Río Fértil: El Secreto del Forastero de Diciembre

Un Reencuentro Contra la Voluntad

Capitulo 3

La preparación de la Nochebuena había llegado, y la alarma de mi despertador sonó antes que la primera promesa de luz. Eran las primeras horas de la madrugada, y el silencio de Río Fértil solo era interrumpido por el murmullo constante de la humedad.

Apagué el despertador con un golpe seco. Me levanté y fui directo a la ducha. Aquí, las fiestas eran una paradoja climática. El Solsticio de "Verano" supuestamente había llegado a su fin para dar paso a la Nochebuena, pero el frío seguía siendo el amo y señor.

El ambiente era un trópico húmedo congelado; una ironía constante de la naturaleza, donde la neblina nunca se disipaba por completo.

Elegí un atuendo cómodo y abrigador. Tenía que estar lista para la caravana de agradecimiento al Solsticio, una tradición donde el pueblo se movía en procesión, cantando villancicos y llevando flores, como si intentaran calentar la atmósfera con pura voluntad.

Yo, como todos los años, era una de las encargadas de que la actividad se hiciera bien, por mi madre y por el espíritu de comunidad que mi padre intentaba ignorar.

—Guao, ggg...

Snuppy ladró, pero el sonido era más un quejido suplicante, una melodía de perro entristecido. Sabía que me iba y esta vez quería unirse al rito.

Me puse de cuclillas, mi corazón ablandándose.

—¿Te portarás bien esta vez, mi guardián? ¿Sin perseguir gaviotas ni molestar a los turistas?

—¡Guao!

Afirmó Snuppy con una vehemencia que me hizo sonreír.

—Está bien.

Él se alegró, moviendo la cola con la intensidad de un limpiaparabrisas. Esperaba que abriera la puerta de la habitación, pero antes, me dirigí al rincón donde guardaba su correa.

La cuerda de cuero, inesperada, se deslizó por su cuello.

Mmm... Maulló con tristeza, un sonido resignado.

—¿Pensaste que te ibas a salir con la tuya, mi Husky de Verano? Pues no. —Lo acaricié. —Esta vez andaremos con precaución. Con correa.

Él se sentó de manera exageradamente dramática, mirándome con una traición canina que no pude tomar en serio.

Bajamos con cuidado por las escaleras de madera. Los escalones rugían bajo nuestro peso, quejándose del frío como si fueran un viejo barco.

Estaba segura de que mi padre estaría dormido, inmerso en su propia oscuridad, pero en eso, la luz de la cocina se encendió.

Al momento, Elías salió del umbral con una taza de café negro en la mano, el vapor una ofrenda a la madrugada. Sus ojos estaban inyectados en sangre por la falta de sueño, su rostro más duro de lo habitual.

—Así que irás a ayudar.

No fue una pregunta, sino una afirmación cargada de desaprobación.

—Sí. Como todos los años.

Respondí, aferrándome a la correa de Snuppy.

Él asintió, dando un sorbo a su café amargo, su único compañero matutino.

—Tú... ¿no llegarás más tarde? ¿A la plaza?

Elías apretó la taza, como si quisiera que el calor lo sanara. Su voz se volvió áspera, evitando mi mirada.

—Sabes que desde que murió tu madre no quiero saber de eso. Recordarla... me hace daño.

Me acerqué, incapaz de evitar la herida.

—Para mí, papá, recordar a mamá es mejor que no tener ni un recuerdo lindo con ella. Tú intentas borrarla para que no duela. Yo la fotografío en mi mente para que siga viva.

Elías me miró entonces, sus ojos eran dos pozos de dolor silencioso, un contraste doloroso con la ira que solía mostrar.

—Pensamos diferente, Lía. Yo elijo la paz. Tú eliges la melancolía.

Su voz era un látigo seco.

—Y ten cuidado con ese pulgoso, que no cause ningún desastre.

—No lo hará. Él es más obediente que muchos de tus clientes, papá.

Salí de la casa sin esperar su réplica. Sabía que mi padre se quedaría en su taller, fingiendo trabajar, mientras todo el pueblo celebraba la luz.

Él era la sombra, y yo, su hija, buscaba desesperadamente el sol. Me aferré a la correa de Snuppy, lista para comenzar mi mañana de tradiciones y, tal vez, para encontrar al Telescopio en alguna esquina.

.

.

.

Llegamos a la pequeña iglesia, una estructura antigua de piedra, fría por dentro y envuelta en la neblina de la Nochebuena.

El Padre Octavio, un hombre anciano con ojos cansados por los años de fe en Río Fértil, me saludó en el umbral.

—¿Cómo estás, hija?

Su voz era un susurro grave, lleno de bondad.

—Bien, ¿y usted, Padre?

—Bien, Lía.

El Padre Octavio bajó la mirada, notando la correa en mi mano y al majestuoso Husky. Negó con la cabeza, una expresión de resignación.

—Cero animales en mi iglesia, Lía. Lo sabes perfectamente.

—No se preocupe, señor. Lo dejaré amarrado en ese árbol que está aquí no más.

Le aseguré con una sonrisa.

—¿Estás segura que no causará problemas? Un perro tan grande...

—Lo estoy, Padre.

Me puse en cuclillas y acaricié el pelaje espeso de Snuppy.

—¿Verdad que te portarás bien, cariño? ¿Sin perseguir palomas santas?

—¡Guao, guao!

Su ladrido era una afirmación tan fuerte que parecía un juramento.

—¿Ve, Padre? No se asuste. Él estará tranquilito aquí afuera. Es un guardián de la luz, no un destructor.

—Espero que la Virgencita también espere que todo esto se haga como lo planeado.

El Padre suspiró, más preocupado por la logística que por el can.

—Va a ver que sí, Padre.

Me recompuse y me estiré, lista para el trabajo.

—Iré a poner a Snuppy en el árbol. Luego nos vemos dentro para ayudar en lo que se pueda.

—Muchas gracias, Lía. Eres idéntica a tu madre: solidaria y muy generosa.

Sentí el calor del cumplido, una caricia rara en mi vida.

—Me falta mucho para ser como mi madre aún.

Sonreí con melancolía mientras me dirigía a una esquina protegida por un frondoso arrayán.

—Por favor, Husky de Verano, te me quedas quieto mientras terminamos los preparativos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.