Marwan apretó con las manos las sábanas de la cama del hospital sintiendo su agarre débil y con un cansancio que le cargaba los hombros y trataba de cerrar sus párpados. Pero no podía dormir, tenía algo que recordar. Lo que le había despertado de tan mala manera.
Mientras más se esforzaba en recordar parte del sueño más nublada sentía su memoria, como si un mal golpe le hubiera noqueado. Su madre, su futura suegra Mariam-Yandit I y su prometida lo veían con preocupación mientras la enfermera preparaba la comida del rey.
'La voz que nadie oye' fue lo único que podía recordar de todo el sueño que había tenido y ni siquiera era parte de su sueño. Según le había preguntado Mariam-Yandit II cuando se estabilizó después que le dieran un calmante, eso es lo que había gritado antes de entrar en una crisis.
La enfermera terminó de ordenar la comida por colores y sabores, como lo exigía la dieta, no del hospital, sino que le habían recetado a petición de su madre. Era difícil decirle que no a una madre, peor a la reina. La enfermera salió de la habitación, la puerta se ajustó e inmediatamente su suegra se le acercó.
—Rey, mi señor, ¿podría decirme qué significa lo que dijo al despertar?— Su tono era suave, como si lo que le doliera a Marwan fuera el oído y no la cabeza de tanto pensar. El joven rey solo negó con la cabeza. Mariam-Yandit II volvió a ver a su madre quien también se acercó. Marwan notó que su madre había abandonado las vestiduras reales y la corona para ser una mujer común, con un vestido sencillo y en lugar de corona su hijab negro.
Marwan miró los pliegues arrugados en su vestido y las sombras negras en sus ojos. Todas estaban en vestimentas civiles, su suegra con un vestido y velas sobre él con un velo negro transparente sobre la cabeza rapada y su prometida con unos pantalones, abrigo grande y zapatillas dejando su cabello en guedejas al descubierto. Marwan sonrió ligeramente al ver su esfuerzo. Gracias, pensó.
—Hijo, después de lo que te pasó en el palacio por el enfrentamiento, creemos que tus palabras al despertar y tu reacción pueden estar conectadas con el altercado que sufriste— le vino de golpe a su memoria el momento en que abrazaba a Mariam-Yandit II y recibía un golpe en la espalda. Lo recordaba rápido, indoloro, pero frío en la piel. Marwan miró a su prometida quien bajó la mirada.
—Quiero que me dejen a solas con mi prometida— dijo Marwan. Las dos mujeres se miraron y, cuando la reina iba a intervenir, Mariam-Yandit I levantó la mano y tomó del hombro a Neftis. Ambas salieron de la habitación con el semblante caído, más la reina que su suegra.
Pasó un momento antes de que dijeran nada. El sonido monótono inundó el silencio incómodo en la habitación. Marwan buscaba los ojos de la joven Tai—Seiti, pero ella hacía como que miraba cualquier lugar. Marwan se movió de la cama causando que ella reaccionara con un sobresalto repentino.
—No debe moverse— dijo, con los párpados muy abiertos del susto.
—Mariam, no te culpo por absolutamente nada— dijo Marwan tajante como deletreando sus palabras para que quedara claro.
—Pero debería, por mi culpa está así— dijo bajando la cabeza, su voz se quebraba palabra a palabra.
—Estoy bien, vivo y eso es más de lo que agradecer a dios. Mira— el joven rey se levantó de la camilla caminando en dirección a Mariam-Yandit II pero sus piernas flaquearon al primer movimiento siendo sosteniendo por su prometida. El miró la preocupación en sus ojos y la abrazó. —Como cuando iba a caer de la escalera, ¿recuerdas?— Marwan sonrió. —Si hubiera caído estaría peor, no hubiera dado ni el primer paso—
Mariam-Yandit II sonrió y lo abrazó de vuelta haciendo que el cuerpo de Marwan, cuyas piernas no se podían sostener, quedase suspendido en el aire por el abrazo.
Marwan aprovechó el momento, la última vez que se habían dado una muestra de cariño así había pasado hace más de cinco años atrás. Ahora sus cuerpos eran diferentes al igual que la fuerza, apenas podía respirar con la presión que su prometida ejercía.
—Mariam, eh, no puedo respirar bien— Marwan inhaló una gran bocanada de aire.
—Ah, lo siento Marwan. Es que me emocionó un poco— dijo con una risita torpe. Marwan sonrió y vio en ella a una mucho más joven amiga de la infancia haciendo el mismo gesto. La nostalgia lo hizo reír.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te ríes?—
—No es nada, es solo que sigues siendo la misma torpe que cuando éramos niños— Mariam-Yandit II frunció el ceño y soltó a Marwan quien cayó al suelo sin poder sostenerse más que por sus manos. Un alarido de dolor le siguió al golpe.
—Te lo mereces, tonto copo de nieve— la joven Tai—Seiti se cruzó de brazos. Marwan se sostuvo de la cama, sus manos trataban de aferrarse con firmeza. Con fuerza renovada logró elevarse sobre sus dos pies siendo ayudado por ella al ver sus piernas temblar. —Supongo que eso es algo que hay que reportar al doctor— dijo mirando los pies de Marwan. Cuando iba a salir Marwan la detuvo del brazo. El rey jadeaba por el esfuerzo.
—No, necesito que te quedes, quiero contarte algo— dijo Marwan sentándose por fin.
—Creo que es mejor que estén mi madre y la reina aquí para escucharlo— explicó.
—¡No!— gritó, aunque solo quería hablarle. —No, solo quiero que tú lo sepas— Mariam-Yandit II asintió. Marwan dio golpes con su palma en la cama. Ella elevó una ceja y con una sonrisa procedió a sentarse junto a él.
—Bien, ¿qué es tan serio, copito, para que me lo tengas que decir solo a mí?— dijo Mariam-Yandit II haciendo una mueca con sus labios.
—Antes me gustaría saber si hay alguien más herido en este hospital aparte de mí— dijo con el ceño fruncido.
—Solo la monja sobrina del clérigo Malaquías, creo que se llamaba Neferu— dijo recordando. —Pero siento que algo se me escapa.
—Estoy seguro que se te escapa que es una novicia, no una monja, el hábito es la clave para saberlo— Mariam-Yandit II puso mala cara. —Bueno, monja Neferu. ¿Cómo resultó herida?