Con el cuarto en penumbra Alison miraba al techo.
Mantenía una expresión seria mientras escuchaba rugir la lluvia con su característica y mística voz. El viento sacudía todo afuera; hojas de árboles, bolsas de plástico, papeles tirados en la calle. Todo se arremolinaba juguetonamente frente a la ventana del segundo piso. El temporal tan esperado se había desatado al fin.
Valparaíso en invierno era crudo.
Se negaba rotundamente abandonar la cama, rodando de un lado a otro. Esperaba el tiempo suficiente para abrir bien los ojos y que los malditos no la engañarán de nuevo, haciéndole creer que se levantarán. Rato después deslizó una mano por debajo de la almohada, tomando el celular y prendiendo la pantalla: 9:30 de la mañana.
El pequeño icono de una llamada perdida apareció junto al reloj. Al verlo, ocultó el rostro entre las sábanas, debatiéndose si devolver o no la llamada. Había pasado una noche terrible a causa de un resfriado que pudo haber evitado perfectamente si no le hubiera creído al pronostico del tiempo en el canal 13.
Sentándose en la cama, buscó el número y pulsó “llamar”. Esperó hasta que una voz femenina contestó.
Su madre.
No hablaron mucho; solo cruzaron un par de frases por mera cortesía. Para Alison, las mañanas eran difíciles, y además recién era martes. Al término de la conversación prometió, lánguidamente, ir esa noche a casa, y llevar las masitas dulces que tanto le encantaban.
Colgó.
El vaho de la ducha empañó el espejo. Pasó la palma de la mano borrando el rastro del agua; en el reflejo solo sus mejillas levemente arreboladas delataban el calor. Se miró un largo y perezoso rato, apreciando cada curva de su rostro; ojos almendrados y labios ligeramente gruesos. Luego abrió el pequeño gabinete, sacando una banda metálica de antiinflamatorios y volvió a su pieza, la pastilla en la boca, el vaso en la mano.
Revisó su atuendo frente al espejo de cuerpo entero.
No lo pensó demasiado y salió.
En la sala de estar había tres puertas alineadas en la pared verde musgo, con guardapolvos blancos que llevaban a las habitaciones de sus compañeras. El viento, queriendo jugar un rato, abrió una ventana y dejo entrar gotas de agua que buscaban salpicar el suelo.
Alison cruzó la barra de cocina y atravesó el cuarto de estar hasta la ventana que daba a la calle. Cerró ambas hojas con pestillo, recordándose por enésima que debía poner el seguro cada noche antes de dormir.
Regresó al cuarto a mirar la hora: 10:30.
Arrancó el bolso de un tirón desde el perchero de la puerta y corrió calle abajo. En el paradero tanteó los bolsillos del pantalón, sobresaltándose.
Había dejado el pase de la micro en la cocina. Miró hacia el cielo y cerró los ojos
—¡Mierda!
En la universidad, al fin respiró más tranquila.
Dejó el paraguas en un basurero del salón; antes de sentarse estrujó su cabello empapado por la lluvia y colgó la chaqueta morada en una escoba abandonada junto al tacho.
El día era una canción de Café Tacvba: Las nubes lloraban, el sol estaba ausente y la vista parecía en blanco y negro.
El tiempo se ralentizaba cuanto más se acercaba el momento de quitar sus audífonos, y cada letra de sus canciones resonaba más con la melancolía del día. Un día gris rayado a garabatos de colores.
Ahora…lo difícil.
Miro hacia el resto del salón. Ambos grupos con los que se juntaba ya estaban congregándose:
Los aplicados y los salvajes.
Ambos se odiaban.
Los primeros llegaban temprano. Se sentaban adelante, cerca del profesor, tenían todo al día y sacaban siempre las mejores notas. Los segundos…sobrevivían con gracia. Estaban en la parte de atrás del salón y no necesitaban llegar temprano ni estudiar mucho: “Puro conocimiento practico, cabros...” solía decir el payaso del grupo.
Alison los estimaba a ambos. Al segundo grupo de una manera más profunda que el primero. Desgraciadamente, los acontecimientos que habían surgido en los últimos dos años produjeron una especie de alejamiento; no sentimental, sino más bien académico, y en algún punto pasado y perdido, para olvidar lo que era antes.
La vida era frágil. Ella lo sabía bien.
Los estudiosos detestaban que los otros aprobaran sin estudiar; los otros detestaban la arrogancia de los estudiosos.
Y Alison, atrapada en el medio, no podía elegir un lado definitivo.
Pasaba el día con los responsables…Y la noche con los salvajes, riendo de tonterias y aventuras espontáneas.
Cote, con su personalidad arrolladora, era imposible de reemplazar; y Pedro, con su liderazgo natural y gran inteligencia, era su contraparte perfecta.
Pero… ellos se odiaban.
Y ella estaba en medio.
Al llegar a la sala, vio que Jorge ya ocupaba el asiento junto al pizarrón. Dejó su mochila y tocó suavemente su espalda para despertarlo.
—Hola —saludó, la congestión nasal evidente.
Jorge contestó con una voz adormilada. Alison aprovechó:
—¡Tienes una cara…! ¡Uff! Ni a mi peor enemigo se la daría.
—Diría lo mismo de la tuya… pero siempre es así —replicó él con los ojos entrecerrados.
—Es temprano, tengo hambre… —Jorge apoyó las manos sobre la mesa— ¡Hora de comer!
—¿Quieres un café? Veo que no tienes nada —pregunto ella, invitándolo.
—¡Sí! Cappuccino de Vainilla… y… ¡Ah! y unas galletas —pidió con cara de perrito abandonado.