Río Fértil: El Secreto del Forastero de Diciembre

Sin Vuelta Atrás

Capitulo 7

El mundo se redujo al sonido ensordecedor de la caída de agua y al calor abrasador de la piel de Cael contra la mía.

Mis piernas seguían enredadas en su cintura, sintiendo la firmeza de sus músculos mientras el agua del río nos envolvía en un abrazo helado que no lograba apagar el fuego entre nosotros.

Nos separamos del beso lentamente, con las frentes apoyadas la una contra la otra, jadeando. Sus ojos azules parecían dos zafiros encendidos bajo la luz filtrada.

—¿Y bien?

Susurré con una sonrisa juguetona, tratando de recuperar el aire

—¿No era que la sorpresa era tenerme así?

Cael soltó una risa ronca, una que vibró directamente en mi pecho.

—Esa es mi parte favorita de la sorpresa, no te lo voy a negar

Admitió, dándome un beso corto en la nariz

—Pero tengo algo más para ti. Ven.

Me bajó con cuidado y, tomándome de la mano, me guio hacia la cortina de agua blanca.

Al atravesar el muro de espuma, el ruido se amortiguó y entramos en una especie de cueva natural, un santuario de roca donde el suelo estaba apenas húmedo. Era nuestro propio universo privado.

—Feliz Navidad, Escarabajo

Dijo, alcanzando una pequeña mochila que había dejado protegida en una grieta seca.

Me extendió una caja pequeña pero pesada. Al abrirla, mi corazón dio un vuelco.

Era una cámara de última tecnología, de una marca profesional que solo había visto en revistas; compacta, potente, con un lente que parecía capaz de capturar hasta el alma y una tarjeta de memoria de una capacidad infinita.

—Cael... esto es demasiado

Balbuceé, acariciando el cuerpo metálico de la cámara

—Es hermosa

—Es para que sigas capturando el mundo a través de tus ojos, Lía. Tu talento no merece menos que esto

Susurró, acercándose de nuevo.

Me dio un beso rápido, uno que sabía a promesa.

—Además, la otra cámara ya no te sirve. Te debía una.

—Eh... Bueno, aún funciona, aunque Charlie me dijo que pronto dejaría de hacerlo, pero... yo no te traje nada. Qué vergüenza

Bajé la mirada, sintiéndome pequeña ante su generosidad.

Cael se quedó pensando un segundo. Se mordió el labio inferior, un gesto que me hizo recorrer un escalofrío por toda la espina dorsal.

—No necesito nada... Oh, bueno

Susurró, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó mi oído

—Te necesito a ti.

Mis piernas flaquearon. La firmeza de su voz me dejó sin defensas. Dejé la caja de la cámara en una saliente seca de la roca y me refugié en sus brazos.

Sus manos, grandes y seguras, se posaron en mi cintura, quemando la piel que mi bikini rosa dejaba al descubierto.

—¿Estás segura de esto, Lía?

Preguntó con voz ronca, sus ojos azules escaneando los míos, buscando cualquier duda

—Porque si seguimos, no habrá vuelta atrás. Te quiero toda para mí.

—No quiero volver atrás

Contesté en un hilo de voz

—Quiero ser tuya, Cael.

Él no esperó más. Me acorraló contra la pared de la cueva, sus manos subieron por mi espalda despojándome del sostén con una urgencia que me cortó la respiración.

Mis manos se perdieron en su cabello húmedo, tirando de él mientras nuestros besos se volvían erráticos, hambrientos. El roce de su pecho desnudo contra mis pechos fue un choque eléctrico.

El conjunto de bikini rosa cayó al suelo húmedo, seguido de sus bóxers negros. Allí, en la penumbra, éramos solo dos cuerpos buscando refugio en el otro.

Me recostó sobre una parte plana y seca de la roca. El frío de la piedra contrastaba violentamente con el fuego que él encendía en cada rincón de mi piel con su boca y sus manos.

Cael se posicionó sobre mí, su respiración agitada golpeando mi cuello. Sus manos sujetaron mis muñecas contra el suelo, inmovilizándome con una fuerza que me hizo jadear. Me miró fijamente, con una intensidad que parecía querer leer mi pasado.

—Lía...

Hizo una pausa, su cuerpo presionando el mío con una urgencia casi dolorosa

—¿Eres virgen?

Preguntó de repente, su voz cargada de una mezcla de posesividad y asombro al sentir mi tensión y mi resistencia natural.

Tragué saliva, incapaz de apartar la vista de la suya.

—Sí

Susurré, sintiendo cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas.

Él soltó un gruñido bajo, casi animal. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose fuego puro.

—Maldita sea...

Masculló.

Sin darme tiempo a procesar nada más, Cael se impulsó hacia adelante. Fue un movimiento brusco, decidido y potente, una invasión total que me arrancó un grito que se ahogó en la cavidad de la cueva.

El dolor inicial fue un estallido agudo, una ruptura de todo lo que yo había sido hasta ese momento. Me aferré a sus hombros, mis uñas enterrándose en su piel musculosa mientras mis ojos se llenaban de lágrimas involuntarias.

Cael se detuvo en seco, enterrado profundamente en mí. Su rostro estaba tenso, las venas de su cuello marcadas por el esfuerzo de contenerse.

—Mírame, Escarabajo... mírame

Ordenó con voz ronca.

Hice un esfuerzo y abrí los ojos. Su mirada estaba llena de una devoción feroz.

—Ya pasó

Susurró, besando mis lágrimas

—Ahora eres mía. Solo mía.

Empezó a moverse, primero con una lentitud tortuosa que me hacía suplicar por más, y luego con una fuerza rítmica y arrolladora. Cada embestida era una declaración de propiedad.

El sonido de la cascada afuera se mezclaba con nuestros jadeos y el eco de mi nombre escapando de sus labios. Me sentía desarmada, abierta, entregada a un hombre que hace apenas unos días era un extraño y que ahora se había convertido en mi mundo entero.

Fue intenso, fue salvaje y, sobre todo, fue real. En ese rincón escondido de Río Fértil, bajo el estruendo del agua, dejé de ser la chica que observaba la vida para empezar a vivirla con cada fibra de mi ser.

Minutos después, el eco de la cascada volvió a ser el único sonido que llenaba el espacio. Estábamos abrazados en ese silencio cómplice y denso que solo deja el post-coito.




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