Rie.Zgo biológico

Parte 4

Finalmente lograron salir del bosque y llegar a la carretera principal. Bruno condujo el coche a toda velocidad, tratando de alejarse de los zombis. Juan, María y Laura respiraron aliviados al ver que habían escapado.

 

― ¡Lo hemos conseguido! ¡Hemos sobrevivido! ― exclamó Laura, eufórica.

― Sí, lo hemos conseguido. Gracias a Juan y a su cuchillo ― dijo María, agradecida.

― No hay de qué, muchachos. Ha sido un placer luchar junto a ustedes ― dijo Juan, orgulloso.

― Gracias a ti también, Bruno. Has conducido como un campeón ― dijo Luis, admirado. Bruno sonrió y les devolvió el agradecimiento. Luego miró por el retrovisor y vio que no había ningún zombi siguiéndolos.

― Creo que ya estamos a salvo ― dijo Bruno, aliviado.

― Sí, creo que sí ― dijo Luis, aliviado. Pero en ese momento sintió un dolor agudo en el brazo. Se miró y vio que tenía una herida sangrante. Era una mordedura de zombi.

― ¡Oh, no! ¡Me han mordido! ― gritó Luis, asustado.

― ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ― preguntaron los demás, sorprendidos.

― No lo sé. Debe de haber sido cuando salimos de la cabaña. No me di cuenta ― dijo Luis, angustiado.

― ¿Qué vamos a hacer ahora? ― preguntó Laura, preocupada.

― No lo sé. No hay cura. Voy a convertirme en zombi ― dijo Luis, resignado.

 

Los demás se quedaron sin palabras. No sabían cómo reaccionar ante la situación. Se sentían tristes y culpables por Luis.

 

― Lo siento mucho, Luis. Es mi culpa. Yo te sugerí que saliéramos por la puerta trasera ― dijo Bruno, enojado consigo mismo.

― No digas eso, Bruno. No es tu culpa. ¡Fue una decisión de todos! ― dijo Luis, consolándolo.

― ¿Hay algo que podamos hacer por ti? ― preguntó María, con lágrimas en los ojos.

― Es obvio lo que tienen que hacer por mí ― dijo Luis, decidido, sacando una pistola de su mochila y se la entregó a Bruno.

― Quiero que me mates antes de que me convierta en zombi ― dijo Luis, serio.

― ¿Qué? ¿Estás loco? No puedo hacer eso ― dijo Bruno, horrorizado.

― Por favor, Bruno. Es lo que yo quiero. No quiero convertirme en uno de ellos. No quiero sufrir más ― dijo Luis, suplicante.

― Pero… pero… eres mi amigo. Te quiero ― dijo Bruno, llorando.

― Yo también te quiero, Bruno. Y por eso te lo pido. Hazlo por mí ― dijo Luis llorando, poniendo la pistola en la mano a Bruno y le miró a los ojos. ― Adiós Bruno. Adiós María. Adiós Laura. Adiós Juan. Gracias por todo ― dijo Luis, despidiéndose.

 

Bruno sintió un nudo en la garganta y con lágrimas en sus ojos, miró a sus amigos y vio que ellos también estaban llorando.

 

― Adiós Luis. Te echaremos de menos ― dijeron los demás, abrazándolo. Laura lo besó, pero el joven la apartó inmediatamente. Bruno apretó el gatillo y disparó a Luis en la cabeza. El joven cayó al suelo sin vida y todos se quedaron en silencio.

 

Habían perdido a otro amigo.

 

Rápidamente enterraron el cuerpo de Luis en el bosque. Le hicieron una cruz con unas ramas y le pusieron unas flores. Le dedicaron unas palabras de despedida y le pidieron perdón.

 

― Lo siento mucho, Luis. Ojalá pudiera haber hecho algo más por ti ― dijo Bruno, arrepentido.

― No te culpes, Bruno. Has hecho lo que él quería. Has sido un buen amigo ― dijo Laura, consolándolo.

― Sí, Bruno. Has sido muy valiente. No cualquiera hubiera podido hacer lo que hiciste ― dijo María, admirándolo.

― Gracias, chicas. Pero no me siento valiente. Me siento un asesino ― dijo Bruno, angustiado.

Juan le puso una mano en el hombro y le dio ánimos. ― No digas eso, muchacho. Has hecho lo correcto. Has salvado a tu amigo de un destino peor que la muerte ― le dijo el hombre, sabiamente.

― ¿Y qué destino es ese? ¿Convertirse en zombi? ¿Acaso no es mejor estar vivo que muerto? ― preguntó Bruno, dudando.

― No, no lo es. Los zombis no están vivos. Están muertos por dentro. No tienen sentimientos ni recuerdos. Solo tienen hambre y violencia ― dijo Juan, seriamente.

― ¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso has hablado con alguno? ― preguntó Bruno, de manera sarcástica.

― No, pero he escuchado en el pasado lo que hacen. Sobre cómo matan y devoran a sus propios familiares y amigos. También cómo se despedazan entre ellos por un trozo de carne. He oído cómo se convierten en monstruos sin alma - respondió Juan, con horror.

 

Los tres amigos se quedaron callados. No querían imaginar lo que Juan estaba contando. No podían imaginar lo que Luis hubiera hecho si se hubiera convertido en zombi.

 

― Bueno, ya está hecho. No podemos cambiar lo sucedido. Solo podemos seguir adelante - dijo Juan, cambiando de tema.

― ¿Y qué vamos a hacer ahora? ― preguntó Laura, preocupada.

― Tenemos que buscar un lugar seguro donde refugiarnos. Un lugar donde haya más sobrevivientes como nosotros ― dijo Juan, decidido.

― ¿Y dónde podemos encontrar ese lugar? ― preguntó María, esperanzada.

― No lo sé. Pero tengo una idea ― dijo Juan.

 

Les habló de dirigirse hacia Montevideo. Les dijo que había escuchado que desde que comenzó la guerra civil la ciudad estaba amurallada, por lo que debería ser una de las pocas ciudades que habrá resistido al virus zombi ya que habían establecido un sistema de defensa y organización.

 

― ¿Montevideo? ¿Estás seguro de eso? - preguntó Bruno, desconcertado.

― No queda otra opción, está cerca del mar. Es una ciudad pequeña y bonita. Tiene muchos edificios, parques y monumentos ― dijo Juan, describiéndola.

― ¿Y cómo sabes que es segura? ¿Qué tal si también está llena de zombis? - preguntó Bruno, escéptico.

― No lo sé con certeza. Pero es lo único que tenemos. Es nuestra única esperanza ― dijo Juan, convencido.

 

Los tres amigos se quedaron pensativos. No sabían si creerle a Juan o no. Pero tampoco tenían otra opción.




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