Rivalidad de amor

Secretos que pesan en los pasillos

Los días siguientes la tensión subió de nivel. Mateo me asignó las tareas más pesadas y complicadas, como si quisiera agotarme para que me rindiera y me fuera. Pero yo las terminaba antes del plazo previsto y le entregaba informes tan detallados y bien fundamentados que no tenía nada que objetar. A veces, cuando creía que no lo miraba, lo veía observarme: no con rabia, sino con una expresión confundida, como si intentara recordar algo que se le había olvidado hacía mucho tiempo.
Un día me quedé hasta muy tarde en la oficina para organizar los planos que habíamos desordenado durante la reunión. Escuché voces bajas en el despacho de Mateo y me acerqué sin querer escuchar, pero las palabras llegaron claras hasta mí:
—No puedo entregarles el proyecto, no es suyo ni servirá para lo que quieren. Y si le hacen algo a ella… se las verán conmigo, no me importa nada más.
Me quedé helada en el pasillo. ¿A quién se refería con “ella”? ¿Por qué me incluía a mí en una conversación que parecía tan peligrosa? Antes de que pudiera alejarme en silencio, la puerta se abrió de golpe. Mateo me miró con los ojos muy abiertos, pálido, y cerró la puerta detrás de él con un golpe seco.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí parada? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Qué es lo que has escuchado?
Antes de que pudiera responderle ni una sola palabra, se apagaron todas las luces del edificio de golpe, y al mismo tiempo se escuchó el sonido de cristales rompiéndose en la planta baja, justo debajo de nosotros.




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