Pasamos la noche en la oficina, con solo las luces de emergencia parpadeando débilmente. Al principio no nos hablábamos, manteniendo la misma distancia tensa de siempre, pero cuando escuchamos pasos pesados acercándose por el pasillo, Mateo reaccionó rápido: me tomó del brazo con suavidad pero con urgencia y me llevó detrás de la estantería más pesada de la sala de reuniones.
—No hagas ni un solo ruido —susurró muy cerca de mi oído—. No sabemos quién es ni qué busca.
Esperamos allí en silencio casi una hora, hasta que los pasos se alejaron y no escuchamos nada más. Fue entonces cuando empezó a contarme parte de la verdad: que alguien lo estaba presionando para que usara el proyecto del centro cultural para ocultar negocios ilegales, que amenazaban con destruir su carrera y hacer daño a la gente que quería si no obedecía.
—Por eso fui tan duro contigo al principio —admitió, bajando la mirada—. Pensé que habías venido enviada por ellos para vigilar cada paso que daba. No quería involucrar a nadie más en esto.
—¿Y ahora qué piensas? —pregunté yo, con el corazón apretado.
—Ahora sé que no eres como ellos —respondió mirándome fijamente a los ojos—. Pero eso significa que ahora también estás en peligro, y no sé cómo mantenerte a salvo.
Al día siguiente, cuando volvimos a revisar su despacho con luz natural, descubrimos que se habían llevado el plano original del proyecto. Lo peor no fue la pérdida del documento: en el lugar donde lo guardaba, habían dejado una foto antigua mía, de cuando tenía diez años, con una cruz negra dibujada con marcador permanente justo encima de mi rostro.