Capitulo 1
🖤 Lía
Diciembre.
La mañana era una intrusión de luz, blanca y persistente.
La alarma biológica del verano sureño me había despertado antes que el sol, a pesar de que este mes nos regala las jornadas más largas.
En Río Fértil, el aire era fresco incluso bajo el solsticio.
Era la firma eterna del pueblo: un recordatorio de que el Pacífico y las cascadas estaban demasiado cerca, manteniendo la atmósfera húmeda y densa, como un pañuelo mojado que nunca termina de secar.
Estaba escribiendo sobre el contraste: la obligación superficial de la alegría que trae la Navidad frente a la soledad que, paradójicamente, se siente más profunda bajo esa luz intensa.
Mi diario era el único testigo de mis anhelos, el único cómplice. Pues de secretos, aquí, ya lo dice el dicho: pueblo pequeño, infierno grande.
Se acercaba la fecha de Navidad, y con ella, los recuerdos eran dagas.
Recordaba el olor dulce y penetrante de la torta de milhojas que preparaba mi madre, Elena, y cómo nos quedábamos por las noches en la sala, envueltas en la niebla que entraba por la ventana, susurrándonos promesas de escape mientras el fuego de la chimenea luchaba contra la humedad.
Esos días jamás volverían. Su último abrazo se sentía aún tan cálido, tan impregnado de su perfume a lavanda, que era imposible creer que habían pasado dos años desde que la tierra la reclamó.
Su voz se sentía tan cerca siempre, y eso era lo que valía: no reprochar, sino aferrarse a la calidez de su recuerdo para afrontar lo que viniera.
Mi nombre es Lía, y esta es mi historia
Dos patitas se acercaron a mi mesita de noche.
El ladrido de Snuppy era más una ofensa dramática que una amenaza.
Sabía que yo estaba en esa niebla de recuerdos; lamió mi mejilla con un afecto húmedo que me sacó del trance.
—Perdón, mi familia
Le susurré, rascando la oreja de mi perro,
—La única que me entiende aparte de mamá.
Snuppy era un error geográfico.
Un Husky Siberiano, cuyo pelaje blanco y esponjoso, hecho para la nieve, lucía ridículo y magnífico en el clima perpetuamente húmedo de Río Fértil.
Pero no importa; él era mi centro de gravedad.
Lo acaricié mientras olía la caja de galletas de Navidad que me había enviado mi tía Kenia desde Chicago.
Ella era dueña de 'Galletas Nieve Seca', una ironía perfecta para nuestro pueblo costero.
Snuppy meneó la cola, era su forma elegante de mendigar. Abrí la caja y tomé una galleta con la imagen de Santa Claus.
—¿Dónde está mi perrito precioso?
Le animé, la emoción genuina era un músculo que solo ejercitaba con él.
—Sorpréndeme si quieres la galleta...
Él se paró en dos patas y dio giros perfectos, su equilibrio increíble para un animal tan grande.
Solo con él me sentía así de ligera, solo con él permitía que la sonrisa me durara más de un segundo.
Pero antes de que pudiera darle su premio, la voz autoritaria de mi padre, Elías, partió la mañana como un rayo en el estanque.
—¡Lía, por enésima vez, calla a este perro pulgoso! ¡Si no quieres que esta noche se quede afuera de la casa!
Snuppy se encogió, la cola entre las patas, y se escondió debajo de la cama. Ya no maullaba; solo emitía un leve gemido de miedo.
Sí, le tenía pánico a la voz de mi padre.
Y con razón: Elías no solo daba miedo, era el hombre más respetado (y temido) de todo el pueblo.
—Y por favor
Continuó el grito
—¡Se te hará tarde para ese jueguito con los niños! ¡Y el sol ya está arriba!
El grito de Elías era el ruido más seco de todo el pueblo, el único ruido predecible en este verano eterno.
Diciembre, para él, significaba más turistas y más trabajo en El Ancla Fija, la mecánica familiar.
La presión hacía que su desprecio por mi vocación fuera aún más intenso.
Me levanté y le di la galleta a Snuppy bajo la cama.
Él me lamió la mano, pero no ladró. Sabía perfectamente las reglas del terror.
Me puse ropa fresca y ligera, la tela contrastando con la pesadez y el calor seco de la conversación que sabía que estaba por cocinarse.
—Buenos días, papá.
—¿Buenos días?
Su tono era afilado como una herramienta de corte.
—¡Es mediodía en espíritu, Lía! Un ingeniero civil que conocí me dijo una vez que solo los vagos se levantan con el sol ya en lo alto. ¿Y tú, con qué título te levantas, Lía?
El golpe era directo. Siempre era sobre el título.
—Ya sabes por qué no lo terminé. Y no es justificación de vagancia; es la luz de Diciembre la que me levanta
Respondí, manteniendo la calma como un ancla.
—Si te hubieras ido a terminar al menos tuvieras el título. Elena igual se iba a morir. Yo la habría cuidado, lo sabes. Pero no, la niña tenía que abandonar sus dichosos estudios para estar cerca de la madre.
—Y lo volvería a hacer
Dije, el enojo haciendo que mis nudillos apretaran la silla de madera hasta que crujieron.
La herida de mi madre se abría con cada palabra, una herida que él se negaba a coser.
Siempre era lo mismo: o me sermoneaba por mi madre, por mi trabajo con la iglesia, o porque no ayudaba en su dichoso taller de mecánica. Sermones sin pensar en el efecto que tenían sobre mí.
—Eso ni de esperarse, todo el pueblo habla del porqué la hija del respetado Elías estudió la carrera de fotografía. Se supone que deberías de haber estudiado mecánica, así como yo. Pero no, la niña quería estudiar lejos, donde tu tía Kenia en Chicago...
Daba un sorbo a su café negro, amargo como él.
—Me fui para poder volver con algo, papá. Algo que me sacara de aquí. En la ciudad, necesitan el título. Y ahora... soy maestra suplente de primaria con unos niños y no me avergüenzo.
—Se lo advertí a tu madre que quería un varón, que supiera lo que es la tierra. No una soñadora. Este pueblo se llena de turistas en Diciembre. Gente real. Gente que paga. Y tú pierdes el tiempo...
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Editado: 02.01.2026