Me llamo Mateo Guzmán, tengo 28 años y soy el director de diseño y socio fundador de Nova. Construí esta empresa desde cero: dibujé los primeros planos en la mesa de la cocina de mi abuela y trabajé hasta el amanecer para pagar las primeras licencias y herramientas. He ganado los premios más importantes del gremio, y hasta ahora cada proyecto que he liderado se ha convertido en un referente en la región. Soy exigente, obsesivo con los detalles, y detesto que cambien lo que he planeado sin fundamentos sólidos.
Tengo una presencia imponente: siempre llevo traje impecable, gafas de pasta oscura que a veces ocultan mi mirada, y el cabello castaño corto que se me despeina apenas me agito. Soy reservado, casi no hablo de mi vida personal, y muchos me consideran frío o arrogante. En realidad es miedo: cometí errores graves en el pasado al confiar demasiado, y me prometí que nadie volvería a poner en riesgo lo que con tanto esfuerzo he levantado.
Cuando la directiva me avisó que traían a una jefa externa para compartir la dirección del centro cultural, me pareció una locura. No necesito a nadie que venga a enseñarme mi propio trabajo. Pero acepté con una condición: si no cumple con mis estándares, la sacaré sin miramientos. Escribí esa nota fría para probarla: quería saber si tenía carácter o si se iría a la primera dificultad.
Lo que nadie sabe es que necesito ganar este concurso para salvar la empresa de una deuda antigua que nadie conoce. Esa noche, mientras revisaba los archivos privados en mi despacho, escuché un ruido seco detrás de la puerta del balcón. Al asomarme, vi que alguien había forzado la cerradura de la caja fuerte donde guardaba los únicos documentos que podían limpiar mi nombre en ese asunto pendiente.