Rey de las dos tierras: Arco del Califa poseído

Sombras

Marwan se había quedado sin palabras, pero no porque no supiera cómo explicar lo que le estaba sucediendo, sino por el hecho de que ni siquiera lo entendía.

De pronto habían comenzado a aparecer todos esos rectángulos y demás informaciones en jeroglíficos desde que se había puesto el brazalete con la joya de la heroína nacional, Mariam-Yandit I. Además estaba el detalle, uno importante y extraño. Escuchaba una voz en su cabeza que le decía qué hacer.

Pero no era una voz común o divina, sino una extraña, cómo acuosa, con eco y anciana. Cada palabra que pronunciaba era como una tos de resfriado.

En cualquier otra familia o entorno ese síntoma lo pondría como un rey loco, ya lo había leído en sus clases de historia de Inglaterra, pero para él era mucho peor.

En su mundo los espíritus, demonios y ángeles eran una realidad plausible ya que, desde la llegada de su padre, éstas manifestaciones comenzaron a hacerse comunes. Propiamente su futura nuera podía hablar con espíritus y combatirlos.

Pero si decía que una voz macabra lo había impulsado a hacer cosas sin su voluntad y que no había podido negarse a ellas, ¿no lo haría parecer endemoniado? Eso sería incluso peor a que no tuviera ningún don. ¿Marwan, el hijo de uno de los dos testigos, Califa de los creyentes, poseído por un demonio?

¿Si le fueran a realizar un exorcismo y le sucediera lo mismo que a los que Mariam-Yandit I se lo había hecho en el tiempo de la dictadura de Sudán? A Marwan se le arrugó la cara de asco al recordar cuando su madre le explicó que presenció tal suceso.

El joven rey negó con la cabeza gesto que llamó la atención de las tres mujeres presentes. Tengo que hacer tiempo para pensar en algo, tal vez decir una mentira, meditaba mientras unos pares de seis ojos le miraban esperando una explicación.

—Mi reina, creo que mi prometido está un poco aturdido por el combate— intervino Mariam-Yandit II. Le sujetó del brazo izquierdo. —Tal vez si lo llevo a descansar puede que su mente se despeje y nos brinde más detalles de lo sucedido, ¿si?—.

La reina asintió extrañada y Marwan fue jalado por el brazo lejos de ambas madres quienes caminaron en la otra dirección que daba a la habitación en donde estaban cenando.

—Oye, ¿a dónde me llevas?— Preguntó Marwan ruborizado al sentir el cuerpo de su prometida pegado a su brazo derecho. Ella se detuvo y lo empujó hasta que estuviera pegado a la pared. La respiración del joven rey se volvió más pesada al tener el rostro de su joven comprometida tan cerca.

—Sé que lo viste, lo notaste desde antes— Marwan se sobresaltó. ¿Será que estará hablando del rectángulo de advertencia? Pensó, notando una fuerte agarre por parte de Mariam-Yandit II.

—Bueno, es que no sabía que pudiera hacerlo, pero si lo hubiera sabido no lo hubiera hecho— dijo como excusándose. ¿Por qué de pronto se sentía culpable?

—¿Por qué no? ¡Eso fue genial!— respondió con un brillo de admiración en los ojos. Y de pronto llegó un beso a sus mejillas—Debiste ver cómo te levantaste con una mirada seria y corriste a toda velocidad. Y cómo estabas cuando llegamos con la espada en la mano. ¡Wah!— Marwan se derrumbó contra la pared, un soplo de aire creció desde su pecho hasta salir por su boca en un silbido de alivio.

—¿En serio te parecí genial?— preguntó Marwan sintiendo sus mejillas calientes.

—Claro copito de nieve, me hubiera encantado verte enfrentarlo— le sacudió el cabello blanco con su mano. Marwan se levantó del suelo y con la confianza renovada, sacó pecho y elevó su espada. Marwan suspiró y una sonrisa enamorada apareció en su rostro. Tenía tiempo que no escuchaba ese apodo. —Prometiste y no me defraudaste, prometido—.

—Bien, vamos a buscarlo y así podrás ver más de mi poder— Marwan hizo como si flexionara sus músculos causando una risa en Mariam-Yandit II.

Ambos comenzaron a correr por el pasillo. Ella a la par de él, Marwan la miraba y parecía ver, por un momento, a una joven Mariam-Yandit II de diez años adelantarle el paso en las carreras que hacían.

—Es bueno que hayas vuelto— susurró Marwan mientras adelantaba el paso.

—Oye, ¿qué dijiste?— Mariam-Yandit II se sorprendió por su velocidad.

—Que no vayas tan lento— y dieron la vuelta a la izquierda, al fondo del pasillo.

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La mayoría de aristócratas habían dejado la mesa y ahora se reunían en ella solo los ulemmas, el Reth Shilluk, el maestro de la lanza de pesca, el clérigo y su sobrina, la reina, Mariam-Yandit I y Abdul junto a varios de la Guardia Real.

Su uniforme era el mismo que el de la prometida del rey, solo que portaban una capa en el hombro izquierdo de color rojo con un águila blanco sosteniendo en sus patatas un arco y una flecha. Cesarión entró a la habitación y se sentó del lado izquierdo de la reina y Mariam-Yandit II tomó la palabra.

—Líderes espirituales del Reino Unido de Egipto y Sudán, estamos aquí, mientras los miembros de la Guardia Real buscan aquel intruso en el palacio— señaló con su mano a los que estaban junto a Abdul quienes asintieron. —Pero no solo para eso, sino para notificarles que, según las descripciones que nos dió nuestro señor el rey, ya habíamos tenido contacto con ellos la reina y yo—. Mariam-Yandit I soltó las palabras con firmeza, aunque en su rostro hubiera pesar.




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