Rey de las dos tierras: Arco del Califa poseído

Comprometido en el día de mi cumpleaños

Aunque apenas tenía quince años, el compromiso era uno de los mejores momentos en la vida de un soberano, pero no para este joven rey.

Y ahí estaba el Califa de los fieles de las dos tierras, Marwan I, muerto de miedo. No por el compromiso, ni por ser visto por tanta gente, sino porque no había despertado ningún poder.

Todos los hombres y mujeres más importantes de su vasto Reino Unido de Egipto y Sudán.

Líderes de tribus, etnarcas, valíes, estaban ahí para presenciar su gran momento. Pero lo más seguro es que se fueran con una profunda decepción.

Toda la corte se reunió, grupo a grupo, frente a Marwan para entregarle dones.

Valíes, altos políticos... y Cesarión, Premier de Egipto, en medio de ellos.

Casi todos le sacaban medio cuerpo al joven rey, excepto algunas damas y ancianas. Muy elegantes con el hijab las jóvenes y sin ellos las de edad avanzada.

Estaban juntos para felicitarle por el compromiso que contrajo con Mariam-Yandit II, hija de la líder de su guardia real, Mariam-Yandit I y heroína nacional. La Apóstol General de Sudán será mi suegra y yo aún no tengo ningún don, pensó Marwan sintiendo un nudo en su garganta.

El sudor por la preocupación de encontrarse con su futura esposa se escurría por su piel peor que cuando entrenaba artes marciales con su amigo y el padre de éste. Recordar esos momentos en donde jugaban de niños, e incluso entrenaban y recitaban rezos juntos, le provocó tragar con fuerza.

Se habían juramentado que demostraría sus poderes ambos cuando se volvieran a ver, pero ¿qué iba a decirle cuando fuera el momento de la demostración? ¿Y si pedía que fuera en ese instante, frente a todos? De solo imaginarlo se le revolvía el estómago.

—¡Ay!— Susurró Marwan. Sus piernas las sentía débiles, como de trapo. Si estuviera parado ya se habría caído.

El cuerpo del joven rey se movió solo intentando levantarse, pero al ver que Cesarión se acercaba a su trono con un regalo en mano, se detuvo.

El Premier se arrodilló en la explanada y con un silbido, suave como viento, llamó la atención de Marwan quien se había distraído en sus pensamientos.

—Majestad, Rey y Califa de las dos tierras, ¿qué le aburre de nuestra presencia?

El joven rey negó con la cabeza y con un gesto de mano disimulado, aunque muy notorio para los aristócratas y damas que le visitaban en la Corte, llamó a Cesarión.

—No es nada de eso, Cesarión, solo estoy pensando en algo— el rostro pálido y de piel delicada del joven rey, pero húmeda por el sudor, desvío su atención. El joven rey se mordió los labios al ver que más allá de Cesarión llegaba un auto negro que se detuvo en la alfombra roja que bajaba desde la escalera del trono de Marwan a más allá de la entrada al palacio.

—Yo diría angustiado— intervino la reina, madre de Marwan, mientras saludaba con un gesto ligero de cabeza a los aristócratas.

El joven suspiró y se limpió el sudor al ver que del auto bajaba el Apóstol Consular junto a una mujer anciana y arrugada, de la mano. Su madre, concluyó Marwan. El hombre cargaba en su mano una caja de regalo rectangular solo con un moño de adorno.

—Ah, ya me imagino, mi señor—, una sonrisa burlesca apareció en el rostro de Cesarión. Se levantó de su reverencia y dejó a un lado del rey el presente. Los aristócratas hicieron lo mismo subiendo los escalones para poner allí sus regalos—Si le preocupa verse bien para su prometida, le aseguro que está impecable, mi rey Señor.

—No bromees con él, Cesarión, no es por ese motivo—, susurró su madre, quien luego se rió cubriendo su boca con la mano.

—No es gracioso, madre, estoy en un serio predicamento ahora—intervino el joven rey. A pesar de su advertencia la risa de su madre no se detuvo. ¿Era gracioso? ¿Sería gracioso para los demás y para todo el Reino Unido que su rey no tuviera dones? Pensaba Marwan siendo devorado por la duda. Era hijo de su padre, el Unificador de las dos tierras y biológico, no adoptado como muchos otros. Si sus hermanos adoptivos tenían dones, ¿por qué él no, siendo sangre de su sangre?

Más y más personas llegaban y entregaban regalos a sus pies, mientras Marwan estiraba el cuello, sin levantarse del trono, para ver cuándo llegaría lo que tanto temía.

Un hombre muy negro, anciano cubierto de mantos de diversos colores, con un cayado en mano, se acercó a las escaleras siendo de inmediato ayudado por dos jóvenes, también negros, en traje.

Era un líder Dinka, de los más importantes jefes maestros de la lanza pesca; como le llamaban en su tribu. Marwan lo notó, era uno de los que estaban en la lista de invitados, aunque en su foto se veía más como un hombre recio del campo que como una pasa gris. Al llegar a la explanada, Cesarión lo reverenció apartándose del camino para que el Anciano llegase frente al joven rey.

Marwan se levantó de su silla por primera vez al igual que su madre y ambos hicieron una leve reverencia. El anciano hombre levantó ambas manos, aún sosteniendo su cayado, y profirió palabras en árabe Juba que eran traducidas por uno de los jóvenes con traje a su lado:

—Bendito de Nhialac sea el rey, Señor de las dos tierras y de los dos ríos, bendita sea su simiente. Que sea viril como un toro y fuerte como los lomos de éste. Para que de muchos hijos y su descendencia sea innumerable, que tenga gran poder y don como su padre para proteger a nuestras tribus del mal y de los espíritus del caos—el Anciano se detuvo y un joven le pasó un betún negro y un frasco con tierra roja que esparció a los pies de Marwan y su madre. Gran don había dicho el traductor, pero Marwan no tenía ninguno. Dios escuche su plegaria y bendición.




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