Rey de las dos tierras: Arco del Califa poseído

Máscara

Una llama de fuego rojo estalló en medio de la oscuridad interrumpiendo los rezos en lengua egipcia que Narmer estaba escuchando.

—¡Ah!—gritó el hombre envuelto como una momia de pies a cabeza por vendas y al tratar de moverse fuera del sarcófago cayó al suelo a un lado de varios de los adoradores.

Los sirvientes con máscaras, vestidos con togas negras y ropa de lino transparente, dejaron de inclinarse frente al sarcófago abierto y se apartaron asustados al ver que Narmer se levantaba. Algunos cayeron al suelo por la sorpresa.

Narmer comenzó a arrancarse los vendajes del cuerpo mientras se retorcía en el suelo. El fuego no desaparecía en medio de la oscuridad que era su vista y se estaba esparciendo por todo su cuerpo el calor que la llama roja emitía.

Por todo su cuerpo eran como miles de agujas que perforaban su piel al mismo tiempo una y otra vez. Tenía que buscar agua pronto o el fuego lo devoraría por completo. Esto es culpa de la maldita novicia, recordó Narmer mientras se arrastraba por el suelo de roca naranja.

¡Agua! ¡Tengo que encontrar agua! Concluyó mientras sus dientes se apretaban y todo su cuerpo se estremecía de pies a cabeza. Se arrancó parte del vendaje de la cabeza, el ojo derecho le quedó descubierto y su vista de inmediato se encontró con una pared y a la derecha una apertura en forma de puerta.

Con toda la fuerza que tenía se arrastró hasta la entrada estirando sus manos frente a sus ojos para alcanzar la salida. ¡Me las vas a pagar!

—¡Maldita seas!—gritó Narmer y una sombra repentina salió de su mano en forma de brazo. Se sujetó a uno de los lados de la apertura en forma de arco de piedra y arrastró su cuerpo hasta que su propia mano quedó sujeta. El simple movimiento hizo temblar su mano, no podía sujetarse, apenas movía los dedos el fuego que sentía le quemaba al instante.

Uno de los adoradores trató de acercarse, pero una sombra salida del cuerpo de Narmer golpeó estrellando su cuerpo contra la pared. Los demás se apartaron con alaridos del cuerpo del hombre vendado. Dos botas negras de cabeza ancha aparecieron tras el pasillo fuera de la apertura.

—¡Alto Primado!—dijo la voz femenina, y aguda.

La sombra desapareció de la mano de Narmer cuando la mano de la mujer tomó la suya. Un jeroglífico en forma de "SHEUT" apareció en el respaldar de la mano de la mujer y comenzó a recitar con voz aguda. Al rezo de ella se le unieron los adoradores, excepto el desmayado, inclinándose delante de Narmer una y otra vez. Su cuerpo dejó de sentir el calor y fue sucedido por un frío que llenó su cuerpo y mente.

Sus dedos empezaron a moverse al igual que sus piernas y al cerrar su ojo la oscuridad ya no tenía un fuego intenso que amenazaba con devorar toda la oscuridad. En su lugar la sombra comenzó a absorber la llama roja hasta apagarla. Narmer respiró aliviado.

El jeroglífico en la mano de la mujer desapareció y los rezos se detuvieron al instante. La mujer le indicó a dos adoradores encapuchados con la mano en dirección al que estaba desmayado y éstos hicieron un gesto de adoración y se fueron a ayudarlo a levantarse. Mientras, los otros fueron a ayudar a la mujer a levantar a Narmer del suelo y ella le quitaba las vendas del cuerpo.

El abrió los ojos y se encontró con el rostro de una mujer con los ojos maquillados como egipcia y con el cabello en forma de hongo en su cabeza.

A la luz de las velas de alrededor el pelo negro como la noche brillaba con un resplandor de diamante. Sus ojos claros y su piel morena parecían un sueño.

—Eres tú...—susurró estirando su mano hasta el rostro de aquella mujer quien sonrió al ver su mano.

Pero cuando su visión comenzó a aclararse se encontró con una mujer idéntica, pero con el cabello largo, labios rojos y ojos más claros. No, no puede ser ella... Aún no es el tiempo, se recordó apartando la mano del rostro de aquella joven.

La imagen de un joven con ropa de gala blanca bordada con laureles de oro, una espada Khopesh en su mano, cabello amarillo pálido y ojos azules con el rostro confiado pasó de pronto por su cabeza.

Y en su mano un brazalete dorado con una joya azul incrustada en medio. Narmer se levantó de pronto asustando a quienes sostenía su cuerpo y con un movimiento de su mano izquierda una sombra apartó a todos ellos.

—¿Alto Primado?—habló aquella mujer.

Narmer sacudió la cabeza al sentir pulsaciones en sus sienes. ¡El rey! ¡Ese maldito mocoso!

—¡Maldito seas Marwan!—Narmer golpeó el suelo con su puño al recordar el momento en que él se interpuso delante de Mariam-Yandit II.

—Ese es el nombre del niño rey que te derrotó, ¿no es así?—dijo una voz nasal que sonaba como si fuera a través de la radio. Narmer miró encontrando a un hombre con un traje negro ceñido a su cuerpo y en lugar de rostro una máscara negra de Chacal.

—Atribis...—dijo Narmer como ladrando su nombre. El hombre apartó parte de la máscara mostrando la mitad de su rostro. Tenía una barba de pelo grueso que se unía con su patilla y una cejas abundantes y afiladas.

La mujer se apartó de la puerta y sujetó por las axilas al hombre vendado. Narmer comenzó a levantarse moviendo por fin sus piernas. Atribis se recostó en la pared y levantó su mano.

—Lamento que hayan tenido que cuidar a Narmer—dijo con una sonrisa dibujada en el rostro—. Gracias, ahora se les necesita en otro lugar. ¡Vamos!—aplaudió con una mirada asesina y los encapuchados salieron de inmediato arrastrando al hombre desmayado. Su ojo pasó de abajo hacia arriba sobre Narmer y un deje de tristeza se dibujó en su ceja y medio labio visible al caer—Mira como has quedado Narmer Escorpio, no, no—negó con la cabeza. Con sus dedos, cubiertos por guantes púrpura, dibujó un cuadro—Esa no debería ser la apariencia de alguien que va a una misión... ¿Cómo la llamaste?, ah sí, sencilla.

Narmer cerró los puños y se mordió los labios al ver el gesto de Atribis. La mujer se colocó debajo de su axila y lo sostuvo de la cintura.




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