Neferu Basemat intentó tomar la lata de café cuando bajó en la máquina, pero le dolió hacer el enfermo abdominal. Mariam-Yandit II la detuvo con su mano. Ahí estaba la sobrina del clérigo que le había detenido, pero también ayudó en la batalla contra el intruso. No sabía si gritarle y agradecerle por lo que había hecho. Le miró los vendajes alrededor del torso y sonrió. Con heridas como esa creo que ya tiene suficiente castigo, pensó
—¿Qué pasa con mis vendajes?— dijo al notar a dónde iba la mirada de la joven Tai-Seiti.
—No mucho, solo pienso que son heridas impropias para una monja como tú— Neferu puso los ojos en blanco y se detuvo al intentar responder. Respiró y luego continuó.
—Es novicia y eso no importa ahora. Quiero que me digas todo lo que sabes sobre el por qué lo oculta— Mariam-Yandit II se agachó y tomó la lata de café, metió un dinar en la ranura y apretó un jugo en lata que bajó rápido.
—Veo que no es solo el intruso a quien quieres investigar. ¿Se te hace costumbre, Neferu?— dijo Mariam-Yandit II con una sonrisa sarcástica para luego darse la vuelta teniendo dos latas de café en mano y bebiendo su jugo.
—Si no me dices, le diré a la reina Neftis y a tu madre que Marwan está ocultando el verdadero motivo de su síntomas— Mariam-Yandit II se detuvo en seco.
Su rostro se arrugó, pero exhaló calmando su temple. Si no mantenía la compostura terminaría muy mal al golpear a la joven ‘novicia’, pero por otro lado no podía permitirse que el secreto que le confió Marwan terminase en boca de todos. Ser un buen confidente también es parte de su labor como la futura reina. La joven Tai-Seiti se acercó a Neferu.
—¿Por qué dices que él oculta el verdadero motivo? ¿Juzgas a tu rey de deshonesto, no-vi-cia?— Mariam-Yandit II deletreó esas palabras con una ira creciente dentro de sí. No solo le había negado su oportunidad de devolver el pago por una falta a Neftis al traer la cabeza del agresor, sino que ahora amenazaba la integridad de su rey.
—Porque yo vi algo extraño en él cuando era llevado en la camilla hacia la habitación de resonancia y además …— Neferu Basemat se detuvo, volvió a mirar a su alrededor, nadie estaba pendiente a su conversación a esas altas horas de la noche. —Yo soy una vidente y profeta al igual que tu madre—. El rostro de la joven Tai-Seiti se mostró confuso y expectante hacia tal afirmación. Si hablaba en serio, no era a tomar a broma lo que había visto, ¿pero no sería una treta? Era novicia, no monja por lo que su garantía de veracidad se podría poner en duda. Mariam-Yandit II meditó unos momentos.
—Un momento, si es así, entonces será mejor que te lleve a hablar con él. No pienso traicionar la confianza de mi rey contándote— afirmó a lo que Neferu asintió satisfecha. —Antes debo entregar éstas latas y comprar algo más—
—No creo que el café sea buena idea para una situación como esta— dijo con una mirada incrédula.
—Pues no lo hubieras presionado en un principio— replicó Mariam-Yandit II irritada.
—No sabía que era para la reina y tu madre— se encogió de hombros. La joven Tai-Seiti frunció el ceño y exhaló como toro rabioso por su nariz. —Compra jugos, si tienes más dinares y algo ligero para irnos a visitarlo lo más pronto posible—
Mariam-Yandit asintió a desgana y así lo hizo. Dejó la latas en manos de su madre quien notó con la vista a Neferu Basemat quien le reverenció ligeramente, para después irse junto a su hija. La mujer solo asintió y siguió sobando la espalda de la reina. Caminaron por el pasillo del hospital buscando la habitación de Marwan.
La joven Tai-Seiti actuaba como guía de Neferu frente a todos mientras pasaban desapercibidos frente a los doctores inmiscuidos en sus papeles o a toda prisa por la urgencia de su llamado y el personal dividido en color rosa claro para las mujeres y azul opaco para el masculino.
—¿No te meterás en problemas al perderte de vista e irte demasiado lejos de tu área?— preguntó Mariam-Yandit al ver cómo se llevaba una enfermera a un hombre anciano con el mismo tipo de intravenosa que ella. Estaban ocultas a medio pasillo. Detrás dos del personal la miraron extrañados, pero siguieron su camino al ser llamados.
—No tanto como el rey si no es honesto— replicó y cuando se hubiera llevado al hombre aprovechó, a trote, porque no podía correr y cuando se apresurada mucho tendía a tomarse con las manos el costado. Mariam-Yandit II la tomó del brazo apresurando el paso.
—¿Por qué hablas como si entendieras la situación? Marwan tiene derecho a tener secretos—
—Si los tuviera contigo, ¿estarías de acuerdo?— La joven Tai-Seiti se quedó callada. —Eso pensé, pero no es por tenerlos que estoy insistiendo sino porque concierne a todos el Reino Unido lo que al Soberano le suceda. Eso deberías entenderlo como su líder futura de la Guardia Real y prometida—
Mariam-Yandit II, no pudiendo aguantar más la insolencia en las palabras de Neferu apretó su mano con fuerza. Neferu notó que se habían detenido y la miró extrañada notando el semblante arrugado de la hija de la heroína nacional.
—No me hables de mi deber como si no lo entendiera, no soy una tonta, novicia— Neferu vio como estaban llamando la atención de algunos del personal. —Entiendo mi posición y mi labor, pero estoy siendo algo más para mi rey que una simple funcionaria asalariada. Antes que todo soy su mejor amiga—
—El rey no necesita una amiga, sino una servidora real, fiel y confiable que lo lleve a la verdad para con su nación— se detuvieron junto a una puerta y un médico se chocó con Mariam-Yandit II cayéndose al no estar prestando atención al camino. La joven Tai-Seiti, sin mirarlo, lo detuvo desde su bata para que no cayera de espaldas al suelo.
—Ah, no esperaba que lo entendieras. Seguro no tienes amigos ni a nadie cercano en tu vida y por eso hablas desde tu altísima superioridad moral— ayudó a levantarse al médico y luego continuó. —Pero en lo que a mi concierne, tu papel en su vida es ninguno como para que te metas en sus asuntos. Se una buena súbdita fiel y obedece— una sonrisa sarcástica apareció en su rostro. —Si, eso explica porque eres novicia y no monja, se nota que necesitas practicar en el voto de la obediencia— Mariam-Yandit II abrió la puerta de la habitación.