Rivalidad de amor

El choque en la sala de reuniones

A la mañana siguiente nos vimos las caras por primera vez en la sala de juntas. Yo entré con mi portafolio bajo el brazo, y él ya estaba sentado en la cabecera, mirándome como si yo fuera un error en sus cálculos.
—Usted debe ser la nueva —dijo sin levantarse—. Le advierto: aquí no hay lugar para improvisaciones ni para demostraciones de ego.
—Y le advierto yo —respondí dejando mis cosas sobre la mesa con firmeza— que no vine a que me dirija, vine a trabajar en equipo. Si no puede respetar eso, el problema es suyo.
Desde ese momento empezó una guerra abierta. Cada propuesta que yo hacía, él la criticaba sin piedad; cada corrección que él pedía, yo demostraba que era innecesaria o contraproducente. Discutimos por la orientación de las ventanas, por los materiales, por el flujo de personas, hasta por el tono de las paredes. Los empleados se escondían cuando nos veían entrar juntos, y decían que parecíamos dos rivales que disputaban el mismo territorio.
Pero en medio de tantas discusiones había algo extraño: cuando se trataba de defender el proyecto frente a los inversores, nos entendíamos sin hablar. Él tomaba la palabra justo después de mí, completaba mis ideas con datos que solo él tenía, y yo apoyaba sus argumentos con estudios que nadie más conocía. Nadie lo notaba, pero nosotros sí. Una tarde, mientras revisábamos el plano general, nuestras manos se rozaron sobre el papel y sentimos ambos una descarga eléctrica que nos hizo apartarnos de golpe, sin saber qué decir.
Esa misma noche recibí un mensaje anónimo: “Deje de pelearse con él o perderá mucho más que este trabajo. Sabe demasiado”.




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