“LA INTEGRACIÓN DE LA OSCURIDAD”
Me subí a la Lúminis Arca junto a algunos de mis Cooperadores. Había dejado a los mejores a cargo del monitoreo de mis universos, en especial de Ezequiel. Sentía que yo estaba enfermando, como si necesitara descansar o algún tipo de suplemento. Preocuparme ahora por ello no tendría efecto beneficioso: Ezequiel está pasando por una crisis, los Autores casi preparándose para una guerra, y el macroverso en una inminente amenaza.
Mi nave aterrizó junto a la Nexus Nova; una versión actualizada de la anterior, me parece. Nos dirigimos directamente al gran salón de Adriano. Había mucho silencio pese a que Adriano se encargaba de organizar los equipos y recursos. Brina disponía todo su conocimiento y voluntad al propósito. Compartía con los demás el mapa de los tres sectores cercanos con los que el nuestro coexistía. Finalmente fue visible la ausencia de varios centros de conciencia y algunos daños en la realidad. Incluso las fuerzas naturales del plano de la creación estaban sufriendo algunos cambios.
Pasamos por revestidores con nuevas armaduras; la mía tenía mucho blanco y dorado para mi gusto. Pero eso... ¿eso qué importaba? Lo que me preocupaba era lo que estaba por venir. El tiempo pasaba y parecían las horas más eternas. Me distancié de la mesa redonda donde las voces comenzaban a aturdirme.
Un calor intenso dentro de mí me hacía creer que estaba por suceder algo... grande.
—¿Estás bien, Mónaco? —Me sorprendió Arpo juntándose a mí.
—Sí —asentí sin mirarlo. Después lo miré detalladamente; quizás él había cambiado sus hábitos, sus roles, su físico, pero seguía siendo Arpo—. La verdad es que estoy preocupado. Estoy aquí y dispuesto, pero la verdad es que no sé qué es lo que tengo que hacer.
Sonrió y luego sujetó mi mano. —... Siempre tan diligente y sincero...y además, apasionado. —Me giró y quedamos frente a frente—. ... Un paso a la vez, Mónaco. Eres... —Acarició mi rostro con su otra mano. Era fría, pero transmitía una sensación cálida mientras mis ojos seguían los suyos.
—es que de momento no sé… —miré sus labios destellantes, y luego sus ojos—…¿Qué soy? ¿Qué es lo que tengo que hacer? —pedí en voz baja y acercándome a él.
—Eres... un hombre muy especial, pero absorbes todo lo que te rodea... —respondió, dejando fuera lo que esperaba como respuesta—. ... Procura protegerte: tus pensamientos, tu esencia y tu... —posó ambas manos sobre mi pecho y luego alzó la vista hacia mis ojos nuevamente—... tu corazón.
Entonces algo extraño pasó: sentí una exaltación. Algo que tenía que gritar y expresar, pero no sabía darle nombre. —Arpo, quisiera hablarte de algo.
—Eh —dijo alejándose un poco—. ¡Claro, Mónaco!
Un pitido alarmante, seguido del movimiento de los presentes en la sala, y una voz que anunció una anomalía en el plano de la creación. Arpo y yo nos dirigimos de inmediato junto a Adriano y Celesfhio.
—¿Qué está sucediendo? —pregunté apenas llegando.
—Parece que se acerca una tormenta en los confines del sector Blessed II —soltó la bioferonita llamada Psi.
—¿Una tormenta dices? —replicó Celesfhio contemplando las pantallas lumínicas flotantes.
—Sí, eso parece... Esta manifestación es nueva para mí... tiene patrones de conductas ancestrales... absorbe la luz y la materia pero parece convergerla dentro... y expulsar otros componentes similares. Tendría que estudiarla a profundidad —respondió mientras aguantaba la imagen para todos.
—¿Esas son ondas o qué? —pregunté notando unas manchas de colores moviéndose en la imagen.
—Sí, eso que se mueve como flama es un mapa del rastro energético de la tormenta —respondió.
—Brina, registra todo, por favor —le pedí a mi Primera Vigía al otro lado de la multitud.
—Se ha detectado otra anomalía... los datos marcan un 95% de posibilidades de que se trate de Sythronc y el señor Mostaza —dijo un ser peludo; ella era corpulenta y de varios ojos.
—¿Tenemos imagen? —preguntó Adriano.
—Solo un mapa de rastro energético por parte de la Lúminis Arca —respondió.
Adriano suspiró pensativo y dedicó una mirada hacia el biomecánico bioferonita junto a mí. —¿Qué opinas tú, Arpo?
Él me miró como si analizara un pensamiento al hacerlo; dio un paso adelante reflexionando. —... Esta fuerza que manifiesta la tormenta me es familiar... sin embargo, no podemos enfrentarla así nada más —inició y dedicó su mirada esta vez a las pantallas.
—Parece lo que vimos visitando el sector de Mayhem —dijo de pronto Celesfhio.
—Sí, sus movimientos, lo alto y variante de su energía. Me recuerda a aquella masa flameante que vimos en el Sector Mayhem —respondió Arpo volviendo la mirada a Celesfhio, pero luego la posó en la otra pantalla luminosa—. Teniendo eso en cuenta... eso nos dice que es una fuerza natural... quizás incluso un señuelo para alejarnos del objetivo principal.
En ese momento mis ojos se clavaron en el mapa energético que señalaba la posible guarida de Sythronc.
—Claro. Una trampa —se escuchó a Brina—. Puede que lo sea.—miró a los demás como si esperara.
—¿Qué debemos hacer? —pregunté de una vez, luego esperé a que Adriano o Arpo dijesen algo, mirándolos atentamente.
—Debemos ayudar a los que están en peligro en Blessed II... —agregó Adriano—. Podemos enviar dos naves con cooperadores de resguardo…Recomiendo que atendamos la otra señal cuanto antes... Sythronc podría estar buscando algo de ese sector en el que está. Y cada recurso que consigue lo pone un paso más cerca de la destrucción que tanto promete.—¡Bueno ¡—Adriano se puso firme sobre la mesa—. ¡Ya escucharon!
El salón se puso en movimiento, vaciándose parcialmente en un murmullo de voces e idiomas. La Lúminis Arca y la Nexus Nova comenzaban a despegar, seguidas por cuatro Micro Nexus de defensa. Había un silencio sepulcral durante el viaje. Una pequeña nube naranja y rosada brillaba en la distancia, como una estrella entre las ondas boreales del cosmos en el plano de la creación.
Arpo estaba revisando todos los datos en el tablero mientras seguíamos el rumbo rastreando aquella señal de antimateria. Yo quisiera poder tener el tiempo para explorar lo que sentía en una conversación sincera. Pero esto, estaba de por medio. Siempre he vivido con ese constante sentimiento de que todo, es ahora o nunca.
La Lúminis Arca esperaba a las naves de Adriano a la distancia de aquel diamante escarlata flotando en una turbulencia. Ya conocía la experiencia de estar cerca de algo como esto... Mi interior ardía, esta vez dolía un poco más (quizás el cansancio, quizás sí esté enfermo). Mis ojos buscaron en el interior de lo que parece un portal anómalo, una desgarré en el aire como una herida abierta, y encontré una bola negra que irradia una luz de anillos cruzados, con textura arenosa y brillante.
—Esto es curioso —escuché a Arpo trayéndome a la realidad. Yo me acerqué a su puesto cruzando la cabina de conducción.
—¿Qué?
Él me miró. Sus ojos divagaron por las pantallas y luego se posaron en mí. —Creo que reconozco este sector. Es donde... —Se detuvo mirándome.
—¿Qué cosa? ¿Por qué te quedas en silencio? —pregunté un tanto intrigado e irritado.
—Aquí, en algún lugar, debería estar el centro de la autora Darklita Yzzais... —dijo Arpo mirando las pantallas y hacia mí, como si esperara alguna reacción o comentario en particular.
—¿Y lo curioso es que...?
—Esta autora es... curiosamente... la versión suprema de nuestro aliado... —me miró— ... el Emperador Celesfhio Yzzais.
—¿Una...? —repetí—. ¿Celesfhio no es un autor?
—No... y tan curioso como que estamos aquí... Celesfhio es un misterio. Es una versión de sí mismo muy cercana a su yo supremo —agregó como si intentara descifrar algo en ello.
—¿Pero es una mujer? —pregunté.
—No siempre lo fue.
—Comprendo —musité. Entonces pude ver lo que Arpo encontraba “curioso”; si de algo estaba seguro era de que nada sucedía por casualidad.
—¿Puede ser una trampa? —pregunté.
—No tengo idea.
Poco después se nos incorporaron la Nexus Nova y las naves de defensa.
Adriano y Celesfhio establecieron la comunicación entre todas las naves. Arpo y yo nos integramos a la plataforma de la Lúminis Arca junto a los Resguardos y Cooperadores. Brina se nos unió enseguida notificando que se han detectado distintos cuerpos colosales más allá de la fractura dimensional.
—¿Cuántos cuerpos? —preguntó Arpo antes que yo.
—11 cuerpos aproximadamente, dos de ellos quintuplican el tamaño de los otros —respondió Brina en voz baja mientras que los Resguardos seguían escuchando las instrucciones de Celesfhio.
—¿Los cuerpos más grandes podrían ser centros de conciencia? —susurré consultando con Arpo, que parecía meditar al respecto.
—... No lo sé, podría serlo pero… no he visto autores con tan imponente estructura. Esto parece una emboscada —murmuró con su voz metalizada.
—Deberíamos avisarle a Adriano y Celesfhio —respondí, deseando que Arpo estuviese equivocado.
Él asintió. Dejamos a Brina a cargo de las tropas en la Lúminis Arca y nos transportamos a la Nexus Nova en una nave Celador Estelar. Apenas abordamos, la tensión se sentía en el entorno. Los Resguardos en la Nexus Nova parecían mucho más conscientes de lo que estábamos por enfrentar. Firmes, diligentes; había movimientos entre los corredores con aquella atención. Psi nos interceptó guiándonos rápidamente hacia la cabina junto a Celesfhio y Adriano.
—Señor Adriano... —dijo Arpo integrándose entre los tableros—. ... Mónaco y yo hemos estado hablando y tenemos la ligera impresión de que esto podría ser una treta.
—Comprendo perfectamente... creo que compartimos el sentimiento —dijo Adriano con un tono de voz más calmado de lo esperado.
—Y... entonces, ¿qué es lo que haremos? —repliqué mirándolos.
—De igual manera tenemos que entrar... este sector, en particular esta ubicación, me da la impresión de ser un punto estratégico... la autora de esta zona es diestra en la manipulación de las energías... su origen proviene de la magia arcana y cósmica... —explicaba mientras ajustaba en los tableros al tiempo en que se mostraban imágenes de la persona en cuestión.
Definitivamente, su parecido con Celesfhio era innegable: una mujer de facciones cuadradas, robusta, piel rosada cual yogur de fresa, tersa y pulida como la cerámica.
—¿Magia? —balbuceé recordando que Mostaza también había asegurado ser un tipo de hechicero.
—Tenemos que tener cuidado...hace muchísimo tiempo que no me reúno con ella —comentó desviando la vista hacia Celesfhio. Él lo notó, pero sus gestos me hacían comprender que era ajeno a cualquier pensamiento que pudiese tener Adriano.
Las naves se adentraron a aquella grieta con resistencia y turbulencia (seguro la Lúminis Arca atravesó el portal con mayor facilidad). Entre miles de ráfagas de luces... volví a ver aquellos símbolos luminosos que, como ojos, se posaban en mí mientras yo floto frente a ellos. Sentí que aquello respiraba y, de alguna forma, trataba de tomar lugar en mis pulmones. Por mis ojos, aún como visiones, pasaron llamaradas doradas y moradas acompañadas de gritos, explosiones y chirridos. Hasta que finalmente se sintió la calma, las luces dejaron de mandar señales a mis párpados, mi visión se aclaraba y mis oídos dejaban de sentirse como si hubiesen estado tapados.
De regreso en la nave con mis colegas. Nos encontré de nuevo, en aquel lugar azul oscuro... opaco, muerto... se sentía un eco moribundo, como una respiración agonizante que el mismo vacío producía.
Rápidamente vimos aquellos escombros inmensamente enormes: colinas y figuras entrelazadas como cadenillas y moléculas, diez veces más grandes que la Nexus Nova, dispersas en pedazos por el inerte cuerpo sin vida de un macroverso antiguo.
—Pero... —musitó Adriano. Yo estaba a su espalda. Me temblaban un poco las piernas mientras mi puño se aferraba al mango de la Llamasintis adherido a la pierna izquierda de mi pantalón reforzado.
Era imponente. Nos movíamos entre los escombros volando lentamente. La sonda funcionaba, pero apenas éramos capaces de recibir respuesta de algunos elementos que ya la máquina había reconocido con anterioridad. Se podía apreciar una enorme nave ovoide; en un costado, la enorme capilla que a duras penas se mantenía en pie. Había destellos rojos en la lejanía; parecían chispas rojas flotando.
—Damas Rojas —anunció Brina casi fascinada.
—Puede ser que de este lugar es de donde provienen —susurró el enorme Celesfhio con sus ojos brillantes en lo profundo del cadáver galáctico.
—La cuestión es: ¿qué trae a Sythronc aquí? —soltó Adriano vigilando la estructura.
Desde el interior de la estructura comencé a sentir que un extraño zumbido provenía del lugar. Mis ojos se fijaban en la oscuridad de la enorme y cóncava entrada entre muros de columnas y paredes de fibras interconectadas como red. Se sintieron unos estruendos al tiempo en que se vieron destellos verdosos y escarlatas en el centro de la enorme entrada; daba la impresión de ser un templo del Olimpo siendo saqueado desde adentro.
…Un chirrido eléctrico y varias explosiones se escucharon de nuevo con aquellas luces saliendo del interior más intensas que antes. Las naves se sacudieron un poco repentinamente cuando se volvieron a escuchar. Brina apareció en una pantalla anunciándonos con una voz que la Lúminis Arca tenía una fuerte sobrecarga.
Adriano pidió que se activara la “barrera carmesí” (parte de la tecnología nueva, supuse de inmediato). Aquella malla esférica color escarlata envolvió a todas las naves con su brillo, que caía y subía como corrientes neuronales que se encontraban en el centro del campo. Rápidamente, las formaciones rocosas y escombros que flotaban chocando con el campo del escudo escarlata salían disparados, crecían o se destrozaban. La enorme estructura seguía retumbando y destellando intensamente como sin monstruo gigante luchara dentro. Y las naves seguían recibiendo el impacto de las ondas que salían como bombardeos. Celesfhio retrocedió de pronto sujetándose las sienes. —¡Masnheik! —gruñó en su idioma empujando a Psi y tropezando con algunos asientos.
Sentí que se me fue el aliento cuando intenté acercarme a ayudar. Visualicé a Adriano intentando alcanzar al enorme Celesfhio que se desplomaba cuando, en un parpadeo... me encontré a mí mismo flotando en el infinito cosmos. Estaba resplandeciendo demasiado; una luz dorada bailaba en todo mi cuerpo…De la nada, unos enormes ojos verdosos y estrellados se hicieron frente a mí; sentí el peso del olvido, y algo como ternura a la vez... mi cuerpo se contrajo (también sentí que fui arrojado) y escuché claramente la voz de Celesfhio como si estuviese siendo herido.
Reacciono dándome cuenta de que apenas estoy por caer al suelo; Arpo me sostiene y vuelvo la mirada hacia Celesfhio, aún inclinado en el aire. Él estaba sobre el suelo; logró poner las manos antes de caer. Otra onda expansiva sacudió de nuevo la burbuja en que nos protegíamos. Algo parecido a un suspiro se sintió en el lugar y todo se fue suavizando hasta quedar totalmente quieto. Las pantallas dejaron de titilar en ese momento.
Nos pusimos de pie dentro de la cabina mirándonos los rostros. Allí estaba la Vigía Skehé con sus branquias bombeando aceleradamente y los ojos sobre mí dentro de aquel casco con líquido. Adriano se giró buscando a Celesfhio; luego de alcanzarlo, miró a Psi. Estábamos sin palabras.
—¡Debemos entrar! —dijo mirándola con decisión.
Cuando estuvimos en la superficie, las tropas marchaban en silencio con una voluntad pulcra, entregada. Brina estaba dirigiéndoles unas palabras con instrucciones. Yo la aprecié notando la pasión con que servía al propósito. Se empezó a escuchar un silbido constante y vibrante mientras marchábamos al interior del lugar, iluminados por los proyectores en las hombreras de los Resguardos.
Adriano volvió la vista atrás, hacia la salida de la gigantesca estructura. Yo lo imité, descubriendo que varios rastros de luz plateada se aproximaban a donde estábamos desde más allá de la herida anómala flotante.
—¡Los Testigos! —masculló abriendo los ojos—. ¡Entremos! —Se volvió hacia la oscuridad guiándonos.
De pronto empezamos a escuchar un chispeo energético que nos llevó al origen del resplandor escarlata. Aquella enorme sala estaba arremolinada, destellante como una tormenta de relámpagos escarlatas y vientos descomunales. Y había una enorme isla flotaba frente a aquella colosal figura rocosa tendida sobre un trono de estructuras interconectadas.
—¡Ese es el Centro de Conciencia de Darklita Yzzais! Está custodiada por naves de soporte —comentó Adriano mientras seguíamos adentrándonos entre las punzantes estructuras de piedra negra brillante que emanaban del suelo. Nos acercábamos marchando y con los deslizadores; la tropa que estaba actualizada para combate aéreo se mantenía en el suelo mientras las corrientes seguían dando vueltas, aunque era evidente que estaban mermando su ferocidad.
—Esto... —musitó Arpo mirando la gigantesca figura petrificada en la pared—. ... Él es... —Mis ojos se posaron en aquella estructura; parecía tener varios brazos que caían.
—Él es... —repetí cuando lo entendí de pronto—: ... es un Ancestral.—mi cuerpo se erizó.
—El Olvido y la Ruina —escuché decir a Arpo. De pronto, el enorme templo se comenzó a sacudir. El suelo se resquebrajaba, las esquinas escupían polvo y partículas flotantes.
—¿Otra avalancha? —se escuchó la voz de Celesfhio por encima del ruido de los presentes.
A algunos metros, una pared comenzó a desmoronarse; se dibujó una grieta circular que de pronto detonó en pedazos, chisporroteando una energía verdosa. Brina se escuchó por el comunicador pidiendo a los Resguardos de máxima protección activarse, y una malla naranja destelló sobre nosotros bajo la lluvia de piedras que explotaban al tocar el campo protector.
Una enorme bolsa roja luminosa comenzó a emerger del agujero, cubierta de ramas amarillentas, burbujas y polvo que parecía destellar. Se alzó impulsándose por varios tentáculos como un pulpo en el mar. Sus varias capas de piel rojiza y casi traslúcida se batían lentamente mientras parecía cargar y liberar esferas verdosas y luminosas.
—¿Qué diablos es eso? —se me escapó ante el tamaño de la criatura. Estaba casi seguro de que nos estaba viendo.
—Es una Dama Roja —musitó Arpo—. ¡Debemos elevarnos! ¡Ya! —dijo regresando a una plataforma deslizadora que estaba allí. Celesfhio dio un impresionante brinco hasta una pared de roca de donde se colgó al primer contacto.
Los Resguardos alzaron vuelo y los otros se integraban a las Madres de Combate. Arpo y yo nos subimos a una de esas. Su forma de gallina es práctica para la hora de recoger equipos y personas. Aquella cosa intentó embestirnos, pero el operador de la Madre de Combate era bastante ágil; saltando entre montañas de piedra engañamos y rodeamos a la criatura. Escapándonos de su vista entre las enorme púas del mineral negro, y seguimos la escalada por los pies del cadáver solidificado del Ancestral. Aquella cosa seguía merodeando en las profundidades, liberando nubes resplandecientes de energía.
Las naves que flotaban alrededor del santuario de Darklita comenzaron a desorganizarse y descender hacia nosotros repentinamente. —¡Nos detectaron! —dijo Psi.
—¡Llegó el momento! —se escuchó a Celesfhio por el comunicador.
Los disparos escarlatas y naranjas comenzaron a llover sobre nosotros. Arpo sacó unas armas delgadas y largas que zumbaban. —Promete, creer en ti —me dijo sorpresivamente con el rostro fijo hacia la isla flotante. Me quedé mudo y él volteó a mirarme como si esperara algo.
—Promete cuidarte —respondí a cambio.
—Lo haré. —Volvió a mirar al frente: una nave enemiga se desplomaba dando vueltas muy cerca de nosotros.
—Pero esta vez cumple tu promesa —dije desenvainando la Llamasintis, que tomó forma de una larga espada fina. Su hoja vibraba en una flama dorada.
Arpo desvió la vista hacia mí: —¿Qué quieres decir con eso?
—Jamás fuiste a visitarme —respondí mientras veía una extraña silueta moviéndose en la isla.
—Lamento no haberte visitado, Mónaco... Yo asumí que por ahora tenías otras prioridades —lo escuché responder pero, aquella enorme silueta me ponía inquieto; de pronto empiezo a ver una luz escarlata que se hace intensa en la figura.
—¿Eso qué es? —mascullé notando que se convertía en una bola de luz escarlata; entonces comprendí. Arpo y yo intercambiamos miradas. Él anunció que abandonaran la Madre y yo destruí el cajetín de energía abriendo las celdas en la cámara. Sentí la mano fría y firme de Arpo sujetando la mía. Y juntos saltamos al vacío... los Resguardos, en caída libre con sus propulsores propios, en deslizadores o cápsulas, salieron disparados seguidos del impacto del rayo escarlata que atravesó la Madre de Combate.
La hoja de mi espada se batía y yo giraba cayendo, sujetado de la mano de Arpo que se acomodaba. Contemplé cuando la Llamasintis se durmió y, seguido, mis ojos se posaron en los cristalinos ojos grises de Arpo.
De pronto fuimos arrastrados por algo fuertemente, rodando hasta chocar con un tope: una pared dorada y vibrante. Brina nos había interceptado en un deslizador con algunos Resguardos encima. Apenas nos acomodamos vimos a Adriano guiar unos deslizadores que parecían motocicletas voladoras, disparando rayos rojizos desde los discos luminosos de la parte frontal del vehículo. Nuestras cabezas se alzaron descubriendo los androides de Sythronc desplegándose desde el oasis de Darklita, con sus ojos rojos y sus armaduras negras y brillantes. Cinco Resguardos se elevaron con las actualizaciones para volar, iniciando el fuego y también lloviendo más disparos desde arriba.
Otro cañonazo de aquella energía que destellaba de escarlata arrasa cruzando la mitad del enorme santuario antiguo, ahí fue que vimos a Celesfhio que saltaba la pared combatiendo y trepándola a la vez. Nos sorprenden unos Androides de ojos rojos sobre el deslizador. La Llamasintis despierta. Intercambio miradas con Arpo, que vuelve a sacar sus armas luminosas. Recibo un disparo en el peto de la armadura dejando una pequeña perforación.
Y sorprendido del poder del arma, blando mi espada de porte largo y fino, dividiendo al androide a la mitad. Horrorizado, me detengo preguntándome qué era realmente esta arma. Veo los proyectiles azul celeste pasando frente a mi rostro y los sigo con la vista hasta verlos impactar en dos androides que sometían a nuestros Resguardos a la distancia. Encuentro al tirador: Arpo, quien seguía disparando a los invasores; y solo me dio una mirada como diciendo: “¿Qué esperas?”.
No quería desintegrar a nadie más, pero la blandí cuando aquel otro androide volaba hacia mí con sus manos lanzándome fuego como un soplete de alta presión. Corté sus brazos y seguí batallando. Brina seguía llevándonos más y más arriba, mientras en todas partes batallábamos por llegar. A la distancia, o comparados con aquel oasis, o aquel enorme cadáver, se nos vería como mosquitos y avispas disparándonos.
Alguien gritó: “¡La Dama Roja!”, y no tuve que ver para entender lo que pasaba.
Al acercarnos al borde veíamos una Madre de Combate alcanzándonos el vuelo, elevada por varias cápsulas. Celesfhio parecía dirigirse a ella (quizás estaba cansado de usar la fuerza para mantenerse en ascenso y defender, pensé) mientras que Adriano me empujó y atajó en el aire sacándome del deslizador a tiempo para evitar varios disparos que posiblemente no podría evitar. —¡Sube! —masculló Adriano aún conduciendo el deslizador mientras yo colgaba apenas creyendo la habilidad que requerí para sujetarme. Me subí y dormí la Llamasintis acomodándome tras de Adriano, jadeando y alzando la vista hasta el Oasis al que nunca parecíamos alcanzar.
—Son muchos —dije contemplando la escena del combate desatado mientras sobrevolábamos en un giro ascendente, justo fue cuando la perturbadora figura de la Dama Roja subió por encima de una nube polvosa negra con destellos verde esmeralda desde el fondo de la batalla. Sus tentáculos abrazaban la Madre de Combate, aplastándola como una caja de cartón; parecía derretir el metal entre sus radiactivos y antinaturales tentáculos luminosos, y con sus vestidos de piel traslúcida. Entonces, vimos que Celesfhio saltó hacia la máquina de donde muchos intentaban escapar y una nube oscura arremolinada comenzó a esparcirse desde las ventosas de la Dama Roja. —¡Celesfhio! —bramó Adriano direccionándose al lugar mientras que él ayudaba a los otros a escapar.
Extendí el mango de mi espada apuntando como una vara y esta lanzó un potente rayo morado a los tentáculos que se acercaban a Celesfhio y logrando repelerlos.
Veo que nos acercamos de nuevo a un deslizador y toco el hombro de Adriano mientras me voy acomodando para saltar. —¡Pediré que me lleve hasta él! —le anuncio en voz alta para que me escuche, y le señalo también.
Evadió varios disparos acercándose al deslizador y finalmente salté como nunca antes. Los Resguardos estuvieron a punto de dispararme cuando aterricé pero me reconocieron velozmente rodeándome para protegerme.
—¡Ya casi llegamos al Centro de Conciencia de Darklita, señor Mónaco! —anunció el Resguardo de piel escamosa y opaca que estaba conduciendo.
—¡Debemos ayudar al Emperador Celesfhio! —pedí de inmediato, y el sujeto se desvió rápidamente al lugar.
Celesfhio se subió al deslizador en un brinco que nos sacudió, cargaba algunos sobrevivientes en un brazo, y otros se trepaban a él. Repentinamente y sin tiempo para descansar, protegía a los que estábamos en el deslizador de los disparos de los androides Sythronc con su capa aterciopelada.
Yo estaba admirándolo impresionado, y ahí lo vi alzar la vista apenas sudando—¡terminemos con esto! —anunció el gigante emperador y extendió sus manos hacia mí. Yo salté hacia ellas sin dudar, durmiendo la Llamasintis y buscando el cañón que disparaba desde la central de Darklita.
—¡Arrójame a la primera estructura que veas que parezca un arma! —grité desde sus manos; él apenas pareció entender lo que le dije cuando de pronto me arroja.
Yo visualizo la enorme estructura negra, dorada y con venas magmáticas. Girando, desvainé blandiendo la Llamasintis y disparó dos látigos de onda ardiente que cruzaron el aparato dividiéndolo en pedazos. Mientras caía seguí blandiendo y disparando hasta caer sobre mi rodilla en su superficie temblorosa que comenzó a arder en un fuego dorado de partículas púrpuras.
Celesfhio cayó de pronto junto a la estructura haciéndola sacudir y desplomarse al abismo bajo el oasis flotante. Rápidamente me sacó del lugar en un brinco de los suyos, dejándome sobre la tierra y logrando distinguir aquella estructura en un terreno de arbustos geométricos. Parecía un capullo espinoso aquella edificación. Desde donde estaba podía ver el balcón donde seguramente Darklita estaba secuestrada.
La colosal nave de Sythronc estaba justo detrás del santuario de la autora, casi como un sol rocoso que intentaba devorarse el oasis cósmico.
Vi a Celesfhio correr al lugar. La nube de polvo que dejó me cubría. Varios disparos comenzaban a alcanzarme, pero los aliados también. Los Resguardos se unieron a mi lado y de inmediato seguí el camino hacia la torre de visión combatiendo.
Adriano voló junto a nosotros. —Vamos —me dijo acercándose más y bajando la velocidad. Me subí de nuevo a su espalda, dirigiendo a los Resguardos que se acercaron en deslizadores similares.
—¿Se quedará solo? —preguntó un piloto de los seis que estaban rodeándonos mientras cruzábamos aquel puente gigante.
—Estoy con Mónaco. Quédese uno de ustedes conmigo hasta que entremos a la estructura... los demás intenten ayudar a otros a llegar al Santuario—respondió justo cuando vi aquella enorme boca de túnel hacia la estructura.
Se dispersaron mientras que por delante de nosotros vimos a Celesfhio dar un gran brinco derribando una cápsula enemiga que daba la impresión de un renacuajo con púas. Aterrizó sobre sus manos en aquella nave, luego sacó a los sujetos biomecánicos enemigos y los arrojó por los aires como toda una bestia.
De pronto, me estalló el deslizador en el tímpano derecho. La fuerza impulsiva me tiró por los aires; sentí las piernas de Adriano golpeándome el pecho y giré varias veces lastimándome el rostro, hasta que me frené con el cadáver de una Resguardo corpulenta, al parecer de un planeta con seres de trompa. Cuando me incorporé sobre mis manos detallándola, en medio de aquella guerra desatada, pude ver la mitad baja de su cuerpo solidificada en un material negro chispeante.
Sentí una rabia profunda, y esperaba ver el rostro de Mostaza pronto. Él, era responsable de estas armas. Adriano se incorporó a mi lado repentinamente.
—Tenemos que llegar —dijo.
—Darklita puede estar aliada con Sythronc —respondí en cambio.
—¿Qué? —replicó antes de fijarse en un tiroteo cercano y el desplome de una de nuestras cápsulas.
—Es que… ¿dónde están los cooperadores de este centro? —pregunté. Adriano me miró fijamente.
—¿Dentro? —sugirió, aunque claramente dudaba.
—Este santuario sigue en pie—balbuceé sintiendo dolor físico real después de mucho tiempo.
De pronto, y para nuestra sorpresa, Celesfhio sale disparado justo frente a nuestros ojos, envuelto en una luz morada que parecía tener destellos de lunares oscuros en movimiento. Fue arrastrado por aquella energía y un deslizador con tropas aterrizó junto a él intentando apoyarlo entre tantos disparos.
Adriano corre en su ayuda, mientras yo me levanto lentamente preguntándome: ¿qué o quién era capaz de lanzar así a Celesfhio?
Apoyándome del cadáver de la Resguardo, veo entonces aquella figura que se abría paso entre feroces movimientos de guerra. Sus puños emanaban aquel fulgor morado de agujeros negros, aplastando a nuestros resguardos.
Era tan enorme como Celesfhio, la reconocí sin duda. Blandí la Llamasintis formando una espada de hoja más gruesa y rodeé al cadáver iniciando una carrera hacia Darklita. Arpo apareció junto a mí en un deslizador que me recordaba a una trucha.
—¿Piensas enfrentarla solo? —me gritó desde la máquina.
Yo me detuve tomando aliento; las balas luminosas se interpusieron y tuve que correr bajo los escombros de nuestras naves que estaban cerca. De pronto, Arpo se cruza en aquel vehículo y frena frente a mí.
—Sube.
Juntos evadimos los disparos elevándonos. Arpo disparaba certeramente a las naves libélulas de combate que comenzaban a salir de los pasillos principales, cuando de pronto algo nos detiene regresándonos hacia la entrada y nos sacude del deslizador.
Sobre el suelo húmedo alzo la vista distinguiendo a Darklita Yzzais; arrojó el deslizador con sus habilidades y sonrió dando unos pasos hacia mí.
—Tú eres el autor del que Sythronc me habló… —dijo mirándome de arriba abajo. De pronto sonrió.
—Así que Sí estás con él —respondí aún sobre la tierra, apenas dándome cuenta de que no tengo la Llamasintis en mis manos, pero intento disimularlo.
—No estoy con él, estoy con el destino —dijo alzando un puño al tiempo que chispeaban estrellas a su alrededor. Me miró de arriba abajo nuevamente—. Y tú también deberías estarlo. Sythronc quizás no se dé cuenta, pero yo sí.
—¿Cuenta de qué? —pregunté, al tiempo que intentaba sentir si mi espada me hablaba como aquella vez.
—Eres parte de ese cambio que se aproxima… —sonrió con sus ojos clavados en los míos, gritando certeza—. El error ¡¿Sí?!… así te sentiste, así te sientes a veces… pero todo, todo te ha llevado a este momento, y a ellos… —dijo señalando a un lado.
Nos dimos cuenta en ese momento de que Adriano y Arpo se acercaban a nosotros a corta distancia. Dejaron sus deslizadores y ella me observaba como si estuviera planeando alguna cosa.
—Querido Adriano —saludó cantoneando cuando estuvo cerca. Yo aproveché el momento para ponerme de pie—. ¿Cuánto tiempo? —hizo una risita.
—Tranquila, escuché todo gracias a Arpo —Adriano parecía nervioso—. Así que finalmente sucumbiste ante tu oscuridad.
—¿No es lo que todos hacemos? —preguntó irónicamente con aquellas poses toscas.
—No de esa manera. Es transmutar, elevar… no dejarse arrastrar —respondió Adriano acercándose con un tono de voz que me sonaba sincero y afectivo.
—Ah… —suspiró ella dramáticamente, como si se burlara.
—¿Aquí están las máquinas que el señor Mostaza creó para Sythronc? —preguntó directamente.
Un silencio repentino nos sorprendió a todos. Los cañones no retumbaban; las naves y armas no se escuchaban. Apenas se oían los zumbidos y murmullos de nuestras tropas flotando frente a sus adversarios, que simplemente se habían detenido.
Mi cuerpo sintió una resonancia que me erizaba. Los demás ya estaban buscando a su alrededor cuando, de pronto, Darklita y yo miramos juntos hacia el balcón en la estructura central. Aquella silueta con capa y destellante era reconocible. Sus ojos rojos, su contextura: era Sythronc.
—Llegamos tarde —escuché murmurar a Arpo a mi espalda.
Mis ojos seguían a Sythronc descendiendo hacia nosotros mientras que Darklita nos dijo:—Así es. Sythronc ya cargó todas las máquinas en la nave y está listo para continuar.
Celesfhio se acercó lentamente hacia Adriano. Yo apenas pude ver que Darklita los vigilaba; mis ojos no querían perder a Sythronc de vista. A ninguno de los dos en realidad. Al volver la mirada al frente, Sythronc estaba aterrizando sobre la tierra.
—Vaya… sí vinieron —se escuchó aquella voz grave y metálica.
—Eso esperabas ¿no?…la cuestión es: ¿para qué? —respondí, y luego encontré con la vista dónde había caído la Llamasintis.
Él soltó una carcajada mirándonos a los rostros mientras se paseaba. Parecía que nos contara.
—La verdad, no quería encontrármelos… apenas me deshice del quejumbroso señor Mostaza —soltó como si nada, pero algo me decía que mentía.
—¿Dónde está Mostaza? —pregunté extendiendo mi mano sin saber si funcionaria pero... La Llamasintis llegó a mí por sí sola; yo la miré aferrándome a ella al tiempo que destelló
—Ah, qué curioso artefacto —masculló mirándola—. No te preocupes por tu amiguito… además, ni siquiera lo conociste en realidad.
—El tiempo que estuvimos con Adriano entrenando es suficiente para mí. ¿Qué hiciste con él? —insistí.
—¿Te refieres a Ay? —soltó aún con aquel tono y chasqueando los dedos.
Vimos un androide enemigo aproximarse con el cuerpo sin vida de Mostaza; su brazo mutilado y quemado como la última vez que lo vimos. El biomecánico lo tiró sobre el suelo, dejándolo boca arriba y esparramado. Su piel lucía menos dorada. Mi pecho ardía de rabia mientras se grababa la imagen en mi cabeza; fragmento por fragmento.
Darklita estaba cerca del cuerpo y alzó su mano irradiando una luz verde de chispas negras destellantes. El cuerpo de Mostaza comenzó a destellar en una masa de luz que se movía y burbujeaba; luego crujió y se fue consumiendo hasta revelar el cuerpo de Ay con el mismo traje y heridas del que creíamos era el señor Mostaza.
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Editado: 27.03.2026