Rey de las dos tierras: Arco del Califa poseído

Prólogo

Narmer se miró al espejo circular de cobre. Sus ojos se detuvieron sobre el tatuaje de escorpión en su mejilla.

La mano de una mujer le acariciaba con lágrimas en los ojos, aunque en su rostro no había tristeza, sino una sonrisa de mejillas redondas y de tez brillante de un color cobrizo.

La mano de Narmer trató de tomar la de aquella mujer, pero a pesar de estar tocándola, solo podía sentir su mejilla.

De pronto el ruido de unas ruedas en el asfalto llenaron el ambiente silencioso. Un auto se desvió y un choque repentino hizo temblar el cuerpo de Narmer como por un espasmo. Su mano se aferró a su mejilla y comenzó a apretarla.

El grito de una mujer se confundió como el sonido de una bocina, la sangre escurrida por el parabrisas roto en donde una cabeza se encontraba estrellada, era lo único que veían sus ojos. Dio varios parpadeos antes de darse cuenta que la imagen no desaparecería de sus ojos.

Las uñas de Narmer comenzaron a enterrarse más y más en su cara hasta que la sangre comenzó a escurrirse entre sus dedos. El olor a humo, como de incendio, inundó su nariz hasta llegar a su garganta haciéndolo atragantarse.

—Alto Primado...—escuchó entre el ruido de las sirenas—¡Alto Primado!

Narmer volvió en sí, respirando con fuerza y tosió un par de veces antes de percatarse de que solo era saliva, no humo. Ese día…vuelve una y otra vez. Debe ser una señal, concluyó mientras veía en el reflejo del espejo como desaparecía el rostro de su amada hasta fundirse con el de Neithotep, su mano derecha.

La joven quitó la mirada de pronto sorprendiendo a Narmer por su gesto. Sin embargo, él no se inmutó, solo continuó arreglando su traje, pero la mano de Neithotep le detuvo suspirando con preocupación. Narmer miró el agarre de la joven, el ceño fruncido.

—¿Qué estás haciendo, Neithotep?—su voz resonó con eco en la habitación. La jovencita se encogió y retrajo del agarre como si una fuerza repentina la obligase—¿Piensas retarme también?—dijo divertido.

Ella negó con la cabeza.

—Alto Primado, la sangre…—susurró haciéndose atrás con varios pasos. Buscó una caja después de caminar a la izquierda de la habitación.

Narmer miró una hilera roja, apenas imperceptible en el espejo de cobre con forma de platillo, caía desde su rostro hasta el pecho de su traje. El auto, la sirena, el ruido violento de un auto al descarriarse y la imagen de la mujer con la cabeza enterrada en el parabrisas. Su sangre… todo volvió a su cabeza de golpe.

Narmer se tambaleó hasta sentarse en unos de los bancos a un lado del espejo. Neithotep reaccionó rápido trayendo desde dentro de la caja un paño blanco con el que cubrió el rostro y pecho de su Alto Primado. La joven sujetó con fuerza el paño en el rostro de mirada perdida de Narmer.

“Se acerca el momento… el día por fin ha llegado” escuchó Narmer entre el vacío insonoro en el que se había vuelto absorbido en medio de la oscuridad. La voz era acuosa, altanera y su tono como un enjambre de abejas al pronunciar. “En el día del compromiso obtendrás lo que necesitas para tenerla de nuevo”. Si, afirmó Narmer en su mente, para luego pararse y tirar el paño con sangre de sí.

Neithotep se apartó viendo al Alto Primado erguido y vio en el espejo como un brillo morado se reflejaba en sus ojos a la par que una sonrisa demacrada aparecía en la faz de Narmer. Sus heridas se cerraron y la sangre dejó de salir.

Narmer comenzó a quitarse el traje de sí tirándolo con violencia hasta quedar con el torso desnudo frente a la joven. Un símbolo del jeroglífico SHEUT se manifestaba en su pecho, brillando como el neón morado o luz negra, mientras su torso era llenado por una oscuridad que le llegaba hasta la cabeza. La oscuridad era como manos que le abrazaban hasta formar una vestimenta nueva que parecía estar viva, pero como hechas de sombras espesas.

—Alto Primado, no debería usar su modo de Asimilación. Es peligroso después de su combate con Atribis—Narmer volvió su rostro a un lado en donde estaba un sarcófago incrustado a la pared, y extrajo una máscara de chacal.

La colocó sobre su cabeza hasta cubrirla por completo. Cuando caminaba hilos de oscuridad revoloteaban en el aire desde su cuerpo hasta desvanecerse en las puntas como arena al viento.

—Ese traidor para mi era como una hormiga. ¿Por qué temes, Neithotep? ¿Acaso dudas del poder de quien posee el ejército de Anubis?— su voz sonaba como si hablara a través de una radio. La joven bajó la cabeza apretando los labios e hizo una reverencia ante Namer.

—No, Alto Primado del poseedor del Tótem de Anubis…—Neithotep se apresuró a levantarse al ver que se daba la vuelta—. Pero, en ese palacio estará la falsa profetisa. Le ruego que me permita acompañarle—volvió a reverenciarlo—. Mi vida serviría para distraer a nuestros enemigos, mientras usted encuentra el ojo de Horus en el palacio.

Narmer caminó hasta Neithotep, quien se mantuvo reverenciando, y se agachó hasta tomarse del rostro. Su mano brillante como la luz de neón morado, cubierta por la oscuridad, levantó desde el mentón el rostro de ella.

Una cara se traspuso sobre la de aquella joven, era la que había aparecido en el espejo de cobre. La imagen de la cabeza de ella en el parabrisas apareció en su mente.

—No irás, es definitivo—aseguró Narmer viendo cómo el gesto de Neithotep se deformaba después de su respuesta—. No estás lista y no tienes la fuerza, solo me vas a estorbar—La joven cayó de rodillas en el suelo. Narmer trató de tocarla su cabeza al sentir una punzada en el pecho, pero el ruido de llantas al frenar con violencia lo detuvieron.




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