Capitulo 10
Observaba a mi tía Kenia moverse por la cocina con esa elegancia pausada que siempre me recordaba a mi madre. La porcelana de las tazas tintineaba suavemente, un sonido que intentaba apaciguar el caos que rugía en mi pecho después de salir huyendo del hospital.
—Ten, Lía. Bébete esto con cuidado
Dijo, extendiéndome una taza de la que emanaba un vapor aromático
—Es una mezcla de canela, menta y miel. Necesitas que algo te entibie el alma, porque traes la mirada congelada.
Asentí y tomé un sorbo. El calor me recorrió la garganta, pero el nudo que tenía allí no se deshacía.
—Gracias por recibirme, tía... No sabía a dónde más ir.
Kenia dejó su propia taza en la mesa y se sentó a mi lado en el sofá. Me rodeó con sus brazos, y por un momento, me permití cerrar los ojos y fingir que el mundo no se estaba cayendo a pedazos.
—Sobre lo que me contaste... ¿quieres que sea sincera contigo, pequeña?
Preguntó ella, acariciando mi hombro.
—Es lo único que pido
Susurré, dejando la taza sobre la mesa
—Estoy harta de los secretos y las medias verdades. Por favor, tía, dime lo que piensas.
Kenia se separó un poco para mirarme a los ojos. Su expresión era una mezcla de ternura y firmeza.
—Sé lo mucho que te duele. La mentira es una daga que se retuerce en la herida, y duele más que cualquier otra traición
Hizo una pausa, suspirando con pesadumbre
—Nuestra familia ha tenido su cuota de sombras. Cuando tu tío me engañó, no dudé en soltar esa cuerda; me liberé porque el amor se había podrido. Pero, Lía... tienes que aprender a distinguir entre la malicia y la desesperación.
Tragué saliva, sintiendo que sus palabras empezaban a perforar mi muro de indignación.
—¿Cael te engañó porque buscaba el placer de otra mujer? No. ¿Vivía una vida de ensueño con ella mientras te mentía? Tampoco. Él está atado a un contrato de sangre y culpa. Se siente el arquitecto de la tragedia de esa mujer.
—¡Pero me mintió, tía!
Exclamé, levantándome del sofá mientras las lágrimas volvían a nublarme la vista
—Me dejó creer en un futuro que no existía.
—No justifico que haya sido un cobarde por no hablar claro desde el inicio
Respondió Kenia, levantándose también
—Pero ponte en su lugar un segundo. Imagina que el amor de tu vida aparece cuando tú crees que ya no tienes derecho a ser feliz. Él no te mintió para burlarse de ti; te ocultó la verdad porque tenía terror de perder lo único real que lo mantenía vivo. Te estaba protegiendo de su propio infierno, aunque al final terminó quemándote con él.
Me crucé de brazos, intentando mantener mi postura, pero las palabras de Cristina en el hospital resonaban en mi cabeza: "Me quedan pocos días de vida".
—Él se fue de Río Fértil porque ella empeoró, Lía. No huyó de ti, huyó hacia su responsabilidad
Continuó Kenia con voz suave
—Se siente el verdugo de Cristina. Dime, ¿podrías tú vivir sabiendo que, por un según error tuyo, alguien perdió las piernas y ahora está perdiendo la vida? ¿Podrías cambiarte de zapatos con él y cargar con ese peso sin intentar esconderte en los brazos de alguien que te devuelva la paz?
—Yo no lo habría hecho así...
Murmuré, aunque mi voz ya no tenía la misma fuerza.
—Eso dices porque tus zapatos están limpios de esa culpa
Sentenció Kenia, acercándose para acariciarme el cabello
—Es fácil juzgar el camino ajeno cuando no tienes que cargar con una cruz que te rompe la espalda. No estoy de acuerdo con su engaño, pero tampoco estoy de acuerdo con que te hundas en el odio sin entender que él es solo un hombre roto intentando hacer lo correcto de la peor manera posible.
Miré el reloj que colgaba en la pared de la tía Kenia. Las agujas parecían burlarse de mí, marcando el final de mi tiempo en esta ciudad de acero y nieve.
—Mi vuelo sale en media hora
Dije de pronto, con una frialdad que me sorprendió a mí misma
—Tengo que irme ya.
Kenia me miró con una tristeza profunda, dejando caer las manos a los costados.
—¿Te vas? ¿Así nada más?
—Sí. No quiero seguir aquí ni un minuto más. Chicago me asfixia, el hospital me asfixia... y verlo a él me desarma de una forma que no puedo permitir
Tomé mi bolso y me dirigí a la puerta
—Gracias por todo, tía. Pero necesito volver a mi río, a ver si el agua se lleva todo esto.
—Hija...
Me llamó ella antes de que saliera
—Huir no es lo mismo que sanar. Pero si necesitas irte, ve. Solo recuerda que la verdad siempre nos alcanza, sin importar qué tan rápido volemos.
No respondí. Salí al frío de la calle, pidiendo un taxi con la mano temblorosa. Mientras el auto se alejaba hacia el aeropuerto, vi por la ventana las luces de la ciudad borrosas por la nieve.
En algún lugar de esa metrópoli, Cael estaba sentado en una habitación de hospital, esperando un final, mientras yo regresaba a mi pueblo, esperando un nuevo comienzo que se sentía más como un final de lo que quería admitir.
Había venido a Chicago por respuestas, y las obtuve. Pero ahora, esas respuestas eran una carga más pesada que la ignorancia que traía conmigo.
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Cruzar el umbral de mi casa en Río Fértil fue como soltar una piedra que llevaba cargando mil kilómetros. El olor a madera de cedro, a café recién colado y a la humedad limpia del río me recibió como un abrazo que no sabía cuánto necesitaba.
Chicago había sido un sueño febril de acero y nieve; esto, en cambio, era la realidad que me mantenía en pie.
No terminé de cerrar la puerta cuando mi padre apareció en el pasillo. No hubo reproches, ni gritos, ni ese silencio gélido de antes. Se lanzó hacia mí y me rodeó con sus brazos, apretándome con una urgencia que me hizo sollozar en su hombro.
—Recibí una llamada de Max...
Susurró contra mi cabello
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Editado: 02.01.2026