Me llamo Elena Restrepo, tengo 26 años y hoy es mi primer día como jefa de proyectos en Arquitectura y Diseño Nova, la firma más prestigiosa de la ciudad. Llevo más de cinco años preparándome para este puesto: estudié arquitectura, cursé dos maestrías y trabajé en obras por todo el país, subiendo escalón por escalón sin pedir ningún favor especial. No soy de las que se quedan calladas ante una mala idea, ni de las que aceptan que las subestimen solo por ser mujer.
Soy alta, de cabello oscuro que siempre llevo recogido en una coleta firme, ojos marrones que lo observan todo con atención y una cicatriz pequeña en la frente, recuerdo de cuando me caí de un andamio probando que podía hacer lo mismo que cualquier compañero. Soy perfeccionista, directa y a veces demasiado terca; me entrego por completo a cada proyecto porque quiero construir espacios que cuenten historias, no solo paredes y techos. En el fondo soy muy leal y sensible, pero aprendí a levantar un muro para que nadie crea que puede pasarme por encima.
La directiva me contrató para liderar el concurso del nuevo centro cultural metropolitano, el proyecto más importante de la década. Pero al llegar a mi despacho escuché los rumores en la sala de descanso: “No va a durar dos semanas”, “El jefe de diseño no aceptará compartir el mando”, “Dicen que es demasiado exigente para nuestro estilo”. No me importó: sabía que no venía a caer bien, venía a trabajar.
Sin embargo, al abrir el correo oficial adjunto a mi expediente, encontré una nota escrita con letra elegante pero cortante: “Bienvenida. Espero que entienda que aquí no sobran los puestos. Si no está a la altura, me encargaré personalmente de que se vaya”. No tenía firma. Sentí un escalofrío, pero guardé el papel y apreté los dientes. Esa tarde, al revisar los planos de referencia del terreno —los que nadie más conocía— descubrí que habían desaparecido sin dejar rastro.