Río Fértil: El Secreto del Forastero de Diciembre

La Noche de las Luces Frías

Capitulo 5

La Nochebuena se abrió paso sobre Río Fértil no con el calor del hogar, sino con el estruendo festivo de las carrozas y el aroma a pino fresco y pólvora.

El desfile estaba listo en una fila interminable que serpenteaba desde la iglesia hasta la plaza central, muy cerca del parque.

Era un espectáculo visual: camionetas adornadas con guirnaldas de luces LED (cortesía del misterioso presupuesto de Cael), niños vestidos de pastores con las mejillas encendidas por el frío, y una multitud que se agolpaba en las aceras, sus alientos formando pequeñas nubes de vapor en el aire húmedo.

El brillo de las decoraciones rebotaba en la neblina, creando un aura mágica y casi irreal.

—Hijo, gracias por toda la decoración

Dijo el Padre Octavio, estrechando la mano de Cael con solemnidad

—Que el Señor te bendiga y te siga dando esa paz que tanto buscas.

Me quedé helada. “La paz que tanto buscas”. Las palabras del Padre se repitieron en mi mente como un eco persistente.

No era una bendición común; era el reconocimiento de que Cael cargaba con una guerra interna.

—No es nada, Padre. Es un gusto poder ayudar

Respondió Cael, con una humildad que me pareció sospechosamente ensayada.

La Madre Superiora Ana, un torbellino de eficiencia, trataba de coordinar el caos de camionetas y personas.

—Señoritas, ustedes se van con nosotros en la primera caravana

Sentenció, señalando a las gemelas Sheyla y Sheina.

—Tía, ¿yo podría irme con Lía? Si no es mucha molestia...

Intervino Fátima con una sonrisa angelical.

—Está bien, pero no te me pierdas entre la gente

Advirtió la Madre Ana antes de seguir dando órdenes.

Fátima me sonrió y nos dirigimos a la segunda carroza, una camioneta cuya plataforma estaba cubierta de heno y lirios de papel. Antes de que pudiéramos subir, una figura alta y sombría se adelantó.

Cael saltó a la plataforma con una agilidad felina y extendió su mano hacia mí, esperando que la tomara.

Sus ojos azules brillaban bajo las luces navideñas, invitándome a subir, a perdonarlo, a volver al calor de mi habitación.

Estaba a punto de ceder, de sentir de nuevo su piel contra la mía, pero Fátima se coló frente a mí con una rapidez asombrosa.

—¿Puedes ayudarme? Es que... no soy de aquí y no estoy acostumbrada a estas alturas

Dijo Fátima, mirándolo desde abajo con una timidez que me pareció demasiado oportuna.

Cael dudó apenas un segundo, su mirada saltando de ella a mí, pero el caballero que pretendía ser ganó la partida.

Tomó la mano de Fátima y la ayudó a subir. Ella, por supuesto, no se soltó de inmediato. Se pegó a su brazo como un chicle de fresa.

—Gracias... Oye, sí que eres fuerte. ¿Pesé mucho?

Preguntó ella, con las mejillas coloradas por algo que no era el frío.

Cael me volvió a ver, extendiendo de nuevo su mano hacia mí.

—Sube

Dijo con voz suave.

Pero el hechizo se había roto. La humillación de ser la "segunda opción" me quemó más que el hielo de la noche. Yo no era el plan B de nadie. Jamás me prestaría para ser el alivio mientras otra le coqueteaba en mi cara.

Le retorcí los ojos con todo el desprecio que pude reunir. Sin decirle una palabra, apoyé mis manos en el borde de metal y salté a la camioneta por mi cuenta, ignorando su gesto.

—Estoy acostumbrada a valerme por mí misma. De todas maneras, gracias, Telescopio

Solté con veneno.

La caravana empezó a avanzar, y el rugido de la gente ahogó mis pensamientos.

Fátima se movía al borde de la plataforma, saludando a la multitud como si fuera la reina de Río Fértil o una celebridad recién bajada de un avión. Se me escapó una risita amarga; su entusiasmo era agotador.

De pronto, sentí el calor de Cael acercándose a mi espalda. Su voz cayó como una caricia prohibida cerca de mi oído, protegida por el ruido de los villancicos.

—¿Por qué no tomaste mi mano? Creí que nosotros...

Suspiré, cerrando los ojos por un instante. Sabía perfectamente hacia dónde iba.

—No. Nosotros no somos nada, Cael

Susurré, girándome apenas para verlo

—Lo de mi casa fue un impulso, un error de cálculo de mi parte.

Le sostuve la mirada, aunque mi corazón protestara.

—Y no tomé tu mano porque Fátima se pegó a ti. Tal vez con ella te conectes mejor; es de ciudad, hablan el mismo idioma. Ve a platicar con ella, se muere por tu atención.

Cael me observó con una intensidad analítica, tratando de descifrar si mis palabras eran puro orgullo o una verdad absoluta.

Finalmente, asintió con una lentitud tortuosa y se movió hacia el frente de la carroza, donde Fátima lo esperaba con los ojos brillantes.

—Y... ¿qué estudiaste, Cael?

Preguntó Fátima de inmediato, retomando su interrogatorio.

—Soy Ingeniero Civil

Respondió él. Su voz era lo suficientemente alta como para que yo escuchara cada sílaba, como si quisiera que yo estuviera presente en su conversación.

—¡Tenemos algo en común!

Chilló Fátima con emoción

—Yo estudio Diseño de Interiores. Ya sabes... ambos diseñamos espacios.

—Qué bien. Aunque tú te encargas de la estética del interior y yo de la estructura que sostiene el mundo

Dijo él con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Trataba de concentrarme en la multitud y en las luces, pero sus voces se clavaban en mis oídos. Fátima parecía un examen de admisión, lanzando pregunta tras pregunta sin descanso.

—¿Y qué buscas por estos lugares tan... pequeños?

—Relajarme

Contestó Cael, lanzando una mirada fugaz en mi dirección

—A pesar de que el pueblo es pequeño, tiene un silencio que me tranquiliza.

—¿Y además de eso?

Fátima no se rendía. Parecía que quería sacarle hasta el tipo de sangre.

—Buscar sentir de una forma diferente.

—No sé si sea muy directa, pero... ¿qué buscas en una mujer, Cael?




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