“LA OSCURIDAD”
Estaba paralizado mirando el cuerpo de Ay. Me preguntaba desde cuándo estaba reemplazando al señor Mostaza. Había un perturbador silencio que invitaba a preguntarnos desde cuándo Sythronc nos estaba manipulando a todos. Algo estaba cambiando en el entorno y podía sentirse, incluso escucharse.
—Mostaza estuvo trabajando para mí todo este tiempo sin siquiera saberlo… mientras que Ay… solo creía ser él —dijo casi como si fuera algo poético.
—¿cómo? ¿Cómo lo hiciste? —gruñó Adriano. Sythronc se detuvo mirándolo—. Nos esperabas para contárnoslo, ¿no?
—No… —cantoneó sonriendo mientras mi mano temblaba de impotencia—. Esperaba para mostrarles. Bueno… honestamente, yo también tenía que verlo.
—¿Ver qué? —preguntó Arpo.
—Si realmente todo esto estaba pasando —comentó sin que yo pudiera comprenderle.
De pronto aquel sonido se hizo más fuerte.
Todos buscaban a su alrededor aquel sonido.—Oh, sí. Darklita tenía razón… el cambio es evidente en cada paso —agregó después alzando la vista.
Al mirar hacia donde él lo hacía: flotaba sobre nosotros, entre las grietas del colosal santuario, aquel objeto, aquel ser: el Ofaním.
Giraba y emanaba una energía imponentemente alarmante.
De pronto, Me sorprendió un movimiento brusco que chirrió frente a mí. La Llamasintis logró frenar la espada negra y roja que Sythronc había empuñado contra mí. Yo recuperaba el aliento mirando sus ojos rojos brillantes sin dar crédito al descuido o la lealtad de la espada.
—Será mejor que a ustedes los mate y busque otras versiones —dijo aquella voz sintética frente a mí.
—¿Destruirás todo para que sea a tu manera? —mascullé aún resistiendo la fuerza que imponía sobre su espada contra la mía.
—¿Tú no te atreverías a eliminar a unos pocos para salvar a varios miles de tu planeta amado… Ezequiel? —respondió. Mi corazón se hizo débil en ese instante—. Tan solo desterrarlo a un mundo al borde de su destrucción, una supernova… y Ezequiel seguiría en su camino hacia la visión que les diste.
Mis ojos lo detallaban con terror—¿Cómo sabes todo eso? —gruñí empujándolo.
La flama de la Llamasintis bailó y Sythronc se puso firme mirándome. Los androides a su merced retomaron el ataque sorprendiéndonos de nuevo.
El rostro de Sythronc de pronto mostró preocupación mirando tras de mí. Me giré para descubrir aquellas estrellas fugaces que llegaban hasta nosotros… eran los Testigos.
Al volver a mirar al frente, vislumbré a Sythronc tratando de escapar con sus propulsores. Rápidamente blandí la Llamasintis cual látigo, atándolo por el pie y halándolo de regreso. Corrí hacia él, pero me hizo retroceder de un solo puñetazo en el rostro. Me volteé para mirarlo y tuve que rodar rápidamente, pues había arrojado su espada mortal hacia mí.
Una vez se clavó sobre la tierra, me puse de pie y corrí hacia él flameando esta vez una espada fina. Una ráfaga de tiros me desviaron del objetivo arrastrándome por el piso.
Alcé la vista adolorido, descubriendo a Sythronc tratando de huir de nuevo. Volteé a mi alrededor buscando: Adriano estaba resistiendo una andanada de disparos con su barrera energética. Entonces me levanté y salté, un poco fatigado y adolorido; di par de pasos y di un brinco con más fuerza que nunca, clavando mi espada cuando me vi caer sobre el androide que huía volando.
Me aferré a su amplio hombro y él, maldiciendo, me arrojó de nuevo al suelo.
Al intentar ponerme de pie, mis ojos volvían a verlo alejarse. La mano de Darklita me sorprendió de pronto, y me arrojó directo hacia la estructura del Oasis con un ruido seco. Caí al suelo de la misma manera, y sobre mis rodillas temblorosas, vislumbraba a la enorme mujer aproximándose hacia mí.
Sentía que ensordecía, que estaba aturdido. Era un momento decisivo; el macroverso dependía de nosotros.
Las estrellas finalmente caían, dejando ver aquellos seres de divina imponencia con lo que parecían alas de luces que se iban escarchando hasta desaparecer, y combatían inéditamente contra los androides bajo el dominio de Sythronc.
Volví el rostro hacia el portal, donde una especie de flota monumental se adentraba al templo gigante abandonado. Esta podría ser la guerra final contra la eminente amenaza.
Mis ojos entonces se posaron sobre el Ofaním vigilante, luego buscaron la figura de Sythronc que intentaba fugarse a través de las grietas en el techo.
Miré a mi alrededor, y entre la inminente muerte que me daría Darklita y un deslizador en forma de pescado estaban mis opciones; corrí para alcanzarlo y escapar tras Sythronc. Me subí a él sintiendo las fuertes pisadas de la autora de piel morada, pero el vehículo no arrancó de inmediato. Vi a Arpo interponerse haciéndola frenar, distrayendo a Darklita disparándole y volando alrededor de ella con su deslizador para darme tiempo.
La máquina me reconoció y, apenas se movió unos centímetros, mis ojos vieron a Darklita atajar el vehículo en el aire, sacar a Arpo del deslizador y partir su cuerpo a la mitad con sus propias manos.
Sin premeditarlo, me tiré del deslizador mientras mi pecho ardía en llamas. El rostro de Arpo rebotó en la tierra con la mirada hacia mí, mientras la luz de sus ojos grises se iba extinguiendo.
Mis ojos ardían como si fundiera la imagen en mi pecho—¡Nooo! —grité, sufriendo intensamente.
La rabia me invade y aquel ardor dentro de mí crecía. La hoja de mi espada flameó una llamarada alta que gruñía en tonalidades doradas como un dragón furioso. Mi cuerpo se alzó del suelo mientras se cubría en aquel fuego que no me quemaba.
Darklita me miró sonriendo y sacudiéndose de las manos la sustancia de las entrañas de Arpo. ¡Desgraciada!.
Corrió hacia mí y yo solo me elevé; de mis ojos brotaban lágrimas hirvientes, que se evaporaban antes de tocar mis mejillas, mi garganta se anudaba y ardía hasta que finalmente solté un grito seco y escalofriante.
Sentí que toda mi furia aleteó una onda ardiente que golpeó a la enorme mujer. Aun ante las brazas luchó pero su puño alzado hacia mí no logró moverse antes de que yo enterrara mi espada en su pecho.
Enseguida fue consumida por la llamarada y transformada en cenizas. El fuego que me cubría chirriaba como si fuera una enorme ave. Y entonces sentí que me alcé un poco más con aquellas llamaradas dibujando toda su forma y escupiendo bolas de fuego.
—¡Nooo! —aullé sin que el dolor se fuera de mi pecho.
Aquellas personas cercanas a mí fueron impulsadas lejos, lo que quedó cerca se calcinó al instante. Los enemigos se retiraban y yo descendía temblando.
Mis pies tropezaban entre la tierra y luego me arrastré hasta el torso superior de Arpo. Me puse a su lado y lo apoyé sobre mis piernas, abrazándolo contra mi pecho.
Mis ojos resplandecían tanto que empezaba a nublarse mi visión. Sobre su rostro comenzaron a caer gotas de sangre y, poco después, todo quedó a oscuras.
Despierto nuevamente. Mi cabeza y ojos ardían. La luz daba directo en mis pupilas, pero yo solo podía repetir una y otra vez la imagen de mi pobre Arpo cayendo en el suelo, sus ojos mirándome mientras su alma se alejaba de su cuerpo.
Fui escoltado a ducharme y vestirme para ser llevado ante el tribunal de los Testigos. De nuevo en aquella torre donde mi viaje como autor empezó, todo me hacía pensar más en la pérdida de Arpo y en mi fracaso en el intento por detener a Sythronc.
Adriano y yo esperábamos en el gran salón de su torre, de espaldas a la ventana panorámica.
Teníamos la moral baja: Sythronc había logrado colarse a la torre en nuestras ausencias, llevándose consigo a varios autores enloquecidos y sus creaciones. Escapó con las armas y ahora esperábamos a ser juzgados por el tribunal de los Testigos.
—Sé que esto no parece bueno ahora, Mónaco… —musitó Adriano.
—No tenemos que hablar de ello ahora, Adriano —lo interrumpí.
Justo después entraron varios Resguardos de alto nivel escoltando una comitiva de más de cien Testigos de todas partes del cosmos. De pronto, entró una especie de trono flotante de marcos oblicuos; un velo negro casi mágico ocultaba su interior. El lugar comenzaba a sentirse frío, más frío de lo habitual. Una frialdad tétrica me invadía al mirar aquel lugar sin saber qué había dentro. A puertas cerradas: Los Testigos no tardaron en resaltar la irresponsabilidad de no compartir toda la información sobre los movimientos de Sythronc, Mostaza y los otros autores. De la misma manera, advirtieron que la creación de estas armas y sus réplicas eran la peor aberración que la irresponsabilidad había creado. Subestimaron nuestras decisiones al armar un ejército para enfrentar a Sythronc sin siquiera tener la certeza de su paradero, pero finalmente terminaron reconociendo que, de no ser por estos actos, jamás hubiesen retenido a Sythronc lo suficiente para tenerlo al descubierto, ya que de alguna forma había estado evadiéndolo todo y a todos.
Fue entonces cuando la figura tras el velo fue presentada como el Ancestral de la Oscuridad. Su figura encorvada que con cuatro extremidades estaba abrazando sus piernas tomó forma mientras lo miraba, cuando le tocó su turno de hablar.
Advirtió que las reglas existían antes que ellos y debían seguirse y respetarse. En un momento admitió que “volver a ver” al Ofaním era la clara evidencia de que algo enorme se aproximaba y que esperaba no tener que volver a advertirnos sobre estas alteraciones.
Sin duda, lo evidente era que el Ancestral quería advertirnos personalmente. Las razones las desconozco, pero no quería pensar en ello ni siquiera.
Tomaba café en las raíces del Axis Eternum, meditando sobre lo que depararía el futuro ahora que Sythronc escapó. ¿Quién sabe con cuántos aparatos cuenta a su disposición? ¿Cuál será su siguiente objetivo? Lo que él y Darklita intentaban decirme sonaba como si fuese algo que yo debiera comprender.
Brina se acercó de pronto a recogerme; estábamos listos para partir y había malas noticias. La guerra en Ezequiel estaba a punto de empezar: la Promesa que aquella computadora estuvo advirtiendo desde el siglo XVII de su humanidad que llegaría.
Mientras los sobrevivientes de mi centro de consciencia que participaron en la guerra se alistaban en la Lúminis Arca y los Celadores Estelares para regresar a mi Oasis.
Adriano y yo estábamos en lo más profundo del suyo, donde una recámara perturbadora retenía a los pocos autores fallidos que quedaban. Algunas de las criaturas allí retenidas tenían tan repugnante presencia que ni siquiera podía mirarlas sin sentir temor de conectar con ellas y enloquecer.
Nos planteábamos qué hacer con ellos. Teníamos que decidir ahora; de igual manera alguien lo haría: los Ancestrales o Sythronc.
Invertir la esfera cosmogónica podría resultar catastrófico. Ni hablar de las criaturas; eliminarlos por completo nos parecía una ofensa al orden natural y el equilibrio.
“Algo se nos ocurrirá” murmuraba Adriano cada tanto.—Debemos matarlos —dije al fin en voz alta. Tan solo los miraba, pero no identificaba sus rostros, no les daba forma.
—¿Perdón? —susurró Adriano a mi espalda.
—Es lo que… él dijo… —respondí, reflexionando. No estaba del todo seguro; quizás, solo me estaba dejando llevar por el sentimiento de luto que llevaba por dentro.
—¿Quién dijo? Habla claro, por favor —exigió Adriano tratando de sonar amigable, pero evidentemente estaba estresado.
—Sythronc… dijo que nos mataría y ya luego buscaría otra versión. Se refería a que reencarnaríamos.
Cantoneó—¿Ajá? —de pronto entendió—. ¡Oh! Quizás asesinándolos en esta existencia podremos liberarlos; las aberraciones quedan borradas con un poco de suerte y ya luego… —me miró ilusionado—… tienen la oportunidad de que lo intenten de nuevo.
—Podemos intentarlo —respondí deseando que realmente no fuese necesario.
—¿Pero quién? —tartamudeó observándolos.
Yo también lo hice; esto, era solo, otro sacrificio más. Hacer lo que más te desagrada y asquea solo porque así lo requiere el bien. Sujeté mi Llamasintis, que reaccionó a mi tacto; tan pronto recordé a Arpo, la espada danzó gruñendo y no hizo falta aclarar que yo pagaría la deuda.
Mi traje se tiñó de tantos pigmentos de sustancias que, al estar solo en la cabina de la Lúminis Arca, solo podía mirarlas con repudio y los ojos humedecidos.
La mitad del trayecto sentí la necesidad de llorar, pero no pude. Conforme llegaba a mi Oasis, mi corazón me decía que lo peor aún estaba por pasar. Apenas llegué, casi corrí al núcleo de mi centro de consciencia y me conecté directo con Ezequiel. Todo estaba sucediendo; sentía el miedo, el dolor, todo.
—¡Señor! ¡La ropa! ¡Su rostro! —me dijo Brina antes de yo materializarme en el edificio comercial donde Mukhtar Fieldes solía alojarse para ver efectuar sus planes.
Adquirí la identidad de Visión Mónaca VI tan pronto como mis zapatos de punta tocaron el suelo en aquel pasillo.
La sacudida me invadió; pude escuchar aquel crujido que consumió la vida entera de una isla. Escuchaba también la voz de Brina verificando el número de muertes, seguido de las otras especies que también habían perdido la vida durante el ataque que Mukhtar ordenó, intentando emular una amenaza que él mismo quiere representar.
Mis ojos se inundaron de lágrimas, mi pecho ardía intensamente y sentía como si me desgarrara desde adentro. Gruñí furioso mientras las voces de los informativos del planeta que llamé “Ezequiel” se llenaban de imágenes de la trágica masacre.
Mis manos dejaron de temblar y, al terminar de recorrer el pasillo, abrí la puerta sin medir mi fuerza.
Mukhtar saltó soltando lo que parecía un teléfono celular de su mundo—¡¿Qué haces aquí?! —tembló entre dientes y miraba como si esperara que más gente apareciera—. ¿Cómo entraste?
—¿Viste lo que hiciste? —solté intentando contenerme. Respiraba muy rápido y hondo.
—¿Yo? —fingió cínicamente acomodándose la corbata.
—Intenté e intenté advertirte —le dije bajando los escalones mientras recordaba lo que fue Ezequiel y en lo que su familia lo había convertido—. A ti, a tu, padre, a tus abuelos y a todos los anteriores, pero no quisieron escuchar, y ahora ni siquiera les importa darse cuenta de que puede salir mal. ¡Peor que mal!
Su sonrisa incrédula me aborrecía y enfurecía cada vez más. La voz de Brina intentando calmarme me distraía de la concentración en controlarme.
—¿De qué estás hablando, chiflado? —soltó retrocediendo con aquella ridícula risita nerviosa, y de la gaveta a su espalda sacó un arma de fuego muy parecida a las de mi mundo; pude entender que era un prototipo que ya andaba circulando. Me apuntó a la cabeza sonriendo y creyendo que había conseguido el control.
—¡Ahora te largarás de mi maldito edificio y dejarás de meterte en mis negocios antes de que te agujeree la maldita cabeza!—me dijo incluso.
Yo, furico, exhalé expulsando humo y mis ojos ardían. Mi ropa ardió y mi cuerpo destelló revelando mi ser verdadero con el manto de autor que alguna vez contaba mi historia. Él soltó unos alaridos mientras retrocedía asustado.
—¿Quieres vivirlo? —le pregunté retóricamente y, sin premeditarlo, extendí mis manos como si tocara un arpa que pronto tuvo el efecto de alterar nuestro entorno.
Abrí una hendidura hacia otro mundo; un mundo donde la visión de los Fieldes sí era un hecho consolidado. Sería un hombre pobre en el país con uno de los peores sistemas del mundo. Miraba la luz dorada a su espalda como si quisiera entenderla; volteó a mirar, yo lo sujeté del cuello y atravesé la luz arrastrando a Mukhtar hasta una colina donde lo tiré. La pistola cayó a un lado. Él intentó alcanzarla, pero la hice arder en cenizas con solo alzar la palma de mi mano en su dirección.
—¿Qué eres? —se petrificó mirándome de rodillas en el suelo. Sentí que no podía responderle, y no quería hacerlo.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó casi a punto de sollozar. Pero yo, realmente, no quería hacerle esto.
Entonces bajé la mirada a su pecho, no podía mirarle a los ojos—Vivirás lo que pediste —musité antes de desvanecerme con el portal, regresando a Ezequiel.
Siendo Visión VI, acompañé a los expertos que dieron el primer vistazo de la región atacada. La muerte fue inminente.
La sociedad estaba aterrorizada; la desaparición de Mukhtar también se había convertido en una excusa para decir que venía la guerra cuando, realmente, ya la habían comenzado. Regresé desconectándome de la cosmogónica. Brina me miraba en silencio; los otros intérpretes me miraban disimuladamente. Yo estaba consciente de lo que hice: alteré el equilibrio cósmico al poner a Mukhtar en una realidad ajena.
Entonces me sorprendió lo que vi al mirar a un lado: Las pantallas mostraban dos eventos relevantes para el futuro de Ezequiel: “Salvación” y “Destrucción Inminente”.
Mis ojos solo podían posarse en el hermoso cuerpo azul, verde y blanco que flotaba frente a mí en la pantalla. Ese planeta que ahora más que nunca debo salvar. En el mismo silencio tomé una ducha y luego fui al dormitorio sintiendo que tenía el corazón un poco roto.
Las paredes verdes, y las columnas blancas con enredaderas estimulaban mis sueños, pero aquella noche solo podía pensar en el señor Mostaza y sus advertencias.
No sé ni quién habrá sido realmente: ¿Ay o Mostaza? Los Ancestrales quieren que confiemos en ellos, pero ¿cómo?
Sythronc es un ser de decisión; lo demostró. Está siguiendo un plan que ha estado ganando paso a paso. Por lo que… si quiero salvar a Ezequiel, debo atravesar esto, de esta manera. Así duela.
Fin.
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Editado: 27.03.2026