Rey de las dos tierras: Arco del Califa poseído

Lo que nadie ve

La flecha desapareció volviéndose como humo negro que se dispersaba. Un círculo de zodiaco jeroglífico, con el símbolo que brillaba en el pecho del intruso, quedó flotando sobre su espalda. Mariam-Yandit II buscaba de dónde había salido el ataque, pero no veía a nadie. Solo sentía un frío que le hacía temblar.

El joven rey la miró a los ojos y luego los cerró.

—¡Marwan!— gritó Mariam-Yandit II.

Una risa fuerte, la cual no escuchó la joven Tai-Seiti pero sintió al erizarse sus bellos, comenzó a sonar desde todas direcciones. Mariam-Yandit II se puso delante del rey y, tomando de su espalda su arma, tensó un arco tecnológico cuya flecha era pura energía amarilla.

En su frente apareció una media luna del mismo color irradiando. Apuntó a varias direcciones, pero no encontró nada. Sus ojos brillantes, amarillos, con ira y preocupación latente en su mirada.

—¡Muéstrate!, vamos, ¡no seas cobarde!— gritó Mariam-Yandit II sin contener todo el enojo que sentía. El arco fue tensando más y más hasta llegar a su límite, la flecha fue aumentando su grosor hasta ser casi tan ancha como una lanza por la energía que se acumulaba.

Eran como copos de nieve flotante que se reunían en torno a su mano tensada. Sintió una presencia fuerte provenir desde la pared frente a ella y sin pensarlo dos veces se preparó para soltar.

Una bola de fuego vino detrás de ella y se estrelló contra algo invisible. El estallido de humo negro, con olor a nitrógeno, entró por la nariz de la joven Tai-Seiti. Mariam-Yandit II se volvió encontrándose con la sobrina del clérigo corriendo desde el otro lado mientras sostenía su gran hábito con las manos.

—¿Cómo fue que...?— Preguntó Mariam-Yandit extrañada por la forma de correr de la jovencita.

—No hay tiempo para explicar. Tienes que llevarte al rey para que lo cuiden, mientras, yo me encargaré de que no se les acerque— la joven monja abrió sus manos y en ellas se formaron dos esferas de fuego que lanzó como si fueran bolas de béisbol impactando contra lo invisible. Los estallidos eran fuertes, como minas que explotaban al tacto. —No lances tus flechas, son demasiado peligrosas en un entorno cerrado y peor si no lo ves—.

—¿Y tú si lo ves? Esas explosiones tampoco son ósculos santos para que me adviertas de peligro— replicó aún sosteniendo el arco y con ganas de disparar. Apuntó con su dedo, no iba a permitir que el que había atacado a Marwan saliera vivo del palacio. —Además, ¡cualquiera que ataque al rey de pagarlo con su vida! Y está en mi deber, en mi juramento como Tai-Seiti, que ese maldito debe morir—

—Piensa, no estás razonando con claridad— decía la sobrina del clérigo mientras seguía lanzado esferas de fuego que estallaban. Volvió su rostro en dirección a Mariam-Yandit II, sus ojos brillaban con un tono rojo al igual que la gema de su tiara. —Si combatimos lo derrotaremos, eso es seguro—

—¡Conmigo sería más que suficiente!— aclaró la joven Tai-Seiti con el rostro arrugado por la ira.

—Si, ¿pero en serio arriesgarías la vida del rey en un fuego cruzado?— Mariam-Yandit dudó, el arco dejó de tensarse. Su mirada volvió a Marwan quien yacía desmayado en el suelo. Su mirada se volvió más calmada y, de un suspiro bajó su arco. —Gracias por escucharme. 'El que tarde se aira es grande en entendimiento...—

—Mas el corto de espíritu engrandecer el desatino'. Entendido— dijo Mariam-Yandit II al ver que el poder de la joven hacía del ambiente un lugar más cálido, ya no era frío como hacía algunos momentos. Guardó su arco en la espalda, que se sostuvo a su traje haciendo un sonido de prensa metálica. Se agachó y, sosteniendo con esfuerzo a Marwan de su brazo izquierdo, lo llevó sobre su hombro.

—Por cierto, monja, ¿cuál es tu nombre?— Preguntó sin darse la vuelta. La explosiones se siguieron sucediendo, la presencia enemiga parecía más débil.

—Soy Neferu Basemat y no soy una monja— respondió. Iba a lanzar una esfera de fuego, pero se detuvo, levantó su hábito y corrió por las escaleras. Te lo encargo Neferu Basemat, pensó Mariam-Yandit II.

Mariam-Yandit II dio la vuelta por el pasillo y se detuvo dejando a Marwan recordatorio sobre una pared. Buscó en el brazalete de su traje y lo abrió mostrando una pantalla. Marwan balbuceando su nombre seguido de —yo te protegeré—. Una sonrisa enamorada apareció en el rostro de su prometida.

Con sus dedos tocó el ícono de llamada que estaba al inicio de la interfaz con fondo de un Halcón sosteniendo una flecha y un arco. Apareció el rostro de un hombre, nariz chata, cara cuadrada y gesto duro, con cicatrices cerca del ojo que eran más claras que su piel negra.

—Reporte de la Guardia Real: emérita heredera y comprometida consorte del rey, Mariam-Yandit II— respondió el hombre cuyo rostro llenaba toda la pantalla de la llamada.

—Kamil, ¿estás cerca de la cámara en la zona de monitores?—

—No, emérita, solo tengo mi mano cerca de mi rostro. Es porque no escucho bien— dijo con tono militar. Mariam-Yandit II se golpeó la cabeza al escuchar la explicación.

Mariam-Yandit II suspiró con molestia. No tenía tiempo para eso, por lo que decidió continuar. Marwan se cayó a un lado en el suelo. Ella se agachó junto a él para acomodarlo.

—Necesito saber tu posición y si estás cerca de la zona de monitoreo de los pasillos para que ustedes se reúnan con Neferu Basemat, sobrina del clérigo Shenoute, cerca de las escalares. Ella está enfrentándose sola contra el intruso.—




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