Tercer CICLO DE MÓNACO
“La Oscuridad que habitamos”
La desesperación me invadía mientras comenzaba a recibir todos los mensajes de la Primera Vigía Brina. Sus reportes me daban la peor noticia que podía recibir.
Ezequiel se había fragmentado. Al llegar a la Torre de Adriano no quise saber más sobre el tema De Sythronc, los autores fallidos, o el arma que Mostaza creó. Le pedí que me informara cuando tuviese algo real entre manos y que me iría a atender mis territorios.
Brina me recibió en mi gran salón con el semblante cargado de información. Su presencia no solo anunciaba datos, sino un cambio irreversible. Me entregó el informe sin titubeos, pero sus ojos ya revelaban lo que me esperaba antes de que siquiera tocara el tablero de análisis.
El mundo de Ezequiel ya no era el mismo.
Lo que comenzó como una civilización basada en la cooperación y el equilibrio había evolucionado. No era una desviación sin estructura, sino el nacimiento de un nuevo orden, donde las creencias y los sistemas de gobierno ya no eran una abstracción, sino una realidad palpable.
La Era de las Ideologías Nacientes había llegado. Las facciones se consolidaban en doctrinas, cada una con una visión de cómo debía ser el futuro. Algunos reforzaban la idea de colectividad, manteniendo la cooperación como eje central, mientras que otros exploraban sistemas basados en la acumulación de riqueza y jerarquía.
Lo que antes era solo un intercambio de bienes se había transformado en comercio organizado, y lo que antes era simplemente convivencia ahora era administración y política. Los avances tecnológicos no se habían detenido. Habían logrado fusionar elementos biomecánicos con su arquitectura, creando estructuras que se adaptaban a su entorno, reaccionaban a las estaciones y facilitaban el desarrollo urbano. Pero cada región aplicaba estos avances de manera distinta. En algunos territorios, eran herramientas para la expansión, mientras que en otros se regulaban como parte de un equilibrio con la naturaleza.
Los nombres de ciertos grupos comenzaban a resonar más allá de las aldeas. Líderes surgían, discursos se afinaban, movimientos tomaban forma. La humanidad en Ezequiel ya no solo vivía, comenzaba a debatir su propósito.
Brina terminó su exposición y me miró en silencio. Sabía que esto no era solo un reporte. Era un aviso de que mi creación había alcanzado un punto donde mi influencia podía ser cuestionada. Miré la pantalla frente a mí, mostrando el esquema de las nuevas estructuras políticas. La humanidad había despertado a una nueva fase de su existencia, y aunque no era una sorpresa, no dejaba de sentirse como la pérdida de un ideal.
Respiré hondo. Esto no era el fin. Era otra evolución. Pero hasta dónde llegaría antes de romperse por completo.
Bajé a Ezequiel emulando ser un habitante Llamado: Visión Mónaca. Hablé en las grandes conferencias, utilizando como ejemplo los efectos de los sistemas establecidos, y sin dar detalles anuncié el mundo en que podía convertirse.
Un tal Peitrok Fieldes era miembro de la Organización Planetaria de las Grandes Mentes, que cuestionó cada una de mis advertencias en ausencia de pruebas tangibles, al menos en la historia de Ezequiel. Ellos, no conocían la Tierra.
Sin embargo, otros escucharon mis palabras y oponían resistencia a estos sistemas. De igual manera, parecía que esa resistencia fracturaba cada vez más a aquella especie. Los vi crear armas no letales, jugar con fuerzas que rayaban el límite de lo peligroso, como en mi mundo con la energía atómica.
Pasaba mi angustia espectando este terrible sabor en mi boca, sin sacar de mi cabeza al androide desenfrenado viajando por el macrocosmos engendrando su mal concepto de orden.
Adriano, llamaba con frecuencia cuando se filtraba una señal anormal. Otros centros de conciencia habían sido destruidos, según le informaban Celesfhio y Arpo.
—... Estás delgado, amigo —me dijo Adriano en aquella llamada holográfica.
—Eso qué importa... —respondí casi transpirando, sentado con la vista al ventanal.
—... Ezequiel saldrá adelante, Sé que sí. Yo creo en tu visión —intentó consolarme.
—Sé que su gente podrá salir adelante... —respondí y me detuve dudando de mis palabras—. ... Al menos tengo esperanza en ellos. Pero aun así...—bajé la vista pensativo—los Ancestrales, Sythronc, Mostaza, quién sabe cuántos otros autores... todo es un peligro para ellos.
—Ciertamente —respondió su figura luminosa—. ... El cambio se aproxima, fuimos testigos de la advertencia, pero nadie dijo que sería fácil o lo que implicaría.
—¿Y ese cambio implicará destrucción? —Volteé a mirar la imagen de Adriano directamente.
—No te dejes envenenar de nuevo, Mónaco... —advirtió con aquel tono de cariño y compasión—. ... Sythronc está equivocado, pero nosotros hacemos lo posible. En los últimos enfrentamientos hemos salvamos a miles de autores raptados que serían destruidos por Sythronc o los Ancestrales...
—¿Salvamos? Están cautivos y a la espera —respondí cortando su monólogo.
—Sí, …aún no logro devolverlos a sus cinco sentidos, y menos regresar a sus abominaciones al lugar de origen.
Yo suspiré frotando mi rostro fatigado. —Adriano... ¿qué sabemos de Sythronc? —Intenté cambiar el tema hacia algo más productivo.
—Sythronc no ha destruido más centros de conciencia. O al menos no cercanos a nuestros sectores. Pero sí hay valores desapareciendo —respondió y luego agregó—: Seguro seguirá reclutando soldados.
—Dirás esclavos. Está utilizando algún tipo de dominio sobre los biomecánicos e incluso me atrevo a decir que igual sobre el señor Mostaza —respondí.
—Arpo y Celesfhio están por regresar desde el otro lado del plano. ¿Si es necesario... puedo contar contigo? —preguntó.
—... Claro, los Cooperadores en el santuario han aumentado y tengo naves, equipos, puedo apoyar esta vez. Ezequiel me mantiene ocupado, pero... no puedo hacer oídos sordos a estos otros peligros —respondí.
Adriano sonrió en aquella representación holográfica. —Muy sabio de tu parte, Mónaco. Estaremos en contacto.
—Hasta luego. —Se apagó la transmisión.
La soledad de mi salón me abrazó tan rápido como la luz del sol alcanza la Tierra en la que nací. Mis pensamientos eran claros. Todo esto era parte del proceso, pero era difícil decidir cómo actuar.
El mundo de Ezequiel ya no es reconocible. Lo que alguna vez fue una civilización en equilibrio, una humanidad que respiraba como un solo cuerpo, ahora está fragmentada, dividida por sistemas económicos y estructuras de poder que han desplazado la esencia de la cooperación.
Me encontré de nuevo entre ellos, caminando por las calles de una de las ciudades más avanzadas. La Organización Planetaria de las Grandes Mentes era ahora el centro neurálgico de la sociedad, el lugar donde las decisiones que moldeaban el destino de los pueblos eran debatidas, aprobadas o desechadas.
En su epicentro, Gorg Fieldes dominaba la conversación. Su presencia era incuestionable, era la voz que se elevaba por encima de los demás con una confianza casi temeraria. Cada palabra suya era ley, cada idea que exponía se convertía en doctrina, y quienes lo seguían lo hacían no solo por convicción, sino por la certeza de que su visión del mundo era la única posible.
A su lado, Elister Fieldes, su hijo de diez años, absorbía cada detalle de su padre, siguiéndolo como una sombra, imitando sus gestos, aprendiendo el lenguaje del poder antes incluso de comprenderlo. Era el heredero de una ideología, el reflejo de un futuro que ya estaba decidido antes de que él pudiera cuestionarlo. Yo he visto antes esa mirada.
Las ciudades ya estaban controladas por sistemas de comercio, donde el flujo de riquezas determinaba la posición de cada ciudadano. Quien poseía más tenía voz; quien carecía, desaparecía en la estructura de producción como una pieza reemplazable. En los territorios alejados, las primeras dictaduras se habían aferrado a la supervivencia utilizando la historia como argumento, el miedo como herramienta. Los líderes de esas tierras no dirigían con discursos, sino con silencios impuestos, con la certeza de que la disidencia era una amenaza que debía ser sofocada antes de siquiera tomar forma.
Las guerras ya no eran enfrentamientos por territorio, eran manifestaciones inevitables del sistema. Las crisis económicas surgían como tempestades cíclicas, devastando regiones enteras antes de que pudieran siquiera recuperarse de la anterior. Más que una era de avance, era una era de desgaste. La energía nuclear había dejado de ser una promesa de progreso; se había convertido en un arma de control, un método para delimitar el poder de quienes podían utilizarla y someter a quienes no tenían acceso a ella.
Me movía entre ellos, escuchaba sus conversaciones, observaba la desesperación oculta tras la indiferencia. La humanidad había alcanzado una nueva etapa, no más evolucionada, solo más sofisticada en sus errores. Ezequiel había cambiado una vez más, y aunque aún había quienes recordaban los primeros siglos, ahora eran sombras de una historia que nadie quería escuchar. El caos ya no era una fuerza a combatir; era la estructura misma del mundo.
No todo Ezequiel ha sucumbido al caos. Aunque el mundo se ha fragmentado, hay regiones que aún resisten, enclaves ocultos donde la visión original sigue viva, aunque cada vez con más dificultad.
En las montañas del este, el Círculo de Almira se ha convertido en el refugio más prominente de quienes aún creen en la coexistencia. No es una nación ni un gobierno, sino un punto de unión, un espacio donde las comunidades que rechazan el sistema actual comparten recursos, conocimientos y estrategias para sobrevivir. Almira no tiene fronteras, sino rutas secretas que conectan pequeñas aldeas que han aprendido a vivir en la sombra del mundo exterior.
Más allá de Almira, hay asentamientos dispersos, grupos pequeños que han decidido unirse en secreto. En los bosques del norte, una comunidad conocida como Los Guardianes de la Raíz ha tomado la naturaleza como su escudo, desarrollando tecnologías que imitan el crecimiento de los árboles y la interconexión de las raíces para permanecer ocultos como una nación apenas gestándose. Sus ciudades no se alzan hacia el cielo, sino que se entrelazan con el suelo y las copas, haciendo imposible que las grandes potencias los detecten.
Pero la mayor esperanza proviene del desierto del oeste, donde la Fraternidad Silente ha logrado infiltrarse en las ciudades más grandes sin ser descubierta. No viven apartados, sino que han aprendido a moverse entre el caos, comunicándose mediante redes invisibles, transmitiendo ideas de resistencia a quienes aún recuerdan la era de la Unión. Su presencia es un susurro, pero su impacto se siente en pequeñas revueltas, en ideas que aún circulan entre los oprimidos. Como una organización secreta que prevé por el bien de las regiones no represivas o de sistemas impuestos.
Estos enclaves no son suficientes para detener la Era del Consumo y el Caos, pero representan algo vital: la prueba de que aún hay quienes creen en la visión original, quienes luchan contra la estructura impuesta, aunque el mundo intente silenciarlos.
Desconecté y reflexivo, me dirigí hacia el gran salón sujeto de aquel mástil cósmico. Al llegar, Brina me miró compartiendo la tristeza.
—La organización planetaria duda y los niños son intoxicados con esas creencias... —resoplé preocupado mientras me dirigía al tablero junto a mi primera Vigía. Mi creación me hacía recordar al mundo del que vine.
—... Solo están repitiendo lo que ven —justificó mientras observábamos en la pantalla la aproximación a una guerra en Ezequiel, que profetizaba detonar entre unos 30 o 50 años.
—Parece que el dolor siempre debe llegar para transformar —susurré dolido por lo que mi creación estaba pasando—. Mientras los habitantes más sabios de Jabivi recorren su universo aprendiendo de otras especies, la humanidad se autocondena por el dominio de los suyos.
—Vigía Brina. Una nave se aproxima... —anunció un Cooperador desde la cabina acuática en el gran salón—. Es el señor Adriano y su Nexus Nova.
—Excelente. Pide que los guíen hasta aquí y traigan un banquete para recibirlos —respondí mientras intentaba prepararme para lo que vinieran a decirme.
Poco después los esperaba en aquella enorme mesa que parecía un anillo. Los platos y copas estaban servidos; los cooperadores nos acompañaban a lo largo de la sección en la mesa circular.
La gran puerta se abrió mientras Mei guiaba a los recién llegados. Celesfhio y Adriano destacaron a primera vista, seguidos por Psi y a quien luego reconocí como Arpo. Él estaba cambiado; seguía siendo de mi tamaño, pero su estructura lucía fortalecida, su traje reforzado lo protegía y destacaba como intermediario y consejero de Adriano.
Sus ojos azules se posaron en los míos. —Arpo —se me escapó cuando los vi acercándose—. ¡Sean bienvenidos!
—Muchas gracias, Mónaco —sonrió Adriano buscando un asiento cerca.
—Cuánto tiempo —comentó el enorme Celesfhio. Arpo y yo seguíamos mirándonos mientras él conseguía lugar.
—Mónaco —me saludó él finalmente.
—Arpo —le sonreí.
—Nos alegra que hayas preparado algo para comer... —dijo Adriano como un chiste mal contado—... porque tenemos de qué hablar.
—Es sobre Sythronc —asumí.
—Sí y no —respondió Adriano sorprendiéndome—. Es sobre el equilibrio.
Mis ojos y los suyos parecían hablarse sin palabras.
—Esperábamos que aceptaras un paseo —intervino el emperador Celesfhio; detallé algunas marcas de batallas recientes en ese momento.
—Supuse que dirían algo así, así que déjenme estrenar la Lúminis Arca —pedí ansiosamente. Las cosas eran diferentes ahora; mis Cooperadores han crecido en masa, productividad y propósito; nadie ha sido obligado a nada. Simplemente han sido testigos de mi trabajo y mi trabajo es mi visión: el saber que depende de nuestras propias acciones cumplir con la visión de lo que queremos como un mejor mundo.
Y habíamos logrado grandes saltos tecnológicos tras cada encuentro o dato sobre lo que Sythronc robaba o Mostaza creaba para él. Si es que Mostaza seguía con vida.
Ninguna de las cosas que creábamos en mi centro de conciencia tenía un uso contraproducente para el equilibrio cósmico. Si bien teníamos armas de parálisis instantánea creadas en base a esa tecnología, las otras herramientas se enfocaban en protegernos de los ataques que Sythronc tendría con esa misma tecnología.
Me dirigí a la pared tras mi asiento y puse mi palma sobre aquel patrón luminoso. La Sala Circular donde estábamos comenzó a descender, girando en su propia órbita hacia los pisos inferiores; se encapsuló y siguió descendiendo hacia aquel aro que levitaba como otro terreno, otro castillo bajo el gran centro de conciencia.
Yo les explicaba entonces: habíamos estudiado las propiedades de las creaciones de Sythronc sin replicarlas; creábamos maneras de resistir sus ataques y deshabilitar sus armas. —... Algo de eso fue esta preciada nave que crearon los ingenieros para el Propósito: la Lúminis Arca —señalé al hangar donde, entre todas, ella resaltaba.
—La inmensidad del cosmos no la retiene, no tiene que luchar contra la gravedad ni la densidad, pues no hay materia que frene su curso, solo usa y funciona como luz, solo atraviesa sobre el reflejo del tiempo plegado. Con su forma de mantarraya se extiende en el vacío, las alas difuminadas en destellos estelares tienen placas que, no funcionan como nave, ni como estructura, sino como pensamiento que comprende la luz. Su tránsito no deja huella, no distorsiona ni fragmenta lo que toca, pues viaja en la corriente misma de la existencia, asimilando la luminiscencia de cada reino, desvaneciéndose en la radiación del infinito para reaparecer—le explicaba con pasión aquello que los ingenieros de la torre se habían inspirado a crear tras la visión del amor por el bien común.
—Es preciosa —escuché a Arpo decir y lo miré inmediatamente. Sus ojos contemplaban todo el hangar y sus inventos allí. El personal era variado y activo—. La Lúminis Arca... me hace sentido contigo —agregó con cierto sentido del humor y ahí me miró. Solté una pequeña carcajada mientras nos mirábamos ambos.
—La idea es aportar, no empeorar —respondí alegremente mientras terminaba de arribar la plataforma de la mesa de anillo.
—¿Para qué tener dos hangares? —comentó Celesfhio.
Psi y Brina estrechaban manos mientras yo bajaba por delante de los demás.
Subimos a la nave. Era verde metalizada y dorada por dentro, con ciertos detalles de luz que interconectaban todo.
Poco después estando en la cabina, flotando entre la aureola boreal del plano de la conciencia y la creación, finalmente estábamos a solas.
Adriano y Celesfhio con mirada firme y en silencio. Psi y Brina debatían sobre los parámetros de seguridad en el área para las conexiones inalámbricas detectables, mientras que Arpo iba vigilante. No había Resguardos en este viaje.
Mientras direccionaba manualmente la nave hacia la superficie del plano entre las danzas de las luces boreales del cosmos, había un extraño silencio hasta que Adriano habló:—Es increíble lo que hiciste, Mónaco —dijo Adriano de pronto, sentado junto a mí.
—.Hicimos—corregí refiriéndome a mis cooperadores.
—. Nosotros hemos replicado algunas de las armas que Sythronc ha usado contra nosotros.
Yo lo miré con rabia. —¿Es en serio? —repliqué sin poder evitarlo.
—También creamos un material que resiste los ataques de esa tecnología en los revestidores —intentó excusarse.
—Eso... —mascullé y me contuve—. ... Eso no hace gran diferencia.—suspiré en voz baja. Observé la aureola boreal cósmica con fatiga mental.— Cuéntame, ¿qué fue lo que los trajo por acá?
Adriano intercambió miradas con Psi, Arpo y, finalmente, con Celesfhio. —... Lo que te diré es algo tangible... Debo confesarte que, comprendiendo la 4.ª dimensión, pude aprender a desplazarme entre puntos de eventos, y con esto he verificado el rumor que pronto llegará a todos los autores.
—¿De qué hablas, Adriano? —pregunté un tanto inquieto.
—Ha muerto un Ancestral. —Mis ojos se quedaron fijos en los suyos.
—¿Un Ancestral? —repetí.
—Y no cualquier Ancestral —agregó mirando a Arpo.
—El Ancestral de la Buena Voluntad —dijo Adriano al fin.
—¿Sythronc? —pregunté preocupado.
—Posiblemente —respondió Celesfhio.
—¿Eso es posible? —tartamudeó Brina.—¿Asesinar a un Ancestral?
—Sythronc está usando las energías más caóticas y antiguas del universo como un arma... Los Fantasmas, Los Parásitos Antimateria. …Estas son armas con la misma potencialidad de destrucción del Ancestral del Caos Original —explicó Arpo—. Su nave, sus armas de destrucción masiva, todas dejan un desgarre entre este macroverso y lo que parece ser una versión alterna.
—No es una versión alterna del macroverso...—Lo comprendí de pronto. Ellos me miraron—es el macroverso antes de este... su sombra—Celesfhio iba a decir algo pero lo interrumpí—. Lo he visto en mis visiones... aun en mi universo siento la influencia de esas aperturas.
—Es... ¿es eso? —musitó Adriano analizando—. ... Es el cadáver del macroverso antes de este. ¿Qué tan antiguo será? —Miró a los otros. Intrigado.
—Más importante aún... ¿qué pasó con él? —De pronto participó Celesfhio.
—Parecía destruido y vacío —agregó Psi recordándolo.
—El ciclo de la vida incluso en Dios —concluyó Adriano con la mirada perdida.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté mirando a los demás.
—Por ahora, solo esperar las consecuencias de su ausencia, pero tenemos aliados a lo largo del sector; estamos siguiendo los rastros de alteraciones que deja la tecnología de Sythronc. Hemos descubierto un patrón y necesitamos un escuadrón que confirme la base de Sythronc.
—¿No enviarán Resguardos solos allí, o sí? —cuestioné.
—Para nada, iremos personalmente —contestó Adriano—. Debo estar seguro de haber dado todo por destruir esas máquinas abominables.
—Iré con ustedes... podemos ir en la Lúminis Arca; no seremos detectados por ningún Testigo, ni Monitoreador, Vigilante o Intérprete —respondí.
—Es posible que esta misión requiera de tiempo que te perderás de tu universo —respondió Adriano. Pude ver a Arpo alzar la vista hacia mí.
Algo ardió tenuemente dentro de mi—Esto también lo hago por ellos —suspiré después de unos segundos.
—Entonces trae a tantos Resguardos como puedas —respondió pintando una sonrisa.
—Creo que esta es una buena oportunidad para que utilice el escáner sonar... un sistema que dispara un único pulso en la frecuencia de la luz y sus vibraciones, estableciendo una comunicación fluida con el sector escaneado... se parece mucho a un sonar —respondí.
—Excelente invención —musitó Arpo en su lugar. Por alguna razón, me alegraba mucho su aprobación.
—¿Qué esperamos? —soltó Celesfhio.
Entonces yo asentí mirando a Brina; ella comprendió mi seña. —Será un viaje un poco largo, Autores —vaciló activando los sistemas para disparar el pulso mientras rodeábamos el sector.
Adriano me informaba de otros autores que habían estado intentando aislarse de los otros, todo por miedo a los autores corruptos y lo inflexible de las normas de los Ancestrales, sobre todo desde que los Testigos han estado estacionándose en centros de conciencia. —Todas esas luces tenues que titilan... —señaló al cristal, más allá en el océano boreal en el que navegábamos—. ... son centros de Conciencia en el Sector Noir... universos bidimensionales son creados allí... tan complejos que coexisten a la par con seres tridimensionales sin que se perciban entre sí —comentó Adriano.
—Muchos de estos sectores están recién instalados, casi a la par que el señor Adriano —acotó Arpo de pronto junto a mí.
—¿Existen sectores más antiguos que las eras del universo del que vengo? —pregunté curioso por el comentario.
—Claro que sí. Existen universos aún más antiguos que la Tierra de la que vienes... es lo que acabo... —Interrumpió su respuesta mirando tras de mí y luego sonrió.
—Parece que has estado viajando mucho —reconocí mientras me apoyaba del espaldar del asiento de la Vigía Brina, apreciando el rostro reluciente del Consejero Arpo.
Él sonrió y desvió la mirada hacia sus medallas y textos en su atuendo. —... Creo que sí, un poco... —Me miró de nuevo—. ... He estado viendo otros mundos, más que todo.
Yo volví la mirada tras de mí: Adriano y Celesfhio ojeaban el sondeo a través de un monitor en el tablero de la cabina. Entonces, me acerqué un poco hacia Arpo, un poco nervioso. —¿Podríamos caminar? —le susurré. Él hizo un gesto como si cuestionara mis actitudes, pero con una pequeña sonrisa asintió.
Ahí nos paseamos fuera de la cabina, dentro de la Lúminis Arca. Los hilos dorados en la estructura de los pasillos destellaban enviando toda la información que estaba recibiendo la nave mientras paseábamos a pasos lentos junto a un ventanal panorámico. —Y... —Esperaba que dijese alguna cosa pero solo caminaba observando la nave—. ... ¿Cómo has estado? ¿Qué ha sido de ti? —le pregunté meditando sobre la última vez que nos vimos.
—Han sido muchos cambios, siendo sincero —comentó mientras se paseaba por el corredor de la nave—. ... Entrenamientos y estudios que... jamás pensé en adquirir.
—Eso veo... son muchos reconocimientos —reconocí intentando hacerme frente a él. Intentaba hacerlo sonreír como antes, que hiciera aquel gesto. Pero Arpo seguía serio.
—Eh... —musitó mirándome con un gesto de que lo confundía mi actitud; me puse derecho inmediatamente—. ... Apenas te fuiste supimos de una alianza de autores... que se armaban ferozmente.
—¿Se armaban? ¿Para qué? —interrumpí inmediatamente tras escuchar tal absurdez en el plano de la creación.
—Hasta ahora todo indica que tenían la idea de que otros autores irían a atacar sus sectores. Duramos muchísimo tiempo luchando tan solo para acercarnos a hablar —contaba Arpo. Parecía recordar muchas cosas en ese momento.
—¿Pero lo lograron? —cuestioné mientras lo apreciaba mirando por el ventanal panorámico de babor.
Él miró hacia mí. —... Bueno, ahora contamos con algunos recursos, pero los autores del sector no piensan unirse a ninguna causa. Menos con lo que sucedió mientras estábamos allí —respondió.
—¿Qué recursos pudieron brindarles? —inquirí confundido. (¿No contamos todos los autores con las mismas capacidades?, me cuestioné internamente).
—... Maquinaria, sistemas, formas de vida... —musitó como si midiera sus palabras—. ... Lo más impresionante que trajimos del sector Mayhem... fueron óvulos de unas criaturas conocidas por los habitantes del sector como “Damas Rojas”... poseen una resistencia increíble a todo tipo de daño, crecen en proporciones que superan incluso el tamaño de tu centro de conciencia... y manipulan energías casi de la misma manera en que intenta hacerlo Sythronc con sus máquinas.
Enseguida sentí que todo volvía a tornarse de manera apoteósica. —¿Qué tipo de fuerzas maneja esta criatura? —pregunté.
—Parece que varía; cada individuo de esta especie maneja algún aspecto de la antimateria o la prima caótica pero... algunos tienen dones únicos: campos gravitatorios, manipulación por psicoquinesia... aún intentamos comprender. Este tipo de criaturas, al igual que los parásitos antimateria y los fantasmas, eran raros de encontrar... como los unicornios para los humanos de tu mundo —explicó.
—Es realmente alarmante —musité imaginando aquel poder en manos de Sythronc o el señor Mostaza.
De pronto, un ligero pitido anunció el comunicado de Brina: —Señor, el sondeo concluyó. Regresaremos al centro de conciencia —se escuchó de las paredes. Hubo un minuto de silencio mientras mis pensamientos e instinto debatían. Yo quería ser justo, firme ante mi visión, ante mi corazón que aún latía como terrícola, mi alma que aun vibraba como artista pero... mis responsabilidades ahora eran de creador, de padre, fuente de protección y vida.
—... Arpo... —Él inclinó su rostro hacia mí—. Algo me dice que Sythronc busca tener el mismo poder que un Ancestral... y lo ha demostrado, si acaso es él, el responsable de la muerte de la Buena Voluntad...
Él solo asintió escuchando atentamente.
—... ¿Y si lo que quiere... es tomar sus lugares? El de los Ancestrales —solté en voz baja con temor a tener la razón.
—¿Tomar el puesto de los Ancestrales? —Su rostro metálico se contorsionó y luego se relajó mirando al cosmos—. ... No suena descabellado para alguien como Sythronc, pero sí imposible.
—¿Imposible? —pregunté pidiendo que se explicara; me acerqué a él, como antes, esperando de su sabiduría cual cachorro esperando una caricia. Más, esperaba consuelo en su respuesta.
—... Él podría reemplazar a un Ancestral quizás... habría que... Bueno —volvió a mirarme con una expresión de sorpresa o epifanía—, jamás me lo había planteado, pero si llegase a tener el nivel de conciencia, la disciplina, capacidades y maneras de convertirse en uno, aún no podría ser capaz de reemplazar a cada uno de los otros... —Se detuvo.
—¿Cuántos Ancestrales es que son? —solté sin tener absoluta información de los Ancestrales; comprendía que eran manifestaciones antiguas de las fuerzas que sostenían al macroverso, pero en sí no tenía ninguna idea de lo que “eso” o “ellos” pudieran ser.
—Son siete —parpadeó mirándome esta vez; sentí un poco de calor en mi pecho repentinamente.
Suspiré. Pues extrañaba a Arpo, Adriano, incluso diría que a Celesfhio, pero Ezequiel me estaba necesitando y ahora, en este preciso momento, me necesitan más, lo sentía en mis huesos. Estaba seguro de ello, pero pregunté: —¿Son o eran?
Entonces su rostro pareció confundido; después sonrió mirando a un lado. Me miró y dijo: —Yo... me equivoqué —sonrió.
Solté un pequeño suspiro, aunque realmente me sentí enternecido. —Arpo... los Ancestrales —musité intentando no sonar desesperado.
—Sí, bueno, eran siete: la Buena Voluntad, que como ya sabes... ya no está... el Olvido y la Ruina, el Caos Original, la Estructura...
—¿La Estructura? —lo interrumpí sin premeditar y luego me disculpé y le pedí que continuara.
—... La Estructura... la Voluntad Soberana, el Equilibrio... y la Oscuridad. —Parpadeó varias veces como si su “mente” se hubiese ido a otro lado de pronto.
—Eh, ¿estas son las fuerzas que se manifiestan en el universo? —cuestioné sin poder asociarlo a nada antes concebido en mi mente.
—No, estos son pilares esenciales para la existencia y la creación —respondió—. ... Sea lo que sea que Sythronc esté planeando, hay que detenerlo. El daño ya es totalmente tangible. Han desaparecido millones de universos, y todo lo que no hemos podido registrar.
—Sí, debemos y lo haremos. Tranquilo. —bajé la mirada posando una mano en su hombrera. Y nos miramos brevemente, fue agradable ese instante, pero el viaje, debe continuar.
Llegamos a mi centro y, antes de partir a la torre de Adriano, debía ver a Ezequiel.
Sé que necesito hacer algo por ellos, puedo sentir dentro de mí que están pasando cosas muy turbias.
Veo sistemas de adoctrinamiento y domesticación humana preocupantes. Las grandes mentes intentan distraer las mentes de los demás desde muy pequeños, alejándolos de las costumbres cambiantes desde el origen de la especie bajo mi visión.
Casi puedo ver a Elister celebrando a su hijo mayor graduándose de la copia barata de las ciencias políticas; ha estado acumulando tierras, colocando a otros como dueños titulares de empresas y terrenos, mientras él engorda sus adquisiciones pintándose como socio.
Cuando finalmente me conecté con ellos en mi esfera cosmogónica, todo aquello que sentía: era una terrible realidad.
Lo vi con mis propios ojos. Mukhtar Fieldes, hijo de Eliester Fieldes. Ahora era un tipo de presidente dentro de un país consumidor, ignorante y corrupto. Todo era comercio e inconsciencia, dominio y poder, mentira tras mentira, egoísmo, ego del ser. La guerra del mundo se aproximaba.
Habían países que apenas comenzaban su regreso hacia mi visión, una transición difícil bajo la presión de otros, que exigían alianzas y otros tipos de permisos sobre la tierra que no se ajustaban a los sistemas que manejaban.
Una fuerte protesta comenzó a surgir cuando le robaron parte de los suministros de energía a aquellos países que intentaban cambiar de rumbo. Y yo sabía lo que sucedía. Los grandes empresarios y terroristas apodados como jefes de estados, lo habían mandado a robar para crear aquella innecesaria arma de destrucción masiva que, donde impactaba, la vida moría durante generaciones y al volver no sería la misma; ni la tierra ni el aire... acabaría con medio país si así lo quisieran.
Sé que tengo que partir pronto, pero debo hacer algo. Ajusté y supe cuándo podría actuar: un debate entre los países, las grandes mentes y tribus de Ezequiel. Mientras todo era transmitido en sus versiones de televisores, interpretando a Visión Mónaca 6.º, tendría la oportunidad de hacerles saber que están cruzando un umbral que no tiene un recorrido muy bonito.
Las pruebas estaban ahí: periodistas, investigadores, fotógrafos históricos... todo ciudadano de Ezequiel cuya pasión lo llevara a la verdad las tenía, todas las pruebas necesarias de quiénes y cómo habían robado aquel recurso. Y sobre todo, lo que hicieron con ello. Yo lo había plantado de alguna forma, solo deseé que las personas correctas siguieran sus instintos, siguieran su corazón. Y así fue: ellos consiguieron las pruebas: defensores de fe (lo que serían los abogados, en teoría), políticos, representantes de países y presidentes de países. Todos tuvieron su participación en esta conspiración inconsciente... aunque quizás sí fue algo consciente.
Llegado el momento, la sala de conferencias era un reflejo de la tensión que se extendía por el mundo. Pantallas colgadas en el aire, transmitiendo cada palabra, cada prueba, cada mirada de los líderes reunidos.
Gloria, el país gobernado por Mukhtar Fieldes, estaba en el centro del debate, su futuro pendiendo de un hilo.
Di un paso adelante, sintiendo el peso de lo que debía decir. Había pruebas suficientes para destituirlo, pero el problema no era la evidencia... era la voluntad de quienes debían decidir. Las imágenes se desplegaron en el aire: los registros del robo de suministros de energía, los planos del arma capaz de destruir medio país con una sola detonación, los testimonios de periodistas e investigadores que habían seguido el rastro de la corrupción hasta la cima del poder. Gloria estaba expuesta ante el mundo, su líder convertido en un símbolo de ambición desmedida y corrupción deshumana.
Tomé aire y hablé con firmeza frente aquel micrófono siendo Visión Mónaca 6° —Lo que estamos viendo aquí no es solo una violación a tratados internacionales. No es solo un robo. Es la confirmación de que un gobernante ha puesto en riesgo no solo a su propia nación, sino al equilibrio del mundo entero.
Algunos representantes intercambiaron miradas incómodas. Mukhtar Fieldes aún tenía aliados, aquellos que preferían mirar hacia otro lado en nombre de sus propios intereses. Gloria debía ser liberada de su yugo. Pero, ¿quién se atrevería a dar el primer paso?
Desde el fondo de la sala, los defensores de fe tomaron la palabra. —Mukhtar ha cruzado un umbral peligroso. La historia nos ha mostrado lo que sucede cuando permitimos que el poder sea utilizado para la destrucción en lugar de para el crecimiento. ¿Dónde están los nativos de la gran laguna? Fueron destruidos por las primeras armas explosivas.—Todos aquellos que comprendían que el sistema establecido iba para mal, comenzaba a alzar la voz con mucha valentía.
La resolución quedó sobre la mesa: Gloria quedaba aislada. Mukhtar Fieldes perdería sus viajes globales hasta que se acordara su destitución por unanimidad. Era solo el primer movimiento en una partida que definiría el futuro de Gloria y, quizás, del mundo entero.
Salí de la sala antes de que las voces comenzaran a apagarse. La tensión aún se sentía en el aire, como si el peso de la decisión flotara sobre todos los presentes. En el pasillo me encontré con Mukhtar Fieldes, solo, con las manos detrás de la espalda, mirando fijamente el suelo como si intentara encontrar una respuesta en las baldosas frías. Me detuve, esperando a que levantara la mirada.
—¿Te das cuenta de lo que has hecho? —le pregunté; mi voz firme, pero sin ira.
Mukhtar apenas reaccionó. Sus ojos, cansados pero aún llenos de orgullo, se posaron en los míos. —El poder es un juego, señor Visión —respondió con un tono casi filosófico—. Si no lo controlas, alguien más lo hará.
Di un paso hacia él, sintiendo la gravedad del momento: Tenía frente a mi a un futuro tirano—No es un juego cuando implica la vida de cientos, de miles, de personas —insistí pausadamente—. Lo que estás haciendo va a destruir no solo tu país, sino la esencia misma de quienes confían en ti. Al final, todo quedará destruido.
Mukhtar apretó la mandíbula, pero no respondió de inmediato. —¿Y qué propones? ¿Que me detenga? —dijo con una mueca irónica—. ¿Que entregue mi posición y deje que los mismos buitres que hoy dudan en destituirme tomen mi lugar?
Recordé a Mostaza y su hipocresía consigo mismo. Tomé aire. —Te propongo que elijas la única opción que aún te queda para evitar una tragedia irreversible —dije sin vacilar—. Detén esto antes de que sea demasiado tarde.
El silencio se extendió entre nosotros. Mukhtar cerró los ojos por un instante, pero cuando los abrió, lo supe: no iba a detenerse. Y cuando se alejó por el pasillo sin responder, entendí que el conflicto era inevitable.
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Editado: 27.03.2026