Capitulo 2
Una Huida en la Neblina
Al día siguiente.
El sol de ayer, ese solsticio traicionero que había revelado el cuerpo de Cael, no estaba. El cielo sobre Río Fértil era una manta gris y baja. El frío aquí siempre era engañoso. Aunque la temperatura se mantuviera alrededor de los 12 a 15 grados centígrados (una temperatura común en el sur de Chile en días nublados, pero que se siente helada por la humedad constante), la penetrante neblina hacía que pareciera estar bajo cero.
Estaba en mi habitación, sentada frente a mi diario. Había escrito un pensamiento fugaz, una traición a mi propia dignidad, y ahora lo miraba con furia.
"Era el hombre más atractivo que habían visto mis ojos"
Arranqué la página con un rasguño seco.
—Es un idiota patán
Murmuré.
Aventé el pedazo de papel, arrugado en una bolita, al suelo. Snuppy lo recogió con la rapidez de un buen samaritano y lo depositó en mi regazo.
—Vamos, lo es. Tíralo a la basura. Es basura.
Mi Husky, con su inteligencia que superaba la de muchas personas del pueblo, obedeció. El papel fue directo al cesto.
—Hoy tenía que ir a ayudar a la iglesia con las luces navideñas, pero mi cámara me urge
Dije, masticando la punta de mi lápiz. Mi vocación rota era ahora una prioridad.
—Solo faltan dos días para Navidad.
Miré por la ventana. La neblina era más espesa, un velo que borraba el horizonte, reflejando el caos en mi cabeza. En el cristal empañado, se cruzó el recuerdo vívido y molesto del forastero.
—Nos vemos pronto, escarabajo parlanchín.
—¡Ahg!
Grité, sacudiendo la cabeza con frustración. El sonido hueco resonó en la habitación, liberando el vapor de la rabia.
—Me iré ya, y me olvidaré de ese maldito Telescopio de una vez por todas.
Entré a la ducha, poniendo el agua tan caliente que apenas podía soportarlo. Quería lavar el frío del río y, sobre todo, lavar el recuerdo de sus manos en mi cintura.
El vapor no lograba despejar mi mente. El Forastero. Cael.
Jamás me había quedado pensando en una persona con tanta intensidad. Era una atracción extrañamente fuerte, una fuerza gravitatoria que me molestaba y me fascinaba a partes iguales.
Pensaba en su mirada. Esos ojos azules eran diferentes a todos los que había conocido en el pueblo; no miraban el exterior, sino que te escudriñaban.
Era una mirada que intentaba tapar algo grande, algo peligroso. Guardaba secretos solo para él. Y su sonrisa... esa mueca burlona y fugaz que hizo en la cascada no era verdadera. No era alegría, sino una liberación de tensión.
Tal vez, pensó mi alma poética, solo necesita que alguien le hable de verdad, no de chismes de pueblo.
Salí de la ducha temblando, el calor del agua no duraba ni un segundo contra el frío de Río Fértil.
Busqué en mi clóset el atuendo más abrigado: jeans gruesos, un suéter de lana que me había tejido mi madre y mi chaqueta más impermeable.
Al bajar, Snuppy venía detrás de mí. Su presencia era el indicador más fiel de que mi padre no estaba, pues si Elías estuviera en casa, Snuppy no se atrevería a salir de la seguridad de la habitación, no fuera a ser enviado a dormir afuera en este frío infernal.
Abrí el refrigerador en busca de algo que me diera energía. Lo único que la mano espartana de mi padre proveía eran sorpresas (para su taller) y galletas saladas. No había opción: tomé una galleta y un vaso de leche fría.
Me senté en el desayunador. Snuppy se sentó a mi lado, coleando con la esperanza palpable del mendigo experto.
—¿Tienes hambre, mi guardián de la luz?
—¡Guau, guau!
Su ladrido fue fuerte, exigente.
Me levanté y serví su ración en el plato: comida seca mezclada con un poco de leche. Él se dedicó a su banquete con entusiasmo.
Volví a mi galleta, y al mirar el reloj, la prisa me invadió. Había perdido la mañana.
—¡Demonios!
Me apresuré.
Tomé mi bolso. Snuppy venía detrás de mí, la cola meneándose con entusiasmo.
—No, no, no. No vas a hacer como la última vez, Snuppy.
Me agaché, mi voz estricta.
—Acuérdate que me hiciste un desastre en el Parque Central persiguiendo a una gaviota. Por eso no te saco. Usted se me queda en casa.
Snuppy se entristeció, su cola se detuvo y sus grandes ojos azules (que coincidían irónicamente con los de Cael) me miraron con una súplica desgarradora.
—Ni con esos ojitos de cachorro que pones. No te voy a llevar, ¿estamos?
Él cedió de la manera más dramática posible, acostándose solo con la cabeza recargada en el suelo, como si el mundo le hubiera roto el corazón.
Mis labios se curvaron en una sonrisa agridulce. Salí de la casa, cerrando la puerta con el eco de mi risa interna.
Ahora, solo quedaba ir a la fonda "El Ancla de Charlie" y enfrentar al amigo del patán.
.
.
.
Al salir de casa, la brisa helada me recibió. La neblina no me dejaba ver más allá de unos metros, envolviendo a Río Fértil en una atmósfera de secretos. Se supone que en Diciembre el sol es el protagonista, pensé, pero parece que hasta el pronóstico se niega a la alegría en esta zona.
Caminé a paso rápido hasta la salida del pueblo, cerca de donde terminaba el caserío y empezaba el camino hacia el pequeño aeródromo. Ahí estaba el taller/fonda de Charlie.
Al llegar a la entrada de madera destartalada, toqué. Tras unos minutos, la puerta se abrió. Charlie estaba en el umbral, un hombre robusto con las manos manchadas de grasa, limpiándose una con un pañuelo.
Charlie era un enigma en el pueblo. Arreglaba de todo: desde una máquina de coser hasta un dron. Le llamaban "El Sabelotodo de las Cosas Rotas". Me pregunté, con una punzada de alarma, cómo podía el forastero recién llegado conocer ya a Charlie, el hombre que solo los locales sabían encontrar.
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Editado: 02.01.2026