Río Fértil: El Secreto del Forastero de Diciembre

Él Naufragio del Alma

Capitulo 9

Los días se deslizaron como gotas de lluvia sucia sobre el cristal de mi ventana. Me encontraba en un estado de suspensión, una "muerta en vida" que solo respiraba porque los pulmones no sabían hacer otra cosa. Mi habitación, que antes era mi refugio de arte y sueños, se había transformado en una celda de recuerdos asfixiantes.

Pasaba las horas mirando hacia el horizonte, hacia el camino que llevaba a la cascada, esperando ver una silueta que sabía que no regresaría. Una parte de mí, esa voz instintiva que siempre traté de acallar, sabía que esto dolería. Sabía que entregarle mi mundo a un forastero era caminar descalza sobre brasas.

Si ya lo sabías desde el fondo de tu corazón, es tu culpa, Lía... solo tuya, me repetía en un susurro cruel.

Me culpaba por haber dejado las puertas abiertas, por haber permitido que su luz entrara en mis grietas. Sabía que la daga de su ausencia iba a quemar al final. Sin embargo, aunque el dolor era una correntada que amenazaba con ahogarme, no me arrepentía. Aquellos días de diciembre, los besos robados y la entrega absoluta en la cueva, me habían hecho sentir viva por primera vez. Fue una felicidad breve, pero tan intensa que ahora el silencio del resto de mi vida se sentía insoportable.

📽️ Flashback: La Palabra que lo Rompió Todo
Cerré los ojos y, por milésima vez, la escena con Max se reprodujo en mi mente, vívida y destructiva.

—Por favor, Max...

Le había suplicado, mis manos temblando mientras las lágrimas nublaban mi vista

—Te suplico que me digas la verdad. ¿Cael tiene a alguien más allá? ¿Alguien que lo espera en Chicago?

Max evitó mi mirada durante lo que pareció una eternidad. Se pasó una mano por el rostro, suspirando con una pesadumbre que me dio la respuesta antes de que hablara.

—Sí...

Soltó finalmente, y sentí que el suelo se abría bajo mis pies

—Perdóname, Lía. Y que Cael me perdone también; él me pidió que no te dijera nada, pero... Sí. Cael está casado en Chicago.

Casado. La palabra fue un martillazo contra el cristal de mi corazón, reduciéndolo a fragmentos imposibles de recomponer. El aire se volvió espeso, difícil de tragar. Me levanté del sofá con una dignidad que no sabía que poseía, secándome las lágrimas con rabia.

—Gracias por ser sincero, Max

Dije, mi voz sonando como si viniera de otro planeta.

—Espera, Lía... déjame explicarte...

—No hay nada que explicar. Me voy. Adiós.

Tomé la cámara de nueva tecnología que él había dejado en la mesita de noche —un regalo que ahora se sentía como un soborno por mi silencio— y salí de la cabaña sin mirar atrás, dejando que la brisa helada terminara de congelar lo poco que quedaba de mí.

Fin del flashback

El sonido de la puerta abriéndose de golpe me sacó de mis pensamientos. Mi padre entró en la habitación con paso firme, su sombra proyectándose larga sobre el suelo.

—Ya es demasiado, Lía

Sentenció.

Era casi el último día del año. Afuera, el pueblo bullía con los preparativos para la Nochevieja; risas, música y luces que me resultaban ofensivas. Yo había ignorado cada llamado, cada comida, cada rastro de vida.

—Lárgate

Le dije sin despegar la vista de la ventana.

—El padre Octavio ha venido a buscarte tres veces. La maestra Clara también. Me enteré de que no has salido ni para ir a la plaza estos últimos días. ¡¿Qué diablos te pasa?!

Su voz subía de tono, cargada de una frustración que no sabía manejar.

Me levanté de la silla de golpe, enfrentándolo. Mi cabello estaba revuelto y mis ojos, hundidos y rojos, debían de ser un espectáculo lamentable.

—¡Solo quiero estar sola! ¡Vete de aquí!

Grité, y las lágrimas volvieron a brotar como una correntada salvaje, imitando el rugido de la cascada que tanto amaba.

Elías me vio con una mezcla de sorpresa y amargura.

—Sabía que era por ese tipo. Te lo advertí, Lía. Te dije que los forasteros solo traen ruina, y no me hiciste caso.

—¡Sí, todo lo que me dijiste es verdad!

Estallé, caminando hacia él hasta quedar a centímetros de su pecho

—¿Estás contento ahora? ¿Te hace feliz verme así, llorando a tus pies porque tenías razón?

—¡Lía, basta!

—¡Te odio, papá!

Le espeté con todo el veneno que tenía acumulado

—Desde que mamá murió, eres oscuridad total. Odias diciembre, odias la luz, odias todo lo que tenga un gramo de esperanza. ¡Te odio porque eres un idiota y un cobarde, igual que Cael! ¡Él no pudo enfrentar su pasado y tú no puedes enfrentar tu presente!

El impacto fue inmediato. Mi padre me cruzó la cara con una cachetada que resonó en las paredes de la habitación. El golpe me giró el rostro y el silencio que siguió fue sepulcral. Me llevé la mano a la mejilla, sintiendo el ardor físico mezclarse con el vacío de mi alma.

—¡Te odio! ¡Te odio, papá!

Seguí gritando, ahora golpeándole el pecho con los puños cerrados, descargando toda la rabia, el duelo y el desamor en cada golpe débil.

Él no se movió. Soportó mis golpes hasta que, con un movimiento rápido, sujetó mis muñecas.

Al levantar la vista para seguir gritando, me detuve. Vi un dolor profundo y antiguo en sus ojos, una grieta que nunca antes me había dejado ver.

—Jamás te había visto así...

Susurró con la voz quebrada.

Sin previo aviso, me atrajo hacia él. Me rodeó con sus brazos fuertes, apretándome contra su pecho. Intenté zafarme, forcejeé con todas mis fuerzas, pero su abrazo era un muro infranqueable de contención.

Mi carácter se desmoronó y finalmente me rendí, hundiendo mi rostro en su hombro y llorando hasta que el pecho me dolió.

—Llora, hija... es bueno llorar

Murmuró, y sentí que su propia voz temblaba

—Pero no hundas tu vida en algo que ya pasó. Hay que aceptar la realidad y seguir caminando. Tú siempre has sido la fuerte, tú me has enseñado a seguir adelante después de lo de tu madre... no dejes que esto te apague.




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