Rey de las dos tierras: Arco del Califa poseído

El rey está poseído

Las tres ahogaron un grito al ver la escena. Neftis se apresuró a entrar, al igual que Mariam-Yandit I quien se lanzó a detener el ataque. Al pisar el suelo de la habitación sintió un chapoteo y al volver su mirada encontró sangre que venía desde el cuerpo de la enfermera.

Los sonidos de ahogamiento que hacía la joven Tai-Seiti eran como los alaridos de un animal moribundo o como los de un mudo intentando hablar. Su mano sujeta al brazo de Marwan dejó de sostenerse y cayó.

Los bellos de la heroína nacional se erizaron y un escalofrío recorrió su piel desde la espalda baja hasta arriba. Y luego se expandió a todo su cuerpo. Las manos de la profetisa se iluminaron con energía amarilla.

—¡Mariam, no! ¡Es Marwan!— gritó Neftis al que un círculo de energía apareció en cada mano de Mariam-Yandit. De un salto atacó la profetisa.

El brazo izquierdo de Marwan se movió y una mano espectral del Anubis estrelló a la profetisa contra la pared de la habitación. Al golpe le siguió el sonido de una rama quebrada. La mano la sujetó elevando su cuerpo y comenzó a apretar.

—¡Ramera del falso Faraón!— dijo el espectro sin mover su hocico. Su rostro parecía retorcerse de rabia. Su mano siguió cerrándose con la profetisa en ella.

—¡Ahh!— gritó Mariam-Yandit I cerrando los dientes con fuerza. La mano era medio transparente, pero con un tono morado. Neftis observó el entorno.

—¡Neferu!— llamó a la joven novicia. Ella reaccionó por fin sobresaltada ya que se encontraba paralizada viendo la sangre en el suelo. —Necesito que me cubras— ella asintió temblando. Cerró los ojos y moviendo las manos y abriendo las palmas el fuego carmesí apareció.

Neftis se abalanzó sobre Marwan. Su pierna pasó a través del Anubis sin causarle daño al igual que sus golpes contra el rostro del espectro.

—¡Ja, ja, ja!— rió la voz que emanaba del cabeza de chacal negro. Seguía sin mover el hocico. —¡Estúpida perra, no puedes hacerme daño!— El chacal se deformó y se abalanzó contra Neftis, pero una bofetada de fuego dio contra su rostro. El olor a quemado por la pequeña explosión entró en la nariz de Neftis. La mano que sujetaba a Mariam-Yandit I parpadeó haciendo que la profetisa cayera al suelo.

Neftis sujetó la mano derecha de su hijo. Perdóname, hijo mío, pensó la reina. Y sujetando con fuerza quebró el antebrazo de Marwan. La joven Tai-Seiti cayó después del 'crack'. Neftis la atrapó y la arrastró lejos del joven rey. Una hilera de sangre siguió al arrastre.

Mariam-Yandit I se incorporó y cuando intentó levantarse dio un alarido ahogado entre dientes. Neferu se acercó a la profetisa y, tendiendo la mano, la ayudó a levantarse con dificultad. El Anubis dejó de parpadear.

Una garra morada, espectral, se aproximaba contra la novicia. Neftis cargó contra el cuerpo de su hijo estrellándose contra la cama de la habitación. Las máquinas se desconectaron causando que el único ruido fuera el forcejeo. La reina sostuvo el cuerpo del joven rey y poniendo su rodilla sobre la mano izquierda de Marwan se elevó.

El espectro ahora era borroso, como un espejismo fluctuante. La reina colocó el pulgar de su mano derecha, su mano izquierda cerca de su boca, y recitó:

—En el nombre de Zanich, profeta de Dios, decreto que toda la maldición queda anulada contra mi hijo, Marwan, rey de las dos tierras— una luz surgió del pulgar de la reina y el Anubis desapareció. La reina suspiró aliviada y su cabeza se recostó en la de su hijo. Comenzó a sollozar y besar la cabeza del joven rey. —Perdóname, mi niño, perdóname— las lágrimas siguieron cayendo y el grito de una madre inundó la habitación.

El personal del hospital se congregaron en torno a la puerta de la habitación oscura. Mariam-Yandit I se acercó, arrastras hasta su hija y recostó su cabeza contra el pecho de la joven Tai-Seiti. Un suspiro de alivio salió de su boca y rápido le siguieron lágrimas. Neferu caminó en dirección a la profetisa.

—Ayuden aquí, por favor— una doctora, al ver el charco, se armó de valor y entró a la habitación. El ambiente se hizo pesado, la respiración de todos al salir era como la de una noche en el desierto.

La doctora se desplomó en el suelo y otros dos enfermeros que habían entrado a la habitación con ella también cayeron. Los otros detuvieron su paso al verlo. Neferu trató de levantarse, pero sus piernas perdían las fuerzas.

Es como aquel día, concluyó. Volvió con mucha fuerza su cabeza notando que una sombra negra apareció oscureciendo más el entorno. La profetisa, aún sujeta sobre el cuerpo de su hija, miró en dirección al rey.

—No celebren, falsa profetisa y reina usurpadora. Pronto mi Señor volverá a tener la corona de las dos tierras... y sus sueños se harán realidad— habló haciendo estremecer a las dos madres y a Neferu. La voz era como un ladrido a oídos de Neferu y sus palabras como amenazas de mordidas en el cuello. El aire era como dientes que surcaban su carótida y se presionaban contra ella.

—¡Nunca te lo permitiré! ¡No vas a tener a mi hijo!— gritó Neftis abrazando el cuerpo de Marwan. —¡Voy a buscarte, yo te encontraré! ¡Te encontraré y acabaré contigo!— La reina golpeó con su puño el suelo de la habitación.

El aire volvió a ser frío, pero de forma común al aire acondicionado del hospital. La oscuridad fue cediendo y la habitación se volvió más clara a los ojos de las tres.

La doctora y los dos enfermeros se levantaron del suelo mirando con extrañeza a su alrededor. Uno de ellos incluso se limpió la baba de su boca. Neferu y Mariam-Yandit I sintieron sus fuerzas renovadas, pero solo Basemat se levantó mirando alrededor. Buscando con la mirada algo entre las esquinas y paredes de la habitación.

La profetisa llamó a los enfermeros y señaló en dirección a Neftis y Marwan. Ellos atendieron y otros del personal fuera de la habitación entraron acercándose al cuerpo del doctor y la enfermera regordeta.

—Neferu, ¿ves algo?— preguntó Mariam-Yandit con la voz quebrada. Neftis comenzó a mecer a Marwan, besar su frente y acariciarla. A la joven novicia le pareció ver que en sus manos tenía a un bebé. Siguió viendo, incluso caminó fuera de la habitación apartando a los espectadores fuera de la habitación a un lado y otro del pasillo. No había nada a la vista.




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