Revolución Cósmica I - La Visión Mónaca

La Consciencia del Mal

La consciencia del mal

Desde la altura en la que los observo, Ezequiel sigue su curso sin interrupción.
El primer siglo ha transcurrido bajo los principios que sembré en su esencia: cooperación, respeto por la vida, equilibrio. La humanidad aquí no conoce la
guerra ni la competencia por territorio, porque el mundo no ha sido dividido, solo habitado.
Pero no he permanecido solo en la distancia. Descendí entre ellos tomando forma humana, caminando por los senderos que han trazado con sus manos y sus pasos. Me senté a compartir su fuego y les hablé, no de lo que existe más allá de este mundo, sino de lo que los rodea, de la importancia del equilibrio en su entorno y de cómo la cooperación es la base de toda existencia.
Cada ser en esta tierra ha encontrado su propósito. No existe el trabajo impuesto, solo la vocación nacida de su propia esencia. Los artistas tallan la madera, pintan con los pigmentos que extraen de las raíces y las flores; sus manos traducen la inmensidad del cosmos en formas y colores. Los hacedores de hogares construyen sin destruir; las piedras que recogen no alteran el paisaje, sino que lo complementan. Los cazadores y recolectores exploran con respeto, sabiendo que cada alimento que recogen es una extensión de la vida que los nutre. Los cuidadores observan a quienes envejecen, a quienes nacen, a quienes necesitan un refugio en los días de tormenta.
Cada amanecer, los ríos reflejan su luz sobre los rostros de quienes despiertan antes que el sol. La comunidad se mueve sin prisas, sus pies descalzos recorren los caminos de tierra mientras intercambian alimentos, semillas y herramientas sin necesidad de un sistema de valor. Aquí, el trabajo no se mide en ganancia, sino en utilidad.
Las extensiones de tierra no tienen dueño. Al sur, los grandes cultivos de frutos energéticos crecen no por órdenes, sino por necesidad compartida. Las lluvias son recibidas como eventos sagrados, pues saben que cada gota es una promesa de continuidad, no un recurso a explotar.
El fuego no ha sido usado para la destrucción, solo para iluminar. Al anochecer, los fuegos se encienden en círculos abiertos y, alrededor de ellos, las historias de los ancestros se transmiten sin libros ni escrituras, solo con palabras y memoria.
Durante el día, algunos se internan en los bosques para estudiar el flujo de las raíces profundas que atraviesan la tierra. Han descubierto que los árboles se comunican entre sí, enviando señales químicas a través de la humedad del suelo. No lo consideran un fenómeno, sino una enseñanza. El mundo que habitan no es una colección de cosas inertes, sino un organismo vivo.
Pero no todo ha sido sencillo. Ha habido momentos donde el viento ha cambiado su curso y las sequías han puesto a prueba su resiliencia. En esos días, las comunidades se han desplazado juntas, como si fueran un solo cuerpo que entiende que, en movimiento, la vida sigue.
Desde donde los observo, puedo sentir que la humanidad en Ezequiel no solo ha sobrevivido, sino que ha prosperado; no por miedo ni por imposición, sino porque han entendido que su existencia no depende de la lucha, sino de la unión.
Han pasado cien años. La Edad de la Unión no ha sido una utopía; ha sido un mundo que respira en sincronía con quienes lo habitan.
Y, Este, es solo el comienzo. Abrí los ojos, y posé los pies en el suelo después de mucho tiempo; estaba tambaleante.
Rodeé mi gran salón con la vista por primera vez. Era amplio, su centro parecía una especie de timón con un símbolo similar al grifo astrológico de Libra. Rodeé aquella enorme sala deshabitada: columnas esmeralda, mesas y sillas oblicuas.
Di un par de pasos preguntándome: ¿cómo atendería todo yo solo? Súbitamente, se escuchó un ruido fibroso que me permitió descubrir la pared junto al ventanal cambiando a ser el monitor lleno de datos y sistemas.
Todo parecía responder a mis necesidades, similar a la torre con Adriano.
Recorrí el enorme terreno de los alrededores; todo estaba vivo, plantas tipo helecho que parecían seguir mi movimiento como si me sintieran andar entre ellas. En los riachuelos surgían enormes criaturas rosadas del tamaño de un gato, con facciones similares a los ajolotes, ronroneando ante mis caricias.
Pero al volver al gran salón, notaba mi soledad. Era un vigilante, un observador, un creador solitario en muros de existencia.
Jabivi seguía evolucionando como un planeta en esencia nativo: las criaturas con mayor consciencia eran semihumanas, con un trozo posterior similar a los caballos pero de piel comparable a la de los elefantes, aunque coloridas. Otras especies que parecieran fusiones naturales surgieron, siguiendo un tipo de evolución más primitiva pero espiritual. Mientras que en Ezequiel, algunos humanos comenzaban a verse preocupantemente influenciados por la codicia.
Una tribu familiar había surgido, uniendo sus fuerzas, unieron espacios para tomar control de lo que se producía en gran parte de aquel valle. —Los Fieldes —mascullé, reconociendo a aquella familia. Consideraban que su trabajo y productos merecían mayor reconocimiento. Me preocupaba que esta creencia se propagara; sentí el impulso de intervenir pero lo dejé continuar, pues aquella voz en mi interior me lo exigía: “Confiar en el flujo de las cosas”.
Pronto llegó la primera nave de refuerzo. Un grupo de cooperadores, ingenieros e intérpretes; eran apenas 21 sujetos: 15 biomecánicos de la especie bioferonitas y cinco de distintas formas de vida. Dos de los otros parecían ser de especie acuática; uno daba el aspecto de calamar con cabeza de pez encerrado en aquel traje.
Lo primero que hice fue preguntarle si estaba cómodo en esa cosa, así que habilité un sistema de vías y oficinas que operaría mediante sistemas acuáticos que permitieran la comunicación en todo momento.
Los otros tres eran skalianos: figuras semihumanoides, encorvadas y de piel azulada, con astas blandas en sus cabezas y cejas. Y por ultimo, una safriana llamada Brina; ella parecía ser una mujer gato con cuerpo humano, aunque sin orejas puntiagudas.
Ezequiel ya no es el mismo mundo que sembré en el amanecer.
Los primeros siglos transcurrieron como lo había imaginado: un espacio donde la humanidad se movía en equilibrio, donde el concepto de poder nunca había sido necesario. Pero ahora, el tejido comienza a desgarrarse.
Al principio fue sutil. Pequeñas facciones empezaron a cuestionar el sistema Mónaco; ya no veían en la cooperación el único camino, sino que comenzaban a preguntarse qué significaba la autonomía, el liderazgo, la identidad individual más allá de la comunidad.
Las primeras tensiones fueron gestos imperceptibles: debates en los círculos de fuego nocturnos, intercambios de palabras entre los líderes de los asentamientos más alejados. Algunos querían definir territorios, otros exigían que ciertas decisiones tuvieran una voz dominante.
La familia Fieldes fue la primera en llevar estas ideas más allá de la conversación. No buscaban destrucción, no querían guerra. Querían estructuras. Jerarquías. Límites. Levantaron símbolos sobre la tierra, marcaron regiones con nombres propios, comenzaron a reunir seguidores que creían que el mundo necesitaba reglas nuevas.
Pero el espíritu Mónaco no se ha extinguido. Muchos aún creen en la colaboración, en la armonía sin imposición.
Las aguas siguen reflejando los rostros de quienes despiertan con el sol, los artistas aún crean sin restricciones, los cuidadores aún velan por los suyos sin distinción de origen. Observo desde las alturas, pero también camino entre ellos. Algunos todavía escuchan mis palabras, aunque otros ya han comenzado a cuestionarlas. Mi presencia no es una ley, mi voz ya no es incuestionable aunque solo me les presentara como un erudito más de sus tribus.
La fragmentación es un fenómeno que no puedo detener. Este, era el comienzo del cambio.
Ezequiel seguía en pie, pero su curso ya no es el mismo. Miraba los tableros junto a mi primera vigía (Brina).
—Se están desviando, Brina —reconocí con preocupación, mirando a la pantalla y frotando la barba que cubría parcialmente mi mentón como un manto.
—Señor, aún hay opciones para pequeños cambios —comentó junto a mí; Brina ha demostrado afecto por la visión de mi creación.
—Los resultados son imprecisos—respondí, mirando la fórmula primaria aplicada en la pantalla—. No quiero hacer algo que los perjudique peor.
—¿Quizás quitarle los bienes a los Fieldes? —sugirió. Yo le dediqué una mirada—. Quitándoles el poder, es poco lo que lograrán hacer a favor del movimiento de fragmentación.
—Debe haber una mejor manera —sacudí la cabeza. Alguien con más malicia quizás lo hiciera, o quizás encontraría la manera de aprovechar el problema como ventaja. Quizás alguien como el señor Mostaza; hace eones que no sé de él. Quizás él pueda asesorarme.
Le pedí a los cooperadores que me comunicaran con el centro de consciencia del sujeto, pero no había conexión. —¡Seguro es por la distancia dimensional! —comenté a la bioferonita que operaba el centro de comunicaciones—. Amplifique el rango, esta vez no importa si es o no rastreable.
Había estado enviando toda la información de mi centro en una señal protegida; no me sentía seguro ni siquiera aquí. Aunque tampoco estaba intranquilo, solo era por protección.
—Señor, la señal indica que hay un vacío… no hay punto de recepción —anunció la biomecánica llamada Mei.
Vigilé la pantalla en silencio, recordando aquel viaje al santuario de Alestork Vumk.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. De inmediato, me comuniqué con los ingenieros, asegurándome de que alguna nave esté disponible y funcional para transportarme a otro centro de consciencia.
—La nave disponible es meramente para transportes ligeros; quizás usted y un par de Resguardos —dijo Darkla, la biomecánica ingeniera en el hangar.
—No tenemos Resguardos —musité con desaliento.
Ella me miró, y luego ambos contemplamos aquella pequeña nave con arquitectura parecida a un chinche verde metalizado con tallos dorados. —Las actualizaciones para armas no han llegado; los disparadores de ondas de alta frecuencia son útiles, pero no efectivos para ir a ese lugar. —Mei estaba junto a mí y me dedicó una mirada.
—Ya te he hablado de él. Quizás no somos amigos, pero estuvimos juntos mientras nos enseñaban a ser autores… Quizás él esté un poco disociado, pero creo que es bueno en el fondo —respondí ante el comentario.
—Bueno, el señor Mostaza suena como alguien peligroso —insistió Mei—. Y si tiene los sistemas de comunicación bloqueados, podría atacar a la nave.
—Eso sí es probable —respondí. Finalmente no me quedó otra opción—. Tendré que visitar a Adriano y solicitar de su apoyo.
—Adriano tiene renombre entre los autores, y es mucho menos peligroso —respondió Mei mientras echaba un vistazo a sus otros tres compañeros de oficio.
—Sí, pero quería evitarme un sermón —respondí sinceramente mientras buscaba alternativas sin resultado. Ella sonrió—. ¿Te gustaría venir? Le diré a la vigía Brina que nos acompañe.
Partimos con solo cuatro cooperadores simulando ser resguardos: Mei, Titum y yo. Tan pronto como nos acercábamos, mis ojos se posaron en el Axis Eternum, justo detrás de la torre de Adriano. Su oasis, era casi una visión mágica.
Apenas aterrizamos en el hangar, sentí que tenía miles de eras sin regresar al lugar. Había rostros nuevos entre los ingenieros; mi corazón esperaba ver el rostro de Arpo por ahí.
Nos recibió lo que creí que era una cooperadora, su nombre era Selicia: una especie de humanoide pálida y lampiña. Era tan blanca que parecía leche solidificada. Los músculos donde deberían estar sus cejas eran pronunciados y su mirada estaba tintada de un resplandor púrpura. Su túnica negra brillante y pechera de hombros altos dorada la hacían destacar entre los otros cooperadores que, más que acompañarla, parecían escoltarla.
La mujer se presentó en su lengua. Con diplomacia cuestionó los motivos de mi viaje; sencillamente dije que venía a consultar con el autor de la torre unos asuntos que estaban preocupándome en mi universo. Me intrigó su forma de reaccionar, meditativa y medida.
Luego asignó a un bioferonita a que nos guiara con Adriano. Nos bajamos del deslizador dorado de amplia capacidad en aquel pasillo largo y blanco. Aún estaba el mismo sujeto en el escritorio antes de la puerta.
—Hola… ¿puedo preguntarte algo? —le hablé al guía y este volvió la mira hacia mí.
—Sé que la torre es enorme, pero… —estaba algo nervioso; Mei estaba observándome—... tú, por casualidad, ¿conoces a Arpo? —susurré.
—¿Arpo? —preguntó arqueando lo que serían sus cejas, pero me di cuenta de que ya estábamos cruzando la enorme puerta de madera entrando al gran salón de Adriano. Las sillas puntiagudas y negras, la enorme mesa redonda reluciente, el ventanal panorámico hacia el cosmos; todo estaba allí.
—¡Mónaco! —bramó Adriano surgiendo de una esquina, reluciente y enérgico como siempre. Yo bajé los escalones sonriendo y caminé hacia él hasta que nos abrazamos fuerte.
—Mi estimado Adriano —palmeé su espalda. Él me sujetó de los hombros y estrujó los músculos de mis brazos.
—Ha pasado mucho desde que nos vimos la última vez —sus ojos brillaban—. ¿Por qué no me habías visitado?
—Temía que me dieras algún sermón —respondí con humor mientras sujetaba su cintura. Él soltó una carcajada y palmeó mis mejillas con un cariño rústico que solo su energía le podía exigir que diera.
—¡Igual te sermonearé seguramente! —respondió carcajeando de nuevo. Rodeó mis hombros con uno de sus brazos—. ¿Qué te trae por aquí, mi querido amigo? —inquirió sonriente y entusiasta, guiándome al centro del gran salón a pasos lentos.
Yo intentaba ordenar mis palabras conscientemente: —... Tengo algunos asuntos con la raza humana que he creado, algunas cosas… Quisiera saber qué me aconsejas para esto… La humanidad se está desviando de mi visión… —comenté al fin y devolví mis ojos a los que estaban en la entrada del salón, incluyendo a los cooperadores de mi torre.
Adriano lo notó enseguida—. Aparte de eso, intenté comunicarme con la torre del señor Mostaza —bajé el tono de mi voz—. No hubo comunicación.
—¿No? —clavó sus ojos en los míos.
—Mis cooperadores intentaron establecer comunicación amplificando el rango… y no detectaron nada en donde debería estar el centro de control de Mostaza —modulé cada palabra intentando hacerle entender mi preocupación.
Adriano me miró analítico, y luego a los que estaban en la puerta.
—Dix… acompaña a los cooperadores del autor Mónaco por las instalaciones, que conozcan el lugar —dijo de pronto regresando hacia ellos. Yo me quedé de espaldas con la vista hacia el ventanal—. Llévalos al centro de abastecimiento… ¡Ah! Y, Dix… pídele a Psi que venga con su equipo, por favor.
—Con mucho gusto, señor.
Me giré hacia él apenas nos quedamos solos. Adriano miró hacia la puerta con una mirada extraña: súbitamente esta comenzó a zumbar como por ondas magnéticas. Yo vigilé a Adriano intrigado; los nervios me hicieron sujetar el mango de la Llamasintis instintivamente, pero con disimulo.
—Me da curiosidad, Mónaco… —soltó llegando a las pantallas de luz flotantes; parecía buscar entre los cuadrantes del reino de la creación—. ¿Qué te impulsó a buscar a Mostaza? —Volteó a mirarme.
Yo vigilé algunas escenas de guerra que quedaron por detrás de una tabla gráfica con la fórmula primaria, mientras meditaba sobre mi respuesta: —... Solo quería consultar con Mostaza.
Adriano se detuvo y me miró arqueando una ceja. —¿Consultar sobre…? ¿Lo que pasaba en tu universo? —preguntó después de unos segundos. Él pareció interpretar mis gestos y silencio, y continuó en lo suyo—. Bueno —musitó casi resoplando—. Debo ponerte al día… Hace algunas eras, uno de los mundos alternos a la semilla original de Mostaza mostró una alerta… La información la filtré desde las señales de su santuario.
—¿Una alerta? —cuestioné enseguida.
—Sí, una actividad inusual… ¡muy inusual! —acentuó y me mostró las gráficas—. Una fuerza no calculada ni prevista fue utilizada en ese reino. ¿Puedes adivinar a cuál se parece? —me dedicó un gesto.
Yo observé las fórmulas repentinamente agregadas, reconociéndolas: —Parecen tener las mismas características del
ataque al santuario Alestork Vumk. —Lo miré esperando que me aclarara—. ¿Qué significa? ¿Mostaza es responsable del ataque al centro de Alestork? —pregunté preocupado.
—Aunque suena probable, no lo he verificado… —respondió cuando un pitido en el fondo de la sala nos interrumpió—. No te preocupes; es el equipo especial —anunció acercándose a aquella esquina oscura de donde emergió a mi llegada. Una cápsula surgió del suelo con varias pústulas luminosas y de su interior luminoso surgieron Psi y otros ingenieros de distintas especies; eran unos ocho cooperadores en total.
—Psi —saludé sonriente. Ella devolvió el gesto.
—Señor Mónaco.
—Luces muy bien —le reconocí con aquel traje que denotaba rango en distintas áreas.
—Lo mismo digo.
—Psi… muéstrale a Mónaco lo que averiguamos —pidió Adriano.
—Claro —dijo accionando la materialización de un tablero en la pared biotecnológica. Ajustándolo hábilmente, realizó un cuadro comparativo extrayendo los datos obtenidos—. Las muestras que tomamos en el centro de consciencia de Alestork Vumk son muy similares a la energía registrada en el universo alterno que limita con las líneas alternativas del señor Mónaco —explicó, y yo miré hacia Adriano inmediatamente.
—Antes de que preguntes, sí: tu universo limita con el de el señor Mostaza. Una de las últimas variaciones es compatible con el universo de Mostaza que registró esta fuerza —respondió Adriano.
—Entonces su centro de consciencia no debe estar muy lejos del mío —concluí mirando la pantalla—. Lo que haya ocurrido en ese universo puede generar una variación en mi universo que limita con Mostaza, ¿no es así? —Lo miré atentamente evaluando sus expresiones.
—Exactamente… ese universo se aleja de tu universo original y comienza a conectar con este universo de Mostaza teniendo más similitudes… esto se traduce a un evento paralelo para tu universo costero —dijo muy serio.
Algo ardió dentro de mí. —¿Qué mierdas está haciendo Mostaza? —gruñí. Adriano hizo un extraño gesto; parecía ocultarme algo—. ¿Algo más que deba saber? —Lo confronté impulsivamente.
Adriano puso su mirada sobre mí, como si estuviese sorprendido.
—Adriano, necesito saber si hay algo más que represente un peligro para mis universos —dije intentando mantener la compostura aunque mis entrañas ardían.
—... Entiendo —asintió bajando la mirada levemente; parecía pensativo—. Hay mucho por contarte… Sin embargo, creo que lo mejor que podemos hacer es ir a echar un vistazo al santuario de Mostaza y confrontarlo. Te terminaré de poner al día durante el viaje, si no te molesta.
Yo lo vigilé por unos segundos. Adriano y sus juegos mentales me ponían tenso, sobre todo con todo el asunto del Ofaním y los autores enloquecidos.
—Está bien —dije al fin. Él se relajó y dio órdenes a Psi para preparar todo, como aquella vez que fuimos donde Alestork.
De pronto miré a mi alrededor: no todo era igual. —¿Dónde está Arpo? —pregunté recordándolo.
Adriano me observó como si insinuara algo, pero terminó respondiendo: —Arpo… está en una misión con Celesfhio…visitan al autor Ziskly del cuadrante Mayhem.
—¿Mayhem? Es uno de los cuadrantes con creaciones más peligrosas… uno de mis cooperadores viene de un planeta de superficie acuática de los autores del sector —respondí intentando no delatar mi preocupación por mi amigo bioferonita—. ¿Qué tipo de misión es? —cuestioné mientras Adriano y yo nos sentamos junto a la mesa redonda.
—Reconocimiento… —respondió en voz moderada. Yo lo observé sin comprender del todo—. Ziskly solicitó apoyo por unos valores imprevistos en sus mundos; poco después, Celesfhio descubrió que al parecer alguien está viajando entre ellos. Algunas cosas puede que hayan sido robadas… por eso están allá… Celesfhio planea ofrecer su apoyo y así poder descubrir si Ziskly es… un posible aliado —completó. Podía sentir su incomodidad al hablar de ello en la torre.
—¿Él sabe sobre el Ofaním? —susurré preocupado.
—No, aún no. Celesfhio quiere estudiar al sujeto para evaluar su nivel de lealtad a los ancestrales. Arpo se ha vuelto muy bueno con ello. —Aquellas palabras me hicieron preguntarme: ¿cuánto habrá cambiado Arpo en todo este tiempo?
Poco después de aquella conversación, partimos con el equipo especial de Psi en la colosal Nexus. En la cabina principal íbamos Psi, Adriano y yo. Él me contaba ahora con más confianza: —... Más allá de valores no calculados en distintos universos, hay algo más… —Yo lo escuchaba atentamente después de haberme explicado que alguien parecía estar robando tecnología, recursos e incluso individuos de distintos mundos. Me preguntaba qué podría empeorar—. Algunas eras atrás, el señor Mostaza vino a mí… estaba algo… bueno, estaba muy drogado… y tuvo una plática conmigo —dijo mientras tomaba asiento frente a mí. Algo me hacía sentirlo extraño; algo que no había sentido en él—. Me dijo que ya tenía claro… por qué yo lo había elegido… Je, me dio pena explicarle que yo no di mi voto por él, sino por ti y por Ay… —Yo lo observé. Sonreía nerviosamente—. Y él, lucía muy lúgubre, como siempre… De pronto, me dijo que estaba listo para asumir su papel con el asunto del Ofaním.
—¿Qué quiso decir con eso? —pregunté inmediatamente. Sentí un terrible escalofrío.
—No lo sé. Estaba hablando sobre el equilibrio del bien y el mal… aunque… —miró a Psi tras él—. Parecía que hablaba solo… sus ojos lucían extraños, incluso su piel se veía… consumida —contó mirando el gesto de su mano como si se perdiera en sus pensamientos a través de ella.
—Sí, lo de sus ojos lo notamos cuando ya se iba, pero Gina… —participó Psi de pronto. Yo posé mis ojos en Psi—. La bioferonita estaba extraña, sus ojos eran rojos también… su actitud era fría; distinta al tiempo que la conocí.
—¿Ojos rojos? —recordé un par de visiones en el cosmogónico.
—Los bioferonitas usualmente tienen pupilas azules, grises, verdes, amarillas incluso… pero jamás hemos visto ojos rojos… y menos en su totalidad —agregó Adriano, atrapando mi atención hacia él nuevamente.
—Significa algo malo, ¿no?
—... Intentamos preguntar y averiguar de alguna manera, pero no fue posible. Ambos actuaban extraño —dijo Psi de nuevo con seriedad en su rostro metálico y reluciente.
Me quedé pensativo. El entorno comenzaba a tornarse pesado. —¿Qué quería él? —Alcé la vista hacia ellos mientras algo comenzaba a inquietarme.
—... Quería ayudar, según él… —tartamudeó como si comenzara a darse cuenta de algo; su mirada lo hacía ver así—. Dijo que estaba dispuesto a ayudarme con el asunto de los autores que guardaba en el núcleo de mi torre.
—¿Ayudarte? ¿cómo?
—Viste a Selicia: quien te recibió viene de parte de los Testigos, nuestros superiores —explicó, mientras yo recordé su actitud cuando llegué al centro de consciencia de Adriano—. Su presencia en mi torre me hace pensar o que sospechan algo de mí, o…que algo más está sucediendo.
—¿Los Testigos son autores, cierto? —Adriano negó con la cabeza.
—Ellos viajan a través de la luz… contemplando distintos puntos de la creación y los ancestrales se comunican con ellos… Ellos son seres multidimensionales.
Todo se volvía más inquietante—Superiores a todos nosotros los autores —explicó, abrumándome un poco lo que decía—. Pero creo que podemos… se puede… —tartamudeó como si lo formulara en su mente, pero terminó diciendo—: ... Mejor debo consultarlo más a fondo, pero luego.
—¿Qué cosa, Adriano? —repliqué, y el tablero luminoso hizo un ruido silbante. Psi se acercó a la pantalla seguida por Adriano.
Mientras, yo instintivamente posé los ojos en el ventanal encontrándolo: era casi imperceptible, pero tenía un destello que lo revelaba.
—Eso es… —decía Adriano leyendo las gráficas.
—Sí —le interrumpí confirmándole mientras yo lo contemplaba con mis propios ojos.
Desde la cabina de la Nexus, el agujero de gusano se extiende más allá de la visión, su silueta deformando la luz como una garganta cósmica sin fin. Sus bordes fluctúan, pulsando con energía indescifrable, mientras ráfagas de materia son engullidas sin resistencia. Desde aquí, se siente más que una anomalía: es una fractura en el orden, una distorsión que el universo parece resistirse a aceptar…
De pronto siento aquel ardor en el interior de mi ser y percibo recuerdos, recuerdos de millones de otros seres ajenos a mí. Así se sentía: Tan ajenos… De hecho, escuchaba sus cánticos hacia sus creadores; sus propios creadores pasaban por mi mente como una película proyectada por donde era arrastrado.
Reaccioné mirando a un lado intentando desconectarme de aquello y vi a Psi; analizaba los registros de gravedad, su piel biomecánica reflejando los destellos del vórtice en la pantalla de datos. Adriano permanecía en silencio, pero su mirada calculadora sugiere que ya está formulando preguntas que aún no me atrevo a hacer.
De nuevo mi mente es arrastrada mientras respiro rápidamente; siento todo aquel cosmos de nuevo…
Era un reflejo; no, era un eco de un universo más antiguo que los existentes. —Adriano… —tartamudeé distinguiendo cinco símbolos luminosos de un azul verdoso—. No son símbolos… son sus ojos —reconocí.
Este no es solo un acceso… es un umbral hacia algo que tal vez no deberíamos cruzar.
—¿De qué hablas? —dijo Adriano. Cuando alcé la mirada hacia él, estaba de nuevo en la Nexus. Volteé a mirar hacia el lugar y nos estábamos acercando hacia él. La nave se quedó a la distancia.
—Adriano, esto no se siente bien. Algo me dice que este lugar es peligroso —dije contemplando el agujero de gusano. Lo creía imposible en este plano de la existencia.
—Ahí, es donde debería estar el centro de consciencia del señor Mostaza —avisó Psi.—Ni siquiera hay rastro de él.
—Pudo haber sido arrastrada por la anomalía —teorizó Adriano.
—Quizás Mostaza no era quien estaba detrás de todo esto —comenté, aunque era más un deseo que una certeza.
—¿La Nexus puede detectar desde aquí alguna señal del señor Mostaza o su centro de consciencia? —consultó Adriano con Psi, que inmediatamente se puso en marcha y respondió: —Sí, estamos en camino a la cuenta T menos 40 segundos. —Giró el rostro hacia nosotros haciendo un ligero pitido—. Todos deberíamos tomar asiento.
Obedecimos. Aunque la Nexus era una nave dimensional, esto parecía llevar algo que quizás no debería estar conectado directamente con nosotros.
Entonces hubo destellos al tiempo en que Psi dijo: —¡Aquí vamos!
De la nada, flotábamos impulsados sobre un río de fragmentos de meteoros; parecía el espacio abierto en el plano físico. Las energías se sentían distintas. —La nave está siguiendo las coordenadas, parece que estamos cerca.
Las pústulas luminosas de la nave titilaron chisporroteando; nosotros mirábamos alrededor preocupados por la nave. Todo se calmó y al volver la mirada al ventanal, ahí estaba: un reino de torres de púas negras que levitaban sin explicación, paredes metálicas negras que parecían respirar, con venas de ríos de lava ardiente que ignoraban la gravedad.
Su Isla cósmica estaba fragmentada; la mitad parecía haber sido devorado por parásitos antimateria, las torres estaban en miles de pedazos más, con algunas venas negras que esperaban, como si convirtieran el castillo en polvo que luego expulsaban al espacio.
—Mostaza —mascullé preocupado—. Debemos apurarnos. Podría estar vivo aún.
Sobre aquel oasis, los resguardos nos protegían bajando la plataforma de la Nexus; había algo parecido al temor mientras contemplábamos partículas de materia flotando, como costras de piel muerta bailando en el viento. El suelo bajo nuestros pies dejaba una huella de energía en cada paso: el lugar no estaba del todo muerto. Incluso se escuchaban algunos grujidos y silbidos entre las rocas. Uno de los resguardos apuntó nervioso a un pedazo de tierra congelada flotando sobre nosotros.
—¡Adelante! —ordenó Adriano y después susurró—: ... Algo no me gusta de todo esto.
Finalmente llegamos a un diamante negro gigante sobre la tierra. Psi despertó la pieza abriendo las puertas que nos llevarían a la torre central que aún levitaba. Cuando se abrieron las puertas, nos encontramos en aquel oscuro santuario. Parecía un poco gótico con sus estructuras doradas y negras de suelos rojos. Había pequeños rastros de destrucción, arrastre y saqueo.
—¿Mostaza tenía muchos colaboradores? —pregunté mientras recorríamos lo que parecía ser su gran salón. El tablero de su cosmogónico no parecía estar a la vista.
—Sí, ya tendría aproximadamente 342 cooperadores —dijo Psi mientras vigilaba a los que revisaban los rincones para asegurar el salón—. Liberaremos las sondas y les avisaré —se dirigió a los resguardos.
Yo regresé mi rostro hacia Adriano y este parecía analizarme. —¿Qué? —pregunté incómodo.
—¿Hay...? —tartamudeó dudoso.
—¿Qué? ¿Qué estás pensando? —lo apresuré notando aquel típico semblante de que se planteaba todo analíticamente—. Habla de una vez.
—¿Ves algo aquí? —preguntó, dejándome un poco abrumado. Yo me quedé sin palabras, pero efectivamente sentía que algo había sucedido en este lugar, casi como en el centro de Alestork—…Aquella vez… —musitó bajando la voz.
—Sí. Hay algunas cosas… —lo interrumpí antes de que perdiera el tiempo. Miré a nuestro alrededor con una extraña sensación de que estábamos siendo observados—. Pero no es igual de intenso… Creo que es posible que… Mostaza se encuentre con vida… —Lo miré directamente a los ojos; tenía una corazonada—. Trae a Psi y a un par de resguardos de confianza con nosotros.
Entonces, después de analizarme con sus ojos, como siempre, hizo su parte y continuamos. Algo me decía que el señor Mostaza permanecía vivo. Quizás no lo conocía demasiado, pero sí entendía su ser de alguna forma: él era caos, oscuridad pura luchando por coexistir entre la luz y la oscuridad. Como la oscuridad que no entiende su naturaleza y que no es mala, sino necesaria.
—Este lugar parece un templo de las fuerzas místicas oscuras —soltó Psi mientras recorríamos las escaleras en espiral hacia la diadema de la torre.
—Mostaza es practicante de las artes ocultas de alto poder… —respondí aún guiándolos sin saber a dónde iba—. Me lo dijo alguna vez… Si mi comprensión no me falla, recuerdo ver runas planetarias en su… —me detuve comprendiendo lo que estaba por decir: “en su garganta”. ¿Realmente las había visto? Ese recuerdo no estaba en mi cabeza hasta ahora.
—¿En su qué? —curioseó Adriano siguiéndome los pasos de cerca.
Yo, primero hice la vista hacia los cinco resguardos que venían con nosotros tres: estaban al tanto de los alrededores, como fieles guardianes. Finalmente miré a Adriano mintiendo: —En las chapas de su gabardina.
De pronto llegamos a lo que parecía brotar de la pared como la imagen de un enorme leviatán sobre la puerta oblicua. —¡Debe ser aquí! —concluí con aquel sentimiento en el pecho—. Si Mostaza estaba intentando ayudar a los autores fallidos, deberá tener un lugar donde trabajar en ello. Él se siente un hombre listo; él es un sujeto que asocia su lógica a la verdad absoluta aunque dude de sí mismo, paradójicamente… —resoplé. Psi comprendió el gesto cuando me detuve frente a la puerta, así que se puso en marcha para abrir la entrada que estaba bloqueada—. Aquí debe tener su pensador, laboratorio, taller… lo que sea que haya intentado hacer estará aquí arriba, no abajo.
—Quizás él no esté aquí —musitó Adriano mientras yo observaba a Psi intentando establecer comunicación entre su brazalete de tecnología del Axis con la parte que yacía en el núcleo profundo del centro de consciencia del señor Mostaza.
De pronto sentí una extraña sensación en mi pecho; de inmediato pensé en Ezequiel, mi versión del planeta Tierra, mi raza humana, pero no quería sobreponerme a nada sin estar seguro. Me costaba respirar aunque no sentía dolor. Era como un tipo de angustia.
—¿Estás bien? —me preguntó Adriano apoyándome, como si evitara que me desplome.
—Sí, solo tuve una impresión —respondí volviendo la mirada a la entrada, justo cuando Psi había logrado abrir la puerta. Lucía como un túnel oscuro hacia un lugar rojizo y chispeante.
Psi me dedicó una mirada y comprendí que debíamos continuar. Tras recorrer aquel túnel de oscuridad llegamos a aquella cúpula de inventiva del terror.
Aquel sitio a medio destruir daba toda la impresión de la peor versión del laboratorio de Víctor Frankenstein, con estrepitosas e indescriptibles máquinas y artilugios entre los escombros caídos del hueco en el techo de la cúpula de venas negras palpitantes. Estaba oscuro y las máquinas chispeaban una corriente escarlata como si estuviesen expuestas a un campo energético.
—Cuidado —dijo Psi cuando comencé a bajar los escalones al lugar. Los rincones estaban oscuros. Aún se sentía una presencia en aquel sitio.
Adriano y los demás seguían mis pasos, yo seguía los de Psi y sus dos acompañantes. Los resguardos apuntaban al corredor superior que circunrodeaba todo el laboratorio. —... Son unos motores de absorción de algún tipo de materia… —señaló Adriano unas válvulas que brotaban de aquella pila biotecnológica—. Estas máquinas son, aberrantes… todas parecen ser invenciones para la macrodestrucción.
Una escalofriante y retorcida carcajada nos detuvo en aquellas escalas de espiral. —¿Acaso eres tú, Dios? —se escuchó la voz de Mostaza como si estuviera eufórico—. ¿O debería decir… Satanás? —gruñó intrépidamente mientras Adriano y yo intercambiamos miradas.
—¿Has regresado a terminar lo que empezaste? —se escuchó que luego escupió.
Yo continué bajando a pasos lentos mientras su figura aparecía en el fondo de aquel piso. Parece que le habían desmembrado un brazo; lo que quedó de él estaba carbonizado. Sus otras extremidades estaban cautivas en pilas que lo maniataban a la pared por la fuerza magnética de los pilares que lo ladeaban.
—¡Ah! —cantoneó dibujando una sonrisa maquiavélica en su rostro destellante. Yo caminaba cautelosamente hacia él—. Aquí está el supuesto Dios.
—Nadie aquí es un Dios… señor Mostaza.
Adriano, Psi y los cinco resguardos se unieron a mí frente a él.
—y…¿A qué crees que estás jugando ser? —cuestionó como si fuera un chiste.
—Aquí había algo más, parece que faltan algunos equipos —dijo Psi; estaba revisando la planta con otros dos resguardos.
—Claro… ya vino por ellas… ¿no las vieron? —balbuceó Mostaza.
—¿Quién vino por ellas? —preguntó Adriano—. ¿Qué son estas máquinas? —preguntó de nuevo acercándose.
Mostaza se sacudió gruñendo como si intentara llegar a Adriano y cayendo de rodillas en el piso; las baterías en sus extremidades zumbaban tratando de reposicionarlo en su encarcelamiento. —¡NO TE HAGAS EL LOCO, DEMONIO! —gritó enfurecido y finalmente fue arrastrado hacia la pared con fuerza y abruptamente electrificado por unos instantes. No hubo tiempo de reaccionar.
Mostaza recuperaba el aliento y Adriano pidió a uno de los resguardos que buscaran manera de desactivar el sistema de electrochoques en los grilletes del señor Mostaza.
Yo lo vigilaba: lo miraba a los ojos, algo estaba desorientado en él. —¿Qué son esas máquinas? —le pregunté mientras él parecía murmurar algo en alguna lengua extraña.
—Tu ídolo lo sabe —aseguró. Yo alcé la mirada hacia Adriano pero él me negó con la cabeza—. Él me hizo crearlas… sabía que mi mente retorcida podría hacerlo… ¡¿CUÁNDO ME DIRÁS QUIÉN ERES?! —volvió a sacudirse. Mostaza no parecía entender lo que éramos en realidad: luz, conocimiento, vida misma, consciencia dentro de la consciencia.
—¿Qué es lo que creaste, Mostaza? —dijo Adriano acercándose a él. Tras una mirada y un gruñido, le escupió en el rostro. Adriano retrocedió y él soltó una carcajada burlona.
—¡Termina de desmembrarme, demonio! ¡Hazlo! ¡Libérame! Ese era el trato… —volvió a decir con aquella seguridad y rabia latente. Yo vigilaba a Adriano pero él realmente parecía desconocer lo que el señor Mostaza estaba diciendo.
—¿Cuál era el trato, Mostaza? ¡Habla de una vez! ¿Qué fue lo que hiciste? —lo confronté acercándome a él, mirándolo a los ojos.
Mostaza me vigiló de arriba abajo con una sonrisa que lentamente se curvó en sus hoyuelos. —Mónaco, pequeño santurrón… ¿acaso… comienzas a sentir la oscuridad?
—La oscuridad ha sido parte de mi vida desde que estaba en la tierra… pero no estamos hablando de eso. Dices que Adriano no ha cumplido el trato… ¿Qué trato es? Yo puedo servir como intermediario.
—¿Qué, te degradaron de autor a intérprete? —se burló con una risita infantil.
—No. Solo es parte de lo que ser autor implica, también lo estoy descubriendo… Ahora dime, ¿qué es lo que hiciste? —insistí mirando sus ojos. No parecía el mismo sujeto de aquellas conversaciones en el balcón o entre las salas de entrenamiento.
—Este sujeto que tanto alabas… puso una tarea para mí. —Sacudió la cabeza recordando—. Estaba con Gina y mi… creación, sabía que no era un estúpido simulador.
—¿Simulador? ¿Hablas de la máquina cosmogónica? —le pregunté.
—Sí… esa misma.
—Claro que crea universos reales… nunca fue un simulador de la creación sino del entorno.
—¡Me dijeron que era un puto simulador! —gritó y luego gruñó—. Es una aberración, pero no… ¡no! No bastaba con eso, tenían que seguir jugando con el poder del multiverso… fuerzas que ustedes no entienden… ¡Me utilizó! ¡Y yo caí! —alzó la vista hacia Adriano con el rostro brotado en venas.
Yo volví mi rostro ligeramente; sentía a Adriano tan confundido y preocupado como yo. —¿Qué fue lo que pasó? —le pedí que continuara.
Él posó los ojos en mí diciendo: —Cagliostro… —Adriano dio dos pasos al frente con notoria preocupación—. Según Adriano, los Ancestrales lo veían venir desde el vacío a devorar los motores entrópicos del caos… ¿Cómo no me di cuenta en ese momento? —Parecía frustrado.
—¿Darte cuenta de qué? —pregunté intuitivamente.
—Los motores entrópicos del caos fueron mi creación; los sistemas de rastreo, el Sepulcro Cósmico, todo —dijo, y parecía afectado por ello, pero eso no era suficiente.
—¿Qué función tenían esos motores? ¿De qué se alimentaban? —preguntó Adriano con cierta firmeza.
Mostaza lo miraba como si lo estuviese retando. —Responde la pregunta —le pedí. Él me miró nuevamente—. Esos motores se alimentaban de autores fallidos y sus creaciones. Prácticamente pueden ser alimentados de cualquier mierda en esta dimensión. Me hizo crear esta arma para Cagliostro, la supuesta creación que escapó del vacío, y refinarla hasta convertirla en esa… obra… maestra —bajó la mirada—. ¡El Sepulcro del Cosmos… una pieza de la que surgieron otros inventos… naves más avanzadas que las de los autores!
—Háblame del Sepulcro Cósmico… —lo interrumpí notando que evadía el tema justificándose a sí mismo.
Mostaza respiró hondo, sus músculos se vieron tensándose contra los grilletes. Su voz se volvió grave, fue casi profética: —El Sepulcro del Cosmos no destruye… aniquila.
Había silencio. Adriano y Psi se miraron, pero dejaron que continuara.
—La materia atrapada dentro… primero, se desfragmenta desde su núcleo, como si su propia estructura olvidara cómo existir. Luego, los fantasmas encapsulan la ruina, encerrándola en una tormenta de energía viva que responde al entorno. Se calienta, se funde. Se enfría, se solidifica. Se resiste, se desgaja —decía el hombre de oro.
Psi frunció el ceño, analizando cada palabra.
—... Pero nada sobrevive. Porque después viene la fase final… los parásitos antimateria devoran lo que quede. Absorben la esencia misma del objetivo hasta que solo queda vacío. No cenizas, no ruinas. Olvido absoluto. —Mostaza sonrió, aunque su voz estaba cansada—. Creían que el caos podía domesticarse, pero lo único que lograron fue fabricar la mayor blasfemia contra la existencia. Y ahora…ahora está en movimiento. —Se reclinó contra la pared con una sonrisa rota—. Ahora, yo preguntaré. Dime, Mónaco… ¿cuánto de tu mundo crees que quedará intacto?
El aire pareció volverse más denso. Adriano apretó la mandíbula. Psi desvió la mirada hacia los restos del laboratorio. Nadie quería escuchar la respuesta.
—Prácticamente es como la Destrucción Absoluta de los Ancestrales —concluí y desvié la mirada hacia Adriano.—¿No es así?
—Yo jamás ordenaría esto. Alguien más debe estar orquestando esto entre las sombras —respondió firme, pero con cada palabra medida, como si aún estuviera calculando quién o por qué.
—¿Tienes a alguien en mente? —le pregunté.
—Suena como un fiel a los Ancestrales… —miraba al infinito meditándolo—. Pero es una idea muy superficial y vacía… algo más oscuro parece ir en el trasfondo de todo esto, Mónaco.
—¡Vaya, vaya! —nos erizó una voz sintética similar a los biomecánicos. Nosotros buscábamos en la oscuridad del lugar. Unos silbidos hacían notar que era un cuerpo en movimiento—. ¡Parece que han dado conmigo! Y…Gracias por utilizar el término correcto, Adriano.
—¿Quién es? —Adriano tartamudeó por la sorpresa. Los resguardos y Psi estaban alerta ante la voz, con los cañones apuntando en búsqueda del objetivo.
—Ah —suspiró cuando me pareció ver su silueta moviéndose en la oscuridad—. No me extraña que me desconozcas… —surgió aquel humanoide metálico; parecía ser una versión alternativa de la especie de Arpo. Su armadura y biovestimenta lo hacían denotar como un autor cósmico. Era de cabeza ovoide y pequeña, pero su pecho y sus extremidades eran un poco más grandes. Caminó lento hacia el marco del corredor donde le daba la luz con dos armas extrañas negras en sus manos; daban la impresión de tener conexiones intrincadas de una energía escarlata—. Mi nombre en esta forma existencial es Sythronc… pero como tú mismo dijiste: soy la misma oscuridad.
—¡Sythronc! —musitó Adriano—. Claro que sé quién eres. El androide creado.
Se escuchó un pequeño quejido—¿Qué, no todos lo son? —musitó desde la sombra, fijo como una estatua.
—No. Los bioferonitas se dieron de manera natural al igual que otros —respondió Psi.
—¿Eso te dijeron? —sonrió burlonamente destellando una luz roja en sus ojos.
—¡Esa es la verdad! —bramó la biomecánica, mostrando más sentimientos que nunca.
—¿Y qué, no vienes de la creación de otro autor? —preguntó maliciosamente.
—Eh… eso es algo lógico.
—Alguien te creó. —Desvió la mirada como si subestimara su conversación con Psi—. De igual modo, eso no tiene relevancia. El cosmos, el orden cósmico está por cambiar… —Comenzó a pasearse por el corredor superior en espiral. Nosotros y los resguardos los seguíamos con la vista desplazándonos con cautela por la planta—. Los autores están descarriados, los nuevos aspirantes… —miró a Mostaza—... son débiles. Se dejan engañar por sus propios miedos aun estando conscientes. Los Ancestrales se cansan y corrompen: ¡es la verdad! Lo saben ustedes… El Ofaním lo anuncia… un nuevo orden está por llegar… un reinicio para el macrocosmos. —Bajaba los escalones en dirección al piso en que nos encontrábamos.
Yo apoyé mi mano en el mango de la Llamasintis. Sentía la ardiente impresión de la lucha venir, como imágenes de guerra en mi cabeza. —¿Y tú estarás ahí para ver que ese cambio se dé? —inquirí mientras él giraba sus armas entre sus manos.
—¿Para ver? —murmuró una sonrisa magnética—. Yo tomaré mi lugar como la oscuridad. —Su boca y sus ojos irradiaron una luz roja al tiempo en que se abalanzó hacia nosotros repentinamente.
Psi y los resguardos nos rodearon de inmediato. Sythronc cayó a los pies de las escaleras disparando proyectiles de energía color escarlata, energía residual de los parásitos antimateria que chocaban con los escudos traslúcidos de los resguardos.
Un enjambre de biomecánicos surgieron de entre la oscuridad disparando aquellas armas en todas direcciones con aquella actualización para volar. Adriano comenzó a disparar unas armas que sacó de los pliegues de su túnica. Yo retrocedí un par de pasos desenvainando la Llamasintis, que flameó una hoja traslúcida dorada. Blandí la espada; esta recibió y absorbió los ataques del arma del biomecánico de ojos rojos que obedecía a Sythronc.
Los resguardos junto a Psi y ella misma fueron bombardeados por la ráfaga de disparos del autor de la especie T-sintis (Sythronc). —¿No te parece que lo estás tomando desde el punto equivocado? —le preguntó Adriano, tirando una de las armas que habían sido impactadas en el conflicto mientras sus secuaces comenzaban a descender a nuestro alrededor. Nos triplicaban en número. Yo los aprecié y parecían no estar despiertos; parecían hipnotizados o sugestionados.
Sythronc se puso frente a Adriano; era unos 25 centímetros más alto que él. Yo me detuve vigilando; me preocupaba aquella cosa tan cerca de Adriano. Miré alrededor y noté que nos quedaban solo dos resguardos y Psi.
—Crees que comprendes esto como un sistema más… crees entenderlo, pero aquí hay leyes que no aplican en un sistema humano como del que vienes… Quizás entiendas muchas cosas, humano… pero el orden cósmico sigue existiendo en los planos más altos… Esto es una cadena que no termina —murmuró casi pegando el rostro al de Adriano.
—¿Acaso no ves lo humano que te comportas? —Adriano alzó la vista casi retumbando de impotencia—. Crees que no, pero actúas como si esperaras ascender a algo muy parecido a un trono.
El ser retrocedió arrugando los hoyuelos de su rostro metálico. —... Quizás sí suene como un trono… —Yo apreté la Llamasintis.
—Señor, hemos detectado una enorme nave… —surgieron los otros resguardos en los pisos superiores descubriendo la escena—. ¡Por aquí! —bramó llamando a los demás.
Y yo volví el rostro hacia Adriano cuando Sythronc le dijo: —... Pero jamás me compares con la raza humana. —Soltó un puñetazo que disparó a Adriano por los aires contra una de las chatarras fallidas de Mostaza.
Yo blandí la Llamasintis corriendo hacia el androide. Su flama se extendió y agitó convirtiéndose en un látigo dorado de energía. Atrapé a Sythronc por el pie en el aire sobre mi cabeza y lo halé fuertemente contra el piso.
Sus secuaces iniciaron fuego mientras los resguardos que quedaban y Psi iniciaron el contraataque. Sythronc se ponía de pie y disparó certeramente contra mi pechera reforzada. Caí al suelo con los fuertes impactos en mi pecho, pero aún la Llamasintis vibra en mi mano.
Con la mirada al techo, vi llegar los refuerzos: resguardos que justo a tiempo controlaban a los secuaces del autor corrupto.
Me puse de pie y Adriano estaba de vuelta: generó una onda energética que derribó a Sythronc camino hacia el señor Mostaza; el androide cayó entre las escaleras y las baterías que parecían haber fallado.
—¿Estás bien? —le pregunté apenas lo vi.
—¡Debemos detenerlo, Mónaco! —respondió con prisa y corrió en dirección al lugar, pero un haz escarlata lo volvió a lanzar al fondo del salón.
Inmediatamente blandí mi arma y esta tomó la forma de una espada sólida dorada y resplandeciente que respiraba como el fuego. Sin premeditarlo, lo estaba atacando, y Sythronc evadía hábilmente cada estocada, acertándome algún puñetazo o patada.
—¡Vaya! —resonó después de que partí una de sus armas en dos pedazos, y seguíamos luchando—. Pero ¿quién eres tú? —inquirió.
Lo pateé contra una columna y, al rebotar, se impulsó volando y aterrizando tras de mí. —Soy un autor, como tú… solo que yo he decidido hacer el cambio de una mejor manera—respondí apenas jadeando.
—¿Una mejor manera? ¿En serio lo crees? —se mofó cínicamente.
—No me interesa lo que tengas que decir. He conocido tipos como tú toda mi vida; incluso he llegado a ver la vida como tú... —respondí, pero rápido tuve que evadir varios de sus puñetazos metálicos que me seguían entre el caos.
—No estás salvando nada… estás resistiéndote al cambio —gruñó la consciencia del mal y disparó dos veces contra mí con el arma que le quedaba en mano, arrojándome por los aires contra el tablero cosmogónico.
Sus secuaces hicieron sacudir el salón con una explosión que derrumbó gran parte de la estructura. Yo apenas me levantaba de entre los escombros cuando vi aquella nave esperándolo del otro lado del agujero en la pared.
—Lo que ha de pasar, pasará, y yo, estoy listo para asumir mi lugar cuando todo termine—agregó después mientras llegaba hasta el señor Mostaza. Marcó algo en su brazalete y el hombre dorado cayó al suelo aún con los grilletes envolviendo las extremidades que le quedaban.
—¿Qué le hiciste al señor Mostaza? —le grité intentando cargar la columna que había caído sobre mi espalda.
Él giró su exoesqueleto hacia mí, embozando una sonrisa entre aquella diadema reforzada en su rostro. Me miró como si evaluara mi esfuerzo por seguir en el combate—... Solo le di un pequeño empujón a su mente.
—¡Arg! —gruñí al tiempo en que sentí que resplandecía. La Llamasintis destelló por delante de mí en el suelo, como si me hiciera saber que estaba lista. Los escombros se despedazaron sobre mi espalda y cayeron. No me reparé en como ni por qué.
—¡Yo que tú no haría eso! —murmuró con un gesto de sorpresa en su rostro de metal y tejido nanotecnológico vivo. Se giró rápidamente hacia Mostaza y lo recogió del suelo sujetándolo de la capa que le colgaba a la altura de los hombros—. ... Más cuando tu preciado mundo te necesita.
Me quedé congelado al oír esas palabras. —¿Qué quieres decir con eso? —tartamudeé sintiendo terror, como si la sombra de mi ausencia cubriera a Ezequiel y la raza humana que en él habita.
—¿Qué significa eso? —Salté hacia la Llamasintis, pero el arma de Sythronc disparó rápidamente y sus secuaces también comenzaron a disparar hacia mí en sincronía. De pronto, un destello azul como el cielo ondeó evitando el impacto de los distintos proyectiles, al mirar: era Adriano, estaba utilizando la energía de su propio campo electromagnético para protegernos.
Sythronc escapó volando con Mostaza colgando de un brazo en dirección a la enorme nave que parecía un globo aerostático rocoso. Los otros Resguardos se integraron tratando de derribarlos, pero todos siguieron a su líder protegiéndolo.
La barrera dejó de destellar entonces. —Debemos detenerlo, su razón para estar aquí es porque está llevándose el arma... El Sepulcro Cósmico debe estar en esa nave —anunció Psi.
—¡Rápido a la Nexus! —ordenó Adriano. Y todos corrimos escaleras arriba.
—No vamos a llegar —jadeé mientras surgíamos de aquella torre.
—Debemos hacerlo —dijo Psi—. Me parece que estamos en una dimensión a la que solo hay acceso por la creación de esta nave abominable... Quizás después de que despeguen, la anomalía quede cerrada para siempre.
—¡Tenemos que salir! —concluí corriendo con más fuerzas. Cuando llegamos a los terrenos, la nave de Sythronc estaba adaptando sus alerones y propulsores.
—¡Psi! —bramó Adriano en la carrera junto a los Resguardos—. ¡Apenas lleguemos a la nave, la misión es salir del agujero de gusano!
Estábamos a los pies de la plataforma de la Nexus cuando vi la nave de Sythronc posicionarse para el salto. —¡Rápido! ¡Ya, ya! —grité con desespero y apenas estuvimos todos sobre ella, fuimos elevados. Corrimos cada quien a su posición mientras escuchábamos a la monstruosa máquina de Sythronc preparándose para desaparecer.
—¡Este maldito hijo de perra es un sádico! —bramó Adriano tembloroso, configurando manualmente la velocidad de arranque en dirección al portal.
—Señor, la energía que está expulsando la nave de Sythronc está afectando el campo de la Nexus —anunció Psi.
—No me extraña nada. Es ella quién abrió esta grieta entre dimensiones. Despeguen ahora; si quedamos atrás podríamos ser destruidos por la energía residual del fantasma de su nave. ¡Ya, ya! —dijo Adriano firmemente y, sin dudar, Psi activó su parte del sistema y despegamos.
Nos sentimos afectados por fuerzas indetectables entre ráfagas de luces cegadoras hasta que, de pronto, fuimos escupidos en aquel mar de luces boreales. No pasó demasiado cuando fuimos sacudidos por la energía de la nave de Sythronc; entre giros y sacudidas, solo pude distinguir una grieta escarlata destellar y desvanecerse entre la luz y la oscuridad.




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