Rivalidad de amor

Verdades que duelen más que el odio

Mateo se recuperó en pocos días, pero los hombres se escaparon y nos quedamos sin respuestas, sin pistas y sin saber dónde estaba Sofía. Pasamos los días siguientes encerrados en su casa de seguridad, armando un plan definitivo para encontrarla y detener a quienes nos perseguían. Fue entonces cuando nos besamos: no fue un beso suave ni tranquilo, fue un beso lleno de todo lo que habíamos callado durante meses, de rabia, de miedo, de alivio y de un amor que habíamos negado hasta el último momento.
Allí, en la quietud de la casa, nos contamos todo lo que habíamos guardado en silencio durante años. Él me habló de cómo había perdido a sus padres en un accidente extraño que nunca se investigó bien, de cómo había construido la empresa para honrar su memoria y de cómo esos mismos hombres estaban relacionados con ese suceso. Yo le conté que había venido a esta ciudad porque también buscaba respuestas sobre mi propia familia, sobre la desaparición de mi padre hacía diez años, y que nunca imaginé que terminaría encontrándome a él, mi mayor rival y mi único refugio.
—Somos más parecidos de lo que creemos —dijo abrazándome fuerte—. Y ahora nadie nos va a separar, ni el pasado ni quienes quieren hacernos daño.
Pero esa misma noche, mientras dormíamos en el sofá, Mateo habló en sueños y dijo un nombre que heló toda mi sangre: el nombre de mi propio padre. Me levanté despacio, sin hacer ruido, y revisé los archivos ocultos que él guardaba en un cajón cerrado. Allí encontré una carpeta roja con el nombre de mi padre escrito en letras grandes, y una nota manuscrita que decía: “Culpable de todo lo que pasó. No se le puede perdonar”.




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