Un león, seguía a Mariam-Yandit II entre un montón de árboles bajo una luz de sol a punto de ponerse. Ella era mucho más joven, con sus rastas apenas creciendo que se movía con fuerza al correr. Sus brazos largos y delgados se sujetaban de los troncos más secos que se encontraban en su camino.
La jovencita tomó el arco en su espalda al detenerse y lo tensó, sin flechas, mirando a su alrededor con desesperación. Su pecho, cubierto por una tela que terminaba cerca del abdomen, se movía agitado.
Los pasos del animal se hacían cada vez más pesados, como cabalgaduras de caballos. Los rugidos violentos, como de bestia hambrienta, hicieron temblar las piernas de Mariam-Yandit II. El gran muro de bosque que se extendía entre ella y él se iba acercando, como haciéndose más pequeño al mismo tiempo que el ruido era más fuerte.
La joven Tai-Seiti negó con la cabeza y renovó su huida. Dio la vuelta en un árbol cercano al notar que se encontraba en una elevación y de un brinco se sujetó en la rama de un árbol. Después de dar dos vueltas en el aire, cayó agachada.
Mariam miró desde abajo al león. El animal arremetía con fuerza esquivando todo a su paso, buscando con avidez su paradero. Dio la vuelta y continuó por otro camino, a derecha de Mariam.
Las rocas debajo de sus patas sonaron lejos. La Tai-Seiti, suspiró aliviada y estudió su alrededor encontrándose con varios arbustos grandes. Se ocultó detrás de algunos y nuevamente preparó su arco.
Mariam-Yandit II aguantó la respiración y aun se cubrió la boca, cuando el hocico rabioso del león, atravesó el arbusto en el que se había escondido.
Su nariz negra se movió olfateando y cuando se detuvo, su mandíbula comenzó a temblar. Su nariz se arrugó, sus caninos, como dagas, se mostraron y de sus labios comenzó a caer saliva espesa al suelo.
La jovencita tomó el arco con sus dos manos preparándose para golpear el hocico del animal. El corazón de Mariam-Yandit II estaba en un contraste marcado con su lento y sigiloso movimiento. Sus latidos eran tan violentos que los sentía en todo su cuerpo. Se aguantó la sensación pesada en su garganta, el más ligero ruido podía avisar al animal.
Sus manos se cerraron apretando con fuerza el arco desde uno de los dos extremos. No debía perder esa oportunidad.
Un sonido de aves volando, junto al movimiento de una rama al quebrarse hizo detener los bramidos del león cuyo hocico desapareció detrás del arbusto. El rugido del león siguió al de una descarga, similar a un rayo, pero amarillo, que iluminó el lugar.
—¡Brum!— se escuchó junto al golpe pesado de algo que cayó contra el suelo.
La luz desapareció así como vino, ahora el bosque era gobernado por una luz azul de la puesta de sol. Mamá llegó, concluyó la joven Tai-Seiti quien salió de su escondite.
El león estaba devorando el torso de su madre, quien yacía, con los ojos abiertos, sangrando por el cuello destrozado.
—¡Mamá!— Gritó Mariam-Yandit II cayendo de rodillas en el suelo. La cabeza del león se levantó mostrando un hocico embarrado de sangre.
—Esto es tu culpa— dijo una voz que parecía venir del león, aunque no moviera los labios. —No pudiste protegerla, igual que con él— Marwan apareció iluminado por una luz de linterna. Su cuerpo, cubierto por las ropas reales, estaba todo ensangrentado y de sus ojos brotaban lágrimas de sangre.
—Mariam, no me protegiste— dijo Marwan estirando su mano en dirección a la joven Tai-Seiti quien ahora era mucho más grande, en su edad actual.
—Lo siento, perdóname por favor— sus manos se cubrieron la boca al ver cómo Marwan tenía espasmos y la sangre que derramada comenzaba a llegar a ella.
El joven rey cayó al suelo, muerto, con sus ojos puestos en ella.
—¡No, Marwan!— dijo entre sollozos intentando acercarse.
—Los mataste— intervino Neftis y Cesarión al unísono. Un montón de personas, negros, más claros, unos más altos y otros más robustos, aparecieron reunidos detrás del león quien. Mariam retrocedió al verlos hasta caer al suelo.
—No, yo no… no— empezó a tartamudear.
—¡No nos protegiste!— escuchó la voz de su prometido. La sangre comenzó a esparcirse a su alrededor en el que ya no existían los bosques, sino solo una negrura que se extendía en derretir al círculo de luz en el que estaban.
—Marwan…— dijo con voz quebrada.
—Me fallaste. Eres una decepción— dijo una voz gélida, como de su madre, aunque no hablaba, solo la miraba mientras el león seguía devorando su torso. —Eres un fracaso. La hija que no tiene talento—
—¡La hija de la profetisa, no tiene talento!— Hablaron al unísono todos los presentes como si de una canción se tratara. La sangre comenzó a caer por las manos de Mariam-Yandit II, de su cabeza y cuerpo haya quedado roja. —¡Es una decepción! ¡Un fracaso!— Continuaron.
—Eres una perdedora, débil y ahora todos están muertos por tu culpa— dijo una voz seca y gravosa como un rugido. Los presentes comenzaron a botar sangre de su boca, nariz y ojos hasta estar rojos. Se desplomaron uno a uno, hasta no haber ninguno en pie. Todos con los ojos abiertos y mirando en su dirección.
—Perdonen, por favor, se lo suplico— Mariam se arrodilló en el charco de sangre.
—La sangre de todos estarán sobre ti— el león se levantó del cuerpo de su madre, el cual ahora era un montón de huesos cubiertos por ropas de tela, sudarios y mantos. Lo mismo Marwan. Los dientes del animal se mostraron y, de un brinco, el león arremetió contra ella.
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—¡No!— Se levantó Mariam-Yandit II gritando en la cama. El joven Beta-Israel junto a la cama en que estaba acostada y Neferu, en una cama igual, del otro lado de la habitación, se sobresaltaron. El cabello de la joven novicia estaba muy desordenado.
La puerta se abrió de pronto y entraron su madre y un joven fornido con la misma armadura, pero con un manto y un turbante sobre su cabeza, que la joven Tai-Seiti portaba en el día de su compromiso. Placas en el abdomen, pectoral, hombros, antebrazos, piernas y una malla sobre toda la piel. Traía un ramo de rosas en su mano.