—No, ¡ellos tendrán problemas si les acusara por experimentación humana contra mi hijo y los veto en todo el Reino Unido!— dijo Neftis sujetando con firmeza un rosario de color chocolate de cruz Ankh. Cesarión negó con la cabeza mientras la reina se mantenía pensativa rascándose la cabeza debajo del velo.
—Mi reina, no está siendo coherente. Si denunciamos a nuestro vecino y socio comercial predilecto. Los trabajadores de tanto Egipto como Jartum quedarán en la calle. Sus industrias y manufacturas, e incluso en el sector servicios, son un pilar económico para nuestro Reino— Neftis se levantó y lo miró con consternación.
La reina comenzó a dar vueltas de un lado al otro poniendo sus manos en la cintura, cabeza y luego en su tabique. No sabía donde descansar su ansiedad. Suspiró varias veces tratando de sacarla de su pecho.
—Esa es una crisis que no estamos capacitados para soportar— continuó Cesarión.
—Tienes razón, Cesarión. Además están los portales de Sudán que tenemos como parte del tratado comercial con nuestro reino. No podemos detener una obra que garantiza alimento y un futuro hogar en otro mundo a nuestra gente si nos peleamos con LTE— expresó Neftis con una mirada desagradable. El sabor de la situación le daba náuseas.
Neferu observó como el cuerpo de Marwan se movió por un instante, pero cuando volvió a ver a Mariam-Yandit I, ella le negó con la cabeza. —Solo nos quedaría Fashoda y otras ciudades con la suficiente capacidad para soportar esa crisis gracias a su autonomía en el complejo industrial, servicios y manufacturas. Sería nuestra autodestrucción—
El fuego en sus manos ya no era cálido como cuando era de color carmesí, sino que había tomado el color azul, la forma con la que curaba lesiones menores en el convento del monasterio del desierto en Sinaí.
Pero eso no era nada en comparación con la mujer a la que estaba asistiendo. Mariam-Yandit I, Apóstol General de Sudán, profetisa que lideró a los pueblos combatiendo la dictadura y al remanente de los Mahdistas en Sudán.
Se contuvo en la cena, porque estaba lejos, pero si no hubiera sido por la situación, le habría abrazado. Que había hecho el Éxodo desde Jartum a la región del Sudd y había convertido a Fashoda en lo que ahora era.
La miró notando el velo negro y transparente sobre su cabeza y su rostro pequeño y su cuello alargado. El papá de Mariam-Yandit II, pensó al verlo. Ese fue su revés…
—Mi señora— susurró Neferu. —Sé que no es un buen momento, pero quisiera decirle que estoy encantada de estar aquí con usted. Siempre he soñado con conocerla— dijo aguantando con todas sus fuerzas la emoción. Por fin se había atrevido. La profetisa sonrió.
—Si, bueno… no sé qué decirte— respondió encogiéndose de hombros. —Gracias, jovencita—
Neferu sintió que el corazón en su pecho iba a detenerse. Le había agradecido. ¡Mariam-Yandit I, la profetisa que confeccionó el Libro de los Ancestros y Muertos le brindaba su agradecimiento! Sintió sus piernas como de trapo.
Neferu se contuvo, no debía desmayarse en un momento así y menos frente a su heroína. Se aclaró la garganta y prefirió dar saltos de emoción en su imaginación que hacerlos ahí en ese momento.
—Neferu, quiero intentar algo. Necesito que te quedes aquí, ¿puedes?— Basemat asintió nerviosa y cayó temiendo decir alguna tontería. Las manos de Mariam-Yandit I se apartaron de Marwan, pero no perdieron su brillo. Caminó en dirección a Neftis y Cesarión quienes estaban callados, pensativos.
La profetisa pasó su mano brillando por el hombro de Cesarión llamando su atención y con un toque hizo que su postura se relajara en el sillón. Una sonrisa apareció en su rostro.
Luego fue donde Neftis y agachándose tomó la cabeza de Neftis. Le susurró algo al oído mientras hacía círculos con su mano en la cabeza de la reina.
Neferu se quedó con la boca abierta al ver cómo el semblante de Neftis y del Premier ahora estaba más relajado. Se miró las manos pensando en si sería capaz de hacer algo así con sus llamas, pero una negativa como eco la hizo negar con la cabeza.
—En el mucho consejo se halla la sabiduría, Premier Cesarión, Neftis— la reina hizo un gesto de relajación hasta recostarse, espalda al sillón, mientras Mariam-Yandit I seguía masajeando su cabeza ahora de pie. —Si Pandora se niega a dar respuestas, nosotros debemos continuar y encontrarlas por nuestro bien— dijo. Neftis abrió sus ojos y levantó su cabeza apartándose de las manos de la profetisa.
—¡Demiana, Verena!— habló la reina. Las mujeres cubiertas de turbantes y telas de color negro, con una abeja en jeroglífico sobre ella, y rojo con el emblema de un águila dorado; levantaron la mano derecha cada una cubierta de una especie de guante negro y un brazalete, tecnológico de tres botones rectangulares.
Era del mismo color que lo que las cubría y en el resto del brazo que desaparecía bajo las telas parecía extenderse el mismo material del guante. Los botones eran de un color crema semejante al blanco. Eran las Avispas que servían a la reina, notó Neferu manteniendo su posición.
—¿Qué han averiguado sobre los jeroglíficos de la sala de vigilancia?— Continuó Neftis. Una de las Avispas pasó al frente. Mariam-Yandit I volvió a masajear la cabeza de la reina.
—Mi señora, hemos averiguado el posible significado de los jeroglíficos— dijo con una voz distorsionada, como si estuviera cubierta por una mascarilla. —Dice que ‘La muerte es solo el comienzo’ y seguido pone un jeroglífico de sombra SHEUT— Neferu recordó la visión que había tenido y el fuego en sus manos parpadeó como si fuese soplado. Los cuerpos se desvanecieron al ser tocados por el sol.
—Mi señora, yo creo saber lo que está pasando— dijo Neferu sintiendo una presión en el pecho. Toda la atención se centró en ella, incluso Mariam-Yandit I se detuvo de dar el masaje. —Yo no sé cómo fue, pero cuando fuimos a ver al rey en su habitación una luz repentina me conectó a él y tuve una visión. Una en la cual las sombras de las personas eran robadas y cuando el sol les daba con su luz ellos desaparecían quemados por la luz—