Río Fértil: El Secreto del Forastero de Diciembre

Inercia

Capitulo 4

Su cuerpo se sentía como una hoguera contra mi espalda, un contraste violento con el frío de la mañana que aún se filtraba por mis ropas húmedas.

El impacto de la caída me había dejado sin aliento, pero su cercanía me lo estaba robando por completo.

—Ya van dos veces que te salvo, escarabajo

Murmuró con esa sonrisa perfecta y degenerada que parecía tallada en mármol.

Me levanté de inmediato, ignorando el temblor de mis rodillas. Mis manos ardían donde habían tocado su pecho.

—Gracias. Pero no pedí tu ayuda

Solté, intentando recuperar mi dignidad mientras me sacudía el polvo.

La voz de la Madre Superiora Ana me sacó de la nube eléctrica donde el Telescopio me enviaba siempre.

—¡Lía! ¿Estás bien?

Preguntó angustiada, acercándose con pasos rápidos.

—Sí... estoy bien, Madre.

—Gracias, muchacho, por salvarla. Pudo ser una tragedia

Dijo la Madre Ana, mirando a Cael con gratitud.

Cael se levantó con una gracia felina y se sacudió la ropa, luciendo impecable incluso después de ser mi escudo humano.

—No fue nada, Madre. Creo que el pueblo me está enseñando muchas cosas, en especial la solidaridad

Dijo, pero sus ojos azules no se despegaron de mí, desafiándome a decir lo contrario.

Sheyla, Sheina y Fátima se acercaron volando. El aire se llenó del aroma a incienso de la iglesia y el perfume barato de las gemelas.

—Lía, ¿te encuentras bien?

Peguntó Fátima, sus dedos jugueteando con el dobladillo de su suéter. No sabía si estaba nerviosa por el accidente o porque Cael estaba allí, iluminando el lugar como un sol prohibido.

—Sí...

Fue lo único que salió de mi boca. Sentía que el mundo se había reducido a la mirada de Cael.

—¡Cariño!

Gritó Sheyla, lanzándose prácticamente hacia él.

—¡Pero qué fuerte eres!

—Mira esos brazos... por Dios

Añadió Sheina, estirando la mano para tocar sus músculos con un descaro que me revolvió el estómago. Sinvergüenzas, pensé.

—¡Señoritas, compórtense, por favor! Estamos en la casa del Señor

Regañó la Madre Ana con firmeza.

—Ay, Madre... es que es la verdad

Se quejaron, pero la mirada de la superiora las envió de vuelta adentro a terminar las flores.

—Y tú

Me señaló la Madre Ana. Me acerqué esperando el regaño que me merecía por el desastre de Snuppy.

—Lo lamento, sé que estuvo mal traerlo.

La Madre Superiora suspiró, mirando el Santa Claus destrozado.

—Al menos no pasó a mayores. Pero Lía, necesito que te lleves a Snuppy a tu casa ahora mismo. No puede haber más desorden.

—¡Lía!

Mateo llegó arrastrando a un Snuppy que caminaba con la cola entre las patas.

—Estaba escondido debajo de la mesa. Creo que sabe que la regó.

—Tú y yo hablaremos en casa

Le susurré al perro, quien gimió con una tristeza digna de un Oscar.

—Yo me encargo de ir a dejarlo, Madre

Dije tomando la correa.

—Sí, pero no quiero que vayas sola

Sentenció la Madre Ana, mirando fijamente a Cael.

—Joven amable, ¿podría acompañar a Lía a su casa? No quiero que ese perro se vuelva loco otra vez en el camino.

Trágame, tierra, y escúpeme en Chicago, pensé.

—¡No!

Interrumpí.

—No es necesario, de verdad...

—Lo es, Lía. Estaré más tranquila si van y regresan de inmediato para las caravanas. Por favor

Dijo la Madre con ese tono que no admite réplicas.

—Por mí está bien

Dijo Cael con una calma exasperante. Le dediqué mi mejor mirada de "te odio", pero él solo sonrió más.

Cael se puso de cuclillas frente a Snuppy.

—Hola, Husky. Jamás pensé encontrar a uno de los tuyos en este rincón del mundo

Dijo acariciando su cabeza. Snuppy, el traidor, lo saludó con la cola.

—Te lo advierto, no quiero que vengas conmigo

Le dije mientras caminábamos hacia la salida.

—¿Por qué?

Preguntó, levantándose con elegancia.

—Porque no quiero que me dejes botada como la última vez. No confío en tus "despejes de mente"

Lo aparté con la mano y empecé a caminar.

—Está bien. Pero le avisaré a la Madre Superiora que no quisiste mi protección... a ver qué opina ella de tu desobediencia

Soltó él, con un tono burlón.

Me detuve en seco. Mis ojos se cerraron por la ira.

Maldito Telescopio manipulador.

Me giré con una sonrisa fingida que me dolía en los músculos de la cara.

—Espera. Tienes razón. Será como tú quieras, compañero. No quiero causar más alboroto.

—Ya que me lo pides con tanta dulzura... acepto. Déjame llevarlo por ti

Dijo, intentando quitarme la correa.

Pero Snuppy, mi fiel y dramático amigo, se dejó caer al suelo como un peso muerto en cuanto Cael tiró de la cuerda. Mi risa estalló, genuina y victoriosa.

—Qué considerado, Cael, pero mira: Snuppy solo le hace caso a su dueña. Es un perro con principios.

Cael sonrió de lado, rindiéndose, y pasó su lengua por su labio inferior de una manera que me hizo olvidar cómo se respiraba.

Esos labios... gruesos, perfectamente delineados. Sacudí la cabeza para disipar el calor que subía por mi cuello.

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Caminamos bajo la llovizna que empezaba a caer, transformando el pueblo en un cuadro impresionista.

Al llegar a casa, abrí con rapidez.

—¿Tienes chimenea?

Preguntó Cael apenas entró.

—Al fondo, por la cocina. Ve, antes de que te resfríes y me echen la culpa a mí también por eso

Le dije, viendo cómo se alejaba hacia el calor del fuego.

Subí las escaleras con Snuppy. Al llegar a mi habitación, le quité la correa y me senté en la alfombra, exhausta.

—Casi me excomulgan por tu culpa, Snuppy

Le dije, mientras él lamía mi mano pidiendo perdón.

—Está bien, ya pasó.

Me quedé mirándolo, y como siempre hacía cuando estaba sola, empecé a pensar en voz alta.




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