Río Fértil: El Secreto del Forastero de Diciembre

El Peso de las Cadenas

Capitulo 8

Cael

El silencio de la habitación solo era interrumpido por el golpeteo rítmico de la lluvia contra los cristales y la respiración acompasada de Lía.

La tenía entre mis brazos, su cuerpo pequeño y cálido encajaba perfectamente contra el mío, como si el universo la hubiera diseñado solo para rellenar mis vacíos.

Su aroma, una mezcla de lluvia, jabón floral y algo puramente suyo, me llenaba los pulmones, dándome una paz que no merecía.

Le di un beso suave en la coronilla, aspirando su fragancia por última vez. Había sido perfecto.

La forma en que se entregó, su valentía, su madurez... me tenía completamente a sus pies. Estaba dispuesto a todo por ella. Incluso a enfrentar a su padre, a sacarla de este pueblo y darle el mundo que su lente merecía capturar.

Pero entonces, la realidad decidió reclamar su lugar.

Detrás de mi espalda, sobre la mesita de noche, mi teléfono comenzó a vibrar. El sonido, un zumbido sordo pero persistente, cortó la magia como un cuchillo afilado.

Traté de ignorarlo, apretando a Lía un poco más, pero el aparato no se rendía. Vibraba una, dos, tres veces.

Con un nudo en la garganta, me zafé de su abrazo con una lentitud agónica, cuidando de no despertarla.

Tomé el teléfono. En la pantalla, un número de Chicago que conocía demasiado bien hacía que mi sangre se congelara.

Me puse los pantalones a oscuras y salí de la habitación, caminando descalzo hasta el porche cubierto de la cabaña.

El aire frío de la madrugada me golpeó el pecho desnudo, pero no dolió tanto como el nombre que apareció en la pantalla al contestar.

—¿Cómo conseguiste este número?

Pregunté sin saludar, mi voz era un susurro ronco cargado de veneno.

—Por contactos, Cael. Sabes que para nosotros nada es imposible

La voz de la madre de Cristina, fría y afilada como el hielo, resonó en mi oído

—¿Dónde has estado escondido? ¿En qué agujero del mundo te metiste mientras mi hija se cae a pedazos?

Cerré los ojos y apoyé la frente contra la madera húmeda de una columna. El peso de la culpa cayó sobre mis hombros, casi haciéndome doblar las rodillas.

—Estoy lejos. Necesitaba aire, ya se los dije

Respondí, apretando la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.

—Pues el aire se te acabó

Escupió ella con una crueldad que me revolvió el estómago

—Cristina está en el hospital. Otra vez. Está fuera de sí, gritando tu nombre, culpándote por haberla abandonado todos estos meses. Los médicos dicen que su estado es crítico y, seamos claros, Cael... todo esto es por tu culpa. Si ella no mejora, su sangre estará en tus manos. Busca cómo venirte ahora mismo. No mañana, no en una semana. Hoy.

—Ella no es mi responsabilidad de esa manera...

Intenté decir, aunque mi voz flaqueó.

—Lo es desde el día en que firmaste aquel compromiso. No me hagas recordarte lo que está en juego, Cael. Si no te presentas en ese hospital, me encargaré de que no te quede nada a lo que volver. Ni carrera, ni nombre, ni paz. Regresa. Ya.

La llamada se cortó. Me quedé allí, bajo la lluvia que empezaba a arreciar, mirando la oscuridad del bosque.

Me sentía como un animal atrapado. Cristina... el fantasma que no me dejaba vivir. Sabía que si no iba, su madre era capaz de destruir todo lo que yo había construido, y lo peor es que la culpa, ese parásito que me carcomía desde hacía meses, me decía que ella tenía razón.

Regresé a la habitación con el alma hecha jirones. Me quedé de pie junto a la cama, observando a Lía. Se veía tan tranquila, tan ajena al monstruo que acababa de asomarse a nuestra burbuja.

El corazón se me "apachurró" al recordar lo que me había dicho sobre su madre y el forastero que la abandonó.

"Voy a ser exactamente lo que ella teme"

Pensé, y un sollozo seco se atoró en mi garganta.

Con manos temblorosas, comencé a vestirme. Cada prenda que me ponía se sentía como una capa de plomo.

Me puse la camisa, los zapatos, y guardé mi billetera y el pasaporte en la mochila. Me acerqué a ella una última vez.

Me senté en el borde de la cama y acaricié su mejilla con el dorso de mi mano. Estaba tan tentado a despertarla, a decirle la verdad, a pedirle que me esperara... pero el miedo me ganó.

¿Cómo explicarle que mi vida en Chicago era una cárcel de la que no sabía cómo escapar?

—Perdóname, escarabajo

Susurré, tan bajo que ni yo mismo me oí

—Te juro que voy a volver por ti. Aunque tenga que quemar Chicago entero para hacerlo.

Me levanté sin mirar atrás, porque sabía que si lo hacía, no sería capaz de cruzar esa puerta. Salí a la sala, donde Max ya estaba despierto, esperándome con una expresión de "te lo dije" en el rostro.

—¿Te vas?

Preguntó Max, bajando el volumen del televisor.

—Tengo que hacerlo. La madre de Cristina llamó. Está en el hospital

Dije, agarrando mis cosas con una urgencia febril

—Max, quédate aquí. Dile... dile algo. Invéntate lo que sea, pero no dejes que me odie. Por favor.

—Cael, esto es un desastre

Max suspiró, frotándose la cara

—Sabes que no puedo ocultar el sol con un dedo. Pero haré lo que pueda. Vete ya, el chofer te espera en la salida del pueblo para llevarte al aeropuerto.

Caminé hacia la puerta, pero antes de salir, me detuve y miré hacia el pasillo que conducía a la habitación. Lía estaba allí, durmiendo en mi cama, usando mi camisa, soñando con un futuro que yo acababa de romper en mil pedazos.

Salí de la cabaña y el frío de la mañana me recibió como una bofetada. Subí al auto que me esperaba en la penumbra.

Mientras el vehículo se alejaba de Río Fértil, vi por la ventana cómo la silueta de las montañas se desvanecía en la niebla.

Me sentía el hombre más despreciable de la tierra. Había encontrado el paraíso en los ojos de una chica de pueblo, y ahora, por cobardía y por un pasado que no me soltaba, la dejaba atrás en medio de la tormenta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.