, pero no daba; fechas en las que Adriano y yo nos vimos en el planeta Tierra del que vengo, pero tampoco… Intenté números al azar, una y otra vez; mi energía estaba bien, pero ahora sí parecía requerir un descanso. Aunque jugara, pensaba simultáneamente en Ezequiel, mi creación.
De pronto pensé en mi fecha de nacimiento por la cantidad de espacios que había que juntar donde los números se iluminaban, cuando de pronto silba y se divide en dos partes.
Yo me levanté del lecho emocionado; me sentía muy listo por esa bobada, y al revisar dentro, en una bolsita distinguí los cogollos. No podía creer lo que Adriano me había regalado y yo no había aprovechado en todo este tiempo. Bueno, quizás no lo tuviera ahora que sí parece que es requerido.
Vacíe un cigarrillo y cambié su contenido por los gajitos del cogollo; lo preparé a mano como me gusta, aunque no igual que en casa. Lo encendí con la pústula hirviente y, tras un par de caladas, me monté sobre la ventana redonda en la cabecera del lecho. El humo llegaba a mis neuronas y yo simplemente me relajaba mirando el parpadeo de los cuerpos celestes.
Cuando miraba la luz de las estrellas y los astros, sentía una soledad carnal. Como si yo mismo fuese algo creado para conectar con otros, pero no directamente; como si ser amado no fuese parte del plan. Doy otra calada y toso ferozmente, y también intencionadamente. Comienzo a sentirme en el estado que quería y me levanto arrastrando los pies hasta la mesa; enciendo el otro cigarrillo mientras apago el armado.
Estaba solo de pie y dando pasos, recordaba mis experiencias amorosas en mi vida humana. Cuando me senté en la ventana nuevamente, subí los pies cruzándolos, recordando que ya ese tipo de experiencia no volvería a ser posible.
Recordé a Adriano siendo embestido por Celesfhio y me pregunté muchas cosas, entre ellas: ¿se habrán conocido antes o después de convertirse en autores? Di una calada pausada mientras revivía la imagen en mi cabeza sin premeditarlo y sentí un poco de calor. Posé mi mano libre sobre mi miembro palpitante preguntándome si esa vaina me habría excitado.
De pronto se dilató la puerta dejando pasar a Arpo y, apenado, me acomodé cruzando las piernas e intentando sacudir el olor de la hierba en la habitación.
—Disculpa la interrupción —saludó parándose a un metro de mí.
Yo seguía un poco nervioso; quizás porque estaba un poco ajustado el traje y este momento, era inoportuno.—Tranquilo —tartamudeé—. ¿Puedo ayudarte con algo, Arpo? ¿Ezequiel está bien?
—Sí, se ha bajado la densidad de la burbuja para que el tiempo fluya más lento y hemos dejado al intérprete Cervantes a cargo de su vigilancia —respondió. Yo calmaba mi respiración y mi cuerpo todavía; estaba más tranquilo.
—¿Sabes cuánto me tomará irme a mi distrito? —Vacié en él mi curiosidad; no es que quisiera irme, pero sé que llegará el momento.
Arpo me vigiló y se acercó poniéndose a mi lado. —Ya debe estar pronta su partida… —dijo con un tono de voz seco y pausado, con la visión perdida frente a él, me pareció casi humano—. Adriano tiene planeado un viaje con usted antes de partir —agregó mirándome.
—¿No sabe de qué se trata este viaje? —pregunté mientras en mi mente cuestionaba aquella actitud en Arpo; se sentía como si estuviese nostálgico.
—No… —Parpadeó un par de veces y desvió la mirada.
—Eh… —mascullé premeditando lo que pudiera suceder, pero nada tenía suficiente fundamento en mi cabeza—. ¿Está todo bien, Arpo?
—Eh, Sí…—Dibujó una sonrisa en su rostro metalizado—. Debería dejarlo dormir… —se levantó del borde de la ventana cruzando la habitación y yo no entendía el sentimiento que me abordaba, solo sabía que algo sucedía—…Es una pena que se vaya tan pronto, Mónaco —agregó antes de adentrarse por la puerta dilatada bicolor.
Yo me quedé estático; Arpo había dejado en mí una sensación extraña.
Quizás, Es porque él siempre estuvo al tanto de mi proceso, y yo no estuve para aportar al de él. Me recosté pensativo por si acaso es que en algún momento le prometí tomar un tiempo para salir juntos, o algo por el estilo. Por alguna razón sentía que me había reprochado algo, y yo no sabía qué.
Me dormí al rato de darle mil vueltas en mi cabeza. Al despertar me bañé en la cuna termal; los vapores de aquella sala de poca luz fueron estimulantes. Por primera vez en algún tiempo podía apreciar mi nuevo cuerpo fuera de aquel traje de pigmentos azules y blancos. Era un éxtasis acariciar mi nueva piel, húmeda y tensa.
No estaba exageradamente esculpido, pero mi musculatura estaba bien definida y maciza. El color de mi piel era casi como un chocolate disuelto con un poco de leche; tostada y brillante, provocaba tomar un bocado aunque fuese canibalismo y eso, que desteto sonar vanidoso.
El pozo surtía chorros de agua a todo mi cuerpo, y yo retorcía los dedos de mis pies placenteramente, cuando de pronto aquellos tentáculos comenzaron a desplegarse de una especie de cráteres secos. Se deslizaban sobre mi cuerpo expulsando agua tibia y casi acariciando mi piel con sus ventosas…
…Dejé escapar un gemido grueso de placer mientras los tentáculos frotaban mi pecho y mi abdomen; al instante rodeé el lugar con la vista, temeroso de ser escuchado, pero las otras cuencas estaban desocupadas, al menos las que tenían la luz de las llagas luminosas activas. Suspiré casi aliviado de estar solo, y luego recordé que eso es lo que de ahora en más me aguardaba: soledad.
Más tarde, le pedí al traje que me cubriera y surgió de mis brazaletes dorados, casi fusionándose a mi piel Instantáneamente. Sentí cómo se conectaba, adhería y comunicaba con mi cuerpo de nuevo. Los círculos en el traje se iluminaron y los patrones de azul y blanco habían cambiado como las pinceladas del retrato de una oleada.
Me reuní con Arpo en la habitación de mi simulador, donde Ezequiel seguía un ritmo bastante avanzado: los dos volcanes más grandes habían causado un gran sismo y, a su vez, maremotos que sacudieron el planeta dándole otro empujón a la siguiente era.
—¿Mónaco Arrales? —preguntó un humanoide de piel grisácea y verdosa. Yo asentí notando que tenía un uniforme similar a los intérpretes—. Soy Cervantes Faks, intérprete… un gusto.
Yo tendí mi mano honrado de que cuidara mi creación: —El gusto es verdaderamente mío. ¿Cómo va mi pequeña estrella? —pregunté por mi universo mientras chequeaba las pantallas: la formación geográfica de Ezequiel había cambiado.
—Excelente y fluido. Se han detectado múltiples galaxias con formaciones de vida inteligente; sociedades comienzan a formarse en los puntos 3 y 4, aunque aún no hay nada desde el cero hasta ahí. En cuanto a la humanidad, aún le quedan algunas pocas eras…—respondió firme y orgulloso de su vigilancia. Miró la pantalla y agregó—: Se han detectado formaciones de estrellas y agujeros negros que prometen detonar pronto, quizás en un milenio, dando paso a dos posibles galaxias adicionales cercanas a los puntos 8 y 9.
Yo me quedé impresionado mientras buscaba las tarjetas gráficas de los planetas identificados con formas de vida.
—Jabivi ha desarrollado un ecosistema bastante vivo… no estoy seguro, pero sus múltiples variaciones de posibilidades son inexactas… Sus habitantes de naturaleza salvaje me hacen considerar que realmente es muy pronto para tomar alguna posibilidad como certera —agregó señalando al planeta de colores pasteles y vibrantes. Algo en mí quemaba suave como leña de chimenea mientras apreciaba mi creación.
—Es hermoso —escuché a Arpo junto a mí, y yo volví la mirada hacia él, sonriente. Realmente nos miramos y sentía esa alegría de que el sueño estaba en camino.
Arpo hizo un gesto y llevó su brazo frente a su rostro; parecía tener un brazalete igual al mío. Marcó algo en él y me miró: —Adriano lo espera —anunció con aquel tono de voz nuevamente. ¿Acaso los biomecánicos podrían entristecer?
—¿Me llevas con él? —le pregunté intentando sonar amable.
Me miró por unos segundos y aceptó. Fuimos caminando hasta el lugar; había un extraño silencio entre ambos. Arpo parecía nostálgico, aburrido, y yo de alguna forma me sentía igual. Lo miraba de reojo al caminar e, intentando comprender lo que sucedía.
Desde que llegué, era él quien me había brindado apoyo, me había acompañado y orientado cuando no estaba seguro de cómo sentirme sobre ser autor cósmico.
Él, me dedicó una mirada cuando cruzábamos el concurrido salón de transportación; yo desvié la mirada nervioso en dirección hacia la entrada del puerto en el que nos encontraríamos con Adriano.
—Te ves nervioso —dijo en voz baja mientras marchábamos.
Yo traté de disimular: —¿Quién? ¿Yo? —Intercambiamos miradas, hubo breve silencio pero le pregunté:—. ¿Sabes si irás al viaje?
—No creo… el señor Adriano no ha indicado que requiera de mi presencia —comentó desviando su mirada al trayecto; juraría que algo lo inquieta.
Finalmente llegamos, y me indicó que debía entrar solo. El lugar no estaba tan solitario como esperaba: un grupo de ingenieros trabajaban en los monitores; parecían estar armando algún tipo de nave. Adriano, Celesfhio y la biomecánico Psi se hallaban cerca de la colosal nave en la que despedimos al señor Mostaza (me pregunto cómo le irá con su universo).
—Parece que te gusta llegar en el momento preciso —comentó Celesfhio con un tono sarcástico cuando me incorporé a ellos.
—Lamento la demora —respondió ignorando cualquier tipo de insinuación pero comenzando a sospechar que no le agradaba demasiado al emperador color magenta lactosa.
—No te preocupes, amigo, ya estamos por partir… Solicité que subieran algunas cosas a la Nexus, unas de las que luego te explicaré —dijo hablando de la nave y luego señaló a los ingenieros en un idioma que no conocía.
Mi visión se posó sobre los androides que bajaban de la enorme nave cambiaforma con unas herramientas de carga cuadradas y negras. —¿Iremos nosotros cuatro? —pregunté volviendo la mirada hacia Adriano: se había acercado a los monitores sin que me diese cuenta.
Celesfhio y yo intercambiamos miradas. —No iremos solos. Adriano se llevará algunos Resguardos con nosotros —me aclaró con un tono de voz inexpresivo.
Di algunos pasos hacia atrás para mirar su rostro cómodamente: —¿Cuántos Resguardos irán con nosotros? —Cuestioné; sonaba un tanto intrigante la forma en que Adriano preparaba este extraño viaje. ¿Tendrá que ver con Mostaza acaso? ¿Habrá desertado? Era un sujeto caótico, intrigantemente oscuro, pero no estoy seguro de que escapara después de haber llegado tan lejos.
—Serán 14 Resguardos… todos bioferonitas —respondió al fin.
—¿Bioferonitas? —Desconocía el origen del término, pero sonaba familiar.
—Mi especie, señor —participó Psi junto al enorme emperador.
Entonces asentí comprendiendo y volviendo a mirar hacia la nave; otro grupo de bioferonitas estaban subiendo una especie de aparato negro, grande y muy similar a un refrigerador casero moderno de mi mundo.
—¿Queda espacio en la nave? —pregunté, pero Celesfhio me miró de reojo como si no me hubiese escuchado. Entonces decidí dejar de perder el tiempo y me dirigí hacia Adriano; estaba ocupado conversando con aquellos alargados y delgados humanoides con astas.
—Disculpa, Adriano… —toqueteé el peto dorado de su traje—. Quisiera consultarte algo.
Él me miró como sorprendido de que lo interrumpiera. —Eh…claro ¿qué será, Mónaco?
—Esto… —miré a los presentes esperando que no puedan entender mi lengua ni leer mis pensamientos—. Este viaje que emprendemos suena como algo importante.
—Lo es —asintió con sus ojos bien abiertos y esperando por mí.
—¿Es algo… exclusivo? —pregunté vigilando que nadie prestase atención a nuestra charla.
Adriano vio a los ingenieros e intérpretes que trabajaban en la sección técnico-mecánica. Y luego se volvió hacia mí sujetándome y preguntando con voz susurrada: —¿En qué puedo ayudarte, Mónaco?
Lo aprecié unos segundos; aquello parecía ser serio. Y si se trataba de los autores fallidos, Adriano no lo diría, aunque esté en su propio centro de consciencia.
—No espero que comprendas… —musité al tiempo en que reflexionaba sobre lo que me había impulsado a esta petición—, pero me gustaría saber si Arpo puede acompañarnos.
Hizo un juego de miradas hacia mí, como si intentara comprender lo que ni yo comprendía. —Oh… —soltó como procesando aún y relajándose—. Bueno… Arpo es bastante confiable… pero —pareció examinarme el rostro— vamos a un lugar que podría ser peligroso… deberías consultarlo con él… —yo me sentí avergonzado por alguna razón— por si él también quiere ir.
Entonces, tras agradecerle me fui a buscar a Arpo. Lo encontré cerca de la entrada al hangar como si aguardara a que regresáramos. —¿Mónaco? —Inclinó la cabeza como sorprendido—. ¿No viajará con Adriano?
—Eh… sí —respondí terminado de llegar junto a él, buscando las palabras con una sonrisa tonta que ni yo comprendía—: De hecho, hablé con Adriano. Parece que algunos Resguardos irán con nosotros… no sé qué tipo de viaje sea… aunque… —lo miré directo a sus ojos cristalinos— puede que sea un viaje peligroso.
Él me escuchaba atentamente; algo en él parecía esperar.
—No sé si quieras ir conmigo… —luego corregí— con nosotros… Adriano dijo, que, la decisión era tuya.
—¿De verdad? —inquirió sereno como de costumbre, aunque su mirada parecía pensativa—. ¿Y usted le preguntó personalmente al autor Adriano?
—Eh… claro.
—¿Y por qué? —Se quedó mirándome. Curiosamente, tenerlo casi a mi altura era un poco intimidante, aunque no en un mal sentido.
—Yo… —reflexionaba sobre lo que me impulsó a hacerlo—. No lo sé. Solo… —sus ojos estaban clavados en los míos, sentí que me hormigueaba el rostro— no sé, quería que nos acompañaras.
La reacción facial de Arpo fue casi humana, como si lo hubiese abrumado o puesto nervioso. Sonrió. —Claro. —Miró mis ojos, mi cuerpo entero como examinando—. Sería un gusto acompañarlo.
Yo, sin comprender la electricidad que recorría mi cuerpo apenas, lo invité a seguirme de regreso al hangar. Noté que Arpo sonreía y me miraba de cuando en cuando. Y eso me hizo sentir bien.
Todo parecía listo para despegar; solo un Intérprete acompañaba a Adriano y Celesfhio en aquella especie de plataforma circular flotando sobre el suelo bajo la colosal Nexus.
—Ya era hora —escuché murmurar al enorme Celesfhio.
Adriano rápidamente trató de disimular: —¡Arpo! ¡Mónaco! —dijo de manera animosa y revisó la capacidad de la sustancia moviéndose bajo sus pies—. ¡Suban ya! Solo faltan ustedes.
—Disculpa —dije apenado. Arpo se subió de inmediato a la plataforma flotante; me sentí obligado a subir rápido.
—¿Por qué demoraron? —preguntó Adriano con aquella típica energía mientras nos elevábamos al interior de la Nexus.
Tartamudeaba; por alguna razón no supe explicar que solo hablábamos. —¡Ah! No te preocupes… —cantoneó y después se puso serio diciendo—: Tenemos algo importante que hacer.
Mis emociones, como últimamente han sido, fueron suprimidas bajo el peso de otra emoción: me sentía sumergido en la marea mientras mi transporte por ella era una especie de montaña rusa acuática de alta potencia.
Miré a los otros biomecánicos, los bioferonitas: iban sentados en los asientos de los costados entre los mesones y pasillos de la nave.
—Iré a dirigir la navegación…estará capsulada bajo patrón biométrico —me anunció Adarino en voz baja; vigilaba que no nos escucharan—. No tardes —me guiñó el ojo y se encaminó al frente de la nave. Una pared negra carnosa, brillante y con pústulas luminosas bajó hermetizando la zona de pilotaje.
No entendía mi verdadero papel en este viaje. ¿No debía estar con ellos? ¿Por qué me dejó aquí? Volteé el rostro y pude ver una serie de paneles negros al fondo de la nave como pilares, fichas de dominó una parada al lado de la otra; antes de aquellos pilares, aquel objeto negro y geométrico que había visto antes cuando lo subían a la nave.
Los bioferonitas estaban serios; casi siempre lo estaban, pero algunos murmuraban entre ellos. De pronto sentí una mirada y mis ojos encontraron los suyos: era Arpo.
Se me dibujó una sonrisa en el rostro y me acerqué a él.
—¿Qué crees que suceda? —le pregunté en voz baja poniéndome frente a él.
Sus ojos sumisos se desviaron de mí y rodearon la habitación: —Emm —murmuró como si analizara—. Parece una expedición o algo similar.
—¿Expedición? —repetí inquieto. Mi universo espera por mí en el centro de consciencia de Adriano; aún quedaba mucho por delante—. ¿Cómo que expedición? —Volteé mirando de nuevo los equipos y Resguardos.
—Eso parece… —me miró brevemente y luego me invitó a observar con él—. Un número pequeño de Resguardos, suficientes para mantener la seguridad si es que es necesario, pero no demasiados para no llamar la atención… —entonces volví el rostro hacia Arpo, pero él continuó—: Ese objeto enfrente de nosotros es una cámara revestidora. Su función es aportar materiales y elementos al atuendo del usuario necesarios, como lo serían para una armadura básica de biotecnología, en este caso… la que ha aportado el Axis Eternum… —yo estaba procesando todo—… y aquellas láminas al fondo son paneles; pueden traer recursos distintos, en este caso: podrían ser armas, equipo de exploración o suministros para otro autor en aprietos —concluyó mirándome a la espera.
—¿Eso fue un cálculo en base a la Fórmula Primaria? —pregunté un tanto sorprendido.
—Eh… —masculló parpadeando—. Lo es en una escala más pequeña —soltó una risita y me dio gusto que sintiera lo satírico de la pregunta.
—Eres bueno para esto —reconocí. Entonces reaccioné—: ¿Qué es todo esto entonces?
—Eso no lo sé. —Me miró desanimado y desvió la mirada hacia la panza negra brillante de pústulas luminosas—. Hay un infinito de posibilidades.
Miré al sitio también; Adriano había guardado demasiados secretos, incluso cuando se presentó ante mí como si fuera un mortal más en el mundo. —¡Ven! —lo invité dirigiéndome al lugar; escuché los silbidos leves de su cuerpo moviéndose tras de mí.
Posé mi mano sobre una mancha plateada sobre la panza negra y helada. La mancha brilló mientras sentía hormiguitas recorriendo la palma de mi mano. Entonces la panza postulante dilató un pequeño orificio hasta que pudimos pasar a la sala de navegación. Celesfhio y Psi voltearon hacia mí en los puestos junto a Adriano, quien parecía pilotar. La puerta se cerró tras de mí y me aseguré de que Arpo haya entrado; lo hizo.
—Ya estoy aquí —dije y caminé hacia el tablero repleto de símbolos y diagramas digitales.
—¡Ah! Mónaco —exclamó Adriano cuando se dio cuenta de mi presencia; activó varias opciones en la pantalla reflejada—. Pensé que demorarías hablando con Arpo —agregó mientras se incorporaba de la enorme y acolchada silla y fijó los ojos en Arpo cuando lo descubrió parado en la entrada—. Oh, estás aquí… bueno.
Él cruzó junto a mí y revisó la pantalla del medio de la sala. —Activaré un sistema mezclado de distintos escudos energéticos para asegurar —me miró— que ningún ser demasiado sensible pueda prevenirnos en este viaje.
—¿Pre qué? —repetí cuestionando si hablaba de los Ancestrales.
—Ya sabes: visiones, anuncios… debemos evitar que sepan lo que estamos haciendo —intentó explicar mientras frotaba unas burbujas de distintos tonos en la coraza del techo, unos controles superiores supongo yo.
—Y… —musité reflexionando— ¿qué es lo que estamos haciendo? —pregunté. Intercambié una breve mirada con Arpo, que observaba todo silenciosamente.
—Muy buena pregunta, mi estimado Mónaco —respondió con ese nerviosismo o ansias. Se sintió un bajón de luz y una leve sacudida mientras vi el rostro de Adriano evaluando el resultado de sus ajustes en el campo protector de la Nexus. Cuando se calmó, sonrió y me miró.
—Verás… —dijo y luego miró hacia Arpo corrigiendo—: Verán… existen otros autores que saben sobre la sentencia de los autores destruidos con la máxima aniquilación y, como yo, repugnan… no, reconocen que este castigo es un acto contradictorio al porvenir del orden cósmico… —se desplazó con aquella notoria preocupación por el destino de los autores fallidos—. Después de la conversación que tuvimos junto al señor Mostaza, me di cuenta de que… quizás, eligiendo bien, los autores podríamos ayudarnos, unirnos para solucionar este terrible crimen dimensional.
—Eso… me parece excelente —musité aún vigilante, pero por dentro sentí una leve chispa.
—¡Sí! —bramó enérgico de nuevo—. ¿Te imaginas? Entonces… decidí escribir mensajes cifrados a un par de autores que conozco, solo saludando por ahora, claro está.
—Es comprensible. —Lo seguí con la vista hasta tomar el asiento nuevamente y, girando en él hacia mí, Arpo y yo nos miramos nuevamente por unos segundos, como si pensáramos en lo mismo—. ¿Pero qué sucede? ¿Por qué venimos con todos los equipos y resguardos? —pregunté y Adriano volteó a mirar a Celesfhio. Luego me miró suspirando.
—No hubo respuesta de parte de uno de ellos… —respondió al fin pisando alguna cosa en su asiento.
El disco en relieve que estaba en medio de la sala vibró y zumbó proyectando la figura tridimensional de una especie de monje alto y delgaducho de cráneo pequeño y redondo—. Alestork Vumk, un autor cercano… su sección del plano de la creación no está muy lejos de nosotros… Alestork no suele demorar en atender mis mensajes… mm… pero más que eso… envié a dos cooperadores al centro de consciencia de Alestork…y ninguno volvió.
—Apenas hay rastros de cuando su nave Libelotus aterrizó en ese santuario.—participó Celesfhio ganando nuestra atención brevemente.
—¿Qué pudo haberles pasado? —Me intrigó algo así en este plano cósmico—. ¿Algún tipo de parásito antimateria? Quizás —teoricé rápidamente mirando a los presentes al rostro. Parecían más tranquilos que yo.
—Puede ser, aunque hace mucho que se mantienen bajo control —respondió Arpo aún parado frente a la puerta.
—Es cierto, los parásitos antimateria y los fantasmas se han vuelto un problema casi nulo —se escuchó decir a Psi, la androide que estaba junto a Celesfhio.
—¿Fantasmas? —repetí extrañado del término.
—Los fantasmas son quimeras cósmicas… dos fuerzas opuestas que por alguna razón se engendraron en los límites del Plano Físico Terrenal y el Plano de la Creación… Su resultado, es inestable, por lo que no siempre son visibles para cualquiera —explicó Adriano como si deseara que no fuera necesario.
—Ah, por eso son fantasmas —comprendí.
—Sí… independientemente de que sea algún ser o criatura cósmica, vamos a ir a revisar… Y en caso de que alguien fuera de este domo pregunte… solo presentamos a Mónaco con Alestork… —agregó Adriano después, vigilando que todos le hayan prestado atención.
—¿Y si el autor Alestork está bien? ¿Qué motivos le daremos de la visita? —cuestioné.
—A sus cooperadores e intérpretes… lo mismo: venimos a presentarte. A Alestork… le hablaremos de la aparición del Ofaním —contestó con aquellos ojos expresivos.
—¿Realmente confías en él? —preguntó Celesfhio desde su asiento de copiloto segundo.
Adriano lo miró apretando la mandíbula: —Confiaba en él hace eones… solo espero que no haya cambiado su brújula moral con los ancestrales o algún otro ideal igual de destructivo.
Hubo unos segundos de silencio, pero Adriano pronto retomó su lugar en la navegación con el salto cuántico al sector cercano. La nave apenas se sintió moverse, pero las estrellas por el visor formaban interminables estelas de colores y luces bajo aquella velocidad jamás vista sobre la Tierra, o no en la versión de la que vengo.
—Ahí está —musitó Adriano y su tono de voz fue un tanto alarmante y desalentador. Yo estaba sentado junto a Arpo en los asientos de copiloto 4.º, 5.º y 6.º, los últimos. Pero salté con el corazón y el aire bailando tango en mi pecho.
Desde la cabina de la Nexus miro hacia el vacío estelar tratando de encontrar la estructura que alguna vez fue el centro de consciencia de Alestork Vumk. Cuando finalmente la detecto, una sensación de incomodidad recorre mi cuerpo: esto no se parece en nada al santuario de Adriano.
Lo primero que noto es la fragmentación de su superficie. No es un oasis sólido, sino una colección de placas de tierra suspendidas en el espacio, conectadas apenas por estructuras rotas, como si todo hubiera sido arrancado de su sitio. Las fisuras son profundas, abriéndose en grietas irregulares que destellan con un pulso oscuro, como si algo debajo aún intentara respirar.
Por un instante, algo dentro de mí arde. La Nexus se empezó a acercar lentamente mientras Psi intentaba establecer comunicación con la torre de Alestork. Las señales de vida son un engaño visual.
Lo que fueron árboles y vegetación ya no son organismos vivos, sino columnas de obsidiana petrificadas en el instante de su muerte. Algunas aún vibran, no por el viento, sino por una pulsación oculta, un eco de la fuerza que las consumió y que yo todavía sentía conforme nos acercábamos.
Entonces detallo la torre de Alestork. No es majestuosa como la de Adriano, ni simétrica como un diseño consciente. Es un espiral incompleto, colapsado sobre sí mismo en varias secciones, como si su propia estructura hubiera sido forzada a doblarse bajo una presión que no pertenece a este plano. Su superficie no parece piedra ni metal, sino algo orgánico que murió hace eones, fosilizado y recorrido por venas negras que parecen latir con un ritmo propio.
—¿Qué es… esto? —balbuceé mientras sentía toda aquella energía. Adriano me miró como si esperara que reaccionara.
Pero mis ojos seguían aquel templo abandonado. Lo más perturbador es la fractura cósmica que permanece flotando sobre la torre. No es un agujero negro, no es una sombra: es un desgarrón en la realidad misma, una herida abierta en el tejido del cosmos que sigue allí, inmóvil, como una advertencia. Algo dentro de mí me hizo pensar que debía y podía arreglarse. —¡Ahí! —señalé.
—Parece una anomalía —respondió Adriano sin desviar la mirada del sitio.
—¿Podemos arreglarlo? —pregunté directamente, sintiendo la inquietante necesidad de repararlo, más aún recordando la vigilancia del Ofaním.
—No creo que podamos; es una fuerza salvaje del cosmos. Si la fuerza de la naturaleza en la Tierra es incontrolable… solo imagina la de este plano cósmico de la creación —respondió Adriano desconsolado.
Entonces volteé a ver a Arpo y él se encogió de hombros; parecía que nadie se había cuestionado al respecto o era tan peligroso que generaba ese miedo.
—¿Dices que es imposible arreglarlo? —pregunté, aunque algo me decía que no era cierto.
—No imposible —dijo y guardó silencio, pensativo—. Quizás si suficientes autores nos unimos en fuerza y mente podríamos encontrar la manera de revertirlo.
La Nexus desciende suavemente unos instantes después. La cabina donde estábamos se abre y nos reunimos con los otros bioferonitas… ahora llevaban una especie de coraza verde oscuro en secciones cruciales de sus cuerpos.
—¡Resguardos! —dijo Adriano apenas nos pusimos frente a ellos—. Esta es una visita que podría resultar peligrosa… El autor Alestork Vumk parece tener fallas para comunicarse y su centro de consciencia no parece ser alentador… —yo contemplé cómo todos escuchaban atentamente a Adriano—. Tomen sus armas en los paneles. Solo deben vigilar nuestros costados mientras intentamos entrar o establecer contacto.
—Comprendido —dijeron al unísono.
—Mónaco… —musitó acercándose a mí y entregándome una especie de barra metálica con formaciones doradas y una pequeña burbuja luminosa como en su torre. La sujeté y lo miré.
—¿Qué es?
—Es una espada; su mango es del metal más fuerte que pude elaborarte con el poco tiempo de anticipación —respondió.
Yo la aprecié en mi mano: —¿Una espada? —Jamás me gustaron las armas.
—No es cualquier espada; la consciencia de mi torre la creó para ti con los datos obtenidos de tu traje… la llamó: Llamasintis —reaccionó de inmediato. Yo la miré nuevamente sin mucho gusto por ella—. Ten cuidado; sus niveles de poder son altos y no tuve tiempo de estudiar los elementos que el Axis utilizó para elaborarla ni cómo reacciona, según comprendo, tú y La Llamasintis deberían entenderse bien.
Volví a apreciarla; me pareció ver un destello carmesí recorrer aquella barra negra y dorada sobre mi palma.
—Vamos, tenemos que ponernos las armaduras de expedición —me guió hacia la estructura geométrica negra que estaba allí, mientras que Psi dio la orden a los Resguardos para que se armaran.
Entonces Adriano tocó algunos símbolos tallados sobre aquella estructura aparentemente metálica. —Esto simplemente aportará elementos a tu traje para ajustarse a la situación; en este caso, una armadura… Pero no te fíes, no es igual que un escudo —me alertó aún toqueteando el objeto.
—Adriano, ¿qué esperas allí? —me atreví a preguntarle debido a la manera en la que había abordado el asunto.
—Son tiempos difíciles, Mónaco —confesó sin mirarme mientras se deslizaba una puerta en aquella enorme cabina negra—. Sinceramente, hay varias posibilidades que me tienen preocupado —soltó una risita nerviosa, aunque su rostro seguía expresando preocupación al tiempo en que parecía sacudir polvo de mi traje.
Yo lo contemplaba: esto era ser un autor, una responsabilidad que va más allá de lo que se sobreentiende con solo decir "Creador de universos".
Entré a la cabina y enseguida se cerró la puertilla; hubo flashes de luz y sentí que me sacudía un poco mientras una especie de corriente fría recorrió mi cuerpo. De nuevo se deslizó la puerta dejándome salir.
Ahora, vestía hombreras y pechera negra como los androides Resguardos, y también parecía tener una diadema que protegía parte de mi rostro. Adriano me recibió, me sujetó y me echó un vistazo: —A ver… mm… sí, estás muy bien así, galán. —Me sonrió y luego volteó hacia los otros—. Celesfhio, puedes continuar tú.
Me junté a Arpo aún contemplando la Llamasintis en mi mano.
—Luce muy bien con esa armadura —me comentó Arpo de pronto.
—¡Ah! —Me sentí sorprendido y sonrojado—. ¡Gracias, Arpo! Ve… tú también debes protegerte. Él se quedó mirándome y luego sonrió.
Pero no sabíamos que habría abajo, al pisar el suelo, una extraña sensación me recorre. No hay viento ni sonido natural, solo un eco profundo. Dos Resguardos cuidan la Nexus y los demás nos rodean en la arena rojiza. Aquel eco no paraba de retumbar en silencio, como si este lugar estuviera conteniendo su propio vacío.
Todos marchaban en silencio. Aquello era un desierto, un cañón de rocas, y escombros.
Yo vigilaba sus rostros, parecían tan preocupados como yo por lo que pasó en aquel sitio. Me acerco a uno de los restos de flora y lo toco. No era madera ni piedra, sino un cuerpo atrapado entre la existencia y la extinción; una huella de algo que alguna vez estuvo vivo, pero que ahora solo es una impresión estática de su propia muerte.
—Cuidado —escuché que me susurró Arpo.
Los demás se giraron a mirarme súbitamente, pero yo siento algo vibrar dentro de mí, como si la energía que quedó aquí reconociera mi presencia.
—No deberías tocar nada aún —gruñó Celesfhio.
Adriano posó una mano sobre la de su compañero sentimental, como calmándolo. —Es cierto, Mónaco… ten mucho cuidado. —Miró a su alrededor—. No tenemos idea de qué pueda haber por aquí.
Dirigió la vista hacia la planta que yo tocaba y luego a los Resguardos. —Continuemos —ordenó.
Levanto la vista hacia la torre espiral, viendo su forma desde el suelo. De cerca, puedo notar que sus fragmentos no se derrumbaron por erosión ni simplemente por una batalla. Colapsaron por algo más profundo, algo que alteró la esencia misma del lugar. Y entonces lo siento. Desde las grietas, desde la fractura sobre la torre destruida, desde los restos de vida muerta. No es solo el vacío…
…Aquí algo sigue esperando. Una energía que no fluye con el cosmos, aunque parece parte de él. Se sentía como… una fuerza que no fue creada, sino arrancada. Hacía sentir al santuario como si estuviera infectado. Enfermo.
—¿Estás temblando? —me preguntó Arpo junto a mí en la marcha.
—¿Eh? —Me miré las manos y, efectivamente, temblaba como gelatina—. No… no me había dado cuenta.
—¿Te sientes bien? —me preguntó mientras yo seguía viendo aquellas partículas rojizas que flotaban en aquel oasis fantasma.
De pronto, veo unas figuras torcidas entre tantos escombros… una visión pasa frente a mis ojos con el mismo escenario. Esta vez, las figuras torcidas se me mostraron como lo que alguna vez fueron: seres vivos, como Adriano y yo, como Arpo, incluso muchas otras especies. Sentí como si una llamarada subiese por mi pecho.
—¡No! —gruñí sacudiéndome y despertando en aquel santuario caído.
Arpo me sujetó y me preguntó qué sucedía. Mi pecho sentía un dolor intenso, aunque no parecía un sentir físico; mis ojos comenzaron a llorar ante la impotencia de la masacre que presencié brevemente. No necesitaba ver más que eso, comprendí perfectamente lo que se me había mostrado.
—¡Están muertos, Arpo! —gruñí ahogándome en mi saliva—. Los fundieron vivos —gimoteé intentando contener todo esto que sentía y no sabía de dónde venía.
Arpo aún me sujetaba fuerte de los brazos y miraba mis ojos. —¿Cómo? —musitó, y luego puso su mano sobre mi pecho—. ¿Lo viste?
—No sé, yo… —dije apenas, pero la voz de Adriano nos interrumpió llegando hasta nosotros dos.
—¿Qué sucede, Mónaco? —me preguntó preocupado.
—Yo no sé —dije apenas sintiendo un pinchazo en mi cabeza. Entonces Arpo le explicó lo que hablábamos mientras yo me quedé inclinado, descubriendo las gotas de sangre que caían en el suelo desde mi rostro. Llevé mis dedos hasta la nariz intuitivamente: efectivamente, estaba sangrando.
Súbitamente, se sintieron crujidos fuertes y pronto descubrimos que eran escombros de la espiral cayendo de uno de los otros cimientos. Todos mirábamos al lugar, estáticos por el pánico en aquella isla oscura de mala muerte. Un gran fragmento chocó con otro que ya estaba sobrepuesto en los cimientos; sonó como un relámpago.
—Impactará muy cerca —dijeron Arpo y Psi a la vez, y luego se miraron entre sí.
Yo me quedé mirando a Arpo y luego la avalancha de escombros chocando entre sí. —Hey —dije solamente en un brinco y lo tomé del brazo—, quizás deberíamos alejarnos.
Entonces Celesfhio gritó al frente: —¡CUIDADO! —justo para verlo recibir el impacto de un pedazo de roca del tamaño de un camión blindado.
Los bioferonitas que estaban junto a él de inmediato lo intentaron ayudar, pero Celeafhio no tardó en desviar el escombro a un lado; enseguida se sujetó el brazo mirando la avalancha prominente y, gruñendo, retrocedió poniéndose por delante de Adriano para protegerlo. Psi extendió sus brazos y juntó sus extraños guantes; luego proyectó una especie de barrera luminosa de energía.
Dediqué una mirada tras de mí; Arpo vigilaba la torre y el desplome de sus partes. —No llegará hasta nosotros… —y luego me miró— pero sí puede que algunos escombros…
Lo interrumpió un feroz proyectil que pasó junto a mi cabeza. Me pareció ver que el peñón atravesó el cráneo de Arpo, salpicándome una sustancia tibia, aceitosa, casi aguamarina. —¡ARPO! —Me giré con el pecho ardiéndome, pero pronto descubrí que estaba vivo, inclinado con todo el rostro lleno de la sustancia.
Había caído uno de los Resguardos: su rostro estaba destruido, la luz que resplandecía en su pecho desde su interior se había extinguido. Montones de escombros convertidos en balas comenzaron a llover sobre nuestras cabezas.
—¡No, no puedes! —escuché gritar a Celesfhio. Rápidamente busqué con la vista y, entre el caos de los Resguardos evadiendo los escombros, lo encontré: estaba siendo prácticamente un escudo para Adriano. Sus manos dejaron de resplandecer y él parecía reclamarle a Celesfhio, pero la respuesta de este se escuchó clara: —¡Hay un muerto! ¡Un Resguardo! ¿Quién sabe cuántos más?
Examiné mi alrededor y encontré una especie de cueva plateada; alguna vez fue un gran árbol, al parecer. Volví a mirar a Arpo y lo jalé. Corrimos en dirección al lugar.
—¿A dónde vamos? —me preguntó mientras me seguía en aquella lluvia de rocas. Un gran pedazo, del tamaño de un melón, cayó justo frente a mí; el Resguardo que estaba al otro lado del cráter en la arena me miró tan sorprendido como yo.
—¡A la cueva! —le dije, y luego avisé a los demás—: ¡A LA CUEVA!
Todos me miraron y yo solo señalé. Corrí aún halando a Arpo mientras gritaba: —¡A LA CUEVA! —Sin vacilar mucho, corrimos prácticamente en zigzag hasta llegar al árbol petrificado.
Los proyectiles seguían cayendo e incluso rebotaban dentro de la cueva. Yo recuperaba un poco de aliento mientras vigilaba quiénes estábamos: Adriano y Psi estaban bien; Celesfhio sí lucía un poco rasguñado, con los brazos descubiertos y algún que otro moretón. Los Resguardos tenían abolladuras en zonas desprotegidas por la armadura negra. Miré frente a nosotros, donde comenzaban a llegar los escombros pulverizados y arenas, como marea a la orilla con su último toque de fuerza, y siguiendo con la vista descubro el cadáver del bioferonita.
Apreté mi mandíbula, frustrado. Miré la cima de la espiral caída, buscando al culpable de aquel derrumbe. —¡Debió ser provocado! —solté sin pensar, aún buscando con la vista.
—¿Por qué lo dice? —me preguntó Arpo junto a mí.
—Así lo siento, Arpo. —Volví a mirar a los Resguardos cerca de donde el desastre terminó reposando, justo frente a nosotros.
—¡Parece que ya terminó! —escuché a Adriano. Enseguida me dirigí a él y Arpo me siguió.
—Creo que ese desplome fue intencional… ese autor puede ser el responsable —le dije a Adriano apenas llegué frente a él.
Adriano apretó los labios. —También lo pensé, amigo… pero Alestork… —me miró—. Un derrumbe, claro que puede ser, pero… lo que pasó aquí… —hizo un gesto rodeando el lugar con la vista y una expresión de tristeza—…Esto no lo hizo él.
Yo visualicé aquel desierto casi apocalíptico; era una maqueta del horror y la muerte, decorada con figuras de cuerpos fundidos, calcinados. Árboles que parecen púas y huesos prehistóricos negros.
—Alguien más debe estar detrás de todo esto —participó Arpo.
—¿Alguien como otro autor? —pregunté mirando a Arpo esta vez. Él era muy bueno con la Fórmula Primaria.
—Sí, es probable —respondió con voz sumisa.
—La Nexus no detectó algún rastro —dijo Adriano frotándose la barba—. Aunque sabemos que se puede ocultar una cosa así incluso de los Ancestrales.
—¡Yo digo que entremos cuanto antes! —soltó Celesfhio.
Yo miré hacia arriba; su rostro estaba determinado. Sin querer reconocerlo, dije: —Celesfhio tiene razón… es mejor entrar de una vez a la torre y evitarnos el sigilo. Alguien ya sabe que estamos aquí.
—Es una probabilidad —dijo Adriano, intentando disfrazar lo sucedido. Adriano no quería causar mayores problemas ni malentendidos entre las élites cósmicas, pero esto no tenía pinta de ser un acto diplomático.
Nos subimos al montículo de tierra y escombros que quedó tras el derrumbe. Yo iba delante de Arpo con la vista hacia la cima; aún sentía que todo me llamaba a voltear a verlo: las plantas, los cadáveres de seres pensantes y en estado salvaje, como si gritaran aún de dolor.
Tardamos un poco; mientras más subíamos, más grandes eran los escombros a trepar o
rodear. Celesfhio descolgó su arma; parecía una especie de rifle con forma de pescado, su cañón era muy parecido a la boca de un bagre. En sus manos parecía un juguete, pero su confianza al andar demostraba que no solo era un emperador de paz; alguna vez debió ser parte de la guerra.
Pronto encontramos un piso del fragmento de la torre que seguía en pie. Conectado con el derrumbe, se hizo como un camino de tierra hacia el lugar de ventanales rotos; aquellas venas negras recorrían las paredes y columnas, casi parecía que succionaran su color. Había niebla y destrucción por todos lados, salpicaduras de sangre y siluetas caídas… Mis oídos casi podían revivir los gritos horrorizados y los crujidos que hicieron erizar mi piel.
—¿Estás bien? —Arpo me trajo a la realidad. Tragué en seco. Asentí y seguí a los demás en la marcha por aquella sala inclinada y espectral. Los Resguardos vigilaban e iluminaban los rincones más oscuros con sus ojos reflectores.
—Hay una alteración en la materia del lugar —escuché decir a Psi.
—¿Parásitos antimateria? —cuestionó Adriano. Yo escuchaba atentamente desde atrás.
Algo sonó al otro lado del salón; todos nos volvimos buscando. Los Resguardos activaron sus rifles; sus cañones comenzaban a irradiar una tenue luz azul, vibrando levemente.
El eco de unas rocas cayendo sobre un objeto metálico se disipaba entre el silencio sepulcral. Después de unos segundos, pero sin desviar la vista del lugar, Psi continuó: —Es muy parecido… —miró de nuevo el brazalete de su brazo izquierdo— pero hay otros tipos de daños y alteraciones que no son compatibles con los parásitos antimateria.
Adriano miró al enorme Celesfhio. —Ojalá no sea lo que creo.
Sentí el impulso de preguntar, pero algo me dijo que no era el momento. Continuamos; prácticamente Adriano nos guiaba bajo la vigilancia de Psi. —Ya estamos por llegar a la sala de observación de Alestork —anunció cruzando una planta fragmentada. Yo contemplé el techo arqueado, cubierto de un moho blanco y una especie de red de venas negras.
—¿Qué son esas venas? —pregunté al aire.
—Es parte del oasis —respondió Arpo junto a mí mientras subíamos los desniveles—. Estaba vivo… —subió la mirada al techo— y ahora no lo está.
Entonces supuse que ya lo sabía. Continuamos subiendo hasta un corredor largo y oblicuo. Las paredes agrietadas hacían sentir que algo explotó muy cerca de allí, quizás desde la sala a la que nos dirigíamos. ¿Habrá sido un accidente?
Fue entonces que llegamos al lugar. Adriano corrió hacia lo que parecía ser alguien recostado sobre una especie de globo terráqueo. Celesfhio lo siguió lentamente vigilando los rincones del lugar, mientras los Resguardos cubrían la zona. Arpo y yo intercambiamos miradas brevemente; quizás nos equivocamos sobre lo sucedido en el lugar.
—Alestork… —se escuchó suspirar a Adriano. Había tristeza en su voz.
Arpo y yo nos acercamos. Apenas llegué, posé mi mano en el hombro de Adriano. Estaba apoyado en un enorme y larguirucho sujeto: estaba fundido y solidificado a lo que parecía ser el corazón de todo su centro cósmico. Adriano tenía los ojos humedecidos cuando Celesfhio dijo: —Quizás perdió la consciencia.
—Mi amigo era muy astuto, muy sano —replicó con voz nostálgica. Luego me miró y me dijo—: Nosotros fuimos preparados juntos para ser autores… era un ser increíblemente sensato y gentil. Aunque luego se volvió solitario y seco. —Bajó su rostro.
Psi llegó interrumpiendo un pensamiento. —No es posible conectar con nada en este lugar… no hay ningún tipo de rastro —anunció. Adriano la miró.
—¿Pero qué hay del campo energético? —Se vio sorprendido y yo también lo estaba; yo mismo estaba sintiendo lo que había pasado aquí.
—Negativo —aseguró la bioferonita—. Parece que no dejó huella… temo que podría ser debido a la anomalía sobre el oasis.
Yo miré a Adriano. —Pero yo sí siento —musité inclinándome frente a él y me apoyé en el autor petrificado…
…y, sorpresivamente, sentí que no podía despegar la mano; mi mente fue arrastrada por recuerdos que no son míos.
Gritos, y desfibración de la materia como piel muerta flotando en el aire. Relámpagos negros que tostaban de ipso facto al contacto, solidificando extremidades. Una marea escarlata que chisporroteaba derritiendo como lava. Un vibrante rayo que golpeaba las paredes. Y de pronto, aquellos ojos rojos luminosos, justo frente a los míos.
Siento que el pecho me quema y caigo al suelo; alguien me sujetaba del hombro pero mi visión está nublada. Escucho el susurro de mi nombre y luego me doy cuenta de que es Adriano. Poco a poco recupero la vista y veo que sigo en aquel oscuro cementerio cósmico. Mis ojos vacilaban en los de Adriano tratando de entender lo sucedido y él parecía hacer lo mismo.
Arpo se acercó agachándose. —¿Cómo te sientes? ¿Viste algo? —susurró Adriano.
Arpo y yo intercambiamos miradas fugaces y luego lo miramos a él. Yo no estaba seguro de qué responder. Sus ojos me analizaban y Arpo parecía inquieto.
—Adriano, yo…no creo que esto haya sido un accidente —respondí finalmente con un hilo de voz; mi garganta estaba seca de pronto.
Él solo asintió levemente con la cabeza. Sus ojos vigilaron a los presentes en aquel enorme salón. —¡Psi! —bramó de pronto.
—¿Señor?
—Tome todas las muestras que necesite para irnos —ordenó.
Después de eso, Arpo estuvo acompañándome en el recorrido por el salón. Adriano y Celesfhio conversaban en la lejanía mientras Psi guiaba a los Resguardos. Finalmente regresamos por el desastre; Psi nos guió evadiendo el lugar por donde habíamos llegado.
No sé si intenta evitar pasar por donde el Resguardo de su especie cayó durante el derrumbe. Sin embargo, mi vista estaba hacia el lugar, sintiendo pesar por sus pérdidas innecesarias, echando la mirada atrás noto que nos faltaban más del que presencié morir…y me quedé callado, deseando que en sus próximas existencias tengan mucha alegría y salud.
La plataforma se elevaba mientras nos despedíamos de aquel desierto oscuro y tormentoso. Sentía que todo había sido pérdida. Arpo me sonreía apenas, parecía intentar animarme. Poco antes de entrar a la nave, me pareció ver que un biomecánico salía de entre los escombros de la torre, como si tuviera cohetes en sus pies y espalda. En la nave, corrí hacia la cabina de la Nexus.
—¿Qué es? —balbuceé. Arpo y Adriano me siguieron al tablero. Yo buscaba con la vista pero no hallaba nada. —¿Qué sucede, Mónaco? —preguntó Arpo.
—Me pareció ver… un… —medí mis palabras— un bioferonita volando.
—¿Un qué? —Celesfhio pareció burlarse.
—¿Es imposible? —Miré a Arpo.
—No, no lo es; hay adaptaciones para ello —respondió.
—Sí —intervino Psi—, pero ninguno en esta expedición tiene alguna para eso.
Entonces medité al respecto; quizás solo lo había imaginado.
—No importa eso —dijo de pronto Adriano—. Cerremos todo y hablemos sobre lo que pasó allá abajo.
Mientras retornábamos al santuario del Axis Eternum, Adriano me pedía que describiera la experiencia en el oasis desértico que alguna vez fue un santuario de creación. Procuré ser lo más preciso posible; muchas de las cosas que había visto en las visiones eran nuevas para mí. Celesfhio y Adriano debatían sobre la naturaleza del daño en los dominios de Alestork Vumk. Mientras, que la pregunta seguía en el aire: ¿era algo premeditado o solo un accidente? Celesfhio planteaba la posibilidad de que los Ancestrales podrían haber sido los causantes de lo sucedido en el lugar.
Acordamos que Adriano investigaría al respecto y, al tener respuesta, avisaría a los demás presentes. Celesfhio y Psi convencieron a Adriano de que, cuando tuviera lo necesario, hiciera un reporte casual a los Ancestrales, notificando la repentina ausencia del autor Alestork Vumk. Por otro lado, todos debíamos seguir en lo nuestro sin olvidar lo que allí había sucedido.
Después de comer con Arpo, Adriano y Celesfhio, fuimos a la sala de mi esfera cosmogónica, donde descubrí lo más hermoso que había hecho en mi vida: mi universo y el planeta llamado Ezequiel… Vibraba con la misma energía y pureza que mi hermano.
Las pantallas mostraban códigos, figuras y mapas que para mí eran ecografías de sus órganos, fotos de recién nacido; podía incluso sentir las palpitaciones provenientes de dentro de la esfera.
Me acerqué a la máquina carnosa y fría, apoyé mi mano sintiéndola y pegué mi frente por debajo de la diadema negra. Sentía su existencia como un tibio y reconfortante latir en mi pecho. —Estos son los primeros cimientos de civilización en el planeta que priorizó, señor Mónaco… Ezequiel —anunció Cervantes.
Yo le sonreí y me acerqué a la pantalla en tiempo real. Ciertamente eran primitivos, pero pude ver que tenían esa luz: los grandes cargaban pesados troncos construyendo techos sobre las ramas de los árboles como refugio; algunos se reunían a recolectar, mientras otros iban preparando lo que habían cazado. No deseaba realmente que fueran omnívoros, pero si yo lo era, ¿por qué no se los permitiría? Aún no parecían del todo humanos; sus pieles lucían un tanto más estilizadas, aunque seguían pareciendo una mezcla de simio, ardilla y humano.
—Forman comunidades —murmuré hipnotizado.
—Sí, señor; desde esta etapa temprana tienen un fuerte sentido de comunidad y cooperación —me respondió Cervantes sin que lo esperara—. Aunque la población global es bastante pequeña, el 73% de la especie ha sobrevivido y progresado gracias a estas sofisticadas manadas que forman.
Mis ojos se humedecieron. De pronto, me rodearon en un abrazo y descubrí que era Arpo. —Lo lograste —dijo en voz baja. Nos separamos y brevemente nos miramos; sentí aquella sensación de apego. Ahora sé que me importa.
—¡Felicidades, mi estimado amigo! —Adriano me abrazó fuerte y me cargó dándome vueltas.
—¡Adriano, bájame! —me sacudía. Él lo hizo soltando carcajadas. —Lo siento, lo siento. —Se dio cuenta de que había sido muy impulsivo e incluso dedicó una mirada a Celesfhio, quien lo vigilaba en silencio—. Tu visión es hermosa, Mónaco… tu universo es prometedor.
Mi corazón latió tan fuerte que sentí la sangre llegando a mis mejillas. —Gracias, Adriano… realmente tengo esperanzas de hacer algo bueno aquí. —Apoyé la mano sobre aquella máquina que funcionaba como un útero para mi semilla original.
—Tu visión es buena —me sorprendió Celesfhio con aquel comentario.
—Gracias, Celesfhio —respondí con respeto.
—Te hice un regalo especial —volvió a decir Adriano. Arpo se juntó a mí y sentí que me miró—. Espero que te guste, está en tu habitación… —Me sacudió el polvo rojo sobre mi pecho—. Gracias, Adriano —respondí honestamente, sintiendo que quedaba tanto por decir. Antes de llegar aquí, Adriano había marcado mi vida—. Ve, nos vemos en el gran salón… aquí comenzarán la disección.
Él se fue y yo me quedé viéndolo partir con su túnica polvorienta de arena, acompañado por aquel enorme sujeto de piel rosada y cabellos dorados.
—Adriano y tú parecen muy cercanos —comentó Arpo junto a mí. Parecía que había reducido un poco más: estaba de mi tamaño.
—Eh… sí. Antes de llegar aquí fuimos amigos en mi mundo… —sonreí apretando la Llamasintis que colgaba del relieve dorado en mi cintura—. Realmente no sé si decir "amigo" basta.
—¿A qué se refiere? —me preguntó vigilante. Yo lo invité a acompañarme a la habitación con un gesto.
—Es que nos conocimos a través de una red social… fue muy místico; supongo que ahora comprendo que no fue azar. —Le sonreí mientras salíamos de la sala del simulador—. Hablamos sobre mis obras, cuentos, todo; de pronto comenzamos a hablar de cosas más profundas, los mensajes que habían en ellas, y entonces hablamos de la existencia… Le conté muchas cosas sobre mí sin conocerlo en persona, y cómo me di cuenta de que todos estábamos atrapados en una ilusión, un mundo de pesadilla que habíamos creado hace muchos años atrás… yo sufría mucho por ello.—marchaba mirando al suelo, pero realmente recordaba lo que le contaba— Adriano y yo comenzamos a salir: un bohemio y un empresario en el techo de una casa abandonada, fumando y hablando de la existencia y del crecimiento del ser…Ja —pasamos por la puerta que se dilató hacia el enorme dormitorio cóncavo—. Era irreal, pero hablar con él me hizo sentir menos solo, más capaz… solo que después recaí. Sin embargo, él siempre ha creído en mí; ve algo que aún no termino de ver o no sé si está… me ha enseñado a entenderme y siento una gratitud que aún no sé cómo pagar.—me detuve brevemente, pero continué— Ahora que Ezequiel, Jabivi y todos estos mundos cobran vida, esa deuda de gratitud…
—Incrementa —completó Arpo mirándome, mientras yo desactivaba el sistema de las corazas en el traje.
—Así es —respondí, y descubrí el obsequio en una esquina. Ese debía ser: una enorme esfera negra metálica con relieves que imitaban enredaderas. Parecía tener una nota en un trozo de papel firme. Decía: "Es hora de que te veas por fuera como realmente eres por dentro. ¡Felicidades, amigo! Gracias por el aprendizaje. P. D.: Debes quitarte el traje que traes antes de usarlo".
Despegué la nota mirando a Arpo. —Creo que es un revestidor —le anuncié.
—¡Ah! ¡Debe estar calibrado entonces!
Miré la nota y dije apenado: —Dice que debo entrar sin el traje, pero… —lo miré— ¿debo quitarme el brazalete también?
—Sí, deberíamos —dijo caminando hacia mí—. Déjame ayudarte.
Toqueteaba mis brazaletes mientras yo lo admiraba frente a mí. —Seguramente el revestidor te adhiera unos nuevos.
—Gracias, Arpo —musité con mucha sinceridad y cierta ternura. Él había sido un pilar fuerte en mi proceso como autor; no era un asistente o un guía, fue mucho más. Lancé la Llamasintis al lecho.
Entonces, toda aquella piel tricolor se retrajo a mis brazaletes, que luego se abrieron dejándome en total desnudez. Intenté sentirme tranquilo, pues Arpo siempre estaba desnudo, aunque nuestras anatomías fueran un poco diferentes.
Arpo se quedó mirándome y yo intenté concentrarme. —Bueno… —tartamudeé—, es hora de entrar.
Así mismo fue: la esfera deslizó una puertilla hacia su interior pulcro, blanco luminoso, de estructura similar al interior de las geodas de amatistas. Sentí una especie de chorro líquido pero intangible entrelazándose sobre mi piel; se formaron los brazaletes justos, a la medida de mi muñeca y parte del antebrazo. Mi pecho se presionó ligeramente y sentí la adherencia del material a mi piel.
La puertilla se deslizó y surgí lento, sintiendo la elasticidad y el peso de la vestimenta. Se sentía compleja.
Arpo dio unos pasos hacia atrás detallándome. —Luces imponente —soltó para mi sorpresa; no era imponente como quería lucir.
Busqué aquel objeto flotante: me observo en el reflejo, en la superficie líquida del espejo que pulsa con un resplandor tenue.
El azul degradado de mi capa se extiende sobre mis hombros como un río nocturno, un flujo estrellado que envuelve mi espalda y desciende en oleadas suaves, como si el firmamento hubiese sido tejido para ser mi abrigo.
La pechera dorada se ajusta a mi torso con un peso solemne, con relieves que narran historias en su textura; caminos inscritos en su superficie, fragmentos de constelaciones incrustados en cada pliegue. Se extiende sobre mi pecho, mi espalda, mis hombros, como si fuera el escudo de mi existencia, un manifiesto del universo que he creado.
Mis botas y brazaletes laten con un fulgor interno, como si fuesen faros en la inmensidad. Mis manos se deslizan sobre el traje ajustado, una segunda piel de seda cósmica, donde la materia y la biotecnología se han fusionado con mi propia esencia.
Y en mi cabeza, una corona se ciñe entre mis sienes. No es un símbolo de realeza, sino de conexión. La estructura se entrelaza en la parte posterior de mi cráneo, con filamentos dorados que ascienden y se curvan en formas orgánicas, como si fueran enredaderas que han crecido dentro de mí. Dos puntos de luz resplandecen en las sienes, vibrando con una frecuencia que me hace sentir más que nunca parte de la inmensidad que me rodea.
Siento por fin que ya no soy un aprendiz. He creado. He dado forma a la luz y al tiempo. Me giré hacia Arpo. —Gracias… —ahogué las ganas de expresarle algo que no sabía qué era—. Eh, ¿me acompañas entonces a la cena?
—Claro.
Después de comer, conversamos sobre las formas de vida y, superficialmente, sobre el orden natural; parecía un intercambio de opiniones pero realmente repasábamos algunas normas del sistema de los Ancestrales.
Adriano me explicó que los Cooperadores llegaban solos a cada centro de consciencia; eran seres o autores de otros reinos con un nivel de consciencia elevado sobre el macrocosmos y la existencia. Muchos de ellos estaban en el proceso de convertirse en su versión suprema del multiverso: Autores Cósmicos. Conforme lo explicaba, parecía ser algo que conseguías al superar una serie de pruebas espirituales y requisitos cósmicos.
Arpo comió unos fluidos aceitosos con pequeñas esferas; parecía intentar disfrutar el momento. En un instante, Adriano se levantó de la mesa diciendo que había algo que quería hacer, aunque aún no sea el momento… Se dirigió a aquel ventanal y con señas activó las pantallas holográficas. —Recordemos a casa —sonrió mirándome.
Sonó aquella melodía casi cósmica y esa voz casi etérea; ya la había escuchado antes en otro idioma, pero ahora la entendía casi como si fuera mi lengua natal.
Adriano se desplazó lentamente como si bailara con un compañero invisible, cantando: —Perdidos en los momentos otra vez, atascados donde el camino no tiene fin —cantó en inglés, pero yo lo comprendí mejor que nunca.
Me quedé apreciando la voz de Aurora diciendo: “Manteniendo el pensamiento en nuestras mentes. Algún día la vida será amable. No estamos vivos, sobrevivimos cada vez. No estamos vivos, solo sueños en nuestras mentes. Estamos en casa”.
Entonces mi corazón abordó un mar de emociones. Volví a mirar a Adriano, descubriéndolo en los brazos de Celesfhio; prácticamente lo cargaba mientras bailaba con él, aunque no fuese un vals. Sonreí. La vida sigue. El sueño no ha muerto; estaba en él, viviéndolo.
Descubrí a Arpo apreciando a la pareja que bailaba y extendí mi mano invitándolo a bailar. Él pareció apenado en primer instante, si es que era eso posible. Miraba a Adriano y Celesfhio, y luego aceptó, posando su mano sobre mis hombros. Sujeté su cintura sonriendo.
—¿Qué sucede? —inquirió con voz baja mientras nos movíamos de un lado para otro.
—Es que siempre he considerado que no sé bailar —confesé un tanto avergonzado, pero Arpo siempre me ha generado confianza.
Él sonrió, me miró mientras seguíamos “bailando”. —Lo haces muy bien, caballero —soltó con cierta picardía.
Yo lo aprecié brevemente: era un ser increíble. —Gracias, Arpo… —me miró casi confundido—. Desde que llegué has sido un gran apoyo para mí, un gran amigo… no sabes lo mucho que significas para mí.
Él se quedó mirándome con una sonrisa, como si pensara. —Yo también te tengo mucha estima, Mónaco.
Después de ello, el momento había llegado; ya estábamos en la Nexus, justo en el sector cósmico donde plantaría mi universo, mi visión.
El viaje se sintió normal hasta que paramos. Abracé a Arpo fuertemente con emociones revueltas; quizás era la prominente soledad que me aguardaba desde ahora. —Promete venir a visitarme.
—Lo haré —respondió sonriendo y frotando mi hombrera dorada; igual lo sentía en mi piel.
Me despedí de Celesfhio, fue un saludo muy estándar, y finalmente me detuve junto a Adriano y la esfera cosmogónica que contenía mi creación.
—Cuánto has crecido, Mónaco —dijo con sus ojos apreciando cada parte de mí—. No en altura, claro, jajaja —sonreí con sus típicos impulsos nerviosos—. Pero eres un ser enorme. Gracias por todo lo que me has brindado.
—¿De qué hablas? —me sorprendieron sus palabras—. Eres un mentor para mí.
—Oh, no; un mentor no.
—Sí; cada conversación, cada frase, cada decisión que has tomado… me ha enseñado a cuestionarme… a crecer. —Lo miré esta vez con gratitud—. Gracias por la oportunidad.
Sus ojos brillaron y apretó los labios. Yo reaccioné abrazándolo fuerte, me abrazó también. —Te quiero mucho, amigo mío.
—Y yo a ti —respondió. Dediqué una última mirada hacia Arpo antes de tocar el simulador; sus paredes me absorbieron llevándome a su interior.
Las ventosas y fibras biotecnológicas se adhirieron a mi cuerpo al tiempo en que la voz sintética anunció: —Conexión neuro-nerviosa activada… conexión a ondas psíquicas y vibratorias activada.
Las pantallas encendieron; yo me sentía flotando en el espacio con aquella burbuja frente a mis ojos.
—El lanzamiento ha sido exitoso, asentando —dijo la voz de nuevo.
Entonces recordé todo lo vivido hasta ahora; respiré hondo y pausado, sintiendo no solo mi burbuja dimensional, sino la masa de materia viva en la que me encuentro flotando en el centro del plano de la creación. Cada partícula, cada onda, cada sensación… y entonces comencé a expandir:
Sentí a la esfera convertirse en luz, modelando aquella superficie montañosa de ríos y caudales que caían al vacío evaporándose y convirtiéndose en hielo y nubes en las zonas montañosas; un monumental domo se alza del suelo de metal con texturas y propiedades como la madera. Bajo los cimientos del oasis flotaba una pequeña isla con torres externas igual de vacías como el domo, pasillos y pasillos en espiral que no serán recorridos por siglos. Altas columnas griegas de color esmeralda, y este gran salón cóncavo y casi gótico romano. Las enredaderas de esmeralda iluminaban el suelo bajo de mí, resplandeciendo en mis párpados aún con los ojos cerrados; pero podía verlo todo.
Siento una chispa encender dentro de mí; es fuerte y pacífica, es inefable… casi la visualizo sobre mi cabeza y en mis ojos: dorada y con un fulgor morado. En los látigos que se desprenden desde mi interior, sé que ha llegado el momento de implantar mi visión, mis pensamientos.
Respiro profundo de nuevo, sintiendo cada parte del universo contenido en aquella burbuja que ahora brillaba frente a mí con aquel fulgor. Sentía su esencia, era amor. No permitiría que nada lo dañara.
Así y consciente, envié mi semilla al plano físico; como un rayo de luz dorada descendió a aquel reino. En mi mente pude verlo impactar en los mares de la existencia. Su onda expansiva era enérgica y vibrante. No se enterró en el cosmos, se abrió paso sutilmente incorporándose a la materia.
Pude sentir la burbuja romperse liberando la raíz central, y a su vez los universos laterales comenzando a existir en una especie de abanico energético, diluyendo las variaciones de mi semilla original hasta que perdían similitud. Brillaba entre la masa existencial, bamboleándose en la marea cósmica. Se iba enraizando, así como mi santuario se iba materializando, cada vez más sólido y tangible.
Habrán pasado cientos de años. Hice la vista hacia mi creación original después de descubrir los reinos alternativos de esta…
…y la humanidad había llegado… era muy similar a mi mundo; los paisajes de Ezequiel, por el contrario, superaban a los que yo había visto en la Tierra. Desde la altura en la que los observo, Ezequiel respira con una calma que no necesita ser impuesta.
Las sombras de los árboles no son barreras, sino puntos de reunión. Bajo sus ramas, cuerpos descansan en círculo, compartiendo el calor del día con palabras que no buscan confrontación, sino entendimiento.
La tierra no se divide, no se disputa. La veo abrirse bajo manos que la moldean sin violencia, siguiendo el pulso de la naturaleza. Las aguas no son presas, sino rutas abiertas; los ríos nunca quedan solitarios. Al anochecer, el reflejo de los astros se funde con las miradas de quienes los observan, como si recordaran que alguna vez fueron solo polvo flotando en la inmensidad.
Las construcciones no dominan el paisaje. Son extensiones del suelo, de la piedra, de la madera, tan naturales que parecen haber crecido junto a ellos. No hay señales de miedo ni fortificaciones contra lo que no existe aquí: odio, crimen, guerra.
El fuego no es arma ni advertencia en esta versión de la humanidad. Danza en medio de ellos, sus llamas reflejan historias que se cuentan con manos en movimiento, con voces que fluyen como el viento.
Desde las alturas, los veo alzar el rostro hacia el cielo, no con temor, sino con un susurro de reconocimiento. Como si supieran, sin necesidad de palabras, que la luz que brilla sobre ellos también vive dentro de cada uno.
No los guío, no los corrijo. Solo los observo desde que comenzaron a civilizarse. Y por primera vez desde que desperté, siento que esto es lo que debía ser. Este… es solo el amanecer.
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Editado: 12.03.2026